Mostrando entradas con la etiqueta Lucía Llorente Zubiri. Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de enero de 2015

Dutch Angle

3 comentarios :
Práctica 5; Escribir para alguien concreto.

Tuve mucho cuidado al  d  e r r a m a r el aceite corporal sobre mis piernas para no manchar la colcha.

Mis manos iban  r e s b a l a n d o  sobre la piel que tú deberías navegarme y mi pena se anunciaba en primer plano: yo estaba desnuda sobre la cama y  tú te habías ido.

Las comisuras de mis labios se vencían  hacia abajo como si la  soledad fuera tan densa como el  plomo. Me había quedado  muda y con eso decía todo.


Eran casi  veinticuatro  los recuerdos que me invadían por segundo de aquel guión inconcluso. Las historias previsibles nunca terminaron de ser buenas, aunque sí nos dejaran satisfechos. 

Pero Dios dijo ¡corten!
Y te arrebató tu papel.
Y le quitó el sentido al mío.



Vista general de este desastre: Es domingo por la tarde y mi alma como el cielo triste está en blanco y negro. 


Club de cine.
Lucía Llorente Zubiri

martes, 2 de diciembre de 2014

TTX

3 comentarios :
Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista

Me puse el abrigo y comprobé que en los bolsillos estuviera todo lo básico para sobrevivir: chicles de menta, el móvil, las llaves de casa… Vale. Estaba todo.  Papá invitaba, así que no necesitaba traer dinero conmigo. Bajé corriendo las escaleras y los tres últimos escalones los salté para plantarme de golpe delante de la entrada del salón. Las puertas correderas estaban cerradas y a través de sus ventanas de vidrio opacado se filtraba la luz del fuego de la chimenea. La calma que inundaba el ambiente me quitó de sopetón las prisas que llevaba. Entreabrí con cuidado las puertas y asomé mi mirada por una pequeña rendija.   Solo veía la calva de mi padre a contraluz, sentado en el sofá, y los pies de mi madre asomados por el lado derecho. Parecía que susurraba algo a mi madre mientras contemplaba los troncos de la chimenea chisporrotear.

La verdad es que hacía tiempo que no pasábamos un domingo tan agradable. Pasear por el centro y comer en un restaurante japonés era un plan sencillo, pero placentero. Mi madre siempre había sido fan de probar platos exóticos y aunque mi padre siempre se resistiera a probar cosas nuevas, esta vez cedió.

 No es que quisiera interrumpir ese momento, pero ya llegábamos tarde al cine. Abrí algo más la puerta, haciendo ruido, y mi padre giró su cabeza hacia a mí.
Se llevó el dedo índice a los labios y me habló en un murmullo: ‘’Ya voy’’
Vi cómo se levantaba, como quitándose con cuidado el peso del cuerpo de mi madre de sus muslos. Pobrecita. Se había quedado dormida. Pareció que mi madre se quejara de que la moviera lanzando un saludo rápido hacia a mí con el dedo pulgar de su pie izquierdo.
Mi padre la arropó con una manta y desapareció por un momento al agacharse a decirle algo. Resurgió del telón que  parecía el sofá y se dirigió de puntillas hacia la puerta.

‘’Vámonos, ¿no?’’ le dije. Me guiñó un ojo, se puso el abrigo y me invitó a salir antes que él por la puerta.

***

Salimos con prisa del japonés, porque Carlos se había empeñado en llevar a Celia al cine. Una peli de acción, de las que yo no soporto. Pero la niña tenía exámenes, y  por tanto necesitaba llegar a casa pronto para aprovechar la tarde.
Ya en el coche, de vuelta, comencé a sentirme extraña, mareada, con náuseas. No vuelvo a comer sushi.

 Al llegar a casa me tiré en el sofá y empecé a sentirme pesada. Celia subió corriendo a encerrarse en su cuarto para estudiar y Carlos se sentó conmigo en el sofá. Hacía tiempo que no nos sentábamos solos. Lo único que me unía a él era nuestra hija. Yo ya había huido de ese matrimonio hacía años.

Por un momento pensé que estaba en un sueño. Carlos me miraba en silencio y yo ya no podía moverme. Comencé a angustiarme, no entendía nada. Él me rodeó con sus brazos y me tumbó a lo largo del sofá, apoyándome sobre sus muslos. ¿Se estaba dando cuenta de lo que me ocurría? ¿No podía ver que no estaba comportándome de manera normal? Los ojos se me congelaron en un punto fijo.  Y él se interpuso, para clavar su mirada en la mía. Perdí la noción del tiempo.

Ya debía saber que estaba sufriendo o que me ocurría algo.

¿¡Por qué no se asustaba ni se preocupaba!? ¡Espabila, joder!

 En mi interior comencé a revolverme, como si fuera un perro desesperado rascando una puerta. La angustia comenzó a invadirme el cuerpo y mi alma se retorcía como un paño de cocina sucio al ser escurrido. El miedo me desgarraba como un frío pinchazo agudo que nacía a la izquierda del pecho y moría en la garganta, quedándose atrapado entre todos los gritos mudos de desesperación que me rasgaban de dolor. Estaba implosionando, rompiéndome en mil pedazos y sin embargo, mi cuerpo inmóvil enjaulaba mi angustia como si fuera una caja negra, dura, fría e inmóvil.

Él me acariciaba el pelo mientras miraba a la chimenea.

Oí un ruido desde el recibidor, como un golpe contra el suelo.

En mi cabeza solo retumbaban las súplicas: ‘’Celia, por favor… por favor… por favor… Celia, por favor, sácame de aquí, por favor, Celia…’’

Carlos se me acercó al oído. ‘’¿Sientes el frío? ’’.

Sentí cómo la puerta se entreabrió ligeramente, pero el sofá solo le dejaría ver mis pies.

Volvió a abrir la puerta, haciendo más ruido, y Carlos la miró sonriente, diciendo que ya iba.

‘’Celia, por favor, no estoy dormida, ven, acércate, ¡ACÉRCATE!, ¡SE ME ESTÁN SECANDO LOS PUTOS OJOS DE NO PODER NI PESTAÑEAR, VEN! ¡ASÓMATE, DESPÍDETE DE MÍ, ESTE PSICÓPATA SABE LO QUE ME PASA!’’

Carlos se levantó y me tapó con una manta. Mi desesperación por vivir solo consiguió que lanzara una última despedida con un movimiento torpe y fugaz del dedo pulgar de mi pie.

  Se agachó y se acercó a mi cara. ‘’Ahora te toca a ti pasar por lo que he pasado yo’’.

Lo último que oí fue un portazo. Y yo me quedé sola, en la penumbra, esperando.

***

La cuestión era hacer un trabajo discreto y calculado.

Entre las cosas que Isabel quería hacer, estaba ir a un restaurante japonés.

Las llevaría a ese restaurante con no sé cuántas estrellas Michelín. Isabel siempre ha sido fan de probar platos exóticos, así que no dudaría en probar el pez globo. Algo estúpido, por su parte, pero la conozco bien. Un corte mal hecho y  mortífero veneno cala en la carne del animal. Todos saben a qué se enfrentan al comer esta bestia. ¿Quién sospecharía de mí, sino de un descuido fatal del chef?

Tetrodotoxina. Su horrible nombre hacía honra a sus efectos. Y el veneno había caído en mis manos gracias a un viejo conocido mío que se movía por debajo de la cuerda de lo legal.

Solo tendría que echar una pequeña cantidad en su salsa de soja. Y antes de que comenzaran los efectos tendríamos que salir de allí con prisa. Isabel odiaba las películas de acción y se negaría rotundamente a venir. Celia tenía exámenes la semana que viene pero no podría decir que no a acompañarme al cine. Ya tendríamos una motivación para llegar pronto a casa.

Y todo salió como estaba previsto.  Isabel se sentó en el sofá sin saber lo que le esperaba. Cuando vi cómo comenzaba a congelarse sentí una inmensa satisfacción. Ella no podía gesticular palabra pero podía oír su desesperación atrapada dentro de su ser golpeando las paredes de sus entrañas.

Dejé todo por ella. Y esa puta se fue a buscar calor en otras manos. Me engañó y  se fue con ese tal ‘’reunión’’, ‘’compras, ‘’viaje de trabajo’’… Se quedó conmigo pero habían pasado ya muchos años desde que se había ido y no tuvo el valor de decírmelo. Y yo solo aguanté  vivir esa mentira por Celia. 

Tantos años atrapado en ese bucle de engaños, egoísmo e hipocresía, sintiendo frío cada día, pareciendo que yo permanecía en estado de ignorancia, con un gesto inescrutable que ocultaba cómo me quebraba por dentro, como si el dolor fuera el revoloteo desesperado de mil pájaros negros encerrados en mi jaula torácica.

Ahora tú, ¡TÚ! Tú vas a pasar por eso. Tú vas a despedazarte, querer explotar y lanzar un grito de auxilio.  Pero no vas a poder.


Y se te va a parar el corazón, como hizo el mío. 

Lucía Llorente Zubiri

domingo, 2 de noviembre de 2014

Siete de la mañana

1 comentario :
Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.

Siete de la mañana. Otra vez.
Avanzo con los movimientos automáticos y repetitivos de cada mañana.
Llego.
Y durante los 164 escalones, leo con el mismo interés los carteles y panfletos que veo cada día.
Neurosociología, grafología, lenguaje de señas...
Abro la puerta.
Y ahí están todos sentados, con las bolsas de los ojos hinchadas y el pelo recién peinado.
Dependiendo de mi humor, me siento en la primera o última fila (intento evitar los puntos medios).
Buenos días, profesor. ¿qué me vas a contar hoy?
Y yo, le pienso. ¿Tú fuiste como yo? ¿tenías una pasión por saber o ser algo?
Comienza a hablar.
Según lo larga que fue mi noche, se me caen rendidos los párpados (y el bolígrafo de la mano, delatándome, cayendo al suelo y repiqueteando como un despertador)
Profesor, que me he perdido.
¿Esto que me enseña es la vida, es lo que pasa, o son teorías, hipótesis y fórmulas pragmáticas?
Miro a la gente, copiando como pueden todo lo que oyen.
¿Y es que eso que nos dice no está en los libros?
Pero continúa: dato, dato dato... toda, toda, toda la información con la que nos atiborra se pierde en un runrún por el conducto de ventilación.
Profesor, hazme pensar. No me ahogues a datos. Porque eso son: datos. Y yo he venido aquí a clase a reflexionar. ¿Para qué quiero ladrillos si no sé construir? Llévame tan alto cómo tú has llegado, acércame a tus perspectivas.
Vuelvo a mirar a mi alrededor.
Cuántos ríos de tinta y café habrán corrido entre estas cuatro paredes.
Los minutos pasan.
El marco de la ventana color naranja tráfico parece que advierte desde lejos que hemos acabado aquí por accidente.
Algo falla en el sistema. ¿Aprender no debe ser un placer? Tampoco es que esté de acuerdo con el que escribió (J)AULA 315 en la puerta de la clase. Esto es un trampolín con vistas a una piscina muy estrecha y de la que no conocemos su profundidad, ni si es agua lo que contiene.
Pero el salto, te lo ofrecen.

Lucía Llorente Zubiri