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domingo, 14 de diciembre de 2014

Felicidad cotidiana

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 Práctica 4; Describe un objeto cotidiano.

-Blancura.

-En medio de esta confusión te abrazo fuerte. aspiro hondo, y descubro mi propio olor, el de tantas noches compartidas.

Te has convertido en mi momento favorito del día. Soportar las interminables horas de trabajo, tener una buena cara siempre a mano para ponérmela antes de que entren los clientes, verme arrastrado por el traqueteo del metro de una punta a otra de la ciudad… Todo el cansancio acumulado amenaza con hacer que me derrumbe, pero ahí estás tú cada noche, esperándome al borde de la cama, y puedo ver que deseas con cada fibra hacerme olvidar todas mis miserias y llevarme muy lejos…

Estoy tentado de desplomarme sobre ti y meterme en la cama así, sin quitarme la ropa, pero creo que no es muy buena idea. Salgo de la habitación sin mirar atrás porque tengo la sospecha de que si te doy unos segundos más conseguirás hacerme cambiar de opinión. Y de verdad creo que necesito una ducha.

Vuelvo con el pijama ya puesto y, esta vez sí, me deslizo en las sábanas y aprieto la mejilla contra tu lisa superficie. Observo en la penumbra las marcas que va dejando mi pelo mojado, apenas sombras húmedas entre esa blancura que es tan tuya.  Siento que mi cuerpo se va relajando, que sucumbo a tu encanto, y solo un último pensamiento queda flotando en mi mente antes de que me venza el sueño: Si pudiera, me casaba con mi almohada.

Ainara

martes, 2 de diciembre de 2014

Musicallejero

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Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista

Músico

Cualquiera podría decir que un día como hoy sería un día perfecto para un músico callejero. Sábado. El sol de calienta tímidamente las calles después de una semana de lluvia. La gente pasea ociosa, fichando posibles regalos para Navidad. Con un poco de suerte, con unas monedas sueltas en el bolsillo para soltar en la funda de un acordeón que suena alegre,  intentando llamar su atención.

No ha quedado demasiado de esa suerte, de momento, porque la funda de mi acordeón sigue abierto como una boca hambrienta, con unos pocos céntimos que relucen tristemente en el fondo.

Veo siluetas pasar delante de mí sin detenerse. Cuando eso ocurre, suelo cerrar los ojos y concentrarme en el ritmo de las pisadas, dejando que mis dedos hagan mecánicamente su trabajo sobre las teclas ya gastadas del uso.

Unas figuras se paran frente a mí, tapándome la luz del sol. Eso me molesta un poco, pero me daré por bien pagado si dejan caer algo en la funda. Abro los ojos y un chico y una chica están plantados ahí delante. Él, los ojos fijos en el acordeón. Ella, mirándolo de reojo y arrebujándose en una chaqueta demasiado grande para ella. Bonita estampa, sin duda, pero ninguno mete la mano en el bolsillo. Pruebo  a hacer una pausa unos segundos más larga y a volver a tocar con fuerza después, ya en los últimos compases, y lanzo una sonrisa al chico que me mira casi sin pestañear. El chico me la devuelve, me imagino que se ha sentido cómplice del juego, pero sigue sin soltar nada. Un asco, pero el trabajo es el trabajo y no dejo que mi decepción desbarate la sonrisa que tiene que acompañar al final de las canciones.

Dejo que las últimas notas suenen despacio hasta apagarse y dejo el acordeón sobre las rodillas. Mi pequeño público parece despertarse y se pone en movimiento perezosamente. El chico da una cabezada en mi dirección (de agradecimiento, imagino) y echa a andar arrastrando los pies. La chica da un tímido aplauso y lo sigue mansamente calle abajo.

Echo un vistazo a la funda de mi acordeón. 1€. 25 céntimos. Algo es algo. Menos da una piedra, incluso en una mañana de sábado.

Julián

Ya son las 12 y diez. Vamos 10 minutos tarde y aún no hemos llegado. El resto estará que trina. Si Marta no andara tan despacio… pero claro, ¿cómo va a hacerlo con esos tacones que se ha puesto? ¿A quién se le ocurre? Dice que qué se va a poner si no con un vestido. Pues cualquier cosa que no la haga tiritar. Pero no. Se ha puesto un vestido, se ha quedado helada y le he tenido que dejar mi chaqueta, aunque le quede gigantesca.  Al final  la pinta que tiene me hace reír y se me olvida que vamos tarde.

Escucho sonar un acordeón y me quedo clavado en el sitio.  Suena la vie en rose, una de las canciones más interpretadas… y siempre me parece preciosa como el primer día. Empiezo a seguir el ritmo con el pie derecho, y mis pensamientos vuelan lejos. Recuerdo el día que Elena me contó la historia de Edith Piaf, una de las más tristes que se han inventado, pero en sus labios sonaba como una de esas tragedias que convierten a sus protagonistas en leyendas. Casi todo lo que pasaba por sus labios sonaba así. Pero bueno, eso fue antes de que decidiera largarse con ese gilipollas de las rastas. Seguro que con él no escucha la vie en rose.

El acordeonista hace una pausa y me sonríe. Parece que ha adivinado mis pensamientos. Un segundo más de inmovilidad y hace sonar el final de la canción dulce, con un sabor que recuerdo demasiado bien. Todo esto empieza a doler demasiado, así que dirijo una cabezada agradecida al acordeonista (siempre he pensado que ellos agradecen mucho más tener un público atento a que les lancen unas frías monedas por compasión)y echo a andar sin mirar atrás. Es tarde, después de todo.

Marta

Quién me mandaría ponerme estos tacones. Tengo que maniobrar con cuidado, estirando las piernas como estuve practicando con las chicas, pero no es tan fácil sobre los adoquines. Aunque ha valido la pena ponerme el vestidito y pasar un poco de frío, porque Julián se ha ofrecido a dejarme la chaqueta. Huele increíble.

Voy caminando a su lado intentando no quedarme atrás, y suspiro de alivio cuando lo veo pararse delante de un músico callejero. Toca un acordeón viejo, pero Julián parece que se ha quedado hipnotizado. Conozco esa mirada, se ha ido muy lejos, con la música. Observo cómo sigue el ritmo con el pie. Perfectamente acompasado. Seguro que también baila divinamente. Pero cualquiera sabe cómo se baila esto.


Antes de que me dé cuenta la canción ha acabado. Ha habido un cruce de sonrisas entre Julián y el acordeonista y voy a ponerme a aplaudir. Pero espera, la canción no ha acabado. Escondo las manos en las mangas rezando porque nadie me haya visto. Las últimas notas suenan alegremente y el músico se pone el acordeón en las rodillas. Ahora sí que se ha acabado. Aplaudo suavemente mientras Julián asiente en dirección al acordeonista y empieza a andar de nuevo. Más me vale apretar el paso si no quiero quedarme atrás.

Ainara

martes, 18 de noviembre de 2014

Suavidades

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Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias

Supongo que debería haberlo visto venir. Que cuando alguien te tiende una hoja de papel manuscrito –échale un vistazo y dime qué te parece-y se apoya en la mesa vecina fingiendo escribir en el móvil hay una trampa para ratones dispuesta a saltar. Y esta hoja que me has puesto en la mano apesta a queso.

Me imagino que sigues intentando parecer casual, pero se te ha apagado la pantalla del móvil y hace 30 segundos que tu pantomima de qué-pesados-son-con-los-grupos-de-whatsapp dejó de ser convincente. Me  lanzas una mirada de reojo, primero al capuccino que me he llevado a los labios por primera vez, después a la página garabateada de tinta azul que aún tengo entre los dedos. Y me he quedado sin excusas, así que de mala gana desvío los ojos al papel y empiezo a leer.

Tengo que reconocer que al principio estoy gratamente sorprendido. Y mira que me cuesta lidiar con cualquier tipo de poesía que no huela a sábanas arrugadas. Pero te lo has montado bien, con esos versos que son todo viejos compases y caderas redondeadas. Aunque, como todo lo bueno en la vida, no dura mucho. “bajo la camisa eres cálida y suave como un melocotón”. Además de destrozar la métrica de un disparo –en la entrepierna, diría- te has lucido en originalidad. Suave como un melocotón. La comparación más manida de la lengua de Cervantes.

Pero no puedo culparte. A todas luces eres de esa otra generación que no ha sabido ver la suavidad más que entre los muslos de la compañera de butaca en el cine. Quizá no te has fijado en el modo en que aquel abuelo hace una pausa  en mitad de su historia favorita y cierra los ojos para intentar atrapar ese recuerdo tan escurridizo. O la forma en que nuestra vecina de mesa endereza a su bebé y lo coloca en los brazos del marido aterrorizado, papá primerizo, y le dice que lo está haciendo muy bien, que ya lo tiene, que al bebé le gusta. Suave. Suave. Suave.

El capuccino se me ha quedado frío y hace rato que he acabado con este puñado de versos mal medidos. En el momento que me ves levantar los ojos del papel te acercas, presa de la ansiedad, y me preguntas que qué me ha parecido. Esa última frase, el tuteo, acaba por cabrearme. Te planto el capuccino helado en las manos y te digo que se lo pasaré a mi editora para que lo lea – y se ría un rato, añado para mis adentros- y que ya te llamará. Tópico por tópico. Esbozo mi mejor sonrisa de lobo y me doy media vuelta antes de que se te ocurra alguna manera de insistir, aunque no lo creo, porque tenías pinta de estar en shock. Que supongo que podría haberte dicho las cosas de otra manera… pero bueno, yo de suavidades no entiendo.

Ainara


Palabras usadas: MELOCOTÓN, DISPARO, RECUERDO, CONVINCENTE.