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miércoles, 15 de abril de 2015
Práctica 9; Microrrelato
Práctica 9; Microrrelato
Era la primera vez que me adentraba en aquel
lugar. Desde fuera pareció interesante, una de aquellas ruinas cubiertas de
maleza y musgo, de piedras grises y retorcidas, cascotes desgastados por el
viento y la lluvia y restos de alguna estatua que hacía tiempo había perdido
todo contorno. Le pareció interesante. Descubrir sus secretos ocultos.
Seguramente nadie se había adentrado allí en años. Una vez dentro la cosa ya no
me pareció tan divertida. Era una ruina tétrica, alumbrada por antorchas
perennes y llena de tumbas y cuerpos resecos por todas partes. Un ruido me hizo
detener mis pasos. Un rugido húmedo y repugnante. Me giré y vi que, de una de
las lápidas se estaba levantando un cuerpo repugnante de expresión dentuda y
ojos refulgentes.
Grité.
Corrí escaleras arriba.
“¿Qué pasa?” me preguntó una voz a mis espaldas.
“¿Qué pasa?” me preguntó una voz a mis espaldas.
“¡UN DRAUGR!”
“¿Y estás corriendo como una puta?” se rió.
Puse el juego en pausa, me quité los cascos y le
hice un mohín.
(Sin impacto/ 160 pal)
Una cartera vacía. 23 kilos de esperanza.
(Con impacto/ 50 pal)
La miré. Puse mi mano sobre su cabeza. Me lamió con su cálida lengua y, juntas, sentadas en el sofá, miramos aquel documental, aquel ruido de fondo vacío. Su sola presencia era lo único que necesitaba, aquella presencia por la que había luchado tanto. Recorrí con mis dedos la cicatriz en su tripa.
“Estamos ganando.” le dije.
(Sin
impacto/ 50 pal)
DNH
lunes, 16 de marzo de 2015
El Periódico Enrollado
Práctica 8; Humor.
No estaba teniendo la noche más
interesante. Debido a un fiasco dias atrás con otro agente del
cuerpo, mi Alpha me había castigado con hacer ronda de noche por una
de las calles más tranquilas, tediosas y aburridas de toda la
ciudad. Caminé por la acera mirando a un lado y a otro con el máximo
interés que me evocaba aquel lugar. Gente sentada en las terrazas de
los bares, disfrutando del frescor de la noche veraniega. Grupos de
adolescentes comiendo pipas en los bancos y haciendo pavadas típicas
de su edad. Familias con perros. Niños gritando en los parques
próximos. Nada inusual. Nada de lo que no pudiese ocuparse un simple
agente de la policía. Desde luego este no era trabajo para alguien
de mi categoría.
En realidad tampoco había sido culpa mía, aunque mi Alpha no lo viese así. Las órdenes se habían cruzado en la cúpula, y los dos agentes nos habíamos encontrado de sopetón en el lugar donde teníamos que capturar al mago renegado. Eso nos había llevado a una situación bastante tensa en la cual ninguno de los dos teníamos claro si estábamos lidiando con un aliado o un enemigo. Tratar con magos renegados era peligroso incluso para agentes como nosotros. Cuando, finalmente, llegamos a la conclusión de que todo había sido un lamentable error, nuestro objetivo había conseguido escapar. Nuestras voces lo habían puesto sobre aviso.
Lo capturaron poco después, pero mi Alpha estaba molesto y me culpó a mí por perder al objetivo. He de decir que tampoco fui de lo más cortés. No llevo bien cuando me contradicen y mi lengua corre más que mi cerebro. Quizás mis vehementes protestas también fomentaron que mi Alpha optase por rebajarme a un mero patrullacalles en vez de admitir que la confusión había venido de arriba. Para muchos un destino relajado como este habría sido unas merecidas vacaciones. Para mí era un horror. Ansiaba la acción, estar en el centro del conflicto. Soy Malinois, un guerrero nato, no una mera mascota.
Perezosamente, volví a pasear la
mirada alrededor de la gente que poblaba por las calles. Qué pueblo
tan tranquilo, tan idílico, tan absolutamente aburrido. Unos crios
pasaron corriendo delante de mí y por poco chocan con mis piernas.
Me detuve y los dejé pasar. Ellos siguieron sus correrías sin tan
siquiera percatarse de mi presencia. Sacudí la cabeza. Ajenos a
todo, pensé. Este barrio adormecía los instintos de supervivencia.
Sin acción, sin peligros, los enanos se dormían. Si algún día
aparecía un peligro real serian los primeros en sucumbir. Bueno, eso
era evolución.
El sonido de pasos acelerados hizo que
me volviese rápidamente. Un hombre, llevando un bolso en una mano
que parecia demasiado femenino como para ser suyo, corria en mi
dirección. Detrás suya un segundo hombre, alto, gallardo, vestido
con el uniforme azul oscuro de la policía nacional. Al llegar el
caco a mi altura me hice a un lado y le dejé pasar. No era asunto
mío. Mi trabajo era ocuparme de otros elementos, no de meros
chorizos y carteristas de barrio pijo. El policía, sin embargo, me
miró con expresión divertida y el breve resplandor verdoso en sus
pupilas me llamó la atención.
“¿Demasiado poco emocionante para
ti, Fede?” me gritó al pasar a mi lado.
Miré a mi alrededor y me extrañó no
ver a nadie detrás del policía. A aquellas alturas debería tener
un vigilante pegado a él día y noche. Eché a correr tras él. Mis
fuertes piernas no tardaron en darle alcance.
“Buenas noches, Martín.” le dije.
El caco echó brevemente la mirada
hacia atrás. Tenía el rostro congestionado por el cansancio y
chorretones de sudor corrían por su frente. El hombre abrió los
párpados como platos, soltó un desesperado alarido y apretó el
paso tanto como se lo permitieron los músculos.
“Buenas noches, Fede. ¿Paseando?”
dijo el policía.
“He cabreado a un jefe.” me encogí
de hombros.
Martín rió con ganas y sacudió un
poco la cabeza.
“Un día de estos te mandarán a
Oriente Medio.”
“Me harían un favor. Lamentablemente
creo que terminaré dirigiendo el tráfico en Villaburra de Abajo.”
hice un gesto con la cabeza hacia el caco. “¿Necesitas ayuda?”
“Normalmente te diría que no, pero
hoy tengo una presión aquí que me está haciendo polvo.” se
señaló el pecho.
Fruncí el ceño un poco preocupado.
Estaba más avanzado de lo que pensaba y su vigilante sin dar señales
de vida.
“¿Estás bien?”
“No te preocupes. He ido al médico.
Mi corazón está fuerte como un toro. Está relacionado con el
estrés.” hizo un gesto con la mano para restarle importancia.
El caco se agarró a una farola para
aprovechar la inercia en un cerrado giro y se adentró a todo correr
por un laberinto de callejuelas desiertas. El casco urbano era un
coñazo si no lo conocías, pero en los últimos días había tenido
tiempo de aprendérmelo de arriba a abajo. Martín imitó al hombre y
yo, agachándose y usando mis manos para apoyarme, lo seguí. El caco
empezó a hacer agudos quiebros entre las esquinas tratando de
despistarnos entre callejuelas y callejones. Nosotros le mantuvimos
el ritmo sin problema. De hecho, apenas me estaba esforzando y podía
ver que mi amigo estaba tan fresco como una lechuga. El chorizo no
podía decir lo mismo.
“¿Te has cansado ya?” le pregunté
a Martín.
“Yo no, pero si no acabamos con esta
persecución, creo que le dará algo.” se llevó una mano al pecho.
“O me lo dará a mí.”
“¿Tú o yo?”
El caco nos llevó por otra callejuela.
“¿Estás muy aburrido?”
Me encogí de hombros. “Un chorizo
común no es lo que yo llamo diversión, pero me serviría para
acabar con el tedio de estos últimos días.”
Martín sonrió y me hizo un gesto con
la cabeza. No necesité nada más. Con mis labios curvándose en una
mueca, tensé los músculos y apreté el paso. En cuestión de
segunos estaba pisándole los talones al caco. El hombre se volvió,
me vio llegar. Quizás vio el brillo mortecino de mis ojos porque de
golpe palideció, tiró el bolso y entró en rapto. Gritando, trató
de escapar encaramándose a un coche para saltar al otro lado. La
chapa se abolló bajo su peso. Yo salté sobre él, lo agarré de la
cintura y lo arrastré conmigo al duro suelo de asfalto. Una vez
allí, el hombre se debatió, arañándome furioso en la piel de los
brazos y del rostro. Aguanté estoico mientras trataba de voltearlo
para poner sus manos a la espalda. Dolía, pero no tanto.
“¡ALTO!” Martín nos alcanzó en
ese momento y desenfundó su revolver reglamentario para apuntar al
hombre.
Este estaba más allá de toda
cognición. Se sacudió. Se revolvió. Me mordió los dedos. Gritó y
pataleó hasta que el cansancio pudo con él y entró en indefensión.
Cuando dejó de sacudirse como un poseso, mi amigo volvió a
enfundarse el revolver, desenganchó los grilletes de su cinturón y
se acercó a nosotros.
“Es la tercera vez que te cojo sólo este mes.” dijo, mientras le echaba las manos a la espalda para ponerle los grilletes.
“Es la tercera vez que te cojo sólo este mes.” dijo, mientras le echaba las manos a la espalda para ponerle los grilletes.
“¡De alguna manera tengo que ganarme
el pan!” protestó el caco, que parecia estar recuperando poco a
poco su cognición.
Yo crucé los brazos y le dediqué una
mirada incrédula. Me dieron ganas de pedirle el curriculum para
mandarlo a Telepizza, pero pude entender que prefiriese ser él quién
robaba a que le robasen a él. Una cosa era ser honrado y otra
estúpido.
“Hay muchas maneras de ganarse el pan
sin tener que recurrir a la delincuencia.” dijo Martín con aquella
severidad paternal que lo caracterizaba cuando se ponía serio.
De repente, mi amigo soltó un quedo
gemido y se llevó la mano al pecho. Rápidamente, me volví hacia
él. El caco, ajeno a todo, prosiguió con sus protestas. Tenía las
manos encadenadas a la espalda pero no parecia haberse dado cuenta de
que el policía ya no estaba encima de él, sino arrodillado en el
suelo, con una mano al pecho, otra apoyada sobre el asfalto y una
expresión de dolor en su mirada.
“Martín...” fui hacia él y me dejé caer a su lado. “Respira hondo.” le dije con urgencia, mis ojos volviéndose brevemente hacia el caco.
Si Martín me oyó, no me hizo ni caso.
Una nueva sacudida le hizo inclinarse hacia delante y apretar la
mandíbula en un inútil intento por reprimir un gemido. Un gemido
que no sonó humano y que llamó la atención del ladrón. El hombre,
que no había dejado de protestar en todo aquel rato, se volvió a
tiempo de fijarse en lo que le estaba pasando al agente de policía.
Por un momento frunció el ceño, extrañado y, de repente, abrió la
boca en un mudo grito y sus párpados se agrandaron tanto que parecia
que se le iban a salir los ojos de las cuencas. No era para menos.
El cuerpo de mi amigo empezó a crecer
y ensancharse. La ropa se rasgó con un seco sonido a roto y jirones
de tela cayeron al suelo. Ante los ojos estupefactos de Martín, sus
manos empezaron a cambiar. Se transformaron en unos extraños
apéndices, a medio camino entre la mano humana y funcional y la pata
de un cánido, con sus correspondientes y ásperas almohadillas
negras. Donde estaban sus uñas aparecieron unas poderosas garras
capaces de rasgar la carne sin problemas. Al contrario de lo que
mucha gente se piensa las patas traseras de los perros no van al
revés. Su estructura ósea esta asentada sobre las mismas bases que
las humanas, con la diferencia de que mientras los monos apoyan toda
la planta, el cánido sólo apoya los dedos. Pues eso mismo le pasó
a Martín. A la vez que su fémur se acortaba, su pie se alargó. De
la base de su espalda creció una cola que no tardó en cubrirse de
un espeso pelaje blanco y marrón. Su rostro dejó de ser humano, y
creo que fue en ese momento cuando el caco dio un alarido y,
tambaleándose, con las manos aún a la espalda, echó ya correr y
desapareció en la noche. No era para menos, las fauces que habían
ocupado el lugar de la cara de mi amigo, con sus colmillos y todo,
era una visión realmente imponente.
Cuando el dolor terminó, Martín se
miró rápidamente las manos, ahora convertidas en garras. Un agónico
gemido escapó de sus labios negros y echó un apresurado vistazo a
su cuerpo, totalmente cubierto de un tupido pelaje de doble capa
blanco y marrón. El cuerpo de un husky siberiano. Asustado, Martín
me apartó a un lado de un empellón que consiguió tirarme al suelo
y corrió a esconderse detrás de unos contenedores de basura que
había en un fondo de saco próximo.
“Martín, escúchame. Esto tiene una explicación.” dije, echando a correr tras él cuando conseguí incorporarme.
“Martín, escúchame. Esto tiene una explicación.” dije, echando a correr tras él cuando conseguí incorporarme.
No me hube acercado ni a tres metros de él cuando un ronco y desesperado gruñido me hizo detenerme. No era tan tonto como para desoír una advertencia tan evidente. Martin no podía hacer nada contra mí pero pelearme con él hasta someterlo no me parecia la mejor manera de ayudarlo. ¡Joder! ¡Este era trabajo para vigilantes, no para un operativo como yo!
“Martín. Déjame que me acerque. Te
lo explicaré todo y lo entenderás.”
Un gruñido. O un gemido. O quizás un
ronroneo. Creo que ni él tenía claro qué era lo que quería hacer.
Agobiado, me apoyé sobre la pared y
resoplé. Consideré por un momento cambiar yo también. Quizás eso
le daría al menos el golpe de confianza necesario para salir de ahí,
o quizás terminaría de asustarlo del todo. ¡Maldita sea! Quizás
debería haber dicho algo cuando empecé a ver síntomas, pero lo más
probable era que no me hubiese creído. Confiaba en que un vigilante,
los encargados de ayudar a los novatos que aún no han atravesado su
primer cambio, se hubiese encargado ya de esto, pero aparentemente no
había sido así. Tampoco parecía haber ninguno en las cercanías.
“¡Serán gilipollas!” protesté en
voz alta. “¡Mira que les avisé hace tiempo! Que estoy apreciando
síntomas. Que le brillan los ojos en la penumbra. Que le he visto
colmillos. ¡Pero noooo! ¡Qué va a saber un operativo! ¡Como si yo
nunca hubiese pasado por esto!”
“Se te ha escapado el perro, ¿eh?”
una voz a mi lado me hizo girar la cabeza a tiempo de ver a un señor
mayor, encorvado y con una pequeña bestia escandalosa que no dejaba
de ladrar.
“¿Cómo dice?” no supe ni qué
decir. Había estado tan enfrascado en cómo solucionar esta
situación que ni me di cuenta de su presencia hasta que lo tuve al
lado.
“Esto tiene fácil solución. Coges
un periódico y le das en el hocico hasta que se someta. Estos bichos
nos tienen que respetar, que si no se nos suben a la chepa.” dijo
el anciano.
La imagen mental de pegarle a Martín
en el hocico con un periódico enrollado cruzó de repente mi cabeza
y me hizo enarcar las cejas.
“Gra... gracias...” dije, demasiado
aturdido como para responder con claridad.
El anciano asintió, satisfecho con su
buena obra del día, y prosiguió su paseo con su pequeña bola de
pelo y estrés. Yo miré de nuevo hacia los contenedores. Ya no veía
la silueta sombría del hombre perro pero sí escuché un gemido
amortiguado, débil. Un gemido humano. Inhalé una larga bocanada de
aire y, haciendo acopio de valor, fui hasta donde Martin estaba
escondido. Mi amigo estaba desnudo, con algunos jirones de ropa aún
colgando de su cuerpo, y se miraba las manos con expresión aturdida
y algo asustada, como si no entendiese nada. Seguramente no entendía
nada.
“Fede...” levantó la mirada hacia
mí. “Tú lo has visto. Tú has visto lo mismo que yo. No me estoy
volviendo loco.”
Me arrodillé en el suelo y puse una
mano sobre su hombro. Una sonrisa calmada y calculada apareció en
mis labios. A través de ellos Martín pudo ver mis dientes y los
cuatro poderosos colmillos. Abrió la boca en una exclamación de
sorpresa y sus ojos azules volaron hacia los míos.
“Creo que tenemos que tener una
charla.” dije tratando de sonar todo lo tranquilizador que podía.
“Es eso o lo del periódico enrollado, y eso me parece una idea
terrible.”
Martín se rió y yo solté un largo
suspiro y me relajé. Lo había conseguido. Había roto el hielo.
Ahora podía empezar a explicarle con calma lo que le esperaba como
hombre perro. No era un vigilante pero después de diez años
cambiando cada Luna llena creo que sabía lo suficiente como para
prepararle. Al menos mientras los burócratas incompetentes de la
cúpula movían su trasero para enviarle, de una pajotera vez, al
vigilante que le correspondía.
DNH
jueves, 12 de febrero de 2015
La cacería
Práctica 7; Acción.
El Sol comenzaba a emerger entre las cercanas cordilleras
montañosas, regando todo el valle con su radiante luz clara y límpida. Una
ligera bruma emergía de los riachuelos próximos, creando un fantasmagórico
espectáculo a través del cual, sombras difusas paseaban tranquilas. Los
primeros pájaros ya empezaban a desperezarse, llenando la naturaleza con sus
trinos, rompiendo el silencio de la noche. En las alturas un águila se deslizaba,
con las alas muy extendidas, oteando el paraje con su aguda vista en la
búsqueda incesante de un conejo o un ratón que poder llevarse al pico. Era paz,
era tranquilidad, era una calma que no podía durar. Que no debía durar.
Los grandes rebaños de ungulados ya habían despertado.
Pacian, con paso tranquilo y las cabezas al suelo, rumiando las briznas de
hierba que sus dientes en forma de pala conseguían arrancar. Había varias
especies, todas mezcladas, todas juntas conscientes de que su mejor arma contra
los depredadores era permanecer unidos. Gallardos caballos salvajes de
lustrosas crines. Ligeros ciervos de hermosas cornamentas y patas de alambre.
Toros salvajes, robustos y orgullosos, de pelaje tupido para protegerlos de las
inclemencias del tiempo. Entre sus grandes pezuñas, los zorrillos correteaban a
la búsqueda de roedores. A los ruminantes no les importaba la presencia de los
pequeños cánidos. No podían hacerles ningún daño, ni a ellos, ni a sus crías.
Si uno se acercaba demasiado a un cervatillo, la madre golpeaba el suelo con
sus cascos y eso era suficiente para que el animalillo se alejase.
El ciervo, un macho adulto, experimentado, padre de muchas
crias y de imponente cornamenta bien ramificada, alzó la cabeza. Sus grandes
orejas se movieron de lado a lado, captando todos los sonidos. Sus grandes ojos
marrones otearon con mucha atención el valle. Había sobrevivido varias
primaveras, las suficientes como para saber que las primeras horas de la mañana
eran las más peligrosas. Era cuando los cazadores empuñaban sus armas y acudían
al valle a cazar. Tras un minucioso análisis del entorno, se atrevió nuevamente
a agachar la cabeza para masticar unas briznas de hierbas. No había terminado
de rumiar su bocado cuando ya estaba alzando nuevamente la testa para otear el
entorno.
Algo le llamó la atención. Algo que hizo que todo su cuerpo
se pusiese en alerta. Un grupo de conejos que había estado rebuscando comida a
los pies de los rumiantes se dispersó de repente entre la maleza para regresar
a sus madrigueras. El ciervo olfateó el aire. No le llegó ningún olor raro pero
el viento iba en su contra, no podía confiar que no hubiese algo acechando
entre los arbustos. Decidió errar en favor de la prudencia y se puso en marcha,
alejándose de allí con los ágiles saltos que le caracterizaban. El resto de los
rumiantes, al ver la clara señal de alarma en su huída, se disgregaron,
corriendo en ordenadas manadas divididas por especies. El ciervo enfiló en
dirección al bosque cercano, consciente de que el denso follaje le daría una
protección que no obtendría en el valle.
No tuvo que esperar demasiado a escuchar el golpeteo de los
pasos contra la tierra. La persecución había empezado. Sólo tenía que esperar
que el cazador se decidiese por una presa que no fuese él. En su frenética
carrera no tardó en alcanzar las frescas sombras del bosque. Sorteó unos
arbustos de un ágil salto y se adentró en un terreno traicionero, lleno de
raíces, musgo, helecho y rocas camufladas entre el follaje. Una vez cobijado
entre las sombras, se permitió relajarse.
No duró mucho. Los helechos susurraron cuando el cazador los
atravesó y el ciervo volvió a ponerse en marcha. Galopó tan rápido como la
vegetación le permitía. Las raíces traicioneras emergía de la tierra, pero
aquel era su mundo y lo conocía bien. Las sorteó con ágiles quiebros y buscó
las zonas donde el terreno era más estable. El cazador lo siguió, demostrando
una resistencia extraordinaria. Pronto quedó patente que aquella no sería una
cacería al uso.
El ciervo corrió bajo las sombras, sus ojos pendientes del
terreno que pisaba, de los obstáculos que lo rodeaban. A sus espaldas, el
cazador siguió a la zaga. El ciervo lo guió bosque adentro, por una zona donde
el follaje era más denso. Se adentró en un campo de helehos que esperaba que lo
ralentizase. Sus ágiles patas le permitieron sortearlo con amplios saltos. Al
mirar hacia atrás vio la confusa silueta del cazador, bordeando los arbustos y
buscando un terreno más llano. Eso le hizo hacer un quiebro a la derecha en un intento
por despistarlo. En cuanto emergió de entre las plantas, alcanzó un sendero
estrecho y rompió a todo correr. El corazón le latía con fuerza, bombeando
sangre a su cuerpo en tensión.
De un rápido salto, pudo esquivar una maraña de raíces. Fue
entonces cuando escuchó el silbido. Una saeta pasó volando a pocos metros de él
y se clavó, vibrando, en el tronco de un árbol. El ciervo hizo un quiebro a la
izquierda. Una de sus patas pisó un parche de musgo y le hizo perder el
equilibrio. Pudo recuperarse pero el cazador ya le había ganado terreno.
Asustado, bramó y arrancó a correr de nuevo, adentrándose aún más entre la
vegetación, alejándose del sendero de tierra. Sus patas lo llevaron colina
arriba, a un lugar donde las ramas eran tan espesas que apenas dejaban cruzar
la luz del Sol. El silencio se había hecho patente en el bosque. Todo parecía
estar a la espera de ver el desenlace.
Una maraña de raíces de interpuso en su camino. Eso no lo
frenó, pero sí ralentizó su marcha. Zigzaggeó entre los troncos, poniendo
cuidado en donde pisaba. Los pasos del cazador lo seguían con mucha más
agilidad que la suya entre las traicioneras raíces. Un nuevo proyectil voló
hacia él pero el ciervo lo esquivó por los pelos, haciendo un quiebro alrededor
de un gran tronco. Un segundo proyectil voló, pasando muy cerca de su garganta.
Alzó la cabeza y pegó un frenazo, usando la inercia para girar de nuevo en la
dirección contraria. Volvió a apretar el paso.
Su carrera lo llevo directamente a una zona pantanosa y
oscura, de aguas poco profundas y salpicada de parches de tierra. La niebla
allí era más persistente que en el valle, algo que quiso aprovechar el ciervo.
Al llegar al borde pego un brinco, pero no llegó a alcanzar el islote. Sus
patas se sumergieron en el agua con un sonoro chapoteo y los finos cascos se
hundieron en el barro. Supo, al momento, que estaba en problemas. Desesperado,
empezó a vadear el pantano, tratando de emerger del viscoso limo a saltos, pero
cada vez que volvía a caer se hundía más en él. Por el rabillo del ojo vio la
silueta del cazador, parado junto al pantano, con el arco preparado.
El cazador, una mujer, encajó una flecha y tiró de la cuerda hacia atrás. El ciervo bramó y sus movimientos se volvieron aún más desesperados. Brincó, coceó, chapoteó con fuerza en el agua. Sus ojos fijos en la seguridad de la tierra firme a pocos metros. El cazador aguardó a tener una buena linea de tiro. Los cascos del animal tocaron finalmente la tierra, la esperanza de sobrevivir. Echando fuerzas de su miedo, de su naturaleza superviviente, se impulsó con las patas traseras. Salió del agua. Saltó, buscando la cobertura de la vegetación.
La cazadora soltó la cuerda. La flecha voló por el aire con un silbido. Su punta, de hierro, atravesó su costado y fue a clavarse directamente en su corazón. El orgulloso animal estaba muerto antes incluso de desplomarse sobre el suelo. Su espíritu, su esencia inmortal, volvió a fundirse con la tierra que le vio nacer.
El cazador, una mujer, encajó una flecha y tiró de la cuerda hacia atrás. El ciervo bramó y sus movimientos se volvieron aún más desesperados. Brincó, coceó, chapoteó con fuerza en el agua. Sus ojos fijos en la seguridad de la tierra firme a pocos metros. El cazador aguardó a tener una buena linea de tiro. Los cascos del animal tocaron finalmente la tierra, la esperanza de sobrevivir. Echando fuerzas de su miedo, de su naturaleza superviviente, se impulsó con las patas traseras. Salió del agua. Saltó, buscando la cobertura de la vegetación.
La cazadora soltó la cuerda. La flecha voló por el aire con un silbido. Su punta, de hierro, atravesó su costado y fue a clavarse directamente en su corazón. El orgulloso animal estaba muerto antes incluso de desplomarse sobre el suelo. Su espíritu, su esencia inmortal, volvió a fundirse con la tierra que le vio nacer.
DNH
martes, 27 de enero de 2015
Justificando Emociones
Práctica 6; Críticas sociales.
“No lo pongo en duda, Dolores. Disfrute de la comida con su hijo.”
“Shhh. Algún día.” me acarició la mejilla.
Otro día más. Otro día aburrido en la panadería de mi pueblo
viendo las mismas caras pasar a las mismas horas de todos los días. Como cada
día, me saludaban con las mismas palabras preconfiguradas y yo respondía con la
misma sonrisa y me interesaba por sus vidas. Sabía que la mayoría de ellos me
respondían por cortesía, fingiendo que me escuchaban con asentimientos y
palabras huecas de toda emoción, pero yo seguía interesándome por el bienestar
de mis vecinos. No me entendían, nunca lo harían, pero no me importaba. No eran
ellos los que tenían que vivir mi vida.
“Buenos días, Ana.” dijo una anciana mujer, de aquellas
orondas, mirada afable y cristalina y maraña de pelo blanco, tan menuda que
tenía que estirarse para llegar al mostrador.
“Buenos días, Dolores. ¿Qué va a ser? ¿Una pistola como todos
los días?”
“Dame hoy dos, hija, que ¿sabes? Mi hijo viene a comer.” lo
dijo con una sonrisa radiante, de las que consiguen alegrar el día.
“Claro, Dolores. En seguida le pongo las dos pistolas.”
Me apresuré a enfundar mi mano en un guante de plástico y
cogí dos barras que metí con la maestría de la costumbre en una estrecha bolsa
de papel.
“Ya sabes que trabaja en Barcelona. Es un buen camino en
coche hasta aquí, pero viene a verme cuando puede el pobre.” el orgullo de
madre la henchía.
“Me alegro mucho. Los hijos tienen que cuidar a sus madres.”
le di las dos barras inclinándome sobre el mostrador y ella me pagó con algo de
chatarrilla de la que llevaba en el bolsillo.
“Di que sí, Ana. ¿Y tú? ¿Para cuando vendrán los niños?”
Esbocé una sonrisa que traté no resultase demasiado hastiada.
La historia de siempre. Las mujeres sólo teníamos dos funciones en la vida,
casarnos y parir hijos, y una mujer que no hiciese las dos cosas era una
especie de criatura rota a ojos de la costumbre imperante. Estaba llegando a mi
treintena y no tenía hijos. Mi abuela seguía hostigándome con ello, aunque mi
madre ya había dado por imposible que algún día fuese a ser madre. No asi la
gente del pueblo que insistía a cada poco en el tema. Lo normal en un pueblo
tan pequeño, donde lo que se salía de lo normal era la comidilla de todos.
“Estoy demasiado ocupada para tener hijos, Dolores. Entre el
trabajo y el voluntariado.”
“Ah, ya.” chasqueó la lengua con cierto toque de desprecio
que no me pasó desapercibido, y puso la expresión de la anciana que cree saber
tanto como los años que ha vivido. “Deberías dejar eso del voluntariado. Es
perder el tiempo, muchacha. Tener hijos es mucho más importante.”
No quise contradecirla. Meterse en una discusión verbal con
una clienta nunca era una buena idea. Además, ella no entendería que traer
hijos a un mundo sobrepoblado no era una opción para mí. Eran gente de pueblo
que no salían de su limitado ecosistema. Pedirles entender los grandes
problemas a los que se enfrentaba la humanidad era imposible.
“Quizás más adelante.” la respuesta que daba siempre para
zanjar la discusión.
“Ya verás como cuando tengas hijos, todo lo demás te parecerá
poco importante.” me dijo con un brillo conocedor en la mirada.
“No lo pongo en duda, Dolores. Disfrute de la comida con su hijo.”
La mujer me dio las gracias y se marchó de la tienda. Yo
seguí trabajando hasta que alrededor de la hora de comer mi compañera y mejor
amiga me sustituyó. Al verme la cara, sus labios se curvaron en una sonrisa.
“Otra vez.” adivinó.
“El cuento de siempre. Nunca lo van a entender.” dije
agachando la cabeza. “Es tan complicado hacerles ver que el único amor que
existe no es el suyo, no es el que ellos consideran normal. A veces me siento
como las parejas de blancos y negros en EEUU. Tener que esconder lo que siento
y cuidar lo que digo para que no me miren mal.”
“¡Al diablo con ellos! ¡Algún día saldremos de este pueblo
infecto y seremos libres!” me cogió cariñosamente de las manos.
“¿Y dejarlos solos? ¡No podría!” dije con vehemencia.
“Habrá más a quienes ayudar allí donde vayamos.” me dijo.
“Lo sé, y eso me pone muy triste.” hice una mueca.
“Shhh. Algún día.” me acarició la mejilla.
Era nuestro mantra. Algún día veríamos un cambio
revolucionario. Algún día la gente dejaría de pensar en ellos, en el
antropocentrismo patriarcal imperante, y verían a través de otros ojos,
vestirían otra piel. Entonces nuestro trabajo habría terminado. Pero aún no
había llegado ese día y había mucho que hacer.
“Corre. Te esperan.”
Miré a mi alrededor. No venía ningún cliente asi que
aproveché para darle un rápido beso en los labios a mi novia y me marché. Otro
secreto. Otra anormalidad a ojos de ese pueblo cerrado en sí mismo y sus
costumbres. Conduje hasta las afueras y, antes incluso de llegar, ya pude oír
el coro de ladridos que me saludaban como todos los días. El refugio era poco más
que un complejo de jaulas de hormigón y hierro. Una mierda, lo sé, pero era la
única forma en la que podíamos ayudarlos.
Mis compañeras voluntarias abrieron el porton y me dejaron
entrar. Los perros me rodearon y yo me arrodillé para recibirlos con los brazos
abiertos. Sus húmedos lametones empaparon mis mejillas y su jolgorio contagioso
me invadió. No me agradaba verlos encerrados aquí, pero ayudarlos me hacía
inmensamente feliz. No entiendo porqué tengo que justificar mis emociones para
parecer normal.
DNH
domingo, 11 de enero de 2015
Práctica 5; Escribir para alguien concreto.
Práctica 5; Escribir para alguien concreto.
Con un gorgoteo, el líquido terminó de atravesar el embudo y lo retiré del bocal. Tras comprobar los niveles con la varilla, cerré el depósito enroscando el tapón con fuerza y me agaché para coger la bandeja que había utilizado para sacar el aceite sucio. Coloqué el embudo sobre una garrafa vacía que había reservado para disponer del aceite residual y vacié con mucho cuidado la bandeja. Aunque puse precaución de que el líquido corrosivo no me tocase la piel de las manos, esta se encontraba ennegrecida aunque posiblemente las manchas eran más por la carbonilla y la suciedad del motor que por el aceite mismo. Tampoco me preocupaba demasiado, mi extraordinarian capacidad de curación me ayudaba a sobrellevar heridas y quemaduras menores sin ningún problema.
Mientras me abrochaba los botones de la camisa, un pesado perrazo, pastor alemán con el lobuno cromatismo del pelaje sable, se abalanzó sobre mí y empezó a darme húmedos lametones en el rostro. Riendo, me abrazé a su peludo cuello y le froté los musculosos lomos con vigor.
El pastor alemán, con el automatismo de un soldado, cesó en sus carantoñas y corrió hacia su dueña para ponerse en una perfecta posición de junto. Sus ojillos marrones, cálidos, la miraron con adoración, sin perderla un segundo de vista. Aunque traté de reprimirlo, una sonrisa tiró de la comisura de mis labios al verla, orgullosa, guerrera, con sus ojos grises cargados de hastío y fumándose un cigarrillo.
Tuve mucho
cuidado al derramar el aceite en el depósito vacío del motor. Lo que menos me
apetecía era manchar toda la maquinaría del vehículo con el oscuro y viscoso
líquido, algo que me haría perder un valioso tiempo y ya había perdido bastante
aquella calurosa mañana de primavera. Poco a poco, dejé que el aceite cayese
dentro del embudo, controlando la cantidad exacta que debía entrar en el
depósito. Hacía bastante calor pero, pese a que llevaba toda la mañana
trabajando en poner a punto el coche patrulla, no estaba sudando como le pasaba
a mis compañeros humanos. No, pensé mientras observaba como el viscoso fluido
se deslizaba lentamente por el estrecho bocal del embudo, yo no era como ellos
aunque no lo supiesen. Era un protector ancestral.
Con un gorgoteo, el líquido terminó de atravesar el embudo y lo retiré del bocal. Tras comprobar los niveles con la varilla, cerré el depósito enroscando el tapón con fuerza y me agaché para coger la bandeja que había utilizado para sacar el aceite sucio. Coloqué el embudo sobre una garrafa vacía que había reservado para disponer del aceite residual y vacié con mucho cuidado la bandeja. Aunque puse precaución de que el líquido corrosivo no me tocase la piel de las manos, esta se encontraba ennegrecida aunque posiblemente las manchas eran más por la carbonilla y la suciedad del motor que por el aceite mismo. Tampoco me preocupaba demasiado, mi extraordinarian capacidad de curación me ayudaba a sobrellevar heridas y quemaduras menores sin ningún problema.
En cuanto
terminé, cerré la garrafa, limpié los pocos restos de aceite que habían goteado
sobre el motor con un trapo sucio y me enjuagué las manos usando una botella de
agua que había traído para ese fin. Satisfecho con mi trabajo, cerré el capó
del coche y procedí a cambiarme de ropa. El viejo chandal estaba bien para
estropearlo, pero necesitaba volver a ponerme mi elegante uniforme verde, con
sus blasones dorados que me señalaban como agente del cuerpo. En realidad, el
mantenimiento del motor de mi coche patrulla no era mi obligación, pero el
viejo Megane era casi como un compañero de trabajo y me gustaba mimarlo.
Mientras me abrochaba los botones de la camisa, un pesado perrazo, pastor alemán con el lobuno cromatismo del pelaje sable, se abalanzó sobre mí y empezó a darme húmedos lametones en el rostro. Riendo, me abrazé a su peludo cuello y le froté los musculosos lomos con vigor.
"¡Atlas!
¡FUSS!" escuché una autoritaria voz femenina.
El pastor alemán, con el automatismo de un soldado, cesó en sus carantoñas y corrió hacia su dueña para ponerse en una perfecta posición de junto. Sus ojillos marrones, cálidos, la miraron con adoración, sin perderla un segundo de vista. Aunque traté de reprimirlo, una sonrisa tiró de la comisura de mis labios al verla, orgullosa, guerrera, con sus ojos grises cargados de hastío y fumándose un cigarrillo.
"Sabes
que no me molesta." le dije.
"No
debe hacerlo. Sé que aún es muy cachorro, pese a su tamaño, pero tiene que
empezar a comportarse. Es un perro del cuerpo, no una mascota." me contestó.
"¿Has terminado ya con el cacharro?"
"Está
a punto. En cuanto repose un poco podemos salir." golpeé el capó del
vehículo. Sonó a hierro hueco.
"Más
vale que salgamos ya. El Sargento está de un humor de perros y como me quede
aquí diez minutos más con él, creo que lo mataré." tiró el cigarrillo al
suelo y lo aplastó con la bota.
"¿Otro
caso extraño?"
"Parece
un caso de violencia de género de libro. Creo que hay un muerto y algo que no
me ha quedado claro sobre un collar eléctrico."
Alcé las
cejas.
"La
chica llamó llorando y no se la entendía nada. Da gracias si tenemos bien la
dirección."
Abrió la
puerta trasera del coche y el pastor alemán se metió dentro. Mientras mi
compañera le colocaba el cinturón homologado, yo me monté en el asiento del conductor
y arranqué el motor para comprobar que todo funcionaba perfectamente. El sonido
parecía correcto y la vibración en la mano también. No me sorprendía, había
hecho eso muchas veces y nunca antes había tenido problemas.
En cuanto
mi compañera se sentó en el asiento del copiloto y se abrochó el cinturón, me
puse en marcha. Quizás íbamos a atender un caso de violencia de género de
libro, pero las cosas nunca eran tan sencillas para alguien como yo... como
nosotros, puesto que ella también era una guardiana. El Sargento no nos lo
habría asignado de no haber creído que era uno de esos casos especiales. En la
ciudad pasaban cosas extrañas, cosas que escapaban al entendimiento de los
humanos, cosas que habían quedado enterradas en leyendas y cuentos de miedo.
Sonrié. Resultaba irónico que nosotros, una de las criaturas más temidas por
nuestra dualidad bestial,fuésemos quienes protegíamos a los hombres. Les
habíamos acompañado desde casi su nacimiento, más de treintamil años juntos y
nunca habíamos dejado de protegerlos. Sencillamente, sin nosotros, los humanos
no habrían sobrevivido.
Policía Nacional
DNH
domingo, 7 de diciembre de 2014
Práctica 4; Describe un objeto cotidiano.
Práctica 4; Describe un objeto cotidiano.
Una Palabra; Euforia.
Una Frase; Es un sentimiento indescriptible el que me embarga
al sentir el cuero en mis manos.
Un Párrafo; El viento fluía a través de la ventanilla,
sacudiendo mis cabellos, embargándome con la sensación de velocidad. No era el
más veloz, ni el más ágil, ni el más potente, pero su cuerpo aerodinámico
cortaba el aire como un cuchillo. ¿Cómo describirlo si nunca lo has sentido?
¿Si nunca has percibido las imperfecciones del firme a través de los
neumáticos? ¿Si nunca te has encontrado en ese efímero instante entre el
control y la pérdida del mismo? ¿Si tu corazón no ha empezado a latir con
fuerza al sentir la tracción? ¿Si el rugido de su corazón no te ha arrancado
nunca un escalofrío? ¿Cómo describirlo cuando tus labios nunca se han partido
en una sonrisa, en un grito de júbilo, al emerger victorioso de una arriesgada
maniobra como una sola unidad? ¿Un ente? ¿Dos cuerpos y un solo espíritu? No,
no puedo. Puedo hablarte de su belleza, de su majestuosidad. Puedo hablarte de
potencia en Cvs, de prestaciones y de pesos. De equilibrios, aceites y de
gastos constantes. Lo que no puedo es describirte lo que siento cada vez que pongo
mis manos sobre el volante, porque para eso, tienes que sentirlo. Para muchos
es un simple coche. Para mí es mucho más.
DNH
jueves, 27 de noviembre de 2014
Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista
Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista
Nyrox;
Nyrox miró a su alrededor con expresión distraída. La sala,
pese a estar situada en un edificio ruinoso que habían conseguido mantener en
pie gracias al duro trabajo de los colonos, estaba decorada con el exquisito
gusto que caracterizaba a los nargas. En un lado había unos sofás color carmesí
con incrustaciones en piedra y plumas de color turquesa, azul metálico y verde
esmeralda. Junto a este habían colocado una mesita con una lámpara que
irradiaba una luz pálida y brillante que hacía resplandecer las gemas. Hizo una
mueca y estrechó los párpados. La luz le cegaba, era demasiado intensa para sus
ojos de depredador nocturno.
En una de las paredes había un grandioso tapiz que
representaba una escena festiva donde varios nargas, ataviados con sus típicos
ropajes vaporosos, disfrutaban de una grandiosa merendola bajo el abrazo de
unos frondosos árboles. Nyrox no había estado nunca en Erchelon, el planeta
natal de los nargas, pero había oído historias sobre él y no le costó imaginar
que tenía que ser una representación de algún tipo de festividad típica de
allí. Junto a la otra pared había un enorme escritorio que apenas le permitía
ver la plumosa cresta de la narga que, en esos momentos, tecleaba furiosamente
algo en su ordenador. Como todo en aquel lugar, el escritorio estaba construido
en vivos colores y tenía varias franjas de luces que destacaba entre las
incrustaciones de gemas. Justo detrás de este, una amplia vitrina tenía expuestas
antiguas reliquias. Tenía gracia, pensó con una mueca, eran poco más que
vasijas terrosas, feas piezas de vajillas, algunos dispositivos electrónicos
que hacía demasiado que habían dejado de funcionar, y sin embargo se cotizaban
más que la gema más extraordinaria.
Nyrox se acercó a la vitrina y cotilleó un extraño artilugio que parecía ser algún tipo de comunicador muy antiguo o quizás algún dispositivo de transporte de datos. Realmente no era más que una fina pantalla negra y una carcasa deteriorada por el paso del tiempo. Los habitantes de aquel planeta muerto habían sido tecnológicamente lo suficiente avanzados como para disponer de aparatos como aquel, pero no lo suficiente como para escapar y sobrevivir. Ahora eran ellos los que habían quedado atrapados allí, tras el colapso del portal de salto durante la traición de la flota tharunay. Se permitió sonreír. Su desgracia era su éxito. Nyrox se había hecho un nombre como ladrón de reliquias antiguas y, cuando restaurasen el portal, regresaría a Indara, su planeta, siendo un hombre rico.
Nyrox se acercó a la vitrina y cotilleó un extraño artilugio que parecía ser algún tipo de comunicador muy antiguo o quizás algún dispositivo de transporte de datos. Realmente no era más que una fina pantalla negra y una carcasa deteriorada por el paso del tiempo. Los habitantes de aquel planeta muerto habían sido tecnológicamente lo suficiente avanzados como para disponer de aparatos como aquel, pero no lo suficiente como para escapar y sobrevivir. Ahora eran ellos los que habían quedado atrapados allí, tras el colapso del portal de salto durante la traición de la flota tharunay. Se permitió sonreír. Su desgracia era su éxito. Nyrox se había hecho un nombre como ladrón de reliquias antiguas y, cuando restaurasen el portal, regresaría a Indara, su planeta, siendo un hombre rico.
“Por favor, no toques los cristales. Están limpios.” dijo la mujer narga con su habitual y monótona voz.
Con un gesto de aboluta indiferencia, Nyrox se apartó de las
vitrinas y paseó nuevamente por la sala. No se preguntó por qué Thranaxath, el
ministro jefe del ministerio de estudios arqueológicos, le había convocado.
Sólo había una razón por la cual un hombre de su talla se dignaría a hablar con
un tharunay como él. Lo que le embargó fue la emoción que precedía siempre a
recibir las instrucciones de un contrato, el hecho de no saber qué sería lo que
tendría que robar y donde. Nyrox era un traficante de reliquias, el mejor de
todos los que habían quedado atrapados en aquella miserable piedra perdida en
un remoto y extinto sistema solar. Lo que le gustaría saber era qué podría
querer Thranaxath. No sería algo común, sería algo muy especial. Lo intuía y,
esa certeza, hizo que se le erizase el pálido pelaje que cubría su espalda.
“Sí, señor ministro.” la voz de la secretaria resonó en el
silencio y le llamó la atención. “Puede pasar.”
Nyrox hizo un seco asentimiento y entró por unas grandes
puertas al interior de la sala contigua. Tan profusamente decorada como la
anterior, Nyrox se fijó en el narga que había sentado sobre una cómoda silla al
otro lado del escritorio. Era un hombre regio que destilaba autoridad por cada
una de sus iridiscentes plumas azules y rojas. Sus pequeños cuernecitos estaban
decorados con unas cadenas de plata con piedras engarzadas, así como sus
muñecas, sus dedos y su cuello. Las vaporosas prendas dejaban a la vista los
vivos colores del plumaje de su pecho.
“Nyrox.” el narga hizo un seco asentimiento. “No nos andemos
con rodeos. No es mi estilo y tampoco el tuyo.” se inclinó sobre la mesa y le
miró fijamente con aquellos ojos verdes cuya pupila era una simple y fina
linea. “Tengo muy buenas referencias sobre tu trabajo. Algunos colegas no están
satisfechos con el hecho de que les hayas robado en sus propias casas, pero
admiran tu maestría.”
“Se hace lo que se puede, señor ministro.” Nyrox esbozó una
sonrisa sibilina dejando a la vista sus colmillos.
“Desde luego. Pero esta vez no se trata de un robo, al menos
no directamente.” el narga se levantó y caminó por el despacho, sacudiendo su plumosa
cola de lado a lado. “Un equipo de arqueólogos bajo mi mando va a hacer una
expedición a las montañas. Quieren investigar más a fondo sobre la civilización
que habitaba este planeta y encontrar la baliza de donde salió la señal que
recibimos hace varios meses. Las especiales circunstancias tras la traición de
la flota tharunay han pospuesto esta expedición pero, seré franco, la situación
empieza a ser desesperada. Nuestras provisiones se agotan y esa baliza es lo
único que podría sacarnos de aquí.” se detuvo frente a una ventana que daba a
la ciudad, poco menos que un erial desértico donde la ley había colapsado,
sustituida por la supervivencia del más fuerte.
“No soy un arqueólogo.”
“Estoy al tanto.” le miró con una expresión extraña, los
nargas no tenían sentimientos y eso hacía que relacionarse con ellos fuese
inquietante. “Una piloto tharunay escapó cuando se capturó y ejecutó a la flota
rebelde. Busca la baliza. Necesito que tú la consigas antes que ella y que me
la traigas. A nuestro regreso a Erchelon te pagaré generosamente por tus
servicios.”
Nyrox sonrió y la excitación de la incertidumbre fue
sustituida por la expectativa del premio.
“Eso puedo hacerlo.”
Xanieth;
“¡El sitio es absolutamente fascinante!” dijo Xanieth, observando
maravillada la inmensa caverna en la cual se habían metido. “Vosotros, quiero
que hagáis una catalogación de todo lo que se encuentre en esta sala. Los
demás, seguidme, quiero mapear todo el complejo.” dijo con voz autoritaria.
Un pequeño grupo de nargas asintieron y se pusieron manos a
la obra. Xanieth guió al resto del grupo a través de la enorme entrada. Los
esclavos tharunay cargaban con el pesado material mientras que los científicos
se afanaban en investigar el lugar. Habían seguido el pulso de la baliza pero
un desprendimiento de rocas dificultó que encontrasen el acceso. Tuvieron que
escurrirse con todo el equipo a través de un entramado de estrechas cuevas y
galerías. Afortunadamente habían llevado consigo un grupo de espeleólogos que habían
pasado los últimos meses estudiando la orografía del planeta. Cuando llegaron
frente a dos sólidas puertas de hierro retorcido y oxidado, que parecían haber
sido destruídas por una detonación, Xanieth supo que habían encontrado el
lugar..
Lo que vieron al otro lado los había dejado sin habla. Xanieth esperaba descubrir algún complejo militar o algo por el estilo, sin embargo, fue mucho más. Era una ciudad, una auténtica ciudad subterránea, una caverna inmensa de altísimos techos en cuyas paredes, cuidadosamente labradas, había una infinidad de puertas y ventanas de cristal que daban acceso a viviendas, tiendas, escuelas y hasta hospitales. La mayoría de los cristales yacían rotos en el suelo, sobre los cuerpos maravillosamente preservados de los antiguos habitantes. Xanieth se agachó junto a uno de los cuerpos y lo examinó. Este se encontraba retorcido, con las manos aferradas a un pecho cubierto con sangre reseca y el rostro congelado en una expresión de dolor y miedo.
Lo que vieron al otro lado los había dejado sin habla. Xanieth esperaba descubrir algún complejo militar o algo por el estilo, sin embargo, fue mucho más. Era una ciudad, una auténtica ciudad subterránea, una caverna inmensa de altísimos techos en cuyas paredes, cuidadosamente labradas, había una infinidad de puertas y ventanas de cristal que daban acceso a viviendas, tiendas, escuelas y hasta hospitales. La mayoría de los cristales yacían rotos en el suelo, sobre los cuerpos maravillosamente preservados de los antiguos habitantes. Xanieth se agachó junto a uno de los cuerpos y lo examinó. Este se encontraba retorcido, con las manos aferradas a un pecho cubierto con sangre reseca y el rostro congelado en una expresión de dolor y miedo.
“Son unos seres fascinantes. No tienen pelo, ni plumas, salvo
en la cabeza, y parece que cuidaban su apariencia. Mirad, en este aún quedan
pigmentos de pintura en su piel.” hizo un gesto con la mano por encima del
cuerpo, pero no lo tocó, no quería estropearlo. “Pensad en todo lo que nos
puede contar esta gente sobre nuestro propio origen y existencia. Una
civilización extinta es una oportunidad única para investigar sobre nuestro
destino como especie.” explicó a su equipo.
Los nargas no eran idiotas. Eran conscientes de que toda
civilización y especie nace, se desarrolla y termina desapareciendo. Lo asumían
como algo natural e inherente a su existencia y no luchaban por evitar el justo
colapso de su propia civilización. Buscar la inmortalidad como especie era una
fantasía absurda sólo apta para seres inferiores, como los inocentes tharunay.
“No resulta un futuro muy halagüeño.” dijo Nyrox encogiéndose
de hombros.
“Para las especies emocionales, quizás no.” Xanieth se
levantó y siguió avanzando. “Para nosotros es el lógico curso de la existencia.
¿Qué ocurriría si desapareciésemos los narga, o los tharunay?” le preguntó.
“Se perderían muchas cosas.” dijo Nyrox.
“No se perdería nada. Al univerno no le importa tu
existencia. El paso circunstancial de civilizaciones por el mismo sólo afecta a
las civilizaciones en sí. Una vez extintas, su relevancia desaparece y el
universo sigue su curso. Estés o no aquí, esa pequeña enana blanca seguirá
siendo una enana blanca, y esta roca muerta seguirá siendo una roca muerta. El
espacio tiempo sigue su curso.” dijo.
“¡Directora! ¡Directora!” un narga se acercó corriendo hacia
ella. En sus manos llevaba un aparato, una espece de contador geiger. “La señal
de la baliza es más fuerte aquí pero he detectado el lugar exacto de donde
proviene. Es por aquel pasillo.”
“¡Vayamos a investigar!” exclamó Nyrox.
“Gracias. Lleva un equipo a ese lugar, que los esclavos
empiecen a colocar el material lo más cerca posible de la fuente. Mucho
cuidado, podríamos encontrarnos con material muy delicado.” Xanieth le hizo un
gesto de deferencia al joven. “Todo a su tiempo, Nyrox. Primero tenemos que
mapear el complejo y clasificarlo todo. Luego iremos adentrándonos en los
pasillos.”
El tharunay arrugó el labio y dejó a la vista sus colmillos,
emitiendo una especie de extraño siseo. Xanieth lo reconoció como una muestra
de hastío en los tharunay, pero ella se limitó a ignorarlo. Las cosas se tenían
que hacer siguiendo un orden lógico, no dejándose llevar por los impulsos
emocionales que podían inducir a error. De un bolsillo sacó un transportador de
datos y lo encendió, activando la cámara. Hizo un barrido lento y pausado del
entorno, grabando todo lo que se encontraba y deteniéndose cada poco para hacer
alguna anotación.
“Bitácora nº 23. Hemos conseguido entrar al complejo.
Esperábamos encontrarnos con una base militar pero esto es mucho más
interesante. A falta de más datos y por las primeras pruebas que hemos podido
encontrar, es posible que ante el colapso de la estrella la civilización
hubiese optado por construir un refugio subterráneo para aprovechar la energía
geotérmica del planeta. Los científicos del ministerio de geología afirman que
el planeta lleva miles de años extinto, así que esta caverna ha preservado en
excelente estado de conservación lo poco que aún queda de la civilización.”
apuntó a los cuerpos. “Las muertes han sido violentas. No es descabellada la
hipótesis de que, quienes se quedaron
fuera del refugio, intentasen entrar por la fuerza. Aún queda mucho por...”
“¡MALDITA SEA!” gritó Nyrox a sus espaldas.
“Señor, esa actitud cuando se está efectuando una
investigación de...” dijo Xanieth volviéndose hacia el tharunay.
Justo en ese momento vio como Nyrox salía corriendo detrás de
una esclava tharunay. La mujer llevaba algo en las manos. Algo que parecía
brillar levemente. La baliza.
Kalyan;
El narga guió al equipo de esclavos en dirección a una torre
que se erguía en la parte trasera de la sala. El científico mantenía la mirada
fija en su dispositivo electrónico, el cual no dejaba de emitir chirridos. Era
exáctamente el mismo sonido que detectó el ejército, una señal de socorro. Por
el final que había tenido la civilización, a Kalyan no le costó imaginarse que
debían haber estado muy desesperados para hacer una llamada a ciegas sin saber
si sería hostil o amistoso lo que fuese que acudiese en su ayuda.
Aparentemente, nadie llegó a tiempo de salvarlos.
“Dejad aquí el equipo. Con cuidado, es material muy delicado.”
Kalyan bajó el enorme arcón que cargaba junto a otros tres tharunay y estiró los hombros a la vez que miraba a su alrededor. Era una torre estrecha, llena de dispositivos electrónicos, cables y otros artilugios que le parecieron muy antiguos, como una tecnología primitiva. Una escalera de piedra se perdía en las alturas, seguramente hacia una antena parabólica. No se permitió mucho tiempo para distraerse, sus ojos volaron discretamente hacia el aparato electrónico que el narga llevaba en las manos. La señal era más aguda cuando señalaba a un punto que había al otro lado de una puerta entreabierta, a través de la cual se apreciaba un leve resplandor azulado. Los cables que llevaban a la antena iban hacia allí. La fuente de la energía. La baliza.
“Dejad aquí el equipo. Con cuidado, es material muy delicado.”
Kalyan bajó el enorme arcón que cargaba junto a otros tres tharunay y estiró los hombros a la vez que miraba a su alrededor. Era una torre estrecha, llena de dispositivos electrónicos, cables y otros artilugios que le parecieron muy antiguos, como una tecnología primitiva. Una escalera de piedra se perdía en las alturas, seguramente hacia una antena parabólica. No se permitió mucho tiempo para distraerse, sus ojos volaron discretamente hacia el aparato electrónico que el narga llevaba en las manos. La señal era más aguda cuando señalaba a un punto que había al otro lado de una puerta entreabierta, a través de la cual se apreciaba un leve resplandor azulado. Los cables que llevaban a la antena iban hacia allí. La fuente de la energía. La baliza.
En cuanto el narga dejó de prestar atención a su aparato y
comenzó a estudiar el equipo para asegurarse de que se encontraba en buen
estado, Kalyan aprovechó para escurrirse por detrás del resto de esclavos,
demasiado cansados y anulados por meses de maltratos como para interesarse por
nada. Tras la supuesta traición de los suyos, los nargas habían arremetido
contra los tharunay y los que no habían muerto habían sido esclavizados. Ella
no se lo creía. Pilotaba una de las naves, un acorazado clase Supernova, cuando
la flota atacó y destruyó el portal. Por unos minutos había perido el control
de su nave, la Gamma Ray, aunque consiguió recuperarla a fuerza de voluntad
para, posteriormente, aterrizarla y salvar a su tripulación. Luego tuvieron que
ocultarse. Algo había pasado aquel día y estaba dispuesta a averiguarlo.
Era su oportunidad, no tendría otra mejor. Silenciosamente, se escurrió en el interior de la sala. Nadie se dio cuenta, un esclavo era invisible. El resplandor azulado era más intenso allí y Kalyan tuvo que estrechar los ojos para protegerlos. Allí estaba, pulsando suavemente, la baliza que le permitiría regresar a casa y descubrir por qué algo había hackeado los controles de la flota tharunay para que pareciese como si se hubiesen vuelto contra ellos. No perdió el tiempo, no podía. De un rápido movimiento cogió la baliza, una especie de cápsula del tamaño de una cacerola, y corrió. Pesaba poco, menos de lo que esperaba, cosa que agradeció.
“¡MALDITA SEA!” escuchó un grito en notable acento tharunay. Nyrox, el ladrón.
Era su oportunidad, no tendría otra mejor. Silenciosamente, se escurrió en el interior de la sala. Nadie se dio cuenta, un esclavo era invisible. El resplandor azulado era más intenso allí y Kalyan tuvo que estrechar los ojos para protegerlos. Allí estaba, pulsando suavemente, la baliza que le permitiría regresar a casa y descubrir por qué algo había hackeado los controles de la flota tharunay para que pareciese como si se hubiesen vuelto contra ellos. No perdió el tiempo, no podía. De un rápido movimiento cogió la baliza, una especie de cápsula del tamaño de una cacerola, y corrió. Pesaba poco, menos de lo que esperaba, cosa que agradeció.
“¡MALDITA SEA!” escuchó un grito en notable acento tharunay. Nyrox, el ladrón.
Kalyan atravesó rápidamente el complejo y se escurrió a través
de los túneles. A sus espaldas podía escuchar los pasos apresurados de Nyrox
que iban detrás de ella, así que volcó una piedra suelta para ganar algo de
tiempo. Debió funcionar, ya que oyó una maldición y una caída y el golpeteo de
los pasos desapareció por un momento. Eso le dio el tiempo necesario para poder
salir de la sinuosa caverna. Poco antes de salir al exterior se cubrió con la
capucha para protegerse del gélido frío que dominaba aquel planeta, iluminado
por una tenue y lejana enana blanca.
En cuanto se encaramó sobre una de las naves del equipo, una
fragata de clase Cometa, cerró tras ella. No dejó que los furiosos gritos en la
carrocería, ni los furiosos gritos, la intimidasen. Jadeando, fue hasta el
soporte de posicionamiento GPS e hizo un apaño para poder conectar las dos
tecnologías. Rezó a sus dioses por que aquello funcionase, era su única
oportunidad. Si el ejército desplegaba una flota, la pequeña Cometa no podría
hacer nada. La baliza comenzó a brillar con más fuerza.
Kalyan corrió a la cabina de pilotaje y se abalanzó sobre el
asiento. Apenas hubo colocado sus manos sobre los controles, el interfaz
arrastró su mente hacia ella de tal forma que dejó de sentir como tharunay y se
fundió con el aparato. Percibía los golpes en su casco, la fuerza que se
acumulaba en sus motores y el pálpito rítmico de la baliza. La nave despertó de
golpe, un fuego azul emergió de sus reactores y, con una sacudida, se levantó y
empezó a moverse. Al principio lentamente, demasiado lentamente, pero pronto empezó
a ganar fuerza y altitud. Kalyan dirigió a la Cometa, de nombre Fénix, hacia el
espacio exterior a una velocidad vertigionsa. La inclinación para salir de la
atmórfera era la adecuada, aún así sintió como un breve tirón, como una leve
resistencia, antes de romper definitivamente con ella para flotar a través del
espacia ingrávido.
Justo en cuanto dejó atrás la influencia gravitatoria del planeta, Kalyan buscó un enlace cuántico para saltar. Estaba sola, pero la estación espacial no se encontraba lejos y el ejército no tardaría en recibir el aviso para movilizarse. Buscó, necesitaba uno que estuviese lo suficientemente cerca para lo que iba a hacer. La radio de la cometa comenzó a percibir estática, le habían cortado las comunicaciones. Iban a por ella. De repente, a través de la nave fue capaz de ver como, desde la lejana estación espacial, salía al espacio una pequeña flota de fragatas, entre ellas una clase Quassar, la nave de guerra electrónica. Si la alcanzaba, podría impedir que activase la baliza.
“¡Vamos!” le urgió a la Cometa.
Justo en cuanto dejó atrás la influencia gravitatoria del planeta, Kalyan buscó un enlace cuántico para saltar. Estaba sola, pero la estación espacial no se encontraba lejos y el ejército no tardaría en recibir el aviso para movilizarse. Buscó, necesitaba uno que estuviese lo suficientemente cerca para lo que iba a hacer. La radio de la cometa comenzó a percibir estática, le habían cortado las comunicaciones. Iban a por ella. De repente, a través de la nave fue capaz de ver como, desde la lejana estación espacial, salía al espacio una pequeña flota de fragatas, entre ellas una clase Quassar, la nave de guerra electrónica. Si la alcanzaba, podría impedir que activase la baliza.
“¡Vamos!” le urgió a la Cometa.
La Quassar estaba cada vez más cerca y un grupo de Cometas se
aproximaba a toda velocidad. Vio cómo sus cañones se giraban rápidamente para
apuntarla. Aún estaban fuera de alcance pero no por mucho.
“¡VAMOS!”
De repente, lo detectó, un enlace cuántico perfecto a no
demasiados AUs. Kalyan activó el motor de salto. Las Cometas comenzaron a
disparar y sintió un primer y un segundo impacto contra el escudo de la nave.
Si seguían disparando con esa frecuencia la nave se desintegraría. De repente,
todo se diluyó en un parpadeo y, cuando la realidad la golpeó de nuevo se
encontró junto a un grandioso planeta gaseoso rojo. Estaba sola. Perfecto,
pensó, y activó la baliza. Momentos después, una grandiosa flota apareció, una
flota compuesta de naves oscuras que nadie sabía que existían. Eran un secreto
del ejército tharunay, naves que no necesitaban portales para saltar grandes
distancias.
“Bienvenida, piloto Lazair.” dijo el piloto de una de las
naves, un crucero clase Fusión, al entrar en contacto con su sistema de
comunicación.
“Comandante Yazria...” Kalyan suspiró aliviada. Lo había
conseguido.
DNH
domingo, 16 de noviembre de 2014
Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.
Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.
“¿Quién es?” preguntó la voz electrónica del telefonillo.
“Telepizza.” respondió Jake con convicción.
“No, te has equivocado.” dijo la mujer al otro lado del
aparato.
“Oh, vaya. Discúlpeme señora pero, ¿podría abrirme? Creo que
a sus vecinos no les funciona el telefonillo.”
La mujer pareció titubear un instante. Jake mostró su cara
más desconcertada, consciente de que le estaban observando a través de la
cámara del telefonillo. Ya estaba preguntándose cual sería la siguiente casa
donde intentaría llamar cuando escuchó el ronco sonido electrónico de la
cerradura al abrirse. Esbozando su sonrisa más encantadora, se tocó la visera
de la gorra roja que llevaba puesta y dio las gracias. En cuanto entró en el
portal las sombras le engulleron. Buscó rápidamente hasta que encontró un corto
pasillo que daba al cuarto de las basuras. Miró a ambos lados. Nadie. Agudizó
el oído. Tampoco se oía nada especial. Empujó. Estaba abierta. La sala que
había al otro lado olía fuertemente a basura, aunque hacía rato que la habían
recogido, y en la oscuridad pudo ver el contorno de los cubos apoyados contra
la pared.
Rápidamente, Jake se quitó la gorra y el abrigo y los
escondió detrás de uno de los contenedores. Acto seguido abrió la bolsa térmica
y buscó en su interior hasta que encontró lo que buscaba; un cinturón con una
Glock, unos grilletes y varias fundas donde llevaba un pendrive, unas ganzúas y
otros utensilios de trabajo. En cuanto se colocó el grueso cinturón, escondió
la funda junto al resto de su disfraz y salió de vuelta al rellano. Seguía a
oscuras y estaba silencioso, salvo por el sonido amortiguado que provenía de
las puertas cerradas de las casas.
Procurando no hacer ningún ruido, voló escaleras arriba hasta
que llegó al piso donde debía ir. Miró rápidamente a su alrededor. No había
nadie pero no podía confiar en que no le pudiesen ver a través de las mirillas
de las puertas. Confió en que sus ropajes oscuros le camuflasen en la penumbra.
En cuanto llegó frente a la puerta del segundo A, se arrodilló y estudió
rápidamente la cerradura. Poca cosa, no era una puerta blindada sino una de
aquellas hojas de papel del Madrid de los cincuenta. No le costaría demasiado
abrirla.
De una de las fundas sacó un set de ganzúas y rebuscó,
poniendo todo el cuidado del mundo en que no tintineasen, hasta que encontró la
que quería. Envolvió el resto de ellas con un pañuelo y comenzó a trabajar
sobre la cerradura. Los segundos pasaban y el crujido leve del metal sobre los
engranajes comenzaba a ponerlo nervioso. Era improbable que le oyesen pero no
podía evitar sentir como si unos ojos estuviesen fijos en su nuca. O quizás
algo peor.
“¡GOOOOL!”
El grito amortiguado por las paredes le sobresaltó y el llavero
con ganzuas cayó de sus manos. Sólo el pañuelo evitó que montase un escándalo.
Con el corazón latiendo a toda velocidad, Jake recogió rápidamente sus
herramientas y siguió trabajando en la cerradura. Escuchó como los engranajes
iban encajando de uno en uno, unos pequeños muelles que sujetaban unos bolardos
diminutos. Finalmente, con un chasquido que resonó en el silencio como un
disparo, la cerradura cedió y la puerta se abrió lentamente hacia el interior.
Jake se escurrió rápidamente por ella y cerró tras de sí. Jadeando, se tomó
unos segundos para apoyar su espalda contra la fría madera. Aún notaba como su
corazón palpitaba contra su pecho, pero era consciente de que no podía
demorarse mucho. Si le pillaban, habría problemas.
Sin perder un segundo, Jake dejó atrás la entrada de la
vivienda y cruzó un largo pasillo flanqueado por puertas de madera. Echó un
vistazo en cada una de las habitaciones hasta que encontró la que buscaba, un
despacho donde había varias estanterías llenas de libros, un escritorio de
maderas nobles, una cómoda silla negra y un ordenador. Avanzó hasta el aparato
y lo encendió. Como era de esperar, el maldito cacharro era lento como él solo.
Los segundos se convirtieron en minutos. Los minutos le parecieron horas y
aquella sensación desagradable en su nuca no desapareció.
Finalmente, el sistema operativo, Windows, como no, terminó
de cargar y Jake se puso manos a la obra. Lo primero que hizo fue introducir el
pincho en una de las ranuras USB. Lo intentó una vez. No encajó. Lo intentó una
segunda vez tras voltearlo. Siguió sin encajar. Empezó a maldecir en su mente y
volvió a girarlo. Finalmente, encajó y el sistema operativo, con su parsimonia
habitual, empezó a cargar los archivos de instalación del dispositivo USB. Jake
no perdió el tiempo, necesitaba encontrar rápidamente alguna prueba lo
suficientemente convicente que enseñar a sus superiores. Tenían que demostrar
que aquel hombre era mucho más de lo que su acomodada vida de mileurista
parecía indicar.
Lo primero que hizo fue meterse en internet y buscó en las páginas de correo
electrónico más reconocidas. Hotmail. Gmail. Yahoo, entre otras. No le
sorprendió darse cuenta de que las contraseñas estaban guardadas. La gente
solía caer por despistes así de absurdos, se dijo con una sonrisa de
satisfacción. Tras revisar rápidamente los correos encontró lo que buscaba. Un
montón de pruebas que le vinculaban con altos cargos del gobierno imputados por
corrupción. Hizo copias y los trasladó rápidamente a su dispositivo. En cuanto
terminó, Jake apagó el aparato, sacó su pendrive de la ranura, y salió de la
vivienda. Lo peor de todo era que, la sensación de que alguien le había estado
observando, no cesó en ningún momento. Seguramente eran paranoias suyas.
Siempre que salía de misión se ponía muy nervioso.
DNH
Palabras usadas: DISPARO, ENSEÑAR, ORDENADOR, CONVINCENTE.
domingo, 26 de octubre de 2014
Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.
Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.
Decir que hacía calor era quedarse corto. El ambiente era sofocante, tórrido y seco y las lluvias no parecía que fuesen a llegar en ningún momento próximo. En la pista de tierra era aún peor que en pequeño aula. Al menos allí había aire acondicionado pero en el exterior, un polvo finísimo flotaba en el caldeado ambiente y se metía en su nariz y garganta. Ángel carraspeaba con cierta frecuencia, recibiendo reprobatorias miradas de su profesor, el señor Sierra, pero no podía evitarlo. Era como estar tragándose una lija.
Lejos de la civilización, el único sonido que podían escuchar
era el del llanto icesante de los perros que estaban encerrados en las
perreras, y el lejano ronroneo del motor de algún coche que circulaba por la
carretera próxima al recinto. Salvo eso, y la voz potente y severa del
profesor, nada más. Ni siquiera el susurro de las ramas de los eucaliptos,
estáticas ante la evidente falta de viento.
“Recordad.” prosiguió el profesor Sierra. “Los perros no
sienten. Los perros no piensan. Son máquinas biológicas que actúan únicamente
impulsados por instintos y por condicionamiento. Ellos nos ven como
competidores, intentarán imponerse, así que nuestro trabajo es dejarles claro
que nosotros somos los que mandamos. ¿Cómo haremos eso?” miró a su perro, un
viejo pastor alemán que estaba echado a sus pies, buscando la diminuta sombra
de su amo. “No permitiéndoles que desobedezcan.”
Ángel se sacudió distraido una mosca que le estaba rondando
alrededor de la cabeza y volvió a carraspear para aclararse un poco la
garganta. Hacía demasiado calor y empezaba a notar cómo la concentración le
fallaba. Aún así, se esforzó por mantenerse atento a la lección. En las últimas
semanas habían visto tanta teoría que en algún momento sintió como si le fuese
a explotar la cabeza. Estaba deseoso de ver puestas en prácticas todas aquellas
técnicas de las que había hablado el profesor Sierra. Muchos de los conceptos
parecían lógicos pero no podía evitar sentir cierta disconformidad con algunas
de las cosas expuestas.
“Castigaremos las conductas inapropiadas. Castigaremos la
desobediencia. Recordad, no podéis hacerles daño, son máquinas. No sienten.”
Hizo un gesto a uno de sus ayudantes con la cabeza, y este se
apresuró a buscar un paquete de salchichas que dejó en el suelo, a varios
metros del profesor. El perro, que hasta ese momento había estado medio
adormecido, levantó las orejas y movió las aletas de la nariz. A un gesto de su
dueño, el pastor alemán se levantó pesadamente y empezó a caminar a su lado,
con la cabeza algo agachada y la cola casi rozando la arena del suelo. Ángel no
apartó la mirada del cánido, al igual que sus compañeros. Todos parecían
inmersos en un silencio expectante.
Lentamente, perro y amo se fueron acercando al paquete de
salchichas. El perro olfateó nuevamente y su cola comenzó a alzarse. El
profesor Sierra sujetó fuertemente la correa con la que llevaba amarrado al
animal. Antes de que este hiciese un ademán de aproximarse al alimento, su
dueño chasqueó la lengua.
“Thor. Fuss.” dijo con una voz dura.
El perro obedeció y mantuvo el paso con su dueño. Dieron una
rápida vuelta alrededor de la pista y nuevamente se aproximaron al paquete,
esta vez estrechando la distancia. De nuevo el profesor Sierra indicó a Thor
que debía permanecer en junto y el perro, haciendo gala de una extraordinaria
obediencia, mantuvo su posición. Sin embargo a Ángel no le pasó desapercibido que
su actitud era distinta. Miró a su dueño, como cuestionando sus órdenes y
nuevamente a las salchichas. Casi podría decir que estaba pensando cual era la
decisión más acertada.
La tercera vez que pasaron junto al paquete de salchichas,
esta vez a escasos tres metros, el perro desoyó la voz de su amo y rompió la
formación. Inmediatamente, el profesor Sierra pegó un fuerte tirón de la correa
y los pinchos del collar de activación se clavaron con fuerza en el cuello del
can, arrancándole un gañido.
“Thor. ¡FUSS!” dijo con su voz más autoritaria.
El perro regresó a la formación pero su actitud era
diferente. Estaba más cabizbajo aún, con la cola entre las patas y los hombros
encogidos. No miraba a su amo si no que apartaba constantemente la cabeza y se
relamía los labios con frecuencia. Aún así, Thor se acomodó nuevamente junto al
hombre. A Ángel aquella no le parecía la actitud de un animal incapaz de sentir
emociones. Estaba seguro de que lo que estaba viendo en ese momento era miedo.
“¿Habéis comprendido? El perro ahora sabe que no debe
desobedecer, o se llevará un estímulo aversivo. ¿Cómo llamamos a esto según el
condicionamiento operante?”
“Castigo positivo.” dijo otro alumno, uno de aquellos pelotas
que se bebían las palabras del maestro como si de una biblia se tratasen.
“Muy bien, Jaime. Ahora, sacad a vuestros perros y empezad a practicar este
ejercicio.”
Después de la dura clase, en la que Ángel se había alegrado
de no haber traído a su perro, condujo de vuelta a casa. Al subir por las escaleras
del edificio, el sonido de los gañidos de las mascotas de sus compañeros siguió
resonando en su mente. Había sido su primera práctica real y ya se estaba
planteando abandonar el curso. No lo haría, le había costado un dinero que
tardó meses en ahorrar, pero lo que había visto ese día le había desanimado por
completo.
Al abrir la puerta de su casa, su perro, un dobermann payasete como todos los
de su raza, le recibió moviendo el muñón que tenía por cola. Ángel se inclinó
sobre el perro y empezó a jugar con él, dándole cuidadosos golpes mientras que
este le mordisqueaba con sumo cuidado sus muñecas y sus manos. Era la felicidad
personificada, la ilusión más inocente. En ese momento Ángel recordó las
palabras del profesor Sierra y se preguntó si acaso no había otra forma de
adiestrar.
“Tu perro piensa y te quiere.” se dijo con una sonrisa.
DNH
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