Mostrando entradas con la etiqueta Costán Sequeiros Bruna. Mostrar todas las entradas
domingo, 15 de febrero de 2015
Cuatro Balas Para la Medianoche
Práctica 7; Acción.
Se aproximaban ocho, pero probablemente hubiera más en la floresta. Unos cuantos arcos, hachas y espadas, cubiertos con escudos de madera y pintura de guerra. Un ejército primitivo y sucio para enfrentárseme, pero yo no tenía muchas opciones. Tras la pequeña cobertura de madera, sabía que sólo me quedaban cuatro balas en el revolver.
Una flecha perforó con fuerza mi protección, mostrando su punta a través de los tablones. Me asomé rápido, como un rayo, y descargué un tiro acelerado contra los atacantes. Mientras me agachaba de nuevo, vi como uno de los arqueros caía hacia atrás, agarrándose la pantorrilla. Podía escuchar sus gritos de dolor desde detrás de la barrera, mientras su carrera y sus aullidos de batalla aceleraban con el ritmo de mi corazón. Tres balas.
Asomarse una vez más y volver a cubierto dejó a otro en el suelo, pero apenas quedaban cinco metros entre ellos y yo y no me quedaban sitios a donde retirarme. El primer asaltante cruzó el parapeto y le descargué un tiro a bocajarro, sintiendo su sangre caliente y restos de su cráneo en mi cara. El siguiente entró detrás de él antes de que el cuerpo tocase el suelo y se llevó mi última bala como regalo en la garganta. Rodé a un lado, dejando la pistola detrás. Todo estaba perdido.
Cogí como pude el hacha del primero y me dispuse a enfrentarme a los cuatro que quedaban. Con fuerza, tomé aire y me lancé a por ellos como un loco, fuera de la cobertura y de la seguridad. Si moría, ¡que se viniesen conmigo los más posibles! Al primero lo pillé por sorpresa, un golpe contundente y la hoja se internaba en el lóbulo temporal. En el Spital no nos entrenaban para esto, pero eran cosas que se aprenden en el Yermo. Paré el ataque con el escudo del quinto enemigo, trastabillando hacia atrás por el impacto, y tropecé con uno de los cadáveres.
Mi equilibrio se desvaneció, mientras mi cuerpo caía lentamente hacia atrás. Sobre mi, los salvajes aullaban victoriosos. Mi tiempo de servicio en el mundo se acababa y más de los suyos seguían saliendo de la floresta. Uno apuntó su arco a pocos metros de mi y en la punta afilada del asta de la flecha iba escrita la hora de mi defunción.
Costán Sequeiros Bruna
domingo, 25 de enero de 2015
Pequeños Grandes Sacrificios
Práctica 6; Críticas sociales
Ella no era tonta, puede que fuese pequeña, pero
nada estúpida. Y se daba cuenta que algo raro estaba pasando a su alrededor. No
era nada concreto y no acababa de entenderlo exactamente, pero algo ocurría. Todo
el mundo le sonreía y jugaba con ella cuando estaban cerca, haciendo como si
nada pasase pero ella sentía la tensión que había detrás de sus gestos como un
zumbido inconsciente: algo raro pasaba. Y eso le quitaba el sueño, o al menos
le costaba conciliarlo más de lo habitual, no importaba que la arropasen con un
cuento. Incluso aunque fuese su favorito, Winnie the Pooh.
Fue
unas semanas después cuando, por primera vez, oyó discutir a sus padres en voz
queda en el dormitorio de al lado. No entendía las palabras que decían debido a
la pared que los separaba, pero la presión en las voces era innegable por mucho
que fuesen susurros. Y a la noche siguiente se repitió, también la de después y
la que la siguió. Así toda una semana, noches de inseguridad mientras el día
transcurría con aparente normalidad. Una calma falsa ante las tempestades
contenidas en la oscuridad.
Pero
incluso la tranquilidad del día fue perdida ante lo que pasaba. Fue una mañana
que dejó sus juguetes en el dormitorio porque tenía sed. Al llegar a la cocina
iba a llamar a su madre para pedirla un vaso de agua, cuando la escuchó llorar
del otro lado de la puerta. Se quedó paralizada, como una estatua en el
pasillo, ¡lloraba! Eso era imposible, las madres no lloran, ¡son las que se
encargan de arreglarlo todo cuando son las niñas las que lloran! Y, sin
embargo, silenciosamente, lo hacía, escondida en el fondo de la sala, en el
rincón de la nevera.
Ella
huyó y se refugió en el cuarto, corriendo a jugar como si nada hubiese pasado.
Pero, a partir de ese día, prestó más atención a lo que decían sus padres en la
comida y se repetía la misma palabra: "crisis". Al principio
pensó que era algo que le pasaba a su tía Cristina, quizás estaba malita o algo
así, pero cuando la tía vino de visita todo era normal.
Así
que fue a por el libro gordo de las palabras y la buscó. No fue fácil
encontrarla y la descripción de la palabra era complicada, más incluso que "músculo",
¡y esa le había costado mucho! Pero entendió que era algo malo y, por lo que
decían sus papás en la comida, tenía que ver con el dinero. No había, o se
había ido, o no se podía fabricar en los cajeros. Algo así.
Corrió
a la habitación como alma que lleva el diablo y, con cuidado, cogió su pequeño
cerdito. ¡Ahí estaban todos sus tesoros! Con una última mirada de cariño, lo
levantó y lo dejó caer con fuerza en el suelo. Desparramados a su alrededor
quedaron las dos grandes monedas brillantes, la cosa redonda azul que reflejaba
la luz, unos lazos de colores y las tres monedas para comprar chuches en el futuro.
Los
pasos llegaron corriendo por el pasillo y mamá entró a toda velocidad por la
puerta de la habitación, preparada para luchar con todos los monstruos que
pudiera haber en el pequeño dormitorio. Pero sólo estaba ella que, levantando
todas sus fortunas, se las ofreció con seguridad:
-Toma mamá, ¡con esto se acabó esa crisis y
podremos volver a ser felices!-
Costán Sequeiros Bruna
sábado, 13 de diciembre de 2014
Guardiana
Práctica 4; Describe un objeto cotidiano.
Guardiana.
El ojo que todo lo ve y
que juzga si eres digno o no de que franquee el paso, hosco y voraz del único
plato que quiere digerir.
Su color era dorado, de
eso no había duda, aunque luciese infinidad de rallazos y muescas fruto de
noches etílicas y visitas poco cuidadosas. Pero si su exterior era de oro, su
interior era negro y oscuro, un mecanismo incognoscible que juzgaba la valía de
quien estaba ante ella. Digno, no digno, así de sencillos éramos todos a su
ojo. No le importaban las razones, no le importaba lo que cargáramos en
nuestras almas y nuestras mentes, sólo éramos dignos o indignos. Un mundo de
blancos y negros de una claridad meridiana, envidiable para aquellos que
tenemos que lidiar con los grises de la vida cotidiana. Y yo, oscuro y desdichado,
no era suficiente para que me cediese el paso a los anhelados bienes que
guardaba.
Objeto: una cerradura.
Costán Sequeiros Bruna
jueves, 27 de noviembre de 2014
Humo y Espejos
Taller de Escritura
15:47
Costán Sequeiros Bruna
,
Personajes y Puntos de vista
No hay comentarios
:
Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista.
Era difícil imaginar que
el destino de Occidente dependía de aquella reunión en aquel bar mugroso y
perdido. Que el futuro del mundo libre pasaba porque fuese capaz de colar aquel
farol, de haber atado todo correctamente. Pero Trevor Williams estaba
tranquilo, o todo lo tranquilo que se puede estar en territorio enemigo, en una
noche desapacible, con un hostil sentado del otro lado de la mesa y un fanático
al lado. Si, muy tranquilo... al menos conseguía que su voz no temblase y
sonase firme. Era todo parte del Baile, al fin y al cabo.
Ante él estaba el
germano, Wolfram Gundersson, de antepasados nórdicos y actualmente al servicio
de la Stasi; era el hombre que iba a aceptar el maletín con dinero que había
entre ambos, a cambio de que Aiden Brady cruzase el Muro y se convirtiese en un
agente doble: supuestamente un informante para la Stasi convencido de las
virtudes de unirse al bloque soviético para avanzar la Causa Irlandesa,
mientras que en realidad informaría a los demócratas a través del propio
Williams.
-Entonces, cuando Aiden esté a salvo y seguro en
su nueva posición, os mandaremos los pasaportes. Primero para tu esposa e hija,
que podrán cruzar el Muro a salvo y vivir una vida mejor y más libre. A ti te
necesitaremos más tiempo de ese lado para asegurar la posición de nuestro
agente, pero tan pronto las cosas se pongan calientes, te extraeremos con
celeridad, eres demasiado valioso.-
Menuda cantidad de
mierda. Cuando Wolfram dejase de ser útil, lo dejarían pudrirse en una celda
alemana, o quizás incluso soviética. Entonces ya daría igual, la CIA ya no
tendría uso para él.
Del otro lado de la mesa
estaba Albrecht Müller, un hombre como tantos otros de los que había en el
interior de la Stasi. Un hombre con miedo, un hombre al que le apretaban los
tornillos y le vigilaban de cerca. Y no sin razón, todo sea dicho. Fumaba
nervioso su pitillo, agarrándolo como si fuese su único vínculo con el mundo
soviético que trataba de abandonar. Era necesario.
No era el hombre más
honesto, pero tampoco el más corrupto. En una organización plagada de puñaladas
por la espalda, secretos, corrupción y abusos, él sólo era uno más entre
muchos. Sin embargo, desde hacía poco su nuevo jefe quería quitárselo de en
medio para subir a su nuevo protegido, un advenedizo que creía que sabía más de
lo que su escasa experiencia realmente le permitía pero que probablemente le
fuese ciegamente leal a su superior... hasta que llegase el momento de la
traición, claro, marca de la casa en la que todos trabajaban.
Así que a Albrecht sólo
le quedaba una opción: coger la identidad falsa que se había creado para cuando
las cosas se torciesen del todo y venderse al enemigo. Si, sólo quedaba la
huida hacia adelante, sacar a su familia fuera del Muro y tratar de seguirlos
tan pronto pudiese. Llevaba en el Juego el tiempo suficiente como para saber
que los americanos le dejarían tirado tan pronto pudiesen y que el agente doble
que iba a introducir probablemente causase muchos daños a quienes habían sido
los suyos toda su vida, quienes se suponía que quería y protegía... pero no
había opción. Era eso o acabar tirado en un callejón con una bala en la nuca,
una bala fabricada en la RDA, a la cual había jurado proteger.
-Entonces Herr Brady- dijo, con su marcado
acento alemán-, ¿es un militante del IRA? ¿Un verdadero enemigo de los
británicos? Eso se lo puedo vender a mis superiores, si. ¿Están los mil dólares
en el maletín, como quedamos? Necesitaré ese dinero para untar algunas junturas
burocráticas y conseguir que se tramite con rapidez, Herr Jones.
Si, pero también para
nutrir su propio colchón para cuando la lluvia que asolaba Berlín aquella noche
se transformase en aguacero. Y probablemente no tardase mucho. Bastante le
había costado ya conseguir que sus compañeros ignorasen aquella reunión, una
buena cantidad de dólares (cada vez preferían más la moneda americana a la
propia, señal del cambio de los tiempos) para conseguir esta hora de reunión a
salvo. ¿Dónde había quedado el espíritu y la patria? Desde luego, Marx, Lenin y
Stalin habían muerto.
Quizás debería haber
empezado por decir que Trevor Williams no era el nombre que aquel viejo agente
de la CIA estaba usando. Aquella noche él era Richard Jones, oficialmente un
simple empresario británico afiliado indirectamente al MI-5 británico. Era la
trampa clásica, pero para eso estaban los primos... y en el Baile, los
británicos a menudo actuaban como primos ante los intereses americanos.
Richard echó un vistazo
al joven apasionado que tenía sentado a su derecha, mientras echaba otra calada
a su pitillo, un buen Winston, único toque que debía decirle al alemán que en
realidad representaba a la CIA. Ambos llevaban tiempo bailando, era innegable
que el otro cogería el detalle al vuelo, como Trevor había descubierto pronto
que el germano se había traído a dos compañeros, que bebían tranquilamente
cerveza en una posición alejada, tratando de disimular que prestaban más
atención a esta mesa que a su propia conversación.
-En efecto, Brady quiere servir a la independencia
de su país frente a los opresores ingleses. Es un ferviente de la causa y
nosotros creemos que mejor fuera del territorio británico, aún cuando con
vosotros pueda causarnos daños menores. No tendrán problema tus superiores en
comprobar estos hechos, porque son la verdad.-
Qué termino más
complicado era ese: verdad. La verdad de Wolfram era que sus jefes lo
presionaban y necesitaba una salida adelante, la verdad de Brady era que el
propio IRA lo consideraba peligroso y lo necesitaba fuera. Esta reunión no era
resultado del azar, no, sino de una larga y planificada operación que había
puesto muchos peones en marcha desde hacía meses, con muchas más personas
involucradas de las que Richard realmente conocería jamás: los del servicio de
inteligencia francés que habían filtrado los datos de la corrupción de Wolfram
a un superior ambicioso, los terroristas vascos que habían convencido a sus
compañeros irlandeses de hacer un negocio juntos a cambio de delatar a uno
prescindible de los suyos, los británicos que habían actuado como intermediarios
de los encuentros con Brady... una larga coreografía de Baile que llevaban a
aquel gastado bar localizado en territorio soviético, donde el faro de la
libertad iba a introducir el agente que permitiría derribar el inestable
gobierno de la RDA.
Brady era el único que
no estaba nervioso en ese encuentro. Claro que tenía miedo, ¿quien no lo
tendría en su situación? Ser un agente de un servicio de inteligencia no era
pequeña cosa, pero que aún por encima lo sacasen a uno de su propio país y lo
introdujesen en otro para actuar como agente doble en territorio enemigo, con
una sentencia de muerte sobre su cabeza... bueno, cualquiera tendría miedo en
esa situación.
Pero lograr un país
libre e independiente requería sacrificios y si debía jugar con unos y otros,
lo haría. Sólo así podría destruir la opresión británica y americana, pues con
bonitas palabras en las calles de Belfast no se conseguía nada.
Si, Brady tenía miedo,
pero sobretodo tenía mucha adrenalina en su sangre y un objetivo claro:
informar, porque de ese modo destruiría a sus enemigos. Si, iba a morir en
Berlín, probablemente en pocos meses, pero en el camino pondría las fichas en
su sitio para que la causa última llevase a la victoria de su Patria.
-Man- dijo, introduciendo una palabra en
inglés en el medio de su mal aprendido alemán-, soy de confiar. Me importan una
mierda los problemas que tener vosotros, right? Yo aquí he venido por
mis propios objetivos y eso ser lo que yo voy a conseguir. Vosotros me
utilizáis, de acuerdo, pero yo quiero que consigas armas para un buen father
de Belfast, él sabe a quien deben llegar. ¿Nos entender?-
Era sencillo, armas por
información. En cuanto a Brady concernía, era algo directo y si había que ser
un mártir por la Causa, lo sería.
Albrecht casi sacude la
cabeza con impaciencia. ¿Acaso el irlandés no se daba cuenta de que los mayores
están hablando? Odiaba a los fanáticos y Brady claramente lo era. Podía leer en
sus ojos la falta de nerviosismo y cómo el miedo se sometía a la locura de sus
objetivos. Había trabajado muchas veces con obsesos y siempre le molestaban
pues eran incorruptibles: los sobornos y los tratos no funcionaban con ellos
como habrían hecho con cualquier otro. Pero este había sido engañado bien por
los americanos, que habían conseguido que jugase a dos bandas en un juego donde
sólo iba a perder.
El germano escuchó el
mal alemán del irlandés disimulando una sonrisa. Llevaba mucho tiempo en el Juego,
como el americano, y Brady no lo llevaba. Era demasiado joven, inocente,
apasionado e idealista. Sería un buen peón que colar a su superior, suficiente
como para ganar el tiempo que necesitaba y los pasaportes como para asegurar la
salida de su familia. Probablemente el irlandés no sobreviviese a su propia
huida, pero Albrecht había estado en Münich durante la Guerra y había visto a
mucha gente morir... un irlandés más no importaba. Era sólo un peón devorado en
el tablero a cambio de poder salir del horror y del miedo.
-Conseguirte las armas no será complicado, Herr
Brady. Tenemos Kalashnikovs que podemos enviar por submarino a la costa
irlandesa sin ningún problema, así como explosivos. Y seguro que a los
británicos les encantará descubrir que el IRA tiene conexiones con el KGB. Les
meterá miedo, avanzará vuestra causa y podréis hacerles daño de verdad.-
Si alimentaba su
fanatismo conseguiría un animal a su servicio, sin lugar a dudas. Como un doberman
rabioso, sólo hacía falta apuntarlo en la dirección correcta y saltaría sobre
la presa deseada. Y podía ver cómo el irlandés se relamía ante la imagen de
tener explosivos para hacer saltar por los aires los cuarteles de los bobbies,
o incluso el Parlamento como había intentado hacer Guy Fawkes. Su pequeña
revolución roja personal.
Pausa, tenía que jugar
sus cartas con cuidado, demasiado estaba en juego esta noche. Aunque fuera
empezase a tronar, Williams tenía que mantener la cabeza fría. El irlandés era
un loco, como todos los irlandeses, y si bien era un peón útil lo último que
necesitaba era que la Stasi realmente comenzase a armar al IRA. Aunque podía
ver el juego de Wolfram frente a él, también veía el peligro que suponía... lo
último que necesitaban era un idealista desbocado, siempre va mal para los
negocios.
-Vayamos paso por paso, Wolfram. Primero, aquí
tienes el dinero, introdúcelo en los círculos apropiados, que conozca a la
gente que necesite y, a partir de ahí, que comience a informar. Entonces
tendrás más dinero, los pasaportes y el coche que os pueda llevar a través del
Muro con éxito. Paso a paso, las armas para los irlandeses cuando llegue el
momento en que haya que verificar su tapadera.-
Atrae las riendas, juega
con la zanahoria, amenaza y castiga si hace falta. El viejo Baile que todos
danzaban desde hacía años pero, al final, lo único que importaba era quien
bailaba mejor. Y claramente los dos compañeros de Wolfram tenían armas bajo sus
abrigos, mientras que el propio Williams no iba armado... en cuanto a Brady,
irlandés y cabezacaliente, en un bar podría estallar buscando una pelea en
cualquier momento, había que danzar con cuidado. Que Wolfram no lo lanzase
contra los intereses americanos tratando de anotarse un punto con sus
superiores... no encajaría con la personalidad del alemán tal como lo habían
analizado en Langley, pero cuando alguien era llevado contra la pared la
desesperación hacía milagros.
¿Un retraso en las
armas? Estos querían jugársela. Brady flexionó los dedos de la mano, demasiadas
peleas y luchas habían llevado su vida hasta aquí como para dejar que sus
planes se desmoronasen, y los callos y rascazos en los nudillos probaban que él
nunca se echaba atrás. Pero necesitaba paciencia, esta gente creía que sabía lo
que hacían y, de momento, le iban a dar lo que quería. Ya habría tiempo de
partir unas cuantas caras, por deporte simplemente, más adelante.
-Correcto, Herr Jones, dejaremos las armas
para un segundo paso, si a nuestro nuevo amigo le parece correcto.-
Mucho tiempo en el
Juego, Albrecht sabía que debía hacerle ver al irlandés que él era la pieza que
controlaba su destino, sino acabaría jugando para los americanos antes de darle
el tiempo que tanto necesitaba. Brady debía confiar más en Albrecht que en el
agente de la CIA y, para eso, nada mejor que jugar con fuego. Un paso más en la
huida hacia adelante.
-Además, no queremos que nuestros amigos
americanos se enfaden con nosotros antes de que hagamos nuestros intercambios,
¿no, Herr Brady?- dijo, con una sonrisa ambigua mientras miraba a Jones
directamente.
¡Mierda! Williams tenía
las cosas bajo control, todo iba bien, ¿por qué revelar ahora que era un agente
de la CIA en vez del MI-5 como creía Brady? Sin duda quería ganarse su favor
dándole algo de información secreta, pero en manos de un irlandés loco todo
podía salir por cualquier lado, y demasiadas cosas dependían de aquella noche.
-Right- dijo con una sonrisa abierta el
irlandés-, pero no soy tan tonto como creer vosotros. Se que es americano desde
que lo vi por vez primera, sólo un americano se despistaría y llevaría un hat
bajo techo, no cuela como un agente de Su Majestad.-
No pudo evitar reírse
ante la cara de sorpresa de ambos ante la respuesta. Duró sólo centésimas de
segundo, era cierto, pero veía como los dos rápidamente pedían cartas nuevas al
croupier al darse cuenta de que no era tan tonto como ellos creían. Si,
le gustaba demostrarles que no sólo ellos eran listos.
Albrecht hubiese
enarcado una ceja si hubiese podido permitirse una mínima expresión, y durante
un segundo pensó en sacar el arma que llevaba oculta a su espalda. Su jugada no
había salido como había esperado y se había quedado expuesto ante el americano
por haber dado la pista y ante el irlandés por haberlo subestimado. ¿Qué más
podía ocultar el del IRA?
No parecía que mucho
más, simplemente quería sus armas y que no le tomasen el pelo. Quería que lo
tuviesen en cuenta, que lo tratasen como un adulto en un Juego que le iba
grande. Vale, eso podía arreglarse sin problemas, mejor jugar el resto del tiempo
según el libro e irse camelando al irlandés con las semanas de contacto y
trabajo juntos, lejos de la influencia perniciosa de los capitalistas. La idea
de alcanzar el arma desapareció tan rápido como llegó, mientras observaba los
cambios en el tablero de juego.
¿Un sombrero bajo techo?
Los ingleses eran unos estirados, ¿tenían protocolos para eso? Sin duda en Texas
no los tenían, mil veces había visto a su padre con sombrero en el rancho y su
padre era todo un caballero chapado a la antigua. Siempre había odiado hacerse
pasar por británico por la cantidad de reglas estúpidas que seguían y aquella
vez parece que implicaría una complicación importante.
Pero el irlandés lo
había sabido desde antes de coger el avión en Londres, de modo que las cosas
tampoco cambiaban tanto. Sólo significaba que estaba dispuesto a pactar con el
Diablo si hacía falta para avanzar su causa y que sabía bien el Baile en el que
estaba metido. Casi mejor, eliminaba las dudas fruto de tener que implicar a
inocentes. Si no era inocente mejor, al Tío Sam siempre le molestaba más
destruir las vidas de quienes observaban el baile desde las sillas que las de
aquellos que hacían sus pasos en la pista.
-Entonces todos estamos de acuerdo, ¿no? Brady se
quedará aquí ya esta noche, dirás que ha cruzado el Muro y ha desertado guiado
por tus acciones, que lo has convertido. Y a partir de aquí, a trabajar.-
Las piezas en su lugar, era
el Rey del Baile.
Como siempre, los
americanos tan pragmáticos, no apreciaban la sutileza de un pensamiento como el
de Marx o Lenin, o los juegos filosóficos de Nietzsche o Heidegger. Siempre
directos al grano, eso los hacía predecibles. Pero teniendo en cuenta que el
irlandés era más imprevisible de lo esperado y que se impacientaba, casi mejor.
Ahora tocaba llevar a
Brady al piso franco que le tenía preparado. Tras ello, dejaría el dinero en su
alijo secreto para emergencias y se presentaría ante sus superiores para
informar del éxito de su misión de subversión. Después sería hora de tirar de
los hilos a dos bandas para conseguir lo que necesitaba y desaparecer antes de
que todo explotase. No había más, en el mundo de corrupción y traición que era
la Stasi, sólo quedaba tratar de retirarse con algunas ganancias antes de que
la casa se llevase todo. Porque la casa siempre gana, ese es el Juego.
Así que, asintiendo,
cogió el maletín y, con un gesto, esperó a que el americano abandonase el
lugar. Que se creyese un ganador no importaba, él no jugaba para ganar, sólo
para sobrevivir. Una semana más, una noche más, una hora más, un minuto más...
lo que pudiese arañar a la muerte que, en estos momentos, respiraba demasiado
cerca de su nuca. Su jefe, tendría que engañarlo con lo que hiciese falta para
ganar ese tiempo antes de que lo sustituyesen... definitivamente.
Cuando Jones hubo
abandonado el bar y se hubo adentrado en la noche, Albrecth se puso e pie y le
indicó a Brady que le acompañase. Era hora de que conociese el lado oculto de
Berlín Este.
Brady se puso en pie y
siguió a Albrecht hacia la puerta. Todo había salido según lo previsto, tenía
las armas para desestabilizar Gran Bretaña y la posición privilegiada para
defender la Patria. Porque para Tovarich Igor Anayev, todo siempre había sido
por política: por la única que importaba, el avance de la Unión de Repúblicas
Socialistas Soviéticas. Era joven, si, pero jugaba mejor que el alemán y había
engañado durante meses a los irlandeses para que creyesen que era uno de ellos.
Bailaba mejor que el americano, consiguiendo que creyese que era estúpido y
manipulable.
Pero un agente del KGB
raramente es ni lo uno ni lo otro, un agente del KGB sólo es un espejo donde
ves lo que quieres ver y tras el cual sólo hay humo en el viento.
Costán Sequeiros Bruna
domingo, 9 de noviembre de 2014
Fantasmas del Pasado
Práctica 2; Mal de la
hoja en blanco. Palabras aleatorias.
Han pasado muchos años desde los
eventos de aquella fatídica noche, pero la recuerdo como si hubiera sido ayer.
¿Quien se hubiera imaginado que algo así pudiera pasar? ¡Si teníamos todo
controlado! Pero, en cualquier momento, el destino se interpone, como una piraña
ansiosa de devorar los sueños y esperanzas. Bueno y, en nuestro caso, nuestros
planes.
Todo por un melocotón, un simple e
inofensivo fruto colocado sobre la mesa de aquella sacristía. Quizás entramos
demasiado pronto en la iglesia, deberíamos haber esperado hasta la madrugada,
pero si nos movíamos rápido podíamos colocar los bienes esa misma noche,
mientras aún estaban calientes, y alejar el rastro de la poli de nosotros. Era
un buen plan, sencillo, infalible. Nadie debía estar allí a esas horas, y a
nadie vimos de hecho mientras profanábamos aquel santo lugar y corríamos al
relicario. Si, aquel cáliz debía valer un buen pellizco en las manos del comprador
que habíamos encontrado, era una buena noche.
Y, entonces, todo se fue a la
mierda. Así de fácil. En un momento estábamos relamiéndonos mientras
comentábamos en bajo lo tirado que había estado forzar la cerradura y entrar, y
al siguiente había una monja de pie en la entrada de la sacristía, pálida por
la sorpresa. Un mar de blanco y negro, con un pequeño tono naranja amelocotonado
en su mano. Si, esa era su cena, se la había olvidado y había regresado a por
ella.
Todo el plan estaba destrozado,
ahora había una testigo. Enrique sacó la pistola de su bolsillo y encañonó a la
mujer, pero yo creo que temblaba más su mano que la propia monja. Intenté
imponer orden, ¡lo juro por lo más querido!, pero la cosa se iba de madre
rápidamente. Ella nos decía que no diría nada a nadie, que nos fuésemos, que se
callaría... pero Juan tenía miedo, lo notaba en su voz, y no dejaba de repetir
que aquello era un cabo suelto, y eso le habían enseñado que siempre era malo.
Que los cabos sueltos había que cortarlos. Enrique no tenía tantas luces, sólo
necesitaba una excusa para exorcizar su miedo.
Y lo hizo de la única forma que sabía.
El estampido del disparo resonó en
toda la iglesia como un trueno del Juicio Final, señalando el comienzo del fin.
El chorro de rojo salpicó el negro de la túnica de la mujer mientras, a cámara
lenta, se caía hacia atrás en silencio. Tardó un siglo, un milenio, una eternidad
en desplomarse y, cuando finalmente llegó al suelo, se hizo un silencio
incómodo. Nos miramos, sorprendidos, aterrorizados, aturdidos... ¡Pero si el
plan era infalible! Un robo sencillo, entrar y salir, nadie saldría herido,
sólo la Iglesia un poco más pobre... ¿cómo había ahora un cadáver?
El melocotón se deslizó lentamente
hasta mi lado.
El resto, como se dice
habitualmente, es historia. Salimos corriendo, colocamos los bienes en el
perista pero este nos acabó delatando a la pasma. El juicio fue rápido y,
mientras la taquígrafa tecleaba los testimonios en el ordenador, yo sabía que
mi vida había tocado fondo. De esta no salía indemne. En mi turno en el estrado
debí sonar convincente, o quizás simplemente mis compañeros sonaron más
culpables que yo. Fuera como fuese, me cayeron sólo cinco años como cómplice
involuntario de asesinato. No es mucho para lo ocurrido en aquella iglesia.
Pero lo que la sentencia no dice
es que me cayó también una vida entera de remordimientos, de pesadillas, de
locura. Cada vez que cierro los ojos, aún puedo ver ese melocotón rodando hacia
mi, de un naranja brillante... pero con un rojo aún más vivo encima.
Costán Sequeiros Bruna
Palabras usadas: PIRAÑA, MELOCOTÓN, MONJA, DISPARO
jueves, 30 de octubre de 2014
El Diablo Blanco
Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.
Ante mi, me observa sin dar su brazo a torcer,
insondable e inalcanzable para un pobre mortal como yo al que se le acaba el
tiempo. Si, en efecto, mañana a esta misma hora todo habrá terminado. Y yo
apenas soy capaz de mirarlo directamente sin sentir la frustración del fracaso
en la boca de mi estómago. ¡Maldita y endemoniada hoja de papel!
Ah, si, perdona si sonaba grandilocuente, pero es que
mañana tengo que entregar un trabajo final para una maldita asignatura y no hay
manera de conseguir poner una jodida palabra en el papel. Teoría Sociológica
Contemporánea, con un maldito hueso como profesor además, de ese tipo que mira
con lupa todo lo que escribes y le da igual lo que sea si no pones exactamente
lo que él quiere leer. Osea, algo que diga lo fantástica que es la teoría de
lucha de clases de Marx, o lo estúpida que es la etnometodología. ¡Menuda
estupidez!
Pero joder, si sigo sin ser capaz de superar este
bloqueo va a aprobar Rita. Y, lamentablemente, yo no me llamo así.
Piensa, piensa... bueno, quizás haya algo en la
nevera rico y el paseo me servirá para despejar la cabeza. ¿Algo sobre el
proletariado oprimido? Seguro que eso le gustaría, ¡pero es tan típico! Vale,
vale, ya se que se trata de aprobar y no de escribir un libro novedoso y
original, pero me repatea repetir lo que tantos otros han dicho ya. Solo ser un
número más, sin nada propio.
¿Dónde estarán escondidas las musas cuando se las necesita?
Desde luego, no en los estantes vacíos de mi despensa, ni sobre las salchichas
en estado dudoso de la nevera. No. Ni en el estante del cuarto de baño, ni
escondidas tras la esquina del pasillo o sobre el sofá del salón. Da igual
cuánto pasee buscándolas, siguen evitándome como si llevase la peste.
Y el reloj sigue avanzando, mientras la jodida
página se ríe en mi cara.
Ya se, le hablaré de lo interesante que es la teoría
de Goffman y cómo describe el mundo como si fuese un teatro. Al fin y al cabo,
eso es Teoría Sociológica Contemporánea y no el maldito Marx. Pero lo odia,
seguro que sólo viendo el título ya me pone el suspenso y me cogerá ojeriza.
Con eso no apruebo ni de Erasmus, vamos.
Mierda, justo cuando creo que empiezo a tener una
idea rondando la cabeza, suena el whatsapp y allá va mi concentración. Todo
para ver como mi mejor amigo cuelga una imagen de un partido de fútbol en el
grupo común. Merde, ni siquiera somos del mismo equipo, y ahora el santo se ha
ido mucho más allá del cielo. ¿Era algo sobre Veblen? No, no, algo sobre... ah,
a la mierda. A este paso no doy hecho nada decente para mañana ni pasado ni
dentro de un millón de años.
Tic, tac, tic,
tac... ¡no te jode! ¿Quizás alguien haya colgado algo
gracioso en Facebook que no haya visto aún? Podría servirme para limpiar la
mente, si, seguro. Con eso volvería con ideas nuevas y renovadas... Nada, ni un
sólo comentario nuevo desde hace diez minutos que miré la última vez. Ni
siquiera una maldita imagen de gatitos o un meme gualtrapa hecho en Paint. ¡Ni
en el Informer han subido ninguna nueva trolleada o una aburrida petición de
apuntes!
Así no vamos a ningún lado, normal que España se
hunda. Ni escribo, ni me entretengo, ni apruebo, ni nada. Vaya mierda, y este
es aún el primero de los trabajos de este cuatrimestre. Mañana tendría que
ponerme con el de Estructura Social, o el de feminismo... o, mierda, ¡ni
siquiera tengo las explicaciones de qué hay que entregar para demografía!
Joder, pues algo tengo que hacer. Necesito sacarme
este curro de encima, como sea.
Y entonces, por arte de magia, fruto de la
frustración, el miedo y la impotencia, una primera palabra aparece en el papel.
Y a este la sigue una segunda y una tercera, ¡hasta casi toda una frase! Y sólo
entonces me paro a leer lo que estoy escribiendo:
"La lucha de clases es el motor de la historia,
como Marx acertadamente supo retratar en su certero análisis..."
¡Joder! ¡Mierda!
¿Qué hacer?
¡A tomar por culo! Vale, lo admito, me rindo, ¡que
sea como quieras! La misma mierda que la de todos los demás, que le den a la
originalidad y a decir algo interesante. Me basta con aprobar esta jodida
asignatura y aceptar que me valoro a mi mismo por encima de mis posibilidades
reales. Ya tendré tiempo de ser original cuando termine y tenga trabajo en el
mundo real.
O, al menos, eso me digo a mi mismo mientras
prostituyo mis conocimientos, entregados con mi autoestima al altar insaciable
del imbatible demonio blanco; como una virgen pura lista para ser devorada
brutalmente.
Costán Sequeiros Bruna
Suscribirse a:
Entradas
(
Atom
)