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martes, 14 de abril de 2015

Antología breve de lo que no es amor

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Práctica 9; Microrrelato

Pretérito imperfecto.

Todo tiene un valor, y nada es blanco o negro. Es la diferencia entre que llovizne y se desate una tormenta. A veces es una diferencia obvia, otras, no tanto. No es lo mismo besar en sueños que besar sin ser correspondido, besar apasionadamente que estar a punto de besar, haber besado que poder besar alguna vez. Si quisiste besarme, me besaste mucho; si nunca te atreviste, no fue poco tampoco.
Para eso existe la palabra. Podría preguntarte, y tú me lo dirías. Pero es que nunca me ha gustado el cine en blanco y negro, y el valor del pretérito imperfecto es, precisamente, su gris.

Una escena cualquiera. 160 palabras.


Microrruptura.

Ayer, te pregunté en qué estabas pensando.
No respondiste nada, y te quejaste:
“Odio esa pregunta”
Yo me quedé pensando en cómo eras y dijiste:
“¿En qué piensas tú?”
No dije nunca mayor sinceridad
que “en nada”.

50 palabras, sin golpe de efecto (opcional).


Duerme, duerme profundamente.

50 palabras, con golpe de efecto.
“El buen amante espera eternamente”
Un mechón de pelo rubio atado al cabecero de la cama.
Su anfitrión duerme profundamente. En frente, sobre la cómoda, el retrato grabado de una joven con moño. Un mechón irregular le cae sobre la frente.
“El buen amante espera eternamente” pone sobre la lápida.


Julia Concepción Gutiérrez

martes, 17 de marzo de 2015

La fuerza del destino

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Práctica 8; Humor.
En mi vida, solo he recibido una carta de amor. Y no era tuya.
Lo intenté, Marta, de verdad que lo intenté. ¡Mírala! Está aquí.
Antonio se sacó un sobre arrugado del bolsillo de la chaqueta. La lluvia lo había empapado de tal manera que en las esquinas inferiores se transparentaban las palabras del papel. El servicio de correos se la había devuelto con años de retraso.
Marta respiró profundamente y miró a un lado. Su perfil altivo le decía que no iba a escucharle. Que aún seguía sentado en el sofá de su casa, pero que la puerta estaba cerrada desde hacía tiempo. Había contestado a su correspondencia solo por amabilidad.
Dame tus mejores deseos para el bebé, y vete.
Que seáis felices.
Contrariado, se levantó bruscamente y caminó hacia la puerta. Su mal carácter era una de las cosas que Marta nunca había soportado, aunque ella lo tuviera aún peor. Pero ya no había necesidad de cambiar, ya no había vuelta atrás. Tres años de distancia y su propia estupidez habían acabado con todo.
Cuando bajó a la calle, la lluvia y la noche cayeron sobre él. Toda la ira de que había necesitado para llegar hasta ahí, en un momento, se esfumó. Esperando que nadie estuviera por la calle a las dos de la mañana, se sentó en el bordillo de la acera y enterró la cara entre las manos. El agua que se dirigía hacia el alcantarillado comenzó a escalar por sus calcetines, pero no le importó.
A unos cuantos metros, un bar aún permanecía abierto y por sus ventanas se escapaban las notas de la última canción de Michael Jackson, She's out of my life.
Marta como madre soltera. Parecía una pesadilla; aunque no le habría extrañado que después de su relación hubiera querido hacerse lesbiana. Asqueado por el devenir de sus pensamientos, negó con la cabeza y se incorporó. Y en frente de él, como en una revelación, vio el cartel encendido de una lavandería.
Había visto esas cosas en pelis yanquis. Extrañado, se acercó. Sus pasos resonaron en la calle solitaria y se sumaron al murmullo de la lluvia. Ya comenzaba a sentirse más tranquilo.
“La lavadora de los deseos. Ven y límpiate por dentro” Era el eslogan, sobre un fondo rosa.
Intentó ver a través de las cristaleras, pero el local estaba casi en penumbra. Se acercó a la puerta y vio que en efecto, estaba abierto. Dudó durante unos instantes, pero se encogió de hombros y entró.
Antonio... - escuchó una voz ronca.
¡¿Eh?! ¿quién es?
De golpe, varios fluorescentes iluminaron la habitación. Un motero gordo y andrajoso estaba apoyado contra la pared de en frente, de espaldas a él.
Perdona, habían vuelto a saltar los fusibles.
¿Cómo sabes mi nombre?
Tu camisa. Trabajas en el McDonald's, ¿no?
Antonio suspiró, aliviado. Aquella no era una de esas historias en que un despechado se encuentra con una adivina que le ayuda a recuperar su amor.
El motero, que llevaba pendientes en ambas orejas, se acercó trabajosamente hasta el mostrador y se sentó. El olor de sus brazos desnudos, llenos de tatuajes, golpeó a Antonio.
Y bien, ¿qué querías?
Eeeeh... Nada, solo preguntar. En el cartel pone que lavan por dentro. Será un eslogan, supongo.
¿Es que te sientes sucio?
Eso es algo privado.
El hombre grueso dio una palmada que casi tiró el mostrador y rompió a reír.
¡Qué poco sentido del humor, Antonio!
Perdona, creo que ya me voy.
Antonio se dio la vuelta, avergonzado y sorprendido por el camino retorcido al que le habían llevado los acontecimientos. Pero cuando tenía la mano en la puerta, el motero dijo:
Entonces, ¿no quieres viajar en el tiempo?
¿Cómo dices?
Nada, es que ahí en la acera, parecías un tanto deprimido. Pensé que necesitarías una ayudita. Si no no habría abierto la lavandería.
¿La has abierto para mí? No entiendo nada.
Solo abrimos cuando sabemos que alguien va a venir.
El motero, que ahora estaba recostado contra el borde del mostrador, se cruzó de brazos y le miró con cara de circunstancias.
¿Si me pusiera un turbante y fuera una mujer negra te convencería más? - inquirió.
Antonio consiguió sonreír.
Es que... no entiendo mucho de qué va todo esto.
Mira, chaval, te metes en la lavadora y te mando a donde tú me digas. Dos mil pesetas el año.
Antonio se quedó mirando las lavadoras que estaban alineadas contra la pared.
Efectivamente, si abría la tapa superior, podía llegar a entrar. Pero no quería acabar dando vueltas con la boca llena de jabón. Y viajar en el tiempo todavía no era físicamente posible.
¿Vas a quedarte pasmado toda la noche, o me vas a pagar?
Lo siento, es que...
¿Crees que te estoy timando?
Me temo que sí.
Bueno, pues ya me pagarás cuando vuelvas. Con un montón de vales de hamburguesas.
El motero se acercó a Antonio y le cogió por los hombros para empezar a empujarle hacia una de las lavadoras. Podría haberse resistido; pero el motero apretaba muy fuerte y Antonio tampoco valoraba mucho su propia vida.
Quítate los zapatos, es más cómodo.
El motero le pidió el carnet de conducir y el DNI, a fin de asegurarse de que volvería.
Antonio acabó en el corazón de esa máquina de metal, abrazado en posición fetal. Le habría gustado estar borracho para poder dormirse, pero supuso que el alcohol no entraba en la tarifa. Escuchó refunfuñar al motero mientras intentaba cerrar la tapa.
Espero que en el futuro cambien el diseño. Estaría mejor con forma de armario y muchos tubos de colores. ¿A dónde te llevo?
Mil novecientos setenta y siete.
¿Solo dos años, eh? Ts, sin el maldito Franco habríamos hecho mejor negocio. Nadie quiere ir más allá de mil novecientos setenta y cinco.
Antes de poder despedirse, el motorista había cerrado la tapa y sumido a Antonio en la total oscuridad. Su corazón comenzó a oprimirse de miedo. Habría sido mejor suicidarse de cualquier otra manera.
Supo que estaba dando vueltas, pero no sentía nada. Como cuando se acostaba demasiado deprisa y le parecía que la cama giraba y giraba. Y, antes de que pudiera palpar mejor cuanto había a su alrededor, la puerta volvió a abrirse y un chico engominado le ayudó a salir.
Son cuatro kilos. - le dijo en cuanto estuvo en el suelo.
Antonio tuvo que mirarle a los ojos para darse cuenta de que seguía siendo el motorista, solo que con camisa y corbata. Y sin tatuajes.
Me dijeron que podría pagar después.
¡Puto yo del futuro! ¡joder! ¡No hace más que arruinarme!
Antonio compuso una sonrisa de disculpa y se dispuso a dejar el establecimiento, cuando el
premotorista le agarró por el brazo y le dio una tarjeta.
Lee esto y no la cagues.
“Instrucciones para los viajes en el tiempo.
Primer paso. Cómprate unos zapatos.
Segundo paso. Aségurate de no encontrarte con tu pasado yo. No aseguramos contra la apoplejía y la muerte instantánea.
Tercer paso. El pasado siempre seguirá intentando ser como era. Las fuerzas del destino tratarán de que todo te salga mal. No te plantees cosas complejas.”
Cuando Antonio salió de la tienda, estaba eufórico. Solo tendría que dejar una carta en el buzón de Marta, que vivía en el edificio de en frente, para que dejara de pensar que se había olvidado de ella durante su estancia en la universidad. Y ya no tendría una aventura con otro hombre, ni estaría decidida a dar a luz a su hijo. Seguirían juntos y probablemente se casarían, sin que el servicio de correos hubiera perdido su correspondencia y lo hubiera impedido.
Se compró las chanclas más baratas que encontró, junto con un taco de folios, un sobre y un bolígrafo. El bolígrafo no pintó, porque era un de un Todo a cien, así que tuvo que acercarse hasta una papelería, pero esos fueron todos los altercados. Al fin y al cabo, la suya era una tarea sencilla.
Cuando hubo acabado, decidió adjuntar la letra de She's out of my life. “He escrito esto pensando en ti. Se lo he enviado a Michael Jackson, pero no creo que me conteste”. Antonio 1; Tom Bahler, 0.
Metiendo el sobre en el buzón, creyó ser el hombre más feliz del mundo. Aunque tuviera que volver a meterse en la lavadora y que darle cien vales al motorista que le costarían más de un mes de trabajo.
Cuando regresó al tiempo presente, ya eran las tres de la mañana. Pero, teniendo en cuenta que Marta seguiría siendo su novia, si es que no vivían juntos, no le importó llamar a su timbre. No respondió, pero insistió, y finalmente una voz somnolienta le contestó por el interfono.
- ¿Es una broma pesada?
- Marta, ¡abre! ¡Soy yo, Antonio!
- ¿¡Qué haces aquí?!
- ¡Ábreme!
- ¡Estás loco!
Un pitido le indicó que ya podía pasar. Marta le esperaba con un camisón de margaritas que ya llevaba con dieciséis años, según podía recordar, y el pelo revuelto. No tenía una expresión altiva, sino confundida, lo que resultó una buena señal para Antonio, que entró sin pedir permiso y se dejó caer en el sofá.
- Tenía ganas de verte. - dijo.
- ¿Después de dos años? - inquirió Marta con ironía.- ¿Has venido por lo de mi hijo?
- ¿Qué hijo?
Marta puso los ojos en blanco.
- Te lo dije en las cartas, ¿no las has abierto?
Antonio se quedó paralizado. Es como si estuviera viviendo, de nuevo, la horrible escena que tuvo con Marta antes de entrar en la lavandería. Pero no, no podía ser. Porque había viajado al pasado y se había asegurado de meter bien la carta en el buzón. Las cosas no podían continuar como si nada. Marta no se podía haber sentido sola, ni haber dado por finalizada su relación. Ni haber intimado con otro hombre.
- Yo... te envié una carta. En la universidad. No entiendo por qué... ¿Por qué ya no estamos juntos? - balbuceó Antonio.
- En mi vida, solo he recibido una carta de amor. Y no era tuya.
Antonio se sintió como si esa frase le hubiera partido por la mitad.
- ¿De quién? ¿quién te escribió?
- Eso no es asunto tuyo.
Marta bajó los ojos y se ruborizó.
- ¿No sabes de quién es? - adivinó Antonio.
- No. Pero era muy real. Me escribió una canción.
Antonio sintió que le faltaba el aire. No había firmado la maldita carta. ¡El destino se la había jugado, no con un bolígrafo de los chinos, sino con su propia estupidez! Y todo lo que había dicho, sus sentimientos en primera persona, eran puro lirismo, puro amor. No había ninguna referencia al mundo material. Marta no había podido suponer que fuera suya, no tenía razones para hacerlo.
- Fui yo. Yo te la escribí. She's out of my life.
- Ya. Justo la que lleva sonando toda la noche en el bar de enfrente. ¿Qué te hace pensar que me escribirían una canción de Michael Jackson?
- Pero es cierto, ¿no?
- Eres patético.
Los ojos de Marta estaban vidriosos. Y Antonio pudo saber que no era solo por el enfado, sino también por la humillación de creer que él había adivinado la canción.
- ¿No vas a creerme, verdad? Es el destino.
- No, Antonio, no te creo. Y no es el destino, es que eres estúpido.
Antonio negó con la cabeza, incapaz de creer lo que estaba pasando, pero se levantó, dispuesto a marcharse. Desde la ventana, todavía veía el cartel rosa de la lavandería.
- Si esa carta hubiera sido mía... ¿Qué habría pasado?
Marta resopló, impaciente. Solo quería que aquel extraño saliera de su piso.
- Nada. No puedes cambiar el pasado con una simple carta.
Julia Concepción Gutiérrez

domingo, 15 de febrero de 2015

Final feliz

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Práctica 7; Acción.
Tenía que conseguir otro final feliz.
Las ruinosas escaleras de piedra crujieron al son de sus pasos vacilantes. La montaña rugió; el viento azotó esa parte de la ladera y la nieve se levantó como una sábana de espuma.
Amanda se agarró a la frágil barandilla, asustada. El metal se convirtió en polvo entre sus fríos y delicados dedos. Se quedó así, paralizada, hasta que una mano le fue tendida desde la oscuridad, y tiraron de ella para levantarla.
Era Ekio. Sus enormes ojos azules destellaron un momento, amigables, y juntos subieron los escalones que quedaban.
Zafir les miró llegar a la cima con desconfianza. No se fiaba de ella. Era la nueva del grupo.  La nueva de entre los dos. Y él era el que se encontraba mejor que todos. Las frondosas pieles de su capa hondearon entorno a su figura, agigantándola, manteniéndola caliente. Claro, él siempre se quedaba con lo mejor. Amanda se preguntó cómo era posible que Ekio todavía no se diera cuenta de que pretendía traicionarle.
Pero claro, tampoco ella podía saberlo.
– Moved el culo, pareja. - les gritó.
Acamparon al amparo de un saliente de aspecto particularmente agresivo. Bajo su techo, estaban resguardados de la nieve y la ventisca. Pero tampoco podían mirar las estrellas, claro. Las estrellas tranquilizaban a Amanda. Siempre estaban ahí. En los dos mundos.
Zafir se quedó haciendo la primera guardia. Eso significaba que Amanda tampoco podría dormir; y lo que era más complicado: que tendría que fingir que dormía.
Los ojos azules de Ekio se quedaron clavados en los suyos hasta que los cerró el sueño. En ese momento, y a falta de su luz, Amanda se mantuvo en un lamento vibrante, como unas cuerdas sin su guitarrista.
“Tienes que tranquilizarte” se reprendió. Ni siquiera recordaba el falso nombre que le había dado. ¿Y si alguna vez la llamaba y no respondía? Zafir tenía razón: no era de fiar. Ni siquiera ella se fiaba de sí misma.
Pero no había podido resistirse. Cuando se enteró de que Ekio quería alcanzar la tumba de la mujer que se había enamorado de la montaña, para comprobar que la leyenda fuera cierta, le pareció una empresa demasiado atractiva. Aunque la montaña fuera un risco que sobrepasaba las nubes y que llevaba mucho, mucho tiempo enfadada con sus ventoleras.
En ese mundo extraño, Amanda se sentía libre. Pero aquella sería la última noche. Zafir intentaría matar a Ekio de un momento a otro, ella se lo impediría y ahí habría acabado su trabajo.
“¿Cómo alguien puede querer matarte?” pensó, mirándole dormido. Apenas podía verle en la oscuridad, pero tenía su rostro grabado a fuego en la memoria.
“¿Cómo alguien podría permitir que te acabaras?”
Escuchó las primeras palabras del hechizo de Zafir. La lengua del desierto. La fuerza de la arena enterrando poderes ocultos desde hacía siglos. Las formas cambiantes de las dunas, serpientes titánicas debajo de la tierra.
Estaba intentando embrujarla, con las estrellas como único testigo. Después mataría a Ekio, y dejaría que ella muriera de frío; todo estaría hecho.
Cuál fue su sorpresa al ver que se incorporaba. Que el hechizo no hacía mella en su piel de marfil, que no paralizaba ninguno de sus miembros. Zafir retrocedió, trastabillando, y Amanda se sintió como la inmortal reina de las nieves, saliendo de debajo de su risco.
– Mala suerte, amigo. - le susurró.- Yo no formo parte de la historia.
Desenvainó la espada lentamente. Su muerte era necesaria. Ekio no podía cargar con un tullido montaña abajo, no una vez ella hubiera desaparecido y se hubiera quedado solo. Y sin duda insistiría en hacerlo aunque con ello arriesgara su propia vida. Por eso tenía que matarlo.
Ekio... ¿cuántas páginas cuestas?
El filo destelló a la luz de las estrellas. Zafir gritó conjuros contra ella que, por supuesto, no tuvieron efecto. Nada tenía efecto cuando Amanda se acercaba. Por eso siempre había tenido que apartarse en ciertos momentos, durante el viaje. Para que ellos no se dieran cuenta de que era como un agujero negro en el ritmo de sus aventuras.
Justo cuando se abalanzaba sobre él, los gritos de Zafir surtieron efecto. Las firmes manos de Ekio se cerraron contra las muñecas que Amanda ya elevaba por encima de su cabeza, y a punto estuvieron de hacer saltar el arma de entre sus dedos. Impotente, dejó que Ekio la apretara y la tirara al suelo con todas sus fuerzas.
La mirada de odio que le lanzó cuando ya estaba tendida sobre la nieve le dolió más que cualquier otra cosa.
– ¿¡Qué pretendías?! - la acusó.
– ¡Me estaba atacando! ¡por la espalda! - mintió Zafir.
– ¡No es cierto! - se defendió.- ¡Quería hechizarte, Ekio, tienes que creerme!
Pero Ekio no la creyó. Su mirada era aún más fría que de costumbre. Mucho más fría que cuando le cogió de la mano por primera vez. Más fría y más intensa que cuando la atrapó entre sus tonos de hielo.
Tenía razón. No podía creerla. La conocía desde hacía solo unas semanas. Pero Zafir había sido su compañero de aventuras desde hacía años. Su amigo. Su camarada.
Ekio no se daba cuenta de que Zafir solo era su sombra. De que debería haberlo dejado allí, moribundo en el desierto. De que había rescatado a una sanguijuela que se alimentaba de su sangre y de sus méritos.
Amanda no podía abrirle los ojos sobre eso. Había ocurrido hace años, cuando aún no le conocía, en lugares en los que ella no había podido estar nunca.
Alentado por la reacción de su amigo, Zafir se arrodilló junto a ella y la cogió por la capa:
– Dinos, ¡¿qué es lo que querías?! ¡dínoslo!
Amanda tuvo la valentía de no responderle. Anegados en lágrimas, sus ojos se quedaron fijos en el suelo, hasta que el ladrón le cruzó la cara de una bofetada.
– ¡Ya basta! - le reprendió Ekio.
Dolido, Ekio se frotó la frente y los ojos, caminando rápidamente de un lado a otro. El amanecer estaba cerca.
– No podemos dejar que nos siga. - decidió, ordenando a Zafir. - Dámela.
Zafir agarró a Amanda por la melena rubia y la obligó a levantarse, para empujarla hacia
Ekio, que la cogió sin mucho cariño.
– Tú quédate aquí. - indicó a Zafir.
Sujetándola las manos detrás de la espalda con un brazo, y empujándola con el otro, la llevó cuesta abajo hacia la frágil escalera que acababan de subir aquella tarde. Pero no, no pretendía conducirla por allí. Se quedaron a varios metros de distancia, mirando hacia el vacío del barranco.
Amanda contempló el lugar de su muerte. Una grieta fría y oscura. No había un final feliz.
Esta vez no lo había conseguido. Las manos de Ekio temblaron, dudaron a la hora de la verdad.
– Yo... - comenzó a murmurar Amanda.
– ¡Cállate! - le gritó, airado.
Escuchó su acelerada respiración unos segundos más, para después sentir cómo la soltaba.
No la había matado. Amanda cayó de rodillas sobre la nieve, a escasos centímetros de lo que habría sido su asesinato.
Agradecida, se volvió hacia Ekio, pero este ni siquiera se dignó a mirarla.
– Te dejaré la espada aquí. Para que puedas intentar volver con vida por donde has venido. Y no hagas que me arrepienta de no haberte tirado.
No escuchó sus pasos al marcharse, porque los sollozos lo ahogaban todo. Ya está. Ya se había acabado.
Miró su espada, abandonada sobre la nieve. Siempre había conseguido lo que quería.
Bastaba con que imaginara algo para que lo tuviera. Como ese filo. Siempre lo había conseguido
Salvo entonces. Salvo con Ekio.
Zafir ya había preparado los zurrones para cuando volvió Ekio. Le palmeó la espalda, como consolándole, y en silencio, reemprendieron su viaje.
El hechizo llegó a la noche siguiente, cuando Ekio aún no estaba dormido del todo. Como un valiente, intentó ordenar a sus paralizados músculos que cogieran un arma. Gritó, se arrastró, se resistió hasta el último de los momentos a ser la estatua en que se estaba convirtiendo. Zafir lo apuñaló primero en el brazo, y se disponía a hacerlo sobre el pecho cuando Amanda apareció.
De un manotazo, la daga salió disparada. Zafir no podía creer lo que veían sus ojos.
Murmuró otros tantos hechizos que, por supuesto, no surtieron efecto. Y en el último momento, desenvainó la espada que Amanda nunca le había visto usar.
Era preciosa.
– ¡Cobarde! - gritó al moribundo Ekio, que se retorcía en el suelo de la cueva. - ¡Cobarde, mentiroso! ¡Por una mujer!
Pero no pudo seguir increpándole más, porque Amanda se tiró contra él. Sus filos se encontraron y chillaron como una criatura del infierno. Ella fue la primera en ceder; las chispas ascendieron hacia el cielo.
Estaba resollando. No era fuerte. No como un hombre. La primera vez le había pillado desprevenido; pero en esta ocasión no llevaba ventaja.
Zafir comenzó a girar en círculos alrededor de ella. Lanzó una estocada, que esquivó. La atacó por un flanco, y se encontró con una barrera de acero. Pero no por mucho tiempo.
– Dime, ramera, ¿de dónde has salido? ¿quién eres en realidad?
Amanda no podía concentrarse en atacar y responder, ambas a la vez. Por eso, soltó la espada y se llevó una mano bajo la capa. Cuando apuntó a Zafir con el cañón de la pistola, este tenía la cara de desconcierto que se merecía un invento que tardaría muchos siglos en llegar hasta su mundo.
– Créeme, si te lo contara, no me creerías.
El balazo le atravesó la frente limpiamente. Era lo bueno de aquel mundo de ensueño: todo dependía de la voluntad de Amanda.
Muerto el hechicero, se acabó el hechizo. Ekio ya se incorporaba, con una mano apretando su hombro herido.
– ¿Qué? ¿qué es eso? - preguntó, aterrado, sobre la pistola.
Amanda se arrodilló a su lado y le cogió por el rostro. Le quedaba poco tiempo.
– ¿Alguna vez has leído un libro, Ekio? Yo te estaba leyendo a ti. Desde muy lejos.
El protagonista parpadeó. Ni siquiera era capaz de despedirse. Ni siquiera sabía que tenía que hacerlo. Amanda cerró los ojos.
Cuando los abrió, estaba de vuelta en su mundo, en su cama. Eufórica, cogió el libro que había caído sobre su regazo cuando se quedó dormida, y pasó a la última página. Ekio. Ekio seguía vivo.
Había conseguido cambiar el final. Dejó el libro en el estante de historias que había conseguido enmendar, y su corazón protestó.
– Lo siento, pequeña. - se dijo a sí misma. - Lo siento.
Se levantó de la cama y caminó silenciosamente hasta la ventana. Las estrellas continuaban allí, ajenas a su pérdida.
– Sí, Ekio. Son las mismas.

Suspiró, miró la pila de libros que le quedaban con final trágico, y decidió que era el momento de pasar a otra página.
Julia Concepción Gutiérrez

lunes, 26 de enero de 2015

Palabras para Paula

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Práctica 6; Críticas sociales.

Los problemas nunca llegan de uno en uno.

Todos tenemos momentos en que mataríamos por recibir una carta. Podemos desear un sobre con la confesión de amor que nunca recibimos, la declaración de admiración que siempre creímos merecernos o la lista de respuestas que compensaría el vacío de la incógnita.

Pero la mayoría de nosotros preferiríamos una carta de auxilio. Un abrazo en sobre instantáneo. El vaso de agua que nos aclare la garganta ahogada en tierra. Recibir ayuda en el momento justo en que más la necesitamos.

“¿Y si solo tuviéramos una carta? ¿cuándo deberíamos gastarla? ¿cómo podríamos saber que nuestra vida no puede llegar a ser peor?”

Los ojos verdes de Paula se clavaban en el techo como si este tuviera pintadas todas sus respuestas. “No te lo puedo decir, querida. No te puedo decir que este vaya a ser el peor momento de tu vida”

Las dos de la mañana. El ruido del camión de la basura al levantar los contenedores, abajo en la calle. Cómplice silencioso de decenas de insomnes que agradecen su compañía.

Paula se bajó de la cama, abrió la puerta lo más silenciosamente que pudo y se asomó al descansillo, en la total oscuridad. El sonido de los ronquidos de su padre la reconfortó, al igual que la luz del flexo de su hermana, que la delataba por debajo de su puerta.

Le gustaba ver que las cosas seguían su curso. Que su padre seguía teniendo sobrepeso, y que su hermana continuaba chateando hasta las dos de la mañana, sin que nada hubiera cambiado a causa de su desgracia. No lo sabían. Ella no se lo había contado.

Era mejor así; menos real. Solo existía en su mundo. En la puerta que volvió a cerrar, el techo que seguía sin tener respuestas y las horas que no podía dormir.

Fuera de ella misma, su problema no existía.

Pero en su cuerpo diminuto no podía caber tanto dolor. Catorce años de vida eran demasiado pocos para combatir uno de muerte. Y la melena oscura de tristeza ya no podía crecerle más.

Había crecido con la ilusión de unos amigos que habían llegado a formar parte de ella. Al principio, con los primeros insultos y los gestos de mal gusto, seguía creyendo que se quedarían allí para ayudarla y defenderla. Pero para cuando llegó definitivamente el invierno, los pájaros se fueron de las ramas porque faltaban hojas que picotear.

Su madre le preguntaba por personas que hacía semanas ya no estaban en su vida y otras con las que solo compartía breves saludos. Pero Paula fingía que seguían siendo las mismas personas con las que había crecido. Hablaba de fantasmas que, en el fondo, eran tan fríos como el hielo.

A veces, cuando volvía del instituto, se daba cuenta de que no había hablado con nadie. Ni una palabra en todo el día. Entonces decía bajito algunas de las cosas que podría haber contado, y se reía de las mismas personas que se dedicaban a reírse de ella.

“Sí, creo que este es el momento de recibir mi carta” se dijo una noche.

Repasaba viejos mensajes de internet y de móvil. Viejas confesiones de amistad, cariño derramado en ingente cantidad de letras. ¿Cuándo aprendería la gente que la consideración no se mide en longitud de las palabras?

¿Hay algo más cruel que enviar un mensaje y no recibir respuesta ninguna? Es todavía más innoble en la distancia. Saber que a través de los kilómetros alguien mira expectante la pantalla, y decidir dejarle ahí, indefinidamente plantado ante la luz artificial. Era lo que más le molestaba de sus compañeros de clase. Las ofensas en persona podían sobrellevarse; un duelo de miradas siempre era más humano, pero una llamada lejana de socorro nunca podía dejarse sin respuesta.

“Y si recibo una carta... ¿tengo que contestar?”

“Al final vas a confundir los sueños con la vigilia” le quería decir el techo. “No hay cartas. No existen”

“Bueno, eso depende de mí”

Paula eligió un acantilado cualquiera. Era sobrecogedor mirarlo y saber que, ocurriera lo que ocurriera, siempre estaría ahí. Más imperturbable aún que los ronquidos de su padre, y que la rebeldía de su hermana... El presente no era nada, y sus problemas tampoco. Que los adolescentes fueran allí a suicidarse era casi una contradicción.

Lanzó la carta de papel. El viento gallego la elevó durante breves momentos, para después sacudirla y torturarla. El precario avión hizo un pequeño esfuerzo por agitar sus delgadas alas, o al menos eso quiso ver Paula, para caer en picado hacia piedras y espuma.

– No te preocupes. Sé que me contestarás. - murmuró.

Pero ya daba igual. Ya estaba hecho. Las cartas no eran pura fantasía.

Julia Concepción Gutiérrez


domingo, 11 de enero de 2015

Fin de la partida

5 comentarios :
Práctica 5; Escribir para alguien concreto

La figura femenina de Juan se materializó frente a mí.

– ¡Joder, tío, avanza de una puta vez!

No podía tomármelo en serio; no con esas enormes tetas que había elegido para su avatar.

Decía que así le ayudaban más usuarios online. Pero yo creo que en el fondo la apariencia le gustaba. Si no, los caracteres “macho-alfa23” no flotarían en rojo sobre su larga melena rubia.

Asentí y me moví. Tenía que hacer de retaguardia para mis compañeros, porque se me daba bien el tiro a larga distancia. Cuando fue necesario, cambié de ametralladora y me cargué cuatro soldados rusos.

Comenzaron a sonar los tambores. Parpadeé, y mi personaje se quedó paralizado. Odiaba esa banda sonora. Me crispaba los nervios, ¿a nadie más le afectaba? Busqué el brazo de mi amigo Juan, a mi lado, en el sofá, y lo apreté.

Se sobresaltó. En el juego, su figura tetuda agitó los brazos.

– ¡Tío, te he dicho mil veces que odio eso!

– Perdona.

– ¡Nos van a masacrar, joder!

Era cierto. Mi personaje convulsionó al ritmo de las balas que lo atravesaban. Asqueado, me quité el casco de simulación virtual y lo tiré al sillón que había frente a mí.

Juan, que se lo estaba tomando más tranquilamente, lo dejó a su lado y comenzó a retocarse el pelo con los dedos. Cuando me miró, empezó a ponerse serio:

– ¿Estás bien?

– Sí

– Estás rojo.

Me miré la camiseta, que estaba empapada en sudor. Sonaba estúpido, pero por alguna razón esperaba estar sangrando de verdad.

Dios, cómo odiaba los avances tecnológicos.

– No vamos a acabar la película nunca. - me recriminó Juan.

– Tampoco era para tanto.

– Yo quería saber qué pasaba con el cofre. ¡Joder tío, solo era una hora de juego!

– Lo siento...

– Déjalo.

Estuve a punto de decirle que se mirara un documental de la segunda guerra mundial. Al fin y al cabo no era tan difícil saber cómo iba a acabar la puñetera película.

Pero en el fondo sabía que no nos entendíamos. Esperé pacientemente a que se terminara el último trozo de pizza y se marchara. Esa amistad era pura inercia. Prefería estar solo.

Siempre era así como acababan las cosas. Había comprado tres películas distintas y otros tres cascos de simulación. Había sido un pastón. Había jugado vía Internet. Durante horas. Y no había conseguido acabar ni una sola.

Las misiones eran una tortura para mí. Cuando por fin llegaban los cortos de animación, suspiraba y me recostaba contra el sofá. Era mi parte favorita; el cine antiguo, el cine en el que no tenía que intervenir. Porque era un cobarde. Eso es lo que habían dicho mis compañeros de instituto en su día, que era un cagueta, un soso y un imbécil. Por eso ahora tenía tan pocos amigos. Y Juan pronto dejaría de ser uno de ellos.

Cansado, me desvestí, me tomé una ducha rápida y me fui a la cama. Mi refugio. Mi tranquilidad. Mi maravilloso cine. Mi película de sábanas blancas.

En mis sueños, apareció una chica rubia. No una como el avatar de Juan, desproporcionadamente desarrollada y vestida de cuero; sino una de verdad. No pasaba nada. Hasta en mis sueños era un cobarde. Pero al menos eran sueños agradables.

Al día siguiente, envié un mensaje a Juan. No quería volver a estar solo. Quería tener, al menos un amigo.

Quedamos en Gran Vía para ir al Burguer. Lo agradecí, porque no hubo cine ni películas de por medio, y porque pudimos dar un paseo realmente agradable. La conversación de mi amigo no me entusiasmaba demasiado, pero era mejor que no tener a nadie. Al final, de puro aburrimiento, dimos unas cuantas vueltas y nos metimos al metro justo antes de que cerrara.

No había nadie en el andén a esas horas, y menos en pleno invierno. Solo quedaba un tren más antes de que se acabara el horario. Dos bancos más allá, había una chica enfundada en un grueso abrigo, apoyada contra las baldosas blancas y verdes de la pared. No podía verle la cara, pero tenía el pelo rubio, así que me sonreí y volví a mis dulces sueños, sin escuchar una mierda de lo que Juan me estaba contando.

Los diez minutos pasaron muy rápido: solo me di cuenta de que ya venía el tren cuando la chica se levantó y se acercó a las vías. Cuando ya oíamos el traqueteo de las ruedas, y unas luces brillantes se entreveían en las profundidades de los túneles, se tiró.

Juan ni siquiera pareció verlo, porque me estaba mirando a mí, en dirección contraria.

– ¡Se ha tirado, la chica se ha tirado! - farfullé.

Mi amigo volvió rápidamente la cabeza y allí la vimos. Echa un rebujo, expuesta sobre las vías metálicas como un trofeo a una bestia sangrienta. La melena rubia extendida sobre el suelo gris como un rayo de Sol.

Juan miró las luces del tren, con la boca abierta. Parecía una estatua. En ese momento lo comprendí: no era capaz de moverse. Asustado, le apreté el brazo, como cuando estábamos jugando en el sofá. Y no hallé respuesta. Íbamos a perder.

– ¡Joder, tío, muévete! - le grité.

Le empujé lejos de mí y eché a correr. Todavía podía darme tiempo. Salté sobre las vías en mitad de la carrera y aterricé de una forma que creí que se me iban a romper los huesos. La chica debía de haber perdido la conciencia, porque no solo no se resistió, sino que no movió un solo músculo. Tenía los ojos cerrados.

Las luces del tren iluminaron su cara e hicieron arder su pelo rubio. Supe que se iba a interrumpir la película, pero por una vez estuve contento, porque iba a conocer su final. No me daba miedo la muerte, la prefería a las balas rusas.

A día de hoy sigo aquí. Atrapado con ella para siempre en mi valiente cine de sábanas blancas.


Club de fans de cine

Julia Concepción Gutiérrez.

domingo, 14 de diciembre de 2014

El mito de la caverna.

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Práctica 4; Describe un objeto cotidiano.

Flores.

Luz a través de un papel.

Llevaba tanto tiempo secuestrada en el invierno de mi vida que había perdido la noción de lo que era verdad y lo que no.

Pero supongo que tenías razón. No faltaba mucho para que los días comenzaran a ser más largos, y para que la luz perezosa del sol resbalara por mi ventana. Me dijiste que esperarías hasta que se fuera esta ola de frío ciego para poder sacarme de casa con un vestido de vuelo ceñido a la cintura.

Aún recuerdo el día en que colocaste las cortinas contra mi cristal. Todo estaba helado y yo no tenía fuerzas ni para sacar los pies de entre las sábanas, pero me prometiste que a partir de entonces todo sería diferente. Que solo tendría que mirar las cortinas de flores para recordar que, en algún futuro no muy lejano, volvería a oír los graznidos de los pájaros, y los campos coloreados no serían solo los de tela blanco roto.

No sé cuántas primaveras han pasado sin que aparecieras para descorrer las cortinas. He olvidado lo que hay detrás de ellas, lo que es mirar más allá de ese patrón de pétalos de colores. No sé ni que no sé nada, porque soy solo un sofista encerrado en la caverna, esperando al Platón que venga a rescatarme.

No puedo decir cuándo vendrás a por mí porque ya no sé ni lo que es la primavera. Yo solo me sé el patrón de las falsas flores que me dejaste.

Julia Concepción Gutiérrez.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Un hombre sin amada, un capitán sin tesoro y un cuento sin princesa.

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Practica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista

– ¡Más rápido!
Sentí el frío filo del machete apoyarse amenazador contra mi espalda. Avancé por la pasarela hasta que ya no hubo más madera, y contemplé largamente el rugido amenazador de las olas. Estaba decidida a tirarme, pero mis pies no respondían.
– ¡Vamos!
Un humillante gimoteo escapó por mi garganta. ¿Por qué no lo hacía? Al fin y al cabo, sería lo mejor. Tenía que hacerlo antes de que Rick apareciera e intentara salvarme aun a costa de su propia vida.
Eso es lo que hacía siempre.
Miré las olas negras como la pólvora y me convencí a mí misma de que eran las mismas sábanas con que mi doncella me arropaba de pequeña. Me imaginé el aliento salado del mar como la brisa marina que entraba en las noches de verano cuando abría la ventana. Cerré los ojos y me preparé para sumergirme en ese placentero abrazo de la muerte.
Uno de mis pies descalzos ya se aventuraba al vacío, como una pequeña pieza blanca asomando entre la tempestad, cuando una mano se enroscó en mi pelo y me sujetó violentamente.
– Mira a quién tenemos ahí.- murmuró un pirata junto a mi oreja.
La proa de una enorme nave se perfiló entre las brumas lejanas como si se tratara de un fantasma. Hicieron falta apenas unos segundos más para que la bandera con el escudo de mi reino se distinguiera en lo más alto del mástil.
Ya estaban ahí.
Con un grito, intenté zafarme de mi captor, revolviéndome y saltando sobre la pasarela, que osciló. Sin embargo, maniatada como estaba, solo conseguí hacerle perder el equilibrio, y ambos caímos, abrazados. El pirata fue lo suficientemente diestro como para agarrarse a los bordes de la pasarela, antes de que nos resbalásemos y cayésemos al mar. El golpe no lo había atontado, pero...
– ¡Ay! - se quejó.
Aproveché para patalear, buscando su punto débil, pero no acerté a dar ningún golpe consistente. El pirata me llamó ramera y me golpeó en mitad de la frente, estampándome el cráneo contra la pasarela.
Las nubes tormentosas chisporrotearon en cientos de lucecitas blancas que eran solo un producto de mi mente. Sentí que me mareaba y que perdía las fuerzas.
– ¡No tan rápido, debilucha! Te quedarás aquí hasta que tu amorcito pueda verte morir.
Volví la cara, rehuyendo su aliento pestilente, y lloré. Tenía que haberme tirado. Debí haberlo hecho en su momento. Por mi culpa, habría un derramamiento de sangre.
Sí, yo era la princesa de los cuentos a la que siempre tenía que rescatar alguien. La que solo sabía llorar y patalear, la que no tenía fuerzas para levantar un mosquetón, la que no hacía nada para peinarse.
Deseé que la pasarela y mi espalda se rompieran al mismo tiempo. Deseé que el ojo negro de la tormenta que nos sacudía me aplastase con sus huracanes. Deseé que una bala envenenada me atravesara de arriba a abajo, y luego otra vez.
“La próxima vez seré valiente, me lo prometo. Me tiraré.”
***
Oteé en el vendaval y no encontré nada.
– ¡Más rápido, maldita sea!
Agotar a mis hombres no era la solución, y yo lo sabía. Pero mi corazón me decía que Jane debía de estar allí, en alguna parte, y tenía que salvarla.
– ¡Capitán Rick!
Me volví. Ver a mi comodoro tiritando y calado hasta los huesos me removió la conciencia. Descuidé el timón por un momento.
– ¡Es la tormenta, capitán! ¡Está encantada!
Llevábamos casi dos días envueltos en aquellas nubes negras. La humedad había penetrado en aquel cascarón de madera hasta dañar la quilla. La nave, mi nave, el barco que siempre me había sido fiel, tenía los días contados.
Pero no era lo tangible lo único que se podría. El ánimo de mis camaradas estaba tan oscuro como el mismo cielo.
– No caigáis en viejas supersticiones, amigo mío. Mirad más allá.
– ¡Pero si no se ve nada!
Pasé un brazo por sus hombros para frenar sus aspavientos y le señalé el lluvioso horizonte.
– Ahí está.
– No veo nada. - repitió.
La verdad era que yo tampoco. Pero mi voluntad de encontrar a Jane era tan fuerte que ya no sentía ni la misma lluvia. Si estaba empapado, no lo notaba; si el hambre me mordía, yo lo ignoraba.
– Capitán, habéis perdido el juicio.
Entrecerré los ojos, y encontré la silueta del casco de un barco. Era apenas una fina línea entre las brumas, pero ahí estaba. Respiré hondamente para mantener la calma:
– ¿Vos creéis en mí? - pregunté.
– Por supuesto, capitán.
– Y yo creo en vos. ¿Veis algo entre la niebla?
– No, mi señor.
– Pues creo tanto en vos que os pediría que continuarais mirando. Porque creo que, si me brindáis vuestra voluntad, acontecerá un milagro.
– Eso es herejía, capitán.
– ¿No decíais que creíais en mí? Quiero que os quedéis aquí y pongáis todo vuestro empeño en ver algo, amigo. Pongo mi vida en vuestras manos.
– ¡Pero...!
Me volví, riéndome por lo bajo. Las manos me temblaban de emoción; me apunté mentalmente que tenía que cargar el mosquetón de pólvora, y busqué la empuñadura de mi espada con la mirada. Todo estaba preparado para la acción.
Mi paciencia no se vio sometida a más pruebas, porque los bramidos de mi comodoro se elevaron hacia el cielo como el tañido de unas campanas victoriosas.
– ¡ESTÁ AHÍ, MI CAPITÁN! ¡LO HE VISTO! ¡Y LLEVA BANDERA NEGRA!
Sonreí, había recuperado dos cosas: a Jane, y la confianza de mis camaradas.
Giramos el timón a escasos metros de la otra nave, visiblemente más pequeña y correosa. Antes de que las cuerdas comenzaran a volar de un lado a otro pude localizar a mi querida Jane, blanca como un ángel perdido en la tierra, despojada de sus bonitas ropas y en una enagua del mismo color que su piel. Aguardaba de rodillas al borde de la pasarela, maniatada, sujetada por la mano de un pirata que, a su vera, parecía aún más desagradable de ver que de costumbre.
No fuimos los únicos decididos a abordarlos; varios corsarios hundieron sus botas en mi cubierta, pero yo les ignoré. Me lancé sin dudar contra la oscuridad de aquella tormenta eterna, y rodé para frenar el impacto.
Nunca había sido lento de reflejos. Me levanté de un salto y corté con mi espada de lado a lado al primer pirata que osó echárseme encima. Di una vuelta sobre mí mismo para estudiar el panorama y decidí que lo más rápido sería avanzar hacia Jane. No parecía que aquella tripulación conociera ninguna estrategia defensiva, y el caos se había adueñado de la cubierta. Mis hombres eran diestros con las armas, así que presagié pocas bajas, y me dispuse a desentenderme y a escurrirme entre la multitud.
Llegué al otro lado de la cubierta sin muchos contratiempos. El corsario que sujetaba a Jane, estaba demasiado ocupado defendiéndose de uno de mis camaradas con la mano que tenía libre, y pronto tuvo que rendirse y soltarla. Mi princesa, sin embargo, no se movió. Su mirada estaba muerta, perdida en el suelo, y sus brazos descansaban tan inertes como los grilletes que los inmovilizaban.
– ¡Jane!
El fantasma de una débil sonrisa bailó por sus labios. Me miró, pero sus ojos estaban vacíos.
– ¡Princesa, he venido a salvaros!
Por fin pareció reaccionar, levantándose a duras penas. Extendí una mano hacia ella, una mano que emergía desde el caos sangriento de la batalla, desde la tormenta oscura, una mano que era todo luz y esperanza.
Pero ella no me correspondió.
– No, Rick. Esta vez no.
Jane sacudió la cabeza, como hablando consigo misma, y se dispuso a cruzar la pasarela.
– ¡NO! - aullé como un lobo herido.
Sus pálidos pies se pusieron de puntillas a los bordes de la muerte, se giró sin perder el equilibrio, y de espaldas al océano se despidió:
– Esta vez, nadie morirá por la princesa, salvo la princesa.
Su grácil figura blanca se precipitó hacia atrás y se perdió. El mar no hizo ruido alguno al engullirla entre sus fauces. Ningún círculo de espuma señaló, siquiera efímeramente, el lugar de su lápida de olas.
Elevé la vista hacia mis camaradas. La lucha había terminado. Todos los corsarios estaban muertos o apresados. Me lo había perdido todo. Había sido muy breve.
Era un hombre sin amada, un capitán sin tesoro, un cuento sin princesa.
***
Miré mi reloj digital. Eran las seis de la mañana; pronto sonaría el despertador. Cerré el libro que me había costado toda una noche de descanso y pensé:
“Menuda mierda de historia”
Tenía que reconocerlo, al principio me había intrigado un poco. Había querido saber qué pasaba con Rick y Jane. Me había convertido en el testigo silencioso de su historia.
Sonó el despertador y me levanté.
Me lavé la cara y me miré en el espejo del lavabo. Menudas pintas. Entre las ojeras, las espinillas y la gomina, parecía un violador.
Cogí la mochila y dejé el piso antes de que mi madre se levantara, en bata y con los rulos puestos, para recordarme que no había desayunado.
De camino al instituto, localicé a Sara. Hoy, se había puesto falda.
– Ey, cómo vas.
– Que te den.
Me lanzó una mirada de desprecio y apretó el paso. Mierda. Por lo menos, nadie había visto cómo me daban calabazas. Salvo una señora marroquí con velo, que aprovechaba para hurgar en la basura antes de que la ciudad despertara.
Esperé a que sonara el timbre fumándome un cigarro en la entrada. Todavía me sentía algo alelado por los porritos que habían caído el fin de semana, pero seguía con ganas de dar caladas a algo.
Mi hermana pequeña llegó justo cuando sonaba el timbre. Estaba en primero de la ESO y llevaba una mochila de Violeta, la nueva estrella de Disney Channel. No quería salir con ella de casa porque me daba vergüenza ajena.
– Estás fumando.- me dijo.
– ¡¿No me digas?!
Recorrí con una mirada burlona sus coletitas.
– Se lo voy a decir a mamá.
– Haz lo que quieras, mocosa.
Su cara rechoncha amenazó con derramar algunos lagrimones. Una punzada de arrepentimiento me traspasó el estómago vacío y me decidí a decirle algo, pero ya se había marchado.
Tiré la colilla al suelo y entré, pensando en comprarle alguna chuche o algo en el camino de vuelta. Si es que tenía dinero conmigo. Llevaba sin revisar la mochila varias semanas.
La profesora de lengua y literatura me sonrió al repartir los exámenes.
– Vaya, has venido.
Se escuchó una risa general de pupitre a pupitre.
– Le hice caso, señorita.
Sí, yo trataba a mi profesora de usted. Y le llamaba señorita. Se lo merecía, era joven y bonita y no me miraba con asco, como los demás profesores. Aunque yo solo llevara un cuaderno y un boli mordisqueado, me preguntaba por los ejercicios del libro como si los hubiera hecho de verdad. No me confundía con la pared, para ella seguía existiendo.
Mis amigos decían que se la querían follar y cosas así. Yo también era del tipo de chicos que hacía esas bromas, pero no sobre ella. Aunque sea una mariconada, era una de esas mujeres a las que uno no se tira, sino que hace el amor. Pero claro, esto no lo iba a decir en voz alta. Ni en mi mente. Tenía que mantener un estatus.
– Cincuenta minutos. - anunció.
Se sentó en su sitio, hondeando su melena negra con su habitual sonrisa de serena felicidad.
Suspiré y me decidí a terminar de cumplir con lo que me había pedido, hablando a solas ensu despacho.
-¿El libro tiene un final abierto o cerrado?¿Por qué?
Garabateé:
Cerrado.
-¿Dirías que los personajes son planos o redondos? Justifica tu respuesta.
Cambian porque uno no se espera lo que va a pasar.
Dejé el boli, asqueado por mi propia respuesta. Ir a ese examen, como a todos los demás, había sido un error.
–¿Dividirías el libro en partes? ¿con qué criterio?
– ¿Crees que se trata de una narración convencional? ¿dentro de qué género lo incluirías?
Al fin encontré una pregunta que responder.
– Haz una breve crítica personal de la historia (15 líneas) NO VALE RESUMEN.
Me ha parecido una mierda.
Me crucé de brazos y me puse a mirar por la ventana la media hora restante. Estaba tan ensimismado que no escuché el timbre, y la profesora vino a recogerme los papeles. Como ya no quedaba casi nadie, hojeó mis respuestas y frunció el ceño.
Pensé que iba a reprocharme el no haber hecho nada, pero no fue así.
– ¿No has leído el libro, verdad, Pablo?
– Sí, señorita, lo leí anoche. Yo no le mentiría.
La profesora sonrió. Qué mona era.
– Te creo. ¿Y por qué no te ha gustado?
Chasqué la lengua, y se apoderó de mí una súbita vergüenza. Notaba las orejas coloradas.
– Pues, em... No sé, todo el rollo de la princesa y tal, te deja mal, y al final no sirve para nada.
– ¿Cómo que no sirve para nada?
– Me refiero a que acaba mal, Rick va a salvarla y al final te deja mal.
– ¿Te puso triste?
– Bueno... Un poco, señorita.
– Pero eso es que te gustó. - sonrió.
– No, yo quería que acabase mejor.
– Pero la vida es así, Pablo.- se encogió de hombros.- No todo puede acabar bien.
Ya se estaba volviendo, cuando mi respuesta la sorprendió:
– Pero por eso es un libro, señorita. Debería acabar bien, porque no es de verdad.
Me miró con compasión. Me sentí como si acabara de contarla un secreto muy profundo. Incómodo y avergonzado, me levanté y cogí la mochila.
– A partir de ahora, te recomendaré historias con final feliz, pues.- me dijo.
– Vale, señorita. Las leeré.
Cinco horas después, mi hermanita me esperaba en el mismo sitio donde me había visto fumar.
– Tengo que volver contigo.- me dijo.
– ¿Por?
– Mis amigas se han ido sin mí.
Miré a mi pequeña, con su barriguita de niña aún tensa bajo la camiseta, las ridículas coletas, sus redondos mofletes. No me extrañaba que fuera el hazmerreír de su clase. A su edad, la mayoría de las niñas ya habían aprendido a ponerse pantis en vez de pantalones para marcar la raja del culo, y salían a dar voces y provocar a los mayores hasta más de las doce.
Cogí el paraguas que agarraba torpemente con una mano y lo abrí por encima de nosotros.
– No llueve. - me dijo, con retintín.
– ¿No es más bonito caminar así?
– La gente nos está mirando.
De camino, paramos en una tienda de golosinas y pude comprarle una bolsa de chuches para intentar que se olvidara del desaire que le acababan de hacer.
Salí a la calle, donde ella esperaba, alzando la pequeña bolsa multicolor.
– Princesa, he venido a salvaros.
– ¿Pero qué dices?


Que la vida es un hombre sin amada, un capitán sin tesoro, un cuento sin princesa. Pero ella aún no lo sabía, y esperaba que nunca llegara a saberlo.

Julia Concepción Gutiérrez,