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martes, 4 de noviembre de 2014

Abres los ojos

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Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.

Abres los ojos, nervioso ante la inseguridad y la emoción de cómo será esa nueva etapa de tu vida llamada Universidad, esa de la que tanto has oído hablar como: “una de las mejores de tu vida”. Vuelves a abrir los ojos y estás en la fila intermedia de alguna de esas clases obligatorias generales que tampoco te interesan demasiado; uno de tus amigos desde hace ya un año, está jugando al Bubble a tu lado. Una vez más, tus párpados se levantan y esta vez estás en la cafetería de la facultad quejándote sobre aquel examen tipo test de múltiples respuestas del cual todo restaba. Despiertas sentado en el suelo con un taper recién calentado, rodeado por tus compañeros de clase engullendo sus comidas, sólo 15 minutos más antes de que empiecen las prácticas. Una última vez abres tus ojos, esta vez en un palco esperando a que digan tu nombre, lo dicen, sales y recoges el título junto a otros cinco; te giras, se escuchan gritos y aplausos de tus compañeros. Sonríes, levantas la mano y buscas la cámara de tus familiares.

La universidad ha terminado.

Amaranth

lunes, 3 de noviembre de 2014

Lo que necesitas

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Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.

-Lo que necesitas, es aceptar un maestro.- Me dijo solemnemente, sentada enfrente de mí.

Llevábamos una hora hablando de nuestras vidas, de la mía especialmente. Ser alumno de comunicación no verbal suponía más de lo que yo había pensado en un primer momento. Suponía analizarse a uno mismo primero, para así poder analizar a los demás.

-Eres más inteligente que sabio- Prosiguió, con ese aire de gurú que tiene.

Pocas conversaciones con ella me impactaron tanto como esa .Tenía que encontrar un maestro que me acercase a la sabiduría. Entendí que esa era la moraleja de la tutoría, y pensé que probablemente del curso que estaba realizando.

Admito el profundo dolor que me causo ser consciente del sentido de sus palabras. Siempre me he considerado más inteligente que el resto de mis compañeros; y como he tenido amigos mayores que yo, también me he considerado más sabio que la media de mi generación. Pero no, de repente era consciente de que no era así. Es duro aceptar la verdad, nunca lo había sido. Porque las cosas no son, están siendo.

La vida siguió su curso. Las clases avanzaron, el año académico llegaba a su fin y teníamos que presentar nuestros trabajos de final de curso. Me sentía el alumno aventajado. Vini vidi vinci, pensé cuando presente, junto a mi compañera, un trabajo que había realizado yo casi en su totalidad. Lo veía perfecto, pero mi falta de sabiduría me volvió a traicionar. Hice evidente en el momento de la exposición delante del tribunal, el hecho de que mi compañera no había trabajado lo mismo que yo, y ese hecho hizo que nos pusieran un 7 en vez del 9 que el trabajo merecía.

Pasaron los meses, y la búsqueda de ese maestro que me enseñase la sabiduría no había cesado. La vida te sorprende cuando menos te lo esperas, y así fue.

Por aquel entonces, yo trabajaba con mi madre, algo que no le recomiendo a nadie. Yo intentaba ayudarla mientras ella me intentaba ayudar a mí. Hay ayudas que es mejor no dar si no se piden, pero yo no lo sabía en aquel momento. El tiempo fue pasando. Un día conversando con un señor que llevaba unos años montando una empresa, surgió la posibilidad de que me imbuyese en su proyecto. No lo dude dos veces, y tres semanas más tarde me llegaba un mensaje al móvil de la seguridad social avisándome de que me habían dado de alta en mi nuevo trabajo.

Una nueva etapa de mi vida aparecía ante mí. La ilusión que sentí es indescriptible. Como cuando me mudé a vivir solo por primera vez. Un folio en blanco se ponía delante de mí, y podía pintar en el cuadro que quisiese. Quería uno que fuese lo más bonito posible, en el que se notase mi personalidad, mi mejor yo.

Recuerdo el día que me di cuenta que aquel caballero, con barba y gafas, me estaba dando la clave que tanto tiempo llevaba buscando.

-Lo que tu digas, jefe - Le respondí a no sé qué orden que me dio.

-Por favor, no me llames así - Me respondió con un cierto tono de pena en su voz.- No soy tu jefe. No es solo que no me gusta esa palabra, es que quiero ser tu maestro.

El mundo se paralizo por unos segundos. Como en las películas americanas, una secuencia de fotografías surcó mi cabeza hasta que llegué a aquel despacho de mi antigua profesora. ¡Pum!

Una sonrisa se dibujo en mi cara.

-Lo que tú digas, maestro- Le conteste con cierto rin tintín.

Pensé en aquel momento que yo era la persona más afortunada del mundo, y que debía haber un alineamiento de planetas y estrellas sobre mi signo del zodiaco. Todo era perfecto. Un trabajo nuevo, en un proyecto nuevo, pero en mi ciudad de siempre, con mi chica de siempre, con mis amigos de siempre, incluso mi puesto de trabajo estaba al lado de mi casa de siempre.

Para colmo, acababa de encontrar a alguien a quien no solo aceptaba como maestro, sino que encima él quería serlo. Todo era perfecto.

-¿Por piensas que ella era perfecta?- Me pregunto un reputado psicoterapeuta.

Otra vez me encontraba en un despacho teniendo una de esas conversaciones que se te graban en la memoria a fuego. Días atrás había descubierto que la que había sido mi novia durante años, quien se iba a convertir en mi mujer, me había estado engañando durante mucho tiempo. Estaba devastado. Aquella pregunta fue lo mejor que me pudo pasar en ese momento .Aquella perfección era producto de una inteligencia muy poco sabia. No existe lo perfecto y tenía que aceptarlo. Porque las cosas no son, están siendo.

Es muy duro aceptar la verdad.

Ahora me quedan pocas palabras para acabar este relato para un taller de escritura creativa que se hace en una asociación de mi antigua universidad. La vida no deja de sorprenderme.

Ahora, estoy enfrentándome a una nueva etapa de mi vida. Un nuevo folio en blanco. Dejo el trabajo que tan perfecto me había parecido en el pasado. Ya no vivo en la misma casa de siempre, mis amigos de toda la vida ya no están en la ciudad y tengo una nueva relación de pareja. La vida siempre te sorprende y la verdad es difícil de aceptar.

Me doy cuenta que no entendí bien el consejo que me daba mi profesora. Porque maestros, hay muchos. Profesores, jefes, ex parejas, familiares, o psicoterapeutas. Todos lo somos de alguna u otra forma. Lo necesito es aceptar, aunque mi ignorancia escoja el camino de la soberbia que se esconde detrás de todo lo que acabo de contar. Gracias a escribir este relato, me doy cuenta de que esa soberbia me impedía aceptar, mejor dicho, me impide aceptar.


Porque las cosas no son, están siendo. Ahora, solo puedo dar las gracias.

Goodterra

Toc, toc, toc

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Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.

Toc, toc, toc, toc. Sonido hueco a través de una habitación aparentemente vacía.

- ¿Sigue sin estar en el despacho?- me pregunté en voz alta.  Con la certeza de que no conseguiría escuchar nada, acerqué la oreja a la superficie. Nada. Era ya la tercera vez que iba a intentar hablar con ella ese día, y empezaba a ponerme de los nervios.

Mientras volvía a la cafetería un cúmulo de ideas abordó mis pensamientos y me mantuvo ajena a las caras borrosas y anónimas que se cruzaban en mi camino. ¿Qué más podía hacer? Lo sabían, iban a por ella, y yo era la única que podía advertirle. ¿Y si ya lo habían hecho? ¿Y si le habían cogido? Un escalofrío me recorrió la espalda al pensar lo que podrían estar haciéndole. Noté un empujón, y la despreocupada disculpa que le siguió me devolvió a los pasillos de la facultad.

Era mediodía, lo que significaba que la mayor parte de la actividad del edificio se concentraba en EL pasillo. Por un momento pensé en contárselo a alguien, confesar lo que había hecho y pedir ayuda para enmendar mi error, pero antes de acercarme a cualquier grupo me arrepentí. No tenía valor siquiera para explicarlo. De pronto noté una mano en la espalda.

- ¡Qué pasa Carol!- era un graciosete de clase, Iván se llamaba, que no hacía más que bromear con todo el mundo. Tenía la extraña sensación de que se creía admirado por todos. Vaya perdedor.- No has ido a la última clase, ¿estás bien?

- ¿Pasaba lista?- pregunté mecánicamente. No tenía intención ninguna de hablar con ese tipejo, y menos en una situación como en la que me encontraba. Asintió con la cabeza.- Mierda, bueno… ya recuperaré de alguna forma.

El bufón de Iván se echó a reír, poniéndose dos dedos sobre los labios.

- ¿Te pasarás por su despacho a hacerle un trabajito?

- Que te jodan.- y me di la vuelta, centrándome de nuevo en mi Problema. ¿A quién se lo podía contar? A individuos como aquél ya veía que no. Crucé el pasillo rodeada de humos y voces, y saludé rápidamente a algunas chicas que conocía, sin detenerme en mi nervioso paseo.

Y finalmente llegué hasta su local. Las luces estaban apagadas y la puerta, cubierta de carteles negros y rojos, bien cerrada. Tras mirar en todas direcciones, acabé respirando con algo más de tranquilidad: no había nadie en casa. Alcé la vista para encontrarme con la enorme pancarta que anunciaba su nombre: UPSE, Unión por la Privacidad Sexual del Estudiante. Vaya nombre para menuda asociación, y maldita la hora en la que decidí acercarme para hablar con ellos.

Me acerqué, con todas mis esperanzas puestas en que no me sorprendieran por detrás, y ahuequé la mano al cristal para intentar descubrir algo que me diera pistas sobre cómo actuar. Estaba perdida, completamente desorientada en una situación que no podía controlar. El miedo empezó a subir por mi cuerpo: ¿y si no estaban porque habían ido a por ella?

El cristal, inundado por la oscuridad del interior, me devolvió la imagen de una figura a mi espalda que me hizo dar un brinco y volverme con brusquedad.

- ¿Qué buscas?- dijo el desconocido. Lo había visto en reuniones de la asociación. Era uno de ellos.- Creo que el resto de UPSE no está.

- Vaya…- disimulé, aterrorizada por la presencia de aquél chaval, de mirada inquisitiva.- ¿Y sabes dónde podría encontrarlos?
El chico se rascó la cabeza, antes de encogerse de hombros.

- Solemos estar de cinco a siete, aunque ya sabes que tienes el correo para contar cualquier cosa…- hizo algunos aspavientos nerviosos con las manos.-… ya sabes.

Lo miré intentando disimular mi repugnancia. Lo que ayer me había parecido una salida a mi culpabilidad ahora me resultaba asqueroso: un grupo de personas aprovechándose de la privacidad de otras para imponer su moral sexual. Se aprovechaban de la culpa que ellos mismos generaban para seguir estigmatizando la libertad de determinadas personas.

. ¿Y ahora sabes dónde están?- conseguí decir al fin.

- No estoy muy seguro, dijo. Creo que un grupito ha ido a impartir justicia… ya sab…

No me quedé a escucharle. Tan rápido como pude recorrí el pasillo atravesando los grupos de gente ruidosa y humeante, y me dirigí al hall para subir las escaleras de dos en dos. No podía estar pasando. 

No así. A mitad del ascenso escuché un estruendo seguido de un grito. ¡Era ella! Aceleré el paso, sintiendo el corazón presionar mi pecho y conseguí llegar hasta el pasillo de su despacho, para encontrarme lo que había temido durante todo el día.

La puerta del despacho estaba abierta, y fuera había un chico corpulento con un pasamontañas. Me escabullí de él y logré entrar. Allí estaban, los miembros de UPSE encima de ella, pintándole la cara mientras la mantenían atada de pies y manos. Pintaban “PUTA”, “VIOLADORA” sobre su cara, mientras destrozaban su chaqueta con las manos.

- ¡No!- grité. Ella me miró, con los ojos cubiertos de lágrimas y la boca amordazada. Uno de los encapuchados se levantó y me señaló con el dedo.

- Esto es lo que pasa cuando te vas de la lengua. Lo que se hace en el despacho se queda en el despacho.

Volví a mirar sus ojos llorosos y una sensación me paralizó. Una sensación de terror, vergüenza y traición.


Desperté sobresaltada para darme cuenta de que sólo había sido una pesadilla. Miré a mi lado, para ver su cuerpo desnudo semi-escondido entre las sábanas. Sin plantearme siquiera desayunar, me vestí y me dirigí hacia la puerta.

Abrí justo antes de escuchar su voz a mis espaldas.

- ¿Ya te vas?- dijo ella.

- Sí, hoy tengo muchas cosas que hacer.

- Está bien.- concedió.- Acuérdate de leer el texto que os mandé ayer para la semana que viene.

Con una sonrisa cerré la puerta y volví a mi casa. Me temblaban las piernas de terror, vergüenza y traición.

Montag

Quién

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Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.

"Esperar no desespera. La paciencia no existe. Yo no estoy cansada de esperar, no existe la 
espera. Tan solo pasan segundos, a veces parece que esperamos a algo que no pasa. A veces espero sentada, como todos, el profesor suele llegar cuando quiere. A veces parece que el mundo se acaba, decepción tras decepción, cada vez que levanto la cabeza y veo entrar a alguien distinto. A veces lloro, sin motivo, sin razón, sin nada. Quizás eso si es un argumento absurdo, un intento de engañar al recuerdo, gritarle al oído que no existe nada, que note el dolor, el dragón interior. Pero la materia ni se crea ni se destruye solo se transforma, y la energía se mueve entre ella. A veces, encontramos energías que se acomodan en nosotros, encuentran una paz, que generalmente no saben traspasarnos a nosotros. Sobreviven egoístamente, como los parásitos propios de los humanos. Generalmente las personas no saben qué hacer con ellos, los comparan con lo que aprenden, con lo que saben de la vida, se vuelven locos buscando una salida pero como de cualquier gran problema; huyen, dejan de enfrentarse a su dolor, y se dejan llevar, se dejan guiar por lo fácil, continúan a partir de la primera derrota de su vida, es como el bautizo a la infelicidad, a la conformidad. A veces resulta demasiado sencillo, sonreír como si fuera todo bien, creí oír que este juego consistía en complicarse. Pero debí de oírlo solo yo... Entonces te paras a pensar en algo indebido, en algo inútil, en algo dentro de ti, con lo que puedes sobrevivir, no es necesario perder tiempo ni energía en investigarlo, pero estando ya perdida, ¿qué voy a buscar? Perderme más.Y entras en el cuarto oscuro, el de la materia gris. Se podría describir como una clase vacía, sin profesor ni alumnos, el conocimiento llega sin ser llamado, sin lugar de procedencia. Un estudio eterno, a veces crees que sabes demasiado, pero luego vuelve a empezar todo con otra materia, nunca terminas de aprender, las cosas cambian a la vez, crecen contigo, con el dolor tapado con olvido, llorando sin saber por qué, llorando sin motivo, sin razón, sin nada. Nada querida, el escondite perfecto a la inteligencia. Aunque a veces es el más feliz quien menos conoce, quien menos sabe. Pero hemos entrado a la guerra, el campo de batallavacío, la sangre salta y corre con patitas, demasiado ruido, tan gritos que no retumban, parece que apuñalan.

Entonces comprendemos, que en eso se basa ¿no? De ahí proviene el dolor, ahí se encuentra la picazón.Hay que salvarla, hay que ganarla, pero cuál es el bando correcto resulta ser difícil de entender. Porque desde el aula solo se oyen gritos de conocimiento contrariado, que resultan ser bombas, minas de la batalla campal que se está librando. La universidad del saber abre sus puertas de nuevo cada dos segundos, con unas ideologías y estudios distintos cada vez. Creo entender algo, y luego veo que no es así. A veces creo volverme loca, a veces creo que el mundo se me cae encima, pero que a la vez se expande.

Pero en ocasiones, llegamos a la locura extrema, y lo entendemos todo, entendemos la guerra entre lo que somos y lo que debemos ser, la lucha frente a frente entre dos caras de una misma moneda, el secreto perfectamente escondido, el frasco de lágrimas con sentido, la burbuja explotando, el suspiro después de las cosquillas, la sonrisa después del orgasmo, el perdido, el odiado, el adorado, el querido, el loco... amor.”

-¡Señor, por favor abandone el aula inmediatamente!- grita un tipo de seguridad, mientras aquel loco de la vida se dirige hacia la puerta.

“Y esta, es la mejor clase, que os darán en la vida.”- concluye el loco desapareciendo entre la puerta cuando ya empiezan a esposarle. Se oyen murmullos-“no volvemos a hacerles un favor a los de psicología...”- el vicerrector no parece contento. A veces los locos son los más cuerdos, ¿quién dijo que lo normal fuese lo correcto?

Fin.

Shooting Star

domingo, 2 de noviembre de 2014

California

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Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.

No era la chica más guapa de la clase, ni la más popular. De hecho, la recuerdo con muy pocas amigas. Jugaba al voleibol y, por aquellos años, acababa de descubrir el surf. Era deportista. No como yo. Si la mirabas a ella y me mirabas a mí te podrías dar cuenta de un simple vistazo que no teníamos casi nada en común.

El caso, es que estábamos casi siempre juntos.

Un día me dijo que odiaba a Mikel Erentxun. A mí me encantaba. Pero en un gesto de flexibilidad e interés me dijo que sólo le gustaba una única canción suya: California, porque en el videoclip salían surferos.

El caso, es que estábamos casi siempre juntos. El caso, es que ella me encantaba.

La complicada dentadura de Mikel subido a su tabla de surf fue la primera imagen que pudimos compartir como "nuestra". De ahí coincidimos sin reservas en la afinidad hacia Ismael Serrano, hacia el cine de Tarantino y otros tantos raros que hacíamos parecidos a nosotros.

El caso, es que ella me encantaba. El caso, es que parecía que yo le molaba a ella.

Nuestra clase estaba voluntariamente dividida en chicos y chicas: ellos a la derecha, ellas a la izquierda. Salvo el último banco al final de la última fila a ese lado: allí estábamos nosotros, sentados el uno junto al otro. Todos pensaban que había algo entre nosotros, incluso aquella miserable profesora que, en cuanto se percataba que la felicidad florecía en alguno de nosotros, se apresuraba a pisotearla.

El caso, es que parecía que yo le molaba a ella. Así que le pedí que fuera mi pareja de baile.

Porque en nuestro instituto, para aprobar Educación Física teníamos que bailar "Maldito Amor", de Leydy Bonilla. Fuimos a un ensayo juntos y no dejamos de pisarnos, de equivocarnos a la hora de colocar las manos ¿esta va en la cintura? ¿En el hombro? Si no hubiéramos estado todos igual de confusos, habría sido divertido vernos. Al salir de clase ella me dijo que quería hablar conmigo, a solas.

     ¾    Diego, - me dijo ella con voz temblorosa y la cara sonrojada - que... estoy muy a gusto bailando contigo.
             ¾    ¿Cómo? - pregunté incrédulo.
             ¾    Que no estoy muy a gusto bailando contigo.

El caso, era que yo la había escuchado mal la primera vez. El caso, es que tuve que buscar otra pareja de baile.

Diego Tomé Merchán

Siete de la mañana

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Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.

Siete de la mañana. Otra vez.
Avanzo con los movimientos automáticos y repetitivos de cada mañana.
Llego.
Y durante los 164 escalones, leo con el mismo interés los carteles y panfletos que veo cada día.
Neurosociología, grafología, lenguaje de señas...
Abro la puerta.
Y ahí están todos sentados, con las bolsas de los ojos hinchadas y el pelo recién peinado.
Dependiendo de mi humor, me siento en la primera o última fila (intento evitar los puntos medios).
Buenos días, profesor. ¿qué me vas a contar hoy?
Y yo, le pienso. ¿Tú fuiste como yo? ¿tenías una pasión por saber o ser algo?
Comienza a hablar.
Según lo larga que fue mi noche, se me caen rendidos los párpados (y el bolígrafo de la mano, delatándome, cayendo al suelo y repiqueteando como un despertador)
Profesor, que me he perdido.
¿Esto que me enseña es la vida, es lo que pasa, o son teorías, hipótesis y fórmulas pragmáticas?
Miro a la gente, copiando como pueden todo lo que oyen.
¿Y es que eso que nos dice no está en los libros?
Pero continúa: dato, dato dato... toda, toda, toda la información con la que nos atiborra se pierde en un runrún por el conducto de ventilación.
Profesor, hazme pensar. No me ahogues a datos. Porque eso son: datos. Y yo he venido aquí a clase a reflexionar. ¿Para qué quiero ladrillos si no sé construir? Llévame tan alto cómo tú has llegado, acércame a tus perspectivas.
Vuelvo a mirar a mi alrededor.
Cuántos ríos de tinta y café habrán corrido entre estas cuatro paredes.
Los minutos pasan.
El marco de la ventana color naranja tráfico parece que advierte desde lejos que hemos acabado aquí por accidente.
Algo falla en el sistema. ¿Aprender no debe ser un placer? Tampoco es que esté de acuerdo con el que escribió (J)AULA 315 en la puerta de la clase. Esto es un trampolín con vistas a una piscina muy estrecha y de la que no conocemos su profundidad, ni si es agua lo que contiene.
Pero el salto, te lo ofrecen.

Lucía Llorente Zubiri

Complutense,2050

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Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico

La decadencia es una cosa progresiva, por eso, para cuando ya se ha establecido, se asume como algo normal. Sin embargo, siempre se oyen cosas:
Hace décadas, la universidad era algo público, las tasas asumibles y cualquier persona podía acceder a la enseñanza. Los precios fueron subiendo de manera subversiva y el Gobierno de la Elocuencia consiguió convencer a toda la sociedad de nuestro sistema económico de castas de que solo aquellos que pudieran pagar sus estudios merecían ser enseñados. Decidieron renovar el sistema educativo, mejorar las aulas, preparar mejor a los profesores; con el único propósito de justificar las merecidas cifras astronómicas de acceso.
Los Elocuentes, en su infinita benevolencia, decidieron ofrecer un número de dádivas a aquellos alumnos aventajados de los colegios de las castas más bajas. La educación en esos centros se recrudeció y la exigencia de conocimientos crecía a diario, convirtiendo a los alumnos en auténticas ratas de biblioteca que pasaban noches enteras con libros roídos entre sus manos, intentando absorber algo de esas migajas de conocimiento.
Cuando el saber adquirido fue notable, comenzaron a organizarse entre ellos.
Todos no conseguían acceder a las universidades, pero comenzaba a gestarse algo más fuerte. Acabaron con el sistema impregnando los libros de las bibliotecas universitarias con toxinas gracias a la ayuda de los que habían conseguido acceder a la universidad.
La casta se desmoronó y aquellas ratas de biblioteca se hicieron con el control de la sociedad. Se vengaron por todos esos años de miseria y disgregación intelectual y no tuvieron piedad con aquellos que les habían negado la Ciencia, las Artes, la Literatura y la vida digna durante tantos años.
La caza de sofistas aún continúa, y los eruditos nos reconocemos por las llagas de las manos. Las toxinas ya no nos afectan

Black Maiden

Como una esponja

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Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.

A veces me gustaría volver a ser un niño, tener la capacidad de absorber los conocimientos como una esponja y que todo lo complicado no fuese más que un juego, sin embargo sé que es imposible. Intento mantener los ojos abiertos pero no soy capaz, la vista se me nubla y las palabras del profesor se vuelven difusas e intraducibles.

No puedo evitarlo, cuanto más quiero hacerle caso a una clase, más fácil es que mi cerebro se vaya a paseo desconectándose.

Durante un breve instante coloco mi mejilla izquierda contra la fría madera de la mesa, quiero mantenerme despierto, pero a medida que la madera va calentándose y veo la mirada de desprecio del profesor juzgándome por no atender recto como un palo a su discurso, pienso que debería salir del aula.

Pero ahora no puedo hacer eso,  no puedo perder mi tiempo pensando en todo lo que voy a hacer fuera de esta clase, porque fuera de estos muros no hay nada.

Lo vi en el momento en el momento en el que me llego la carta: “Estimado blablablá… sentimos decirle que hemos denegado su beca”.

Una sonrisa de rabia e impotencia  se dibuja en mi cara al recordar el trozo de papel. ¿Acaso aquel que escribe diciendo que no me van a dar dinero para mis estudios, sabe lo que eso significa?

Con un poco de suerte iré a la mayor cantidad de clases posibles antes que se enteren que ya no puedo permitirme el lujo de aprender, entonces solo me quedarán mis conocimientos.

Ojalá tuviese la capacidad de absorberlos como un niño.
BelZet


Después de todo

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Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.

Ha pasado ya mucho tiempo, muchos cuatrimestres desde que comenzó la carrera. Ha llovido mucho desde entonces, desde que los trabajos en grupo se hacían infernales porque siempre alguien dejaba de colaborar, desde que las exposiciones en clase desbastaron ese terrible miedo a hablar en público; y por fin había llegado el día.

El cielo estaba gris y amenazaba frío y lluvia y, para colmo era lunes. Sin embargo ahí estaba él, una pequeña y delgada figura que denotaba cansancio y pesar, junto con algo de una pesada resignación. A pesar de sus 23 joviales años se sentía como un hombre deshecho al que le pesaban los huesos, y más que los años, sus terribles ojeras.

Durante tres meses no hubo amigos, no hubo fiestas, no hubo aire libre salvo para comprar comida y mucho café. Repasando una y otra vez el mismo temario, maldiciendo al profesor y a su falta de generosidad y falta de calor humano, preguntándose mil veces por qué no le había aprobado por esas dos décimas. Desde luego la revisión fue un esfuerzo inútil una vez más.

Estaba suspenso en una de las asignaturas más difíciles de la carrera, de esas que te roban el alma y con la que pierdes la inocencia de los primeros cursos, cuando aún los estudiantes son confiados y dejan todo para el último momento. Una terrible materia con la que no sabes qué estudiar, si los apuntes mal cogidos por la velocidad implacable del profesor, las lecturas que no tienen nada que ver con el temario, o el libro escrito por el mismo demonio que imparte las clases, aunque no contenga todo lo que se ha visto en clase.

Todo el verano estudiando, aprovechando las largas horas de luz en el día, pasando terribles noches en vela bajo la incansable luz de los fluorescentes, sobreviviendo al calor gracias al aire acondicionado y muchos litros de café; todo por ese maldito suspenso al final del cuatrimestre. Un infame resultado que le llenó de rabia, y que a pesar del mal trago, le dio la determinación suficiente para estudiar, para devorar los apuntes como si le fuese la vida en ello.

Después de haber sobrevivido a muchos profesores, a su vil instinto asesino a la hora de examinar; y a exámenes en los que no sabía qué responder porque nada de lo que había escrito en ellos correspondía con lo estudiado, a los nervios de última hora y sobre todo a esa horrible sensación de fracaso cuando escuchaba a todo aquel que le rodeaba comentar las respuestas del examen.

Nadie suele contar las grandes hazañas de los estudiantes, héroes que se hacen en la batalla, que son vencidos mil veces antes de salir triunfantes.

Y ahí estaba él, frente a la puerta de salón de actos esperando a que esta se abriera para terminar de una vez por todas con la peor tortura jamás inventada, la espera. Miraba entre la gente, buscando el mismo rostro nefasto que le había amargado la existencia durante el cuatrimestre pasado, pero en esta ocasión  se cobraría esas dos décimas con creces porque esta vez estaba preparado.

Y en ese día terrible día de septiembre, él con su cansancio y sus ojeras se volvieron a encontrar con el que pretendía ser su verdugo, con su mismo aire de prepotencia y seguridad, sabiéndose capaz de marcar el destino de sus pobres e insensatos alumnos. En las mismas sillas frías de siempre, el mobiliario viejo y conocido por todos, en el mismo lugar que la última vez pero con la frente en alto, el pulso acelerado e intentando que el vil demonio no notase su miedo, esperaba a que su última gran batalla comenzara.

Fue duro y encarnizado, el examen estaba hecho con crueldad, únicamente para rebanar cuellos sin piedad y el profesor lo sabía. Se puso a prueba la determinación y la templanza de todo buen guerrero con preguntas rebuscadas e infames, pero el miedo desapareció, los minutos pasaban y ya no había dudas, todo estaba claro y el final estaba cerca.


60 preguntas, verdadero o falso,  y una hora más tarde, entregando su examen con manos firmes y el corazón tranquilo. Ahora en el cielo estaba azul, volvía brillar el sol, no hacía frío y corría una brisa fresca que le llenaba los pulmones, no le hizo falta ver una lista en la que saliera un número junto a su nombre, él lo sabía. Había aprobado.

Asys

sábado, 1 de noviembre de 2014

Row

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Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.

Al llegar no le pareció nada del otro mundo, la clase 41 estaba llena, no porque hubiese mucha gente sino porque, como suele pasar los primeros días, todos dejaban uno o dos sitios de sepa-ración con el de al lado.
Si, era el primer día de clase. Row tenía 20 años y empezaba la carrera de derecho en una universidad privada. Obviamente se daba cuenta de las miradas de reproche que le lanzaban sus compañeros de clase, no vestía “adecuado” para el sitio en el que se encontraba, unas zapatillas lo bastante desgastadas para que cualquiera que pudiera permitirse pagar una plaza en aquella universidad quisiera llevar, unos pantalones un tanto caídos, una camiseta que ya se había lavado muchas veces y una camisa desabrochada y arrugada
De mas esta decir que matricularse allí fue idea de sus padres, siempre había pensado que no valía para estudiar, su lugar estaba con su guitarra, sus dibujos y los libros que devoraba día a día. Seguramente estéis pensando que Row era un chico poco sociable y algo marginal, pero no era así, era un chico de lo más normal, que a pesar del buen pasar de sus padres, tenía los pies en la tierra y el toque de rebeldía propio de su edad.
Se sentó al final dejando, como no, un sitio de separación de una chica bastante... ¿Cómo podríamos describirla? No era el tipo de chica que impresiona nada mas verla, pero aun así muy atractiva... una chica bastante “mona” , la verdad es que no es muy importante, de hecho podríamos dejarlo en que Row se sentó al final de la clase y punto.
Tal vez sea importante decir que la noche anterior sus amigos habían decidido celebrar el final de las vacaciones, una noche inolvidable pero difícil de recordar, si sois o habéis sido adolescentes entenderéis porque había elegido la última fila, tenía un leve dolor de cabeza constante y el Sol le molestaba en los ojos, una resaca como otra cualquiera.
La profesora de derecho romano entro en la clase unos 15 minutos tarde, y con ella apareció también un murmullo bastante molesto ¿Por qué? bueno, si hubieseis estado en esa clase y hubieseis visto a aquella profesora lo entenderíais. ¿Sabéis la típica profesora de manual con la que todos hemos soñado alguna vez? pues ahí estaba y a Row le resultaba vagamente familiar.
La clase no era mas que una introducción a la asignatura y Row, aunque miraba a la profesora no prestaba atención a lo que estaba diciendo, estaba absorto en sus pensamientos: ¿De qué conocía él a aquella chica?
Mientras ella explicaba que sus clases serían totalmente teóricas sus miradas se cruzaron y se calló por un segundo, sonrió y siguió con su explicación sobre la dinámica de la clase.
- Vale, ¿qué acaba de pasar? ¿Son imaginaciones mías o... o me acaba de sonreír? ¿Por qué? - Pensó Row un poco fastidiado porque el dolor de cabeza no le dejaba pensar con claridad.
Tras una hora de explicaciones la profesora concluyó con un - ¿Alguna duda? - como de costumbre nadie tenía ninguna pregunta que hacer y todos fueron saliendo de la clase
Cuando Row se se disponía a marcharse oyó que la profesora decía - Señor Reynolds, ¿podría venir un momento?-
- Ya esta, mi primera bronca por no prestar atención en clase - Pensó
- He notado que no le interesaba mucho como afrontaremos la asignatura este cuatrimestre - dijo muy seriamente.
- Es que... - empezó a decir Row
- Pero - Le interrumpió ella, pero esta vez sonriendo - Esta vez no lo tendré en cuenta por lo de anoche - le guiñó un ojo y salió del aula.
...PUM!! Las lagunas de la noche anterior acababan de desaparecer. Ya sabía porque le sonaba aquella profesora y ya sabía porque le sonrió.
La profesora se llamaba Lucy, o por lo menos así la conocía el, era la prima de su amigo Christofer, era su primer año como profesora y la noche anterior ella y Drew se lo pasaron muy bien en la cama.
Drew salió del aula con una sonrisa tonta que no podía evitar y pensando que el curso no iba a ser tan aburrido como pensaba.


Sodapop

Un catedrático

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Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.
Un catedrático, todo un señor catedrático, de los que tienen cuarenta años de trabajo a sus espaldas; de porte regio y voz sonora, siempre correcto en el trato con su propia mayoría, frío para unos y para otros, pero nunca excesivamente. Tan riguroso en el vestir como en el calcular. En definitiva, soberbio.
Exactamente a las ocho y media cada mañana, aparece en su coche impoluto que no duda en aparcar en la plaza que tiene reservada junto a la puerta de su facultad desde que fuese decano años atrás. Sale, sube a su despacho y mira su agenda para no olvidar nada de lo que le depara ese día. Baja a la cafetería exactamente a las nueve menos veinte para reunirse con sus colegas de profesión en la primera tertulia de la mañana; el camarero, al verles aparecer deja de lado cualquier tarea con la que estuviese entretenido y les sirve a cada uno lo que han pedido cada mañana desde hace treinta años sin que ninguno tenga que molestarse en recordárselo. Diez minutos exactos de plática dan para muchos temas, todos concernientes a la facultad, por supuesto: los horarios de las clases, la calidad de las nuevas pizarras, las excentricidades de los alumnos o el aspecto impropio de algún que otro vicedecano.
Si es que ese día tiene programada alguna clase, camina hasta el aula al paso exacto para llegar a ella cuando son las nueve en punto. Traza sus enseñanzas en la pizarra con perfecta caligrafía y como un mesías enuncia sus parábolas y sus hipérbolas, atiende las preguntas que le formulen y a las diez y media ya está cerrando la puerta al marcharse.
El resto del tiempo lo pasa en su despacho, poniendo en orden sus papeles para llevarlo todo al día, escribe sus pertinaces correos electrónicos y prosigue con los trabajos e indagaciones en su campo. Aquel día, como excepción, quien llama a su puerta no es otro colega, sino una alumna tímida e insegura que solo acude a reclamar una nota, como hacen muchos de sus semejantes las últimas semanas de desesperación. Nuestro catedrático busca su examen entre su archivo ordenado por nombres y cursos.
Un cuatro no es un aprobado se mire como se mire, y no hay más remedio, él lo sabe y ella también. Y sería completamente injusto cambiar eso, hacer una excepción estaría no solo en contra de las normas de la burocracia, sino también de su dignidad y deber como miembro del cuerpo docente.
Media hora más tarde, aquella alumna sale corriendo de su despacho llorando y más avergonzada que nunca, queriendo de alguna forma dejar de existir, pero aprobada, al fin y al cabo. Nuestro catedrático también sale, bastante más tranquilo, rojo y sudoroso, aún jadeante, fingiendo normalidad. Esconde su sonrisa burlona en una mueca de seriedad y rectitud, y se recoloca la corbata.
Al fin y al cabo es un catedrático, todo un catedrático.

Elllolol

Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.

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Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.

Descubrí mi vocación durante mis días de bachillerato. Por aquella época, la mayoría de mis compañeros de clase ya se hacían una idea -más o menos aproximada- de qué era lo que iban a estudiar, y yo me incluía entre ellos. Pero a mí me parecía que las convicciones sobre mi futuro, así como mi vocación, estaban a un nivel muy superior a la de ellos; mucho más definidas, plausibles y reales. Difícilmente algo podría hacerme cambiar de opinión sobre mi futuro, y yo me sentía infinitamente orgullosa de tal hecho.
Yo quería estudiar ingeniera química, para ser profesora de instituto. De entre las ciencias, la química me parecía la más atrayente: no era solo lógica y matemática, sino también memoria y orden. Cada día, me sentaba en el pupitre de forma diligente, en las primeras filas del laboratorio, y abría el libro de texto de par en par en las páginas de la tabla periódica. La tabla periódica era el icono perfecto de la química: complicada, pero no engañosa, ponía todas sus cartas sobre la mesa desde el principio. Un grupo reducido de elementos entre los que se hallaba la respuesta al secreto del Universo. Leyes matemáticas, físicas, termodinámicas, de todo tipo, entretejidas de una armonía esencial.
La química me recordaba al olor de los libros de texto recién comprados, a los marcapáginas, a los subrayadores amarillos, a las anotaciones del margen, a los renglones rectos de un cuaderno, a las equis despejadas de una ecuación perfectamente escalonada en pasos. A diferencia de otras disciplinas, la química precisaba de un orden estricto, de una cabeza perfectamente estructurada, para que todo cupiera en su lugar. Disfrutaba secretamente con las divisiones necesarias para los cambios entre unidades, me repetía de memoria las equivalencias, y magnitud era una palabra básica para mí.
No me faltaban pues, razones, para sentir que mi vocación era más real que la del resto de la clase. Sin embargo, no me dejaba a mí misma ostentar todo el protagonismo, y no siempre levantaba la mano, ni salía voluntaria a la pizarra. Este disimulo de mis sentimientos reales me hacía necesaria una observación constante del exterior, para no precipitarme, y he de admitir que ver cómo mis compañeros disponían de menos aptitudes que yo no me resultaba desagradable.
Con una excepción. Yo tenía una compañera de laboratorio, y una preciada amiga por aquel entonces, que compartía pupitre conmigo. Si antes he dicho que la química precisa de una mente bien amueblada, mi compañera María disponía de todo lo contrario. Mientras yo abría mi tabla periódica, María, aprovechando que estábamos al lado de la ventana, entornaba los ojos y miraba hacia la oscuridad de la madrugada, en aquellas demasiado tempranas horas. Así se pasaba la mayor parte de la clase, pensando quién sabe qué, divagando, esbozando un par de ejercicios de forma perezosa. Sus renglones estaban torcidos, no rectos como a mí me gustaba verlos; no respetaba los cambios de unidad y a veces, hasta los efectuaba por instinto. Memorizar para ella era tarea nefasta, y el orden armónico de las partículas subatómicas, sus enlaces y sus propiedades se le escapaba por completo.
El cariño que sentía hacia ella se convertía en tristeza cada vez que suspendía algún examen.
Una mañana, no pude reprimirme más e intenté hablar de la situación.
– ¿Qué miras?
María se volvió hacia mí con lentitud y parpadeó un par de veces, como si no pudiera verme bien.
– ¿Qué? - inquirió de forma imprecisa.
– Que qué miras.
Lo dije con cierto deje de rencor. Estaba segura de que o bien se encogería de hombros, o diría que nada en particular.
– Ese graffitti.
Me incliné hacia su sitio y atisbé por la ventana. Hicieron falta un par de indicaciones más para que pudiera encontrar las letras rojas esbozadas, sin mucho cuidado, sobre la pared de ladrillo que rodeaba un recinto deportivo colindante a nuestro instituto.
Siete años contigo, siete años sin ti.
María me dijo que no sabía lo que significaba. A mí, el leerlo me inspiró pena, una aflicción de estas que son profundas y sordas, desenterrada de algún muy lugar muy profundo y que emanaba hacia las costillas. Por unos instantes, barajé las opciones, las historias que podrían estar detrás de aquel hermoso acto de vandalismo, y no me decidí por ninguna. Una ruptura amorosa era lo más probable, pero catorce años son muchos, y no podía imaginarme a un treintañero, o incluso cuarentón, cogiendo un spray para rememorar a su expareja.
El misterio de las letras rojas, al contrario que el misterio del Universo, era oscuro, tétrico, desordenado y triste. Pensar en ello era como poner una zancadilla a mi habitual forma de pensar.
No le di muchas más vueltas, pero el ver a María enfrascada en la contemplación de esa ventana no paraba de recordármelo.
Como yo esperaba, saqué la mejor nota de la clase en química y una de las mejores medias en total. Entré en la universidad que yo quería e indagué en la disciplina que tanto me apasionaba, cada día más. Me presenté a oposiciones y quedé entre los primeros puestos.
Se puede decir que cumplí con mis ambiciones. Pero, como siempre se dice, al final todo se queda pequeño. Y el orden y la lógica que antes tanto había venerado ahora se estaban convirtiendo en las paredes de un laberinto que solo sabía dar vueltas. Y la química, como todas las demás ciencias, empezó a parecerme un modelo demasiado limitado de perfecciones que nunca se hacían realidad.
De vez en cuando, María y yo nos enviábamos cartas. O al menos, eso hacíamos cuando éramos unas adolescentes. De una respuesta a otra podían pasar muchos meses, a pesar de que nos veíamos todos los días. Pero la espera merecía la pena.
Lo que nunca habría podido adivinar es que después de tanto tiempo, volvería a llegarme una carta suya. Por servicio de correos, al más puro estilo poético de mi amiga.
Quería saber qué tal me iba, dónde estaba, si era feliz. Ella ahora residía en Francia, y hacía de guía turística por sus calles.
Solo quería hablarle de lo más importante, de algo que llevaba los últimos años arañando las paredes de mi conciencia, porque por fin, después de tantos años de equivocaciones, me había dado cuenta de qué era.
        «María, todavía no sé qué significa siete años contigo, siete años sin ti.»

Julia Concepción Gutiérrez

jueves, 30 de octubre de 2014

El Diablo Blanco

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Ante mi, me observa sin dar su brazo a torcer, insondable e inalcanzable para un pobre mortal como yo al que se le acaba el tiempo. Si, en efecto, mañana a esta misma hora todo habrá terminado. Y yo apenas soy capaz de mirarlo directamente sin sentir la frustración del fracaso en la boca de mi estómago. ¡Maldita y endemoniada hoja de papel!

Ah, si, perdona si sonaba grandilocuente, pero es que mañana tengo que entregar un trabajo final para una maldita asignatura y no hay manera de conseguir poner una jodida palabra en el papel. Teoría Sociológica Contemporánea, con un maldito hueso como profesor además, de ese tipo que mira con lupa todo lo que escribes y le da igual lo que sea si no pones exactamente lo que él quiere leer. Osea, algo que diga lo fantástica que es la teoría de lucha de clases de Marx, o lo estúpida que es la etnometodología. ¡Menuda estupidez!

Pero joder, si sigo sin ser capaz de superar este bloqueo va a aprobar Rita. Y, lamentablemente, yo no me llamo así.

Piensa, piensa... bueno, quizás haya algo en la nevera rico y el paseo me servirá para despejar la cabeza. ¿Algo sobre el proletariado oprimido? Seguro que eso le gustaría, ¡pero es tan típico! Vale, vale, ya se que se trata de aprobar y no de escribir un libro novedoso y original, pero me repatea repetir lo que tantos otros han dicho ya. Solo ser un número más, sin nada propio.

¿Dónde estarán escondidas las musas cuando se las necesita? Desde luego, no en los estantes vacíos de mi despensa, ni sobre las salchichas en estado dudoso de la nevera. No. Ni en el estante del cuarto de baño, ni escondidas tras la esquina del pasillo o sobre el sofá del salón. Da igual cuánto pasee buscándolas, siguen evitándome como si llevase la peste.

Y el reloj sigue avanzando, mientras la jodida página se ríe en mi cara.

Ya se, le hablaré de lo interesante que es la teoría de Goffman y cómo describe el mundo como si fuese un teatro. Al fin y al cabo, eso es Teoría Sociológica Contemporánea y no el maldito Marx. Pero lo odia, seguro que sólo viendo el título ya me pone el suspenso y me cogerá ojeriza. Con eso no apruebo ni de Erasmus, vamos.

Mierda, justo cuando creo que empiezo a tener una idea rondando la cabeza, suena el whatsapp y allá va mi concentración. Todo para ver como mi mejor amigo cuelga una imagen de un partido de fútbol en el grupo común. Merde, ni siquiera somos del mismo equipo, y ahora el santo se ha ido mucho más allá del cielo. ¿Era algo sobre Veblen? No, no, algo sobre... ah, a la mierda. A este paso no doy hecho nada decente para mañana ni pasado ni dentro de un millón de años.

Tic, tac, tic, tac... ¡no te jode! ¿Quizás alguien haya colgado algo gracioso en Facebook que no haya visto aún? Podría servirme para limpiar la mente, si, seguro. Con eso volvería con ideas nuevas y renovadas... Nada, ni un sólo comentario nuevo desde hace diez minutos que miré la última vez. Ni siquiera una maldita imagen de gatitos o un meme gualtrapa hecho en Paint. ¡Ni en el Informer han subido ninguna nueva trolleada o una aburrida petición de apuntes!

Así no vamos a ningún lado, normal que España se hunda. Ni escribo, ni me entretengo, ni apruebo, ni nada. Vaya mierda, y este es aún el primero de los trabajos de este cuatrimestre. Mañana tendría que ponerme con el de Estructura Social, o el de feminismo... o, mierda, ¡ni siquiera tengo las explicaciones de qué hay que entregar para demografía!

Joder, pues algo tengo que hacer. Necesito sacarme este curro de encima, como sea.

Y entonces, por arte de magia, fruto de la frustración, el miedo y la impotencia, una primera palabra aparece en el papel. Y a este la sigue una segunda y una tercera, ¡hasta casi toda una frase! Y sólo entonces me paro a leer lo que estoy escribiendo:

"La lucha de clases es el motor de la historia, como Marx acertadamente supo retratar en su certero análisis..."

¡Joder! ¡Mierda!

¿Qué hacer?

¡A tomar por culo! Vale, lo admito, me rindo, ¡que sea como quieras! La misma mierda que la de todos los demás, que le den a la originalidad y a decir algo interesante. Me basta con aprobar esta jodida asignatura y aceptar que me valoro a mi mismo por encima de mis posibilidades reales. Ya tendré tiempo de ser original cuando termine y tenga trabajo en el mundo real.


O, al menos, eso me digo a mi mismo mientras prostituyo mis conocimientos, entregados con mi autoestima al altar insaciable del imbatible demonio blanco; como una virgen pura lista para ser devorada brutalmente.


Costán Sequeiros Bruna

martes, 28 de octubre de 2014

Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.

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Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.

Siempre fui de letras. Los números me apasionaban, pero yo a ellos no, de modo que nuestra relación fue siempre muy complicada. Tal vez por eso cuando llegué a 1º de Bachillerato y vi entre mis asignaturas Filosofía, me sentí más feliz que el pequeño Nicolás en una fiesta de CNI.

El profesor que impartía la asignatura era un tipo alto, rígido, con un porte excepcional y una media sonrisa que hacía que pensaras si se estaba riendo de ti o de algún chiste que alguien le contaba al oído. Rondaba los 45 y siempre llevaba pantalones, camisa y americana, con unos zapatos marrones o negros según fuese la camisa y el pantalón. Llevaba el pelo corto y una pequeña franja de éste había empezado una guerra de conquista blanca sobre el resto del cabello. La leyenda del colegio contaba que tuvo que huir del País Vasco con su familia porque ETA les había amenazado. Yo mismo pude comprobarlo al tiempo en una conversación con él, donde dejaba entrever este hecho con una amargura sobresaliente. Pero lo que realmente quiero resaltar de su persona es que imponía respeto. Cuando estabas en su presencia tenías la clara convicción de que si te pasabas un centímetro de la línea que él había trazado, fácilmente te podía caer una ostia. Más de una vez lo vi apretarse los puños y tener que calmarse ante la estupidez de alguno de mis compañeros de clase. 

Sin embargo, lo más destacable de él, Don Javier de Andrés, era la forma que tenía de explicar las cosas. Te hacía sentir partícipe pero sin empujarte a pensar como él. Explicaba de manera que tuvieras que sacar tú la solución, que tuvieras que estrujarte duramente los sesos para dar con la tecla que él quería. Y entonces continuaba explicando. Imaginad eso en una clase de 30 salvajes, donde todos estábamos revolucionadísimos y donde, en el mejor de los casos, éramos 10 los que atendíamos lo que trataba de explicarnos y tan solo 5 los que queríamos realmente hallar la solución al dilema que nos ofrecía.

No obstante lo que más me entusiasmaba de sus clases no era tan solo que me hacía pensar, si no la manera cruel y despiadada con la que solía castigar a los que no prestaban la atención que él merecía. Pondré un ejemplo:

Nosotros teníamos clase de filosofía los martes a última hora y los miércoles a primera. Esa combinación era mortal porque hacía que la mayoría no se enterase de nada el martes y tuviese que explicar la lección del día anterior el miércoles por la mañana. El cóctel era sencillamente maravilloso. Si a esto le sumamos que muchos de ellos no aparecían a última hora o a primera del día siguiente teníamos resultados dignos de mención como el que quiero explicar ahora.

Como digo, era habitual que Don Javier, pidiese a algún alumno “recordarle” de qué había ido la clase anterior, preguntando por las ideas de tal o cual autor. Don Javier, cogía la lista de sus alumnos, paseaba distraídamente la vista por el aula y por la lista varias veces y finalmente decía un nombre. Esta suerte de liturgia se repetía todos los días, acompañada de su famosa media sonrisa de lado, y se hacía extensiva a todos los alumnos. A TODOS. Daba igual si estabas en el aula o no. Él te preguntaba. De esta manera, y para regocijo del pequeño grupo de 4 miembros que conformábamos en aquellos tiempos, iniciaba una serie de preguntas destinadas a “refrescarle” la memoria a personas que no se encontraban allí.

La hilarante situación hacía nuestras delicias y las risas se escuchaban hasta en el pasillo cuando aquello sucedía.

“-Muy bien, Ana Danko, háblame de la teoría de la reminiscencia platónica.”- Unos 5 segundos de silencio en los cuales todos sabíamos que Ana Danko no iba a poder contestarle sencillamente porque no estaba en el aula.-

“Ah, ¿Qué no contestas? Pues un cero para ti.

Después de eso las risas se hacían aún más pronunciadas y no era difícil verle sonreír profusamente ante la maldad rezumante de sus actos.

Más de una vez nos miró con claro gesto de aprobación enseñando el alto el boli con el que ejecutaba sin piedad a los ausentes en sus clases. Nosotros decíamos que era una Katana mágicamente encubierta y que en realidad, lo que hacía era seccionar el alma de los estudiantes que no le respondían a sus simples preguntas.


Siempre que me preguntan, explico lo mismo: El origen de mi pasión por las historias y por las clases está aquí. Ojalá algún día pueda ser tan buen profesor como Don Javier de Andrés.

Bellaflor

domingo, 26 de octubre de 2014

Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.

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El aire en la clase resultaba mas pesado y asfixiante, si cabe, que en el exterior con sus 36º. El profesor de matemáticas hablaba con voz monotona y pausada mientras escribía en la pizarra los pasos para encontrar Δ en una interminable operación.

Jaime era incapaz de concentrarse en ese hombre que al principió había parecido hablar su idioma, pero, según aparecían numeros en la pizarra había ido lentamente cambiando a algún dialecto largo tiempo olvidado. En ese momento Jaime solo podía apreciar en la explicación que cada vez que se paraba a secarse el sudor del cuello miraba el también la pizarra calculando el espacio que le quedaba para terminar el ejercicio.

El adolescente se habría sentido mal de no poder mirar a sus compañeros, los cuales exibian las mismas caras de tedio y desesperación por que terminase la clase. Unicamente se escuchaba escribir a alguna chica (siempre las chicas, suspiraba Jaime para si mismo sintiendose un poco herido de alguna manera que no acababa de comprender) de esas que, incluso con el calor que hacía ese día, siempre estaban aseadas y perfecas; esas chicas que cuidaban mucho lo que comían y llevaban sus pocas espinillas propias de la edad escondidas bajo una capa uniforme de maquillaje.

Antes de que se diera cuenta la chica levantó brevemente la mirada de su cuaderno, en el que no habría ni un solo tachón, y miró a su alrededor hasta que sus miradas se cruzaron. Jaime cambió rapidamente su punto de atención esperando que no pareciese que la había estado mirando concretamente a ella. Pero nno servía de nada, lo último que había visto por el rabillo del ojo era como ella se sonreía pensando cualquier cosa antes de volver a lanzarse sobre el ejercicio de matemáticas de la pizarra.

Por eso cuando sonó la campana el adolescente mas común y normal de todos se unió a sus compañeros en un suspiro de tranquilidad. Ese suspiro bien podría ser parte de una religión mayoritaria en el planeta, un enorme amén por parte de los feligreses de las clases que, al terminar otro bocado del horarió toman aire antes de enfrentarse a la siguiente y pesada clase.
Jaime se giró hacia su compañero de pupitre y siguió una comoda rutina en la que preguntaba que tocaba ahora, como si no lo supiera realmente y quisiese asegurarse de que algo había cambiado esa semana y no tenian Lengua. Esta primera frase era el pie para despejarse la cabeza hablando un poco de lo horrible que había sido la clase, el calor que hacía o si la profesora de química llevaría falda hoy o no.

Su compañero sinembargó decidió cambiar la tónica habitual de sus conversaciones y enseñarle lo que había estado haciendo en el cuaderno durante toda la hora.

-Es mi personaje de Sluag!- Con la “!” al final como corresponde al nombre de un videojuego extranjero. –Un cornisciente con la piel verde y el pelo azul. Ayer estuve una hora hasta que logré la Espada vitrubia.- Decía mientras señalaba una cimitarra llena de glífos y símbolos a la que había dedicado mucho mas esfuerzo que en la rígida y borrosa criatura con tres cuernos.

-¿Qué tal está?- Respondió Jaime, sin demasiado interes real pero fingiendolo un poco, llevaba tres años compartiendo pupitre con su compañero y no quería arruinar esa armonia. –He oido que aveces les pasan cosas raras a los que juegan a Sluag!-

-¡Eso es lo mejor de todo!- Dijo excitado su pecoso amigo. –Los foros estan llenos de mensajes de jugadores diciendo que han encontrado portales a otros juegos y fotos de platimonedas que han encontrado por sus casas. ¡Estoy seguro que en cuanto llevas 500 horas o así empiezan a pasar las cosas raras!-


Y el timbre sonó interrumpiendo la conversación de improvisto. 

Jarl

Complementos Vitamínicos

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-                                    -Señor Fernández. El examen ya ha concluido. Lo lamento.

Desperté empapado en sudor, me sequé la frente y comprobé en el despertador que sólo había sido una horrible pesadilla.

Como cada mañana acudí directo a la ducha, pero los nervios acumulados después de insufribles días de estrés y estudio me incitaron a descargar tensiones auto-complaciéndome con la mano entre secreciones y vapor de agua. Al terminar, me esperaba mi albornoz mostaza con una amarga taza de café y un zumo de naranja levemente ácido.

-         Recuerda. Toma tres pastillas previamente al estudio y 40 minutos antes de la prueba. No las mezcles con nada, únicamente con agua. Resonó la voz de aquella joven que afirmaba ser estudiante de farmacia.

Aquél sitio olía a humedad y a basura. Absolutamente nauseabundo. Recorrimos las entrañas y pasillos de la facultad de medicina hasta recabar en un retrete apestoso donde aquella joven nos aguardaba. 

-                                   -Cari, serán 70 euros todas las gominolas. ¿Ves? Te hago hasta descuento de amigo. Entonces giró la cabeza y dirigió la atención hacia mi compañero Héctor, aquel que me aseguraba que la fuente de todos sus éxitos académicos radicaban en aquellas monodosis de color azul eléctrico.

Y a tenor de lo que se comentaba por la facultad todo aquello parecía jodidamente verdad. Aquellas extraordinarias píldoras eran lo último entre los estudiantes. A 8 pavos la unidad, sí, pero te aseguraban recordar todo lo que habías estudiado y clavar un examen. Se las conocía como el orgasmo de Einstein o las papá pitufo, supongo que por aquello de la sabiduría y su significativo color.

Miré el reloj, las 9:20 en punto. Justo 40 minutos antes de mi primer encuentro con una matrícula de honor.
          -No pueden ser peor que una raya de coca, me repetí antes de tomármelas de nuevo. Además, cosas peores ya habrían pasado por mi boca.

Y allí me encontraba yo. Apoyando los codos sobre la madera corroída de aquel vetusto pupitre. Esperando mi oportunidad de demostrar quién era el puto amo o quién iba a restregar la nota a su padre en los morros. Unos minutos después la profesora me hizo entrega del examen. Esa mala arpía que seguro que no había follado en los últimos decenios. Hoy me la follaría yo a ella, metafóricamente hablando, claro. Vestía una blusa de abuela a la moda, sí, pero de moda en la guerra civil, y una falda de tubo que le hacía parecer una salchicha embutida. ¿En serio? ¿Esta tipa habría oído hablar del concepto o la noción estética?

Da igual. Bajé la mirada hacia los papeles, y leí atentamente las cuestiones a responder. Después de 40 minutos el sudor volvía a aparecer. Apenas había rellenado un par de preguntas cuando todos mis conocimientos terminaban de volatilizarse. El corazón empezó a latir violentamente mientras en una fuerte sacudida el estómago me hizo arrojar todo el desayuno mediante una convulsa nausea. Me toqué la nariz, sangraba.


          -Señor Fernández. Es la hora. El examen ha concluido.

Héctor Puente Bienvenido.