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miércoles, 15 de abril de 2015

Práctica 9; Microrrelato

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Práctica 9; Microrrelato

Era la primera vez que me adentraba en aquel lugar. Desde fuera pareció interesante, una de aquellas ruinas cubiertas de maleza y musgo, de piedras grises y retorcidas, cascotes desgastados por el viento y la lluvia y restos de alguna estatua que hacía tiempo había perdido todo contorno. Le pareció interesante. Descubrir sus secretos ocultos. Seguramente nadie se había adentrado allí en años. Una vez dentro la cosa ya no me pareció tan divertida. Era una ruina tétrica, alumbrada por antorchas perennes y llena de tumbas y cuerpos resecos por todas partes. Un ruido me hizo detener mis pasos. Un rugido húmedo y repugnante. Me giré y vi que, de una de las lápidas se estaba levantando un cuerpo repugnante de expresión dentuda y ojos refulgentes.
Grité.
Corrí escaleras arriba.
“¿Qué pasa?” me preguntó una voz a mis espaldas.
“¡UN DRAUGR!”
“¿Y estás corriendo como una puta?” se rió.
Puse el juego en pausa, me quité los cascos y le hice un mohín.

(Sin impacto/ 160 pal)



Una cartera vacía. 23 kilos de esperanza.

(Con impacto/ 50 pal)



La miré. Puse mi mano sobre su cabeza. Me lamió con su cálida lengua y, juntas, sentadas en el sofá, miramos aquel documental, aquel ruido de fondo vacío. Su sola presencia era lo único que necesitaba, aquella presencia por la que había luchado tanto. Recorrí con mis dedos la cicatriz en su tripa.
“Estamos ganando.” le dije.

 (Sin impacto/ 50 pal)

DNH

lunes, 16 de marzo de 2015

El Periódico Enrollado

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Práctica 8; Humor.

No estaba teniendo la noche más interesante. Debido a un fiasco dias atrás con otro agente del cuerpo, mi Alpha me había castigado con hacer ronda de noche por una de las calles más tranquilas, tediosas y aburridas de toda la ciudad. Caminé por la acera mirando a un lado y a otro con el máximo interés que me evocaba aquel lugar. Gente sentada en las terrazas de los bares, disfrutando del frescor de la noche veraniega. Grupos de adolescentes comiendo pipas en los bancos y haciendo pavadas típicas de su edad. Familias con perros. Niños gritando en los parques próximos. Nada inusual. Nada de lo que no pudiese ocuparse un simple agente de la policía. Desde luego este no era trabajo para alguien de mi categoría.

En realidad tampoco había sido culpa mía, aunque mi Alpha no lo viese así. Las órdenes se habían cruzado en la cúpula, y los dos agentes nos habíamos encontrado de sopetón en el lugar donde teníamos que capturar al mago renegado. Eso nos había llevado a una situación bastante tensa en la cual ninguno de los dos teníamos claro si estábamos lidiando con un aliado o un enemigo. Tratar con magos renegados era peligroso incluso para agentes como nosotros. Cuando, finalmente, llegamos a la conclusión de que todo había sido un lamentable error, nuestro objetivo había conseguido escapar. Nuestras voces lo habían puesto sobre aviso.

Lo capturaron poco después, pero mi Alpha estaba molesto y me culpó a mí por perder al objetivo. He de decir que tampoco fui de lo más cortés. No llevo bien cuando me contradicen y mi lengua corre más que mi cerebro. Quizás mis vehementes protestas también fomentaron que mi Alpha optase por rebajarme a un mero patrullacalles en vez de admitir que la confusión había venido de arriba. Para muchos un destino relajado como este habría sido unas merecidas vacaciones. Para mí era un horror. Ansiaba la acción, estar en el centro del conflicto. Soy Malinois, un guerrero nato, no una mera mascota.

Perezosamente, volví a pasear la mirada alrededor de la gente que poblaba por las calles. Qué pueblo tan tranquilo, tan idílico, tan absolutamente aburrido. Unos crios pasaron corriendo delante de mí y por poco chocan con mis piernas. Me detuve y los dejé pasar. Ellos siguieron sus correrías sin tan siquiera percatarse de mi presencia. Sacudí la cabeza. Ajenos a todo, pensé. Este barrio adormecía los instintos de supervivencia. Sin acción, sin peligros, los enanos se dormían. Si algún día aparecía un peligro real serian los primeros en sucumbir. Bueno, eso era evolución.

El sonido de pasos acelerados hizo que me volviese rápidamente. Un hombre, llevando un bolso en una mano que parecia demasiado femenino como para ser suyo, corria en mi dirección. Detrás suya un segundo hombre, alto, gallardo, vestido con el uniforme azul oscuro de la policía nacional. Al llegar el caco a mi altura me hice a un lado y le dejé pasar. No era asunto mío. Mi trabajo era ocuparme de otros elementos, no de meros chorizos y carteristas de barrio pijo. El policía, sin embargo, me miró con expresión divertida y el breve resplandor verdoso en sus pupilas me llamó la atención.

“¿Demasiado poco emocionante para ti, Fede?” me gritó al pasar a mi lado.

Miré a mi alrededor y me extrañó no ver a nadie detrás del policía. A aquellas alturas debería tener un vigilante pegado a él día y noche. Eché a correr tras él. Mis fuertes piernas no tardaron en darle alcance.

“Buenas noches, Martín.” le dije.

El caco echó brevemente la mirada hacia atrás. Tenía el rostro congestionado por el cansancio y chorretones de sudor corrían por su frente. El hombre abrió los párpados como platos, soltó un desesperado alarido y apretó el paso tanto como se lo permitieron los músculos.

“Buenas noches, Fede. ¿Paseando?” dijo el policía.

“He cabreado a un jefe.” me encogí de hombros.

Martín rió con ganas y sacudió un poco la cabeza.

“Un día de estos te mandarán a Oriente Medio.”

“Me harían un favor. Lamentablemente creo que terminaré dirigiendo el tráfico en Villaburra de Abajo.” hice un gesto con la cabeza hacia el caco. “¿Necesitas ayuda?”

“Normalmente te diría que no, pero hoy tengo una presión aquí que me está haciendo polvo.” se señaló el pecho.

Fruncí el ceño un poco preocupado. Estaba más avanzado de lo que pensaba y su vigilante sin dar señales de vida.

“¿Estás bien?”

“No te preocupes. He ido al médico. Mi corazón está fuerte como un toro. Está relacionado con el estrés.” hizo un gesto con la mano para restarle importancia.

El caco se agarró a una farola para aprovechar la inercia en un cerrado giro y se adentró a todo correr por un laberinto de callejuelas desiertas. El casco urbano era un coñazo si no lo conocías, pero en los últimos días había tenido tiempo de aprendérmelo de arriba a abajo. Martín imitó al hombre y yo, agachándose y usando mis manos para apoyarme, lo seguí. El caco empezó a hacer agudos quiebros entre las esquinas tratando de despistarnos entre callejuelas y callejones. Nosotros le mantuvimos el ritmo sin problema. De hecho, apenas me estaba esforzando y podía ver que mi amigo estaba tan fresco como una lechuga. El chorizo no podía decir lo mismo.

“¿Te has cansado ya?” le pregunté a Martín.

“Yo no, pero si no acabamos con esta persecución, creo que le dará algo.” se llevó una mano al pecho. “O me lo dará a mí.”

“¿Tú o yo?”

El caco nos llevó por otra callejuela.

“¿Estás muy aburrido?”

Me encogí de hombros. “Un chorizo común no es lo que yo llamo diversión, pero me serviría para acabar con el tedio de estos últimos días.”

Martín sonrió y me hizo un gesto con la cabeza. No necesité nada más. Con mis labios curvándose en una mueca, tensé los músculos y apreté el paso. En cuestión de segunos estaba pisándole los talones al caco. El hombre se volvió, me vio llegar. Quizás vio el brillo mortecino de mis ojos porque de golpe palideció, tiró el bolso y entró en rapto. Gritando, trató de escapar encaramándose a un coche para saltar al otro lado. La chapa se abolló bajo su peso. Yo salté sobre él, lo agarré de la cintura y lo arrastré conmigo al duro suelo de asfalto. Una vez allí, el hombre se debatió, arañándome furioso en la piel de los brazos y del rostro. Aguanté estoico mientras trataba de voltearlo para poner sus manos a la espalda. Dolía, pero no tanto.

“¡ALTO!” Martín nos alcanzó en ese momento y desenfundó su revolver reglamentario para apuntar al hombre.

Este estaba más allá de toda cognición. Se sacudió. Se revolvió. Me mordió los dedos. Gritó y pataleó hasta que el cansancio pudo con él y entró en indefensión. Cuando dejó de sacudirse como un poseso, mi amigo volvió a enfundarse el revolver, desenganchó los grilletes de su cinturón y se acercó a nosotros.

“Es la tercera vez que te cojo sólo este mes.” dijo, mientras le echaba las manos a la espalda para ponerle los grilletes.

“¡De alguna manera tengo que ganarme el pan!” protestó el caco, que parecia estar recuperando poco a poco su cognición.

Yo crucé los brazos y le dediqué una mirada incrédula. Me dieron ganas de pedirle el curriculum para mandarlo a Telepizza, pero pude entender que prefiriese ser él quién robaba a que le robasen a él. Una cosa era ser honrado y otra estúpido.

“Hay muchas maneras de ganarse el pan sin tener que recurrir a la delincuencia.” dijo Martín con aquella severidad paternal que lo caracterizaba cuando se ponía serio.

De repente, mi amigo soltó un quedo gemido y se llevó la mano al pecho. Rápidamente, me volví hacia él. El caco, ajeno a todo, prosiguió con sus protestas. Tenía las manos encadenadas a la espalda pero no parecia haberse dado cuenta de que el policía ya no estaba encima de él, sino arrodillado en el suelo, con una mano al pecho, otra apoyada sobre el asfalto y una expresión de dolor en su mirada.

“Martín...” fui hacia él y me dejé caer a su lado. “Respira hondo.” le dije con urgencia, mis ojos volviéndose brevemente hacia el caco.

Si Martín me oyó, no me hizo ni caso. Una nueva sacudida le hizo inclinarse hacia delante y apretar la mandíbula en un inútil intento por reprimir un gemido. Un gemido que no sonó humano y que llamó la atención del ladrón. El hombre, que no había dejado de protestar en todo aquel rato, se volvió a tiempo de fijarse en lo que le estaba pasando al agente de policía. Por un momento frunció el ceño, extrañado y, de repente, abrió la boca en un mudo grito y sus párpados se agrandaron tanto que parecia que se le iban a salir los ojos de las cuencas. No era para menos.

El cuerpo de mi amigo empezó a crecer y ensancharse. La ropa se rasgó con un seco sonido a roto y jirones de tela cayeron al suelo. Ante los ojos estupefactos de Martín, sus manos empezaron a cambiar. Se transformaron en unos extraños apéndices, a medio camino entre la mano humana y funcional y la pata de un cánido, con sus correspondientes y ásperas almohadillas negras. Donde estaban sus uñas aparecieron unas poderosas garras capaces de rasgar la carne sin problemas. Al contrario de lo que mucha gente se piensa las patas traseras de los perros no van al revés. Su estructura ósea esta asentada sobre las mismas bases que las humanas, con la diferencia de que mientras los monos apoyan toda la planta, el cánido sólo apoya los dedos. Pues eso mismo le pasó a Martín. A la vez que su fémur se acortaba, su pie se alargó. De la base de su espalda creció una cola que no tardó en cubrirse de un espeso pelaje blanco y marrón. Su rostro dejó de ser humano, y creo que fue en ese momento cuando el caco dio un alarido y, tambaleándose, con las manos aún a la espalda, echó ya correr y desapareció en la noche. No era para menos, las fauces que habían ocupado el lugar de la cara de mi amigo, con sus colmillos y todo, era una visión realmente imponente.

Cuando el dolor terminó, Martín se miró rápidamente las manos, ahora convertidas en garras. Un agónico gemido escapó de sus labios negros y echó un apresurado vistazo a su cuerpo, totalmente cubierto de un tupido pelaje de doble capa blanco y marrón. El cuerpo de un husky siberiano. Asustado, Martín me apartó a un lado de un empellón que consiguió tirarme al suelo y corrió a esconderse detrás de unos contenedores de basura que había en un fondo de saco próximo.

“Martín, escúchame. Esto tiene una explicación.” dije, echando a correr tras él cuando conseguí incorporarme.

No me hube acercado ni a tres metros de él cuando un ronco y desesperado gruñido me hizo detenerme. No era tan tonto como para desoír una advertencia tan evidente. Martin no podía hacer nada contra mí pero pelearme con él hasta someterlo no me parecia la mejor manera de ayudarlo. ¡Joder! ¡Este era trabajo para vigilantes, no para un operativo como yo!

“Martín. Déjame que me acerque. Te lo explicaré todo y lo entenderás.”

Un gruñido. O un gemido. O quizás un ronroneo. Creo que ni él tenía claro qué era lo que quería hacer.

Agobiado, me apoyé sobre la pared y resoplé. Consideré por un momento cambiar yo también. Quizás eso le daría al menos el golpe de confianza necesario para salir de ahí, o quizás terminaría de asustarlo del todo. ¡Maldita sea! Quizás debería haber dicho algo cuando empecé a ver síntomas, pero lo más probable era que no me hubiese creído. Confiaba en que un vigilante, los encargados de ayudar a los novatos que aún no han atravesado su primer cambio, se hubiese encargado ya de esto, pero aparentemente no había sido así. Tampoco parecía haber ninguno en las cercanías.

“¡Serán gilipollas!” protesté en voz alta. “¡Mira que les avisé hace tiempo! Que estoy apreciando síntomas. Que le brillan los ojos en la penumbra. Que le he visto colmillos. ¡Pero noooo! ¡Qué va a saber un operativo! ¡Como si yo nunca hubiese pasado por esto!”

“Se te ha escapado el perro, ¿eh?” una voz a mi lado me hizo girar la cabeza a tiempo de ver a un señor mayor, encorvado y con una pequeña bestia escandalosa que no dejaba de ladrar.

“¿Cómo dice?” no supe ni qué decir. Había estado tan enfrascado en cómo solucionar esta situación que ni me di cuenta de su presencia hasta que lo tuve al lado.

“Esto tiene fácil solución. Coges un periódico y le das en el hocico hasta que se someta. Estos bichos nos tienen que respetar, que si no se nos suben a la chepa.” dijo el anciano.

La imagen mental de pegarle a Martín en el hocico con un periódico enrollado cruzó de repente mi cabeza y me hizo enarcar las cejas.

“Gra... gracias...” dije, demasiado aturdido como para responder con claridad.

El anciano asintió, satisfecho con su buena obra del día, y prosiguió su paseo con su pequeña bola de pelo y estrés. Yo miré de nuevo hacia los contenedores. Ya no veía la silueta sombría del hombre perro pero sí escuché un gemido amortiguado, débil. Un gemido humano. Inhalé una larga bocanada de aire y, haciendo acopio de valor, fui hasta donde Martin estaba escondido. Mi amigo estaba desnudo, con algunos jirones de ropa aún colgando de su cuerpo, y se miraba las manos con expresión aturdida y algo asustada, como si no entendiese nada. Seguramente no entendía nada.

“Fede...” levantó la mirada hacia mí. “Tú lo has visto. Tú has visto lo mismo que yo. No me estoy volviendo loco.”

Me arrodillé en el suelo y puse una mano sobre su hombro. Una sonrisa calmada y calculada apareció en mis labios. A través de ellos Martín pudo ver mis dientes y los cuatro poderosos colmillos. Abrió la boca en una exclamación de sorpresa y sus ojos azules volaron hacia los míos.

“Creo que tenemos que tener una charla.” dije tratando de sonar todo lo tranquilizador que podía. “Es eso o lo del periódico enrollado, y eso me parece una idea terrible.”

Martín se rió y yo solté un largo suspiro y me relajé. Lo había conseguido. Había roto el hielo. Ahora podía empezar a explicarle con calma lo que le esperaba como hombre perro. No era un vigilante pero después de diez años cambiando cada Luna llena creo que sabía lo suficiente como para prepararle. Al menos mientras los burócratas incompetentes de la cúpula movían su trasero para enviarle, de una pajotera vez, al vigilante que le correspondía.

DNH

jueves, 12 de febrero de 2015

La cacería

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Práctica 7; Acción.

El Sol comenzaba a emerger entre las cercanas cordilleras montañosas, regando todo el valle con su radiante luz clara y límpida. Una ligera bruma emergía de los riachuelos próximos, creando un fantasmagórico espectáculo a través del cual, sombras difusas paseaban tranquilas. Los primeros pájaros ya empezaban a desperezarse, llenando la naturaleza con sus trinos, rompiendo el silencio de la noche. En las alturas un águila se deslizaba, con las alas muy extendidas, oteando el paraje con su aguda vista en la búsqueda incesante de un conejo o un ratón que poder llevarse al pico. Era paz, era tranquilidad, era una calma que no podía durar. Que no debía durar.

Los grandes rebaños de ungulados ya habían despertado. Pacian, con paso tranquilo y las cabezas al suelo, rumiando las briznas de hierba que sus dientes en forma de pala conseguían arrancar. Había varias especies, todas mezcladas, todas juntas conscientes de que su mejor arma contra los depredadores era permanecer unidos. Gallardos caballos salvajes de lustrosas crines. Ligeros ciervos de hermosas cornamentas y patas de alambre. Toros salvajes, robustos y orgullosos, de pelaje tupido para protegerlos de las inclemencias del tiempo. Entre sus grandes pezuñas, los zorrillos correteaban a la búsqueda de roedores. A los ruminantes no les importaba la presencia de los pequeños cánidos. No podían hacerles ningún daño, ni a ellos, ni a sus crías. Si uno se acercaba demasiado a un cervatillo, la madre golpeaba el suelo con sus cascos y eso era suficiente para que el animalillo se alejase.

El ciervo, un macho adulto, experimentado, padre de muchas crias y de imponente cornamenta bien ramificada, alzó la cabeza. Sus grandes orejas se movieron de lado a lado, captando todos los sonidos. Sus grandes ojos marrones otearon con mucha atención el valle. Había sobrevivido varias primaveras, las suficientes como para saber que las primeras horas de la mañana eran las más peligrosas. Era cuando los cazadores empuñaban sus armas y acudían al valle a cazar. Tras un minucioso análisis del entorno, se atrevió nuevamente a agachar la cabeza para masticar unas briznas de hierbas. No había terminado de rumiar su bocado cuando ya estaba alzando nuevamente la testa para otear el entorno.

Algo le llamó la atención. Algo que hizo que todo su cuerpo se pusiese en alerta. Un grupo de conejos que había estado rebuscando comida a los pies de los rumiantes se dispersó de repente entre la maleza para regresar a sus madrigueras. El ciervo olfateó el aire. No le llegó ningún olor raro pero el viento iba en su contra, no podía confiar que no hubiese algo acechando entre los arbustos. Decidió errar en favor de la prudencia y se puso en marcha, alejándose de allí con los ágiles saltos que le caracterizaban. El resto de los rumiantes, al ver la clara señal de alarma en su huída, se disgregaron, corriendo en ordenadas manadas divididas por especies. El ciervo enfiló en dirección al bosque cercano, consciente de que el denso follaje le daría una protección que no obtendría en el valle.

No tuvo que esperar demasiado a escuchar el golpeteo de los pasos contra la tierra. La persecución había empezado. Sólo tenía que esperar que el cazador se decidiese por una presa que no fuese él. En su frenética carrera no tardó en alcanzar las frescas sombras del bosque. Sorteó unos arbustos de un ágil salto y se adentró en un terreno traicionero, lleno de raíces, musgo, helecho y rocas camufladas entre el follaje. Una vez cobijado entre las sombras, se permitió relajarse.

No duró mucho. Los helechos susurraron cuando el cazador los atravesó y el ciervo volvió a ponerse en marcha. Galopó tan rápido como la vegetación le permitía. Las raíces traicioneras emergía de la tierra, pero aquel era su mundo y lo conocía bien. Las sorteó con ágiles quiebros y buscó las zonas donde el terreno era más estable. El cazador lo siguió, demostrando una resistencia extraordinaria. Pronto quedó patente que aquella no sería una cacería al uso.

El ciervo corrió bajo las sombras, sus ojos pendientes del terreno que pisaba, de los obstáculos que lo rodeaban. A sus espaldas, el cazador siguió a la zaga. El ciervo lo guió bosque adentro, por una zona donde el follaje era más denso. Se adentró en un campo de helehos que esperaba que lo ralentizase. Sus ágiles patas le permitieron sortearlo con amplios saltos. Al mirar hacia atrás vio la confusa silueta del cazador, bordeando los arbustos y buscando un terreno más llano. Eso le hizo hacer un quiebro a la derecha en un intento por despistarlo. En cuanto emergió de entre las plantas, alcanzó un sendero estrecho y rompió a todo correr. El corazón le latía con fuerza, bombeando sangre a su cuerpo en tensión.

De un rápido salto, pudo esquivar una maraña de raíces. Fue entonces cuando escuchó el silbido. Una saeta pasó volando a pocos metros de él y se clavó, vibrando, en el tronco de un árbol. El ciervo hizo un quiebro a la izquierda. Una de sus patas pisó un parche de musgo y le hizo perder el equilibrio. Pudo recuperarse pero el cazador ya le había ganado terreno. Asustado, bramó y arrancó a correr de nuevo, adentrándose aún más entre la vegetación, alejándose del sendero de tierra. Sus patas lo llevaron colina arriba, a un lugar donde las ramas eran tan espesas que apenas dejaban cruzar la luz del Sol. El silencio se había hecho patente en el bosque. Todo parecía estar a la espera de ver el desenlace.

Una maraña de raíces de interpuso en su camino. Eso no lo frenó, pero sí ralentizó su marcha. Zigzaggeó entre los troncos, poniendo cuidado en donde pisaba. Los pasos del cazador lo seguían con mucha más agilidad que la suya entre las traicioneras raíces. Un nuevo proyectil voló hacia él pero el ciervo lo esquivó por los pelos, haciendo un quiebro alrededor de un gran tronco. Un segundo proyectil voló, pasando muy cerca de su garganta. Alzó la cabeza y pegó un frenazo, usando la inercia para girar de nuevo en la dirección contraria. Volvió a apretar el paso.


Su carrera lo llevo directamente a una zona pantanosa y oscura, de aguas poco profundas y salpicada de parches de tierra. La niebla allí era más persistente que en el valle, algo que quiso aprovechar el ciervo. Al llegar al borde pego un brinco, pero no llegó a alcanzar el islote. Sus patas se sumergieron en el agua con un sonoro chapoteo y los finos cascos se hundieron en el barro. Supo, al momento, que estaba en problemas. Desesperado, empezó a vadear el pantano, tratando de emerger del viscoso limo a saltos, pero cada vez que volvía a caer se hundía más en él. Por el rabillo del ojo vio la silueta del cazador, parado junto al pantano, con el arco preparado.

El cazador, una mujer, encajó una flecha y tiró de la cuerda hacia atrás. El ciervo bramó y sus movimientos se volvieron aún más desesperados. Brincó, coceó, chapoteó con fuerza en el agua. Sus ojos fijos en la seguridad de la tierra firme a pocos metros. El cazador aguardó a tener una buena linea de tiro. Los cascos del animal tocaron finalmente la tierra, la esperanza de sobrevivir. Echando fuerzas de su miedo, de su naturaleza superviviente, se impulsó con las patas traseras. Salió del agua. Saltó, buscando la cobertura de la vegetación.

La cazadora soltó la cuerda. La flecha voló por el aire con un silbido. Su punta, de hierro, atravesó su costado y fue a clavarse directamente en su corazón. El orgulloso animal estaba muerto antes incluso de desplomarse sobre el suelo. Su espíritu, su esencia inmortal, volvió a fundirse con la tierra que le vio nacer.
DNH

martes, 27 de enero de 2015

Justificando Emociones

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Práctica 6; Críticas sociales.

Otro día más. Otro día aburrido en la panadería de mi pueblo viendo las mismas caras pasar a las mismas horas de todos los días. Como cada día, me saludaban con las mismas palabras preconfiguradas y yo respondía con la misma sonrisa y me interesaba por sus vidas. Sabía que la mayoría de ellos me respondían por cortesía, fingiendo que me escuchaban con asentimientos y palabras huecas de toda emoción, pero yo seguía interesándome por el bienestar de mis vecinos. No me entendían, nunca lo harían, pero no me importaba. No eran ellos los que tenían que vivir mi vida.

“Buenos días, Ana.” dijo una anciana mujer, de aquellas orondas, mirada afable y cristalina y maraña de pelo blanco, tan menuda que tenía que estirarse para llegar al mostrador.

“Buenos días, Dolores. ¿Qué va a ser? ¿Una pistola como todos los días?”

“Dame hoy dos, hija, que ¿sabes? Mi hijo viene a comer.” lo dijo con una sonrisa radiante, de las que consiguen alegrar el día.

“Claro, Dolores. En seguida le pongo las dos pistolas.”

Me apresuré a enfundar mi mano en un guante de plástico y cogí dos barras que metí con la maestría de la costumbre en una estrecha bolsa de papel.

“Ya sabes que trabaja en Barcelona. Es un buen camino en coche hasta aquí, pero viene a verme cuando puede el pobre.” el orgullo de madre la henchía.

“Me alegro mucho. Los hijos tienen que cuidar a sus madres.” le di las dos barras inclinándome sobre el mostrador y ella me pagó con algo de chatarrilla de la que llevaba en el bolsillo.

“Di que sí, Ana. ¿Y tú? ¿Para cuando vendrán los niños?”

Esbocé una sonrisa que traté no resultase demasiado hastiada. La historia de siempre. Las mujeres sólo teníamos dos funciones en la vida, casarnos y parir hijos, y una mujer que no hiciese las dos cosas era una especie de criatura rota a ojos de la costumbre imperante. Estaba llegando a mi treintena y no tenía hijos. Mi abuela seguía hostigándome con ello, aunque mi madre ya había dado por imposible que algún día fuese a ser madre. No asi la gente del pueblo que insistía a cada poco en el tema. Lo normal en un pueblo tan pequeño, donde lo que se salía de lo normal era la comidilla de todos.

“Estoy demasiado ocupada para tener hijos, Dolores. Entre el trabajo y el voluntariado.”

“Ah, ya.” chasqueó la lengua con cierto toque de desprecio que no me pasó desapercibido, y puso la expresión de la anciana que cree saber tanto como los años que ha vivido. “Deberías dejar eso del voluntariado. Es perder el tiempo, muchacha. Tener hijos es mucho más importante.”

No quise contradecirla. Meterse en una discusión verbal con una clienta nunca era una buena idea. Además, ella no entendería que traer hijos a un mundo sobrepoblado no era una opción para mí. Eran gente de pueblo que no salían de su limitado ecosistema. Pedirles entender los grandes problemas a los que se enfrentaba la humanidad era imposible.

“Quizás más adelante.” la respuesta que daba siempre para zanjar la discusión.

“Ya verás como cuando tengas hijos, todo lo demás te parecerá poco importante.” me dijo con un brillo conocedor en la mirada.

“No lo pongo en duda, Dolores. Disfrute de la comida con su hijo.”

La mujer me dio las gracias y se marchó de la tienda. Yo seguí trabajando hasta que alrededor de la hora de comer mi compañera y mejor amiga me sustituyó. Al verme la cara, sus labios se curvaron en una sonrisa.

“Otra vez.” adivinó.

“El cuento de siempre. Nunca lo van a entender.” dije agachando la cabeza. “Es tan complicado hacerles ver que el único amor que existe no es el suyo, no es el que ellos consideran normal. A veces me siento como las parejas de blancos y negros en EEUU. Tener que esconder lo que siento y cuidar lo que digo para que no me miren mal.”

“¡Al diablo con ellos! ¡Algún día saldremos de este pueblo infecto y seremos libres!” me cogió cariñosamente de las manos.

“¿Y dejarlos solos? ¡No podría!” dije con vehemencia.

“Habrá más a quienes ayudar allí donde vayamos.” me dijo.

“Lo sé, y eso me pone muy triste.” hice una mueca.

“Shhh. Algún día.” me acarició la mejilla.

Era nuestro mantra. Algún día veríamos un cambio revolucionario. Algún día la gente dejaría de pensar en ellos, en el antropocentrismo patriarcal imperante, y verían a través de otros ojos, vestirían otra piel. Entonces nuestro trabajo habría terminado. Pero aún no había llegado ese día y había mucho que hacer.

“Corre. Te esperan.”

Miré a mi alrededor. No venía ningún cliente asi que aproveché para darle un rápido beso en los labios a mi novia y me marché. Otro secreto. Otra anormalidad a ojos de ese pueblo cerrado en sí mismo y sus costumbres. Conduje hasta las afueras y, antes incluso de llegar, ya pude oír el coro de ladridos que me saludaban como todos los días. El refugio era poco más que un complejo de jaulas de hormigón y hierro. Una mierda, lo sé, pero era la única forma en la que podíamos ayudarlos.


Mis compañeras voluntarias abrieron el porton y me dejaron entrar. Los perros me rodearon y yo me arrodillé para recibirlos con los brazos abiertos. Sus húmedos lametones empaparon mis mejillas y su jolgorio contagioso me invadió. No me agradaba verlos encerrados aquí, pero ayudarlos me hacía inmensamente feliz. No entiendo porqué tengo que justificar mis emociones para parecer normal.

DNH

domingo, 11 de enero de 2015

Práctica 5; Escribir para alguien concreto.

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Práctica 5; Escribir para alguien concreto.

Tuve mucho cuidado al derramar el aceite en el depósito vacío del motor. Lo que menos me apetecía era manchar toda la maquinaría del vehículo con el oscuro y viscoso líquido, algo que me haría perder un valioso tiempo y ya había perdido bastante aquella calurosa mañana de primavera. Poco a poco, dejé que el aceite cayese dentro del embudo, controlando la cantidad exacta que debía entrar en el depósito. Hacía bastante calor pero, pese a que llevaba toda la mañana trabajando en poner a punto el coche patrulla, no estaba sudando como le pasaba a mis compañeros humanos. No, pensé mientras observaba como el viscoso fluido se deslizaba lentamente por el estrecho bocal del embudo, yo no era como ellos aunque no lo supiesen. Era un protector ancestral.


Con un gorgoteo, el líquido terminó de atravesar el embudo y lo retiré del bocal. Tras comprobar los niveles con la varilla, cerré el depósito enroscando el tapón con fuerza y me agaché para coger la bandeja que había utilizado para sacar el aceite sucio. Coloqué el embudo sobre una garrafa vacía que había reservado para disponer del aceite residual y vacié con mucho cuidado la bandeja. Aunque puse precaución de que el líquido corrosivo no me tocase la piel de las manos, esta se encontraba ennegrecida aunque posiblemente las manchas eran más por la carbonilla y la suciedad del motor que por el aceite mismo. Tampoco me preocupaba demasiado, mi extraordinarian capacidad de curación me ayudaba a sobrellevar heridas y quemaduras menores sin ningún problema.

En cuanto terminé, cerré la garrafa, limpié los pocos restos de aceite que habían goteado sobre el motor con un trapo sucio y me enjuagué las manos usando una botella de agua que había traído para ese fin. Satisfecho con mi trabajo, cerré el capó del coche y procedí a cambiarme de ropa. El viejo chandal estaba bien para estropearlo, pero necesitaba volver a ponerme mi elegante uniforme verde, con sus blasones dorados que me señalaban como agente del cuerpo. En realidad, el mantenimiento del motor de mi coche patrulla no era mi obligación, pero el viejo Megane era casi como un compañero de trabajo y me gustaba mimarlo.


Mientras me abrochaba los botones de la camisa, un pesado perrazo, pastor alemán con el lobuno cromatismo del pelaje sable, se abalanzó sobre mí y empezó a darme húmedos lametones en el rostro. Riendo, me abrazé a su peludo cuello y le froté los musculosos lomos con vigor.


"¡Atlas! ¡FUSS!" escuché una autoritaria voz femenina.


El pastor alemán, con el automatismo de un soldado, cesó en sus carantoñas y corrió hacia su dueña para ponerse en una perfecta posición de junto. Sus ojillos marrones, cálidos, la miraron con adoración, sin perderla un segundo de vista. Aunque traté de reprimirlo, una sonrisa tiró de la comisura de mis labios al verla, orgullosa, guerrera, con sus ojos grises cargados de hastío y fumándose un cigarrillo.

"Sabes que no me molesta." le dije.

"No debe hacerlo. Sé que aún es muy cachorro, pese a su tamaño, pero tiene que empezar a comportarse. Es un perro del cuerpo, no una mascota." me contestó. "¿Has terminado ya con el cacharro?"

"Está a punto. En cuanto repose un poco podemos salir." golpeé el capó del vehículo. Sonó a hierro hueco.

"Más vale que salgamos ya. El Sargento está de un humor de perros y como me quede aquí diez minutos más con él, creo que lo mataré." tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la bota.


"¿Otro caso extraño?"


"Parece un caso de violencia de género de libro. Creo que hay un muerto y algo que no me ha quedado claro sobre un collar eléctrico."


Alcé las cejas.


"La chica llamó llorando y no se la entendía nada. Da gracias si tenemos bien la dirección."

Abrió la puerta trasera del coche y el pastor alemán se metió dentro. Mientras mi compañera le colocaba el cinturón homologado, yo me monté en el asiento del conductor y arranqué el motor para comprobar que todo funcionaba perfectamente. El sonido parecía correcto y la vibración en la mano también. No me sorprendía, había hecho eso muchas veces y nunca antes había tenido problemas.



En cuanto mi compañera se sentó en el asiento del copiloto y se abrochó el cinturón, me puse en marcha. Quizás íbamos a atender un caso de violencia de género de libro, pero las cosas nunca eran tan sencillas para alguien como yo... como nosotros, puesto que ella también era una guardiana. El Sargento no nos lo habría asignado de no haber creído que era uno de esos casos especiales. En la ciudad pasaban cosas extrañas, cosas que escapaban al entendimiento de los humanos, cosas que habían quedado enterradas en leyendas y cuentos de miedo. Sonrié. Resultaba irónico que nosotros, una de las criaturas más temidas por nuestra dualidad bestial,fuésemos quienes protegíamos a los hombres. Les habíamos acompañado desde casi su nacimiento, más de treintamil años juntos y nunca habíamos dejado de protegerlos. Sencillamente, sin nosotros, los humanos no habrían sobrevivido. 


Policía Nacional
DNH

domingo, 7 de diciembre de 2014

Práctica 4; Describe un objeto cotidiano.

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Práctica 4; Describe un objeto cotidiano.

Una Palabra; Euforia.

Una Frase; Es un sentimiento indescriptible el que me embarga al sentir el cuero en mis manos.


Un Párrafo; El viento fluía a través de la ventanilla, sacudiendo mis cabellos, embargándome con la sensación de velocidad. No era el más veloz, ni el más ágil, ni el más potente, pero su cuerpo aerodinámico cortaba el aire como un cuchillo. ¿Cómo describirlo si nunca lo has sentido? ¿Si nunca has percibido las imperfecciones del firme a través de los neumáticos? ¿Si nunca te has encontrado en ese efímero instante entre el control y la pérdida del mismo? ¿Si tu corazón no ha empezado a latir con fuerza al sentir la tracción? ¿Si el rugido de su corazón no te ha arrancado nunca un escalofrío? ¿Cómo describirlo cuando tus labios nunca se han partido en una sonrisa, en un grito de júbilo, al emerger victorioso de una arriesgada maniobra como una sola unidad? ¿Un ente? ¿Dos cuerpos y un solo espíritu? No, no puedo. Puedo hablarte de su belleza, de su majestuosidad. Puedo hablarte de potencia en Cvs, de prestaciones y de pesos. De equilibrios, aceites y de gastos constantes. Lo que no puedo es describirte lo que siento cada vez que pongo mis manos sobre el volante, porque para eso, tienes que sentirlo. Para muchos es un simple coche. Para mí es mucho más.

DNH

jueves, 27 de noviembre de 2014

Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista

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Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista

Nyrox;

Nyrox miró a su alrededor con expresión distraída. La sala, pese a estar situada en un edificio ruinoso que habían conseguido mantener en pie gracias al duro trabajo de los colonos, estaba decorada con el exquisito gusto que caracterizaba a los nargas. En un lado había unos sofás color carmesí con incrustaciones en piedra y plumas de color turquesa, azul metálico y verde esmeralda. Junto a este habían colocado una mesita con una lámpara que irradiaba una luz pálida y brillante que hacía resplandecer las gemas. Hizo una mueca y estrechó los párpados. La luz le cegaba, era demasiado intensa para sus ojos de depredador nocturno.

En una de las paredes había un grandioso tapiz que representaba una escena festiva donde varios nargas, ataviados con sus típicos ropajes vaporosos, disfrutaban de una grandiosa merendola bajo el abrazo de unos frondosos árboles. Nyrox no había estado nunca en Erchelon, el planeta natal de los nargas, pero había oído historias sobre él y no le costó imaginar que tenía que ser una representación de algún tipo de festividad típica de allí. Junto a la otra pared había un enorme escritorio que apenas le permitía ver la plumosa cresta de la narga que, en esos momentos, tecleaba furiosamente algo en su ordenador. Como todo en aquel lugar, el escritorio estaba construido en vivos colores y tenía varias franjas de luces que destacaba entre las incrustaciones de gemas. Justo detrás de este, una amplia vitrina tenía expuestas antiguas reliquias. Tenía gracia, pensó con una mueca, eran poco más que vasijas terrosas, feas piezas de vajillas, algunos dispositivos electrónicos que hacía demasiado que habían dejado de funcionar, y sin embargo se cotizaban más que la gema más extraordinaria.

Nyrox se acercó a la vitrina y cotilleó un extraño artilugio que parecía ser algún tipo de comunicador muy antiguo o quizás algún dispositivo de transporte de datos. Realmente no era más que una fina pantalla negra y una carcasa deteriorada por el paso del tiempo. Los habitantes de aquel planeta muerto habían sido tecnológicamente lo suficiente avanzados como para disponer de aparatos como aquel, pero no lo suficiente como para escapar y sobrevivir. Ahora eran ellos los que habían quedado atrapados allí, tras el colapso del portal de salto durante la traición de la flota tharunay. Se permitió sonreír. Su desgracia era su éxito. Nyrox se había hecho un nombre como ladrón de reliquias antiguas y, cuando restaurasen el portal, regresaría a Indara, su planeta, siendo un hombre rico.

“Por favor, no toques los cristales. Están limpios.” dijo la mujer narga con su habitual y monótona voz.

Con un gesto de aboluta indiferencia, Nyrox se apartó de las vitrinas y paseó nuevamente por la sala. No se preguntó por qué Thranaxath, el ministro jefe del ministerio de estudios arqueológicos, le había convocado. Sólo había una razón por la cual un hombre de su talla se dignaría a hablar con un tharunay como él. Lo que le embargó fue la emoción que precedía siempre a recibir las instrucciones de un contrato, el hecho de no saber qué sería lo que tendría que robar y donde. Nyrox era un traficante de reliquias, el mejor de todos los que habían quedado atrapados en aquella miserable piedra perdida en un remoto y extinto sistema solar. Lo que le gustaría saber era qué podría querer Thranaxath. No sería algo común, sería algo muy especial. Lo intuía y, esa certeza, hizo que se le erizase el pálido pelaje que cubría su espalda.

“Sí, señor ministro.” la voz de la secretaria resonó en el silencio y le llamó la atención. “Puede pasar.”

Nyrox hizo un seco asentimiento y entró por unas grandes puertas al interior de la sala contigua. Tan profusamente decorada como la anterior, Nyrox se fijó en el narga que había sentado sobre una cómoda silla al otro lado del escritorio. Era un hombre regio que destilaba autoridad por cada una de sus iridiscentes plumas azules y rojas. Sus pequeños cuernecitos estaban decorados con unas cadenas de plata con piedras engarzadas, así como sus muñecas, sus dedos y su cuello. Las vaporosas prendas dejaban a la vista los vivos colores del plumaje de su pecho.

“Nyrox.” el narga hizo un seco asentimiento. “No nos andemos con rodeos. No es mi estilo y tampoco el tuyo.” se inclinó sobre la mesa y le miró fijamente con aquellos ojos verdes cuya pupila era una simple y fina linea. “Tengo muy buenas referencias sobre tu trabajo. Algunos colegas no están satisfechos con el hecho de que les hayas robado en sus propias casas, pero admiran tu maestría.”

“Se hace lo que se puede, señor ministro.” Nyrox esbozó una sonrisa sibilina dejando a la vista sus colmillos.

“Desde luego. Pero esta vez no se trata de un robo, al menos no directamente.” el narga se levantó y caminó por el despacho, sacudiendo su plumosa cola de lado a lado. “Un equipo de arqueólogos bajo mi mando va a hacer una expedición a las montañas. Quieren investigar más a fondo sobre la civilización que habitaba este planeta y encontrar la baliza de donde salió la señal que recibimos hace varios meses. Las especiales circunstancias tras la traición de la flota tharunay han pospuesto esta expedición pero, seré franco, la situación empieza a ser desesperada. Nuestras provisiones se agotan y esa baliza es lo único que podría sacarnos de aquí.” se detuvo frente a una ventana que daba a la ciudad, poco menos que un erial desértico donde la ley había colapsado, sustituida por la supervivencia del más fuerte.

“No soy un arqueólogo.”

“Estoy al tanto.” le miró con una expresión extraña, los nargas no tenían sentimientos y eso hacía que relacionarse con ellos fuese inquietante. “Una piloto tharunay escapó cuando se capturó y ejecutó a la flota rebelde. Busca la baliza. Necesito que tú la consigas antes que ella y que me la traigas. A nuestro regreso a Erchelon te pagaré generosamente por tus servicios.”

Nyrox sonrió y la excitación de la incertidumbre fue sustituida por la expectativa del premio.

“Eso puedo hacerlo.”



















Xanieth;

“¡El sitio es absolutamente fascinante!” dijo Xanieth, observando maravillada la inmensa caverna en la cual se habían metido. “Vosotros, quiero que hagáis una catalogación de todo lo que se encuentre en esta sala. Los demás, seguidme, quiero mapear todo el complejo.” dijo con voz autoritaria.

Un pequeño grupo de nargas asintieron y se pusieron manos a la obra. Xanieth guió al resto del grupo a través de la enorme entrada. Los esclavos tharunay cargaban con el pesado material mientras que los científicos se afanaban en investigar el lugar. Habían seguido el pulso de la baliza pero un desprendimiento de rocas dificultó que encontrasen el acceso. Tuvieron que escurrirse con todo el equipo a través de un entramado de estrechas cuevas y galerías. Afortunadamente habían llevado consigo un grupo de espeleólogos que habían pasado los últimos meses estudiando la orografía del planeta. Cuando llegaron frente a dos sólidas puertas de hierro retorcido y oxidado, que parecían haber sido destruídas por una detonación, Xanieth supo que habían encontrado el lugar..

Lo que vieron al otro lado los había dejado sin habla. Xanieth esperaba descubrir algún complejo militar o algo por el estilo, sin embargo, fue mucho más. Era una ciudad, una auténtica ciudad subterránea, una caverna inmensa de altísimos techos en cuyas paredes, cuidadosamente labradas, había una infinidad de puertas y ventanas de cristal que daban acceso a viviendas, tiendas, escuelas y hasta hospitales. La mayoría de los cristales yacían rotos en el suelo, sobre los cuerpos maravillosamente preservados de los antiguos habitantes. Xanieth se agachó junto a uno de los cuerpos y lo examinó. Este se encontraba retorcido, con las manos aferradas a un pecho cubierto con sangre reseca y el rostro congelado en una expresión de dolor y miedo.

“Son unos seres fascinantes. No tienen pelo, ni plumas, salvo en la cabeza, y parece que cuidaban su apariencia. Mirad, en este aún quedan pigmentos de pintura en su piel.” hizo un gesto con la mano por encima del cuerpo, pero no lo tocó, no quería estropearlo. “Pensad en todo lo que nos puede contar esta gente sobre nuestro propio origen y existencia. Una civilización extinta es una oportunidad única para investigar sobre nuestro destino como especie.” explicó a su equipo.

Los nargas no eran idiotas. Eran conscientes de que toda civilización y especie nace, se desarrolla y termina desapareciendo. Lo asumían como algo natural e inherente a su existencia y no luchaban por evitar el justo colapso de su propia civilización. Buscar la inmortalidad como especie era una fantasía absurda sólo apta para seres inferiores, como los inocentes tharunay.

“No resulta un futuro muy halagüeño.” dijo Nyrox encogiéndose de hombros.

“Para las especies emocionales, quizás no.” Xanieth se levantó y siguió avanzando. “Para nosotros es el lógico curso de la existencia. ¿Qué ocurriría si desapareciésemos los narga, o los tharunay?” le preguntó.

“Se perderían muchas cosas.” dijo Nyrox.

“No se perdería nada. Al univerno no le importa tu existencia. El paso circunstancial de civilizaciones por el mismo sólo afecta a las civilizaciones en sí. Una vez extintas, su relevancia desaparece y el universo sigue su curso. Estés o no aquí, esa pequeña enana blanca seguirá siendo una enana blanca, y esta roca muerta seguirá siendo una roca muerta. El espacio tiempo sigue su curso.” dijo.

“¡Directora! ¡Directora!” un narga se acercó corriendo hacia ella. En sus manos llevaba un aparato, una espece de contador geiger. “La señal de la baliza es más fuerte aquí pero he detectado el lugar exacto de donde proviene. Es por aquel pasillo.”

“¡Vayamos a investigar!” exclamó Nyrox.

“Gracias. Lleva un equipo a ese lugar, que los esclavos empiecen a colocar el material lo más cerca posible de la fuente. Mucho cuidado, podríamos encontrarnos con material muy delicado.” Xanieth le hizo un gesto de deferencia al joven. “Todo a su tiempo, Nyrox. Primero tenemos que mapear el complejo y clasificarlo todo. Luego iremos adentrándonos en los pasillos.”

El tharunay arrugó el labio y dejó a la vista sus colmillos, emitiendo una especie de extraño siseo. Xanieth lo reconoció como una muestra de hastío en los tharunay, pero ella se limitó a ignorarlo. Las cosas se tenían que hacer siguiendo un orden lógico, no dejándose llevar por los impulsos emocionales que podían inducir a error. De un bolsillo sacó un transportador de datos y lo encendió, activando la cámara. Hizo un barrido lento y pausado del entorno, grabando todo lo que se encontraba y deteniéndose cada poco para hacer alguna anotación.

“Bitácora nº 23. Hemos conseguido entrar al complejo. Esperábamos encontrarnos con una base militar pero esto es mucho más interesante. A falta de más datos y por las primeras pruebas que hemos podido encontrar, es posible que ante el colapso de la estrella la civilización hubiese optado por construir un refugio subterráneo para aprovechar la energía geotérmica del planeta. Los científicos del ministerio de geología afirman que el planeta lleva miles de años extinto, así que esta caverna ha preservado en excelente estado de conservación lo poco que aún queda de la civilización.” apuntó a los cuerpos. “Las muertes han sido violentas. No es descabellada la hipótesis  de que, quienes se quedaron fuera del refugio, intentasen entrar por la fuerza. Aún queda mucho por...”

“¡MALDITA SEA!” gritó Nyrox a sus espaldas.

“Señor, esa actitud cuando se está efectuando una investigación de...” dijo Xanieth volviéndose hacia el tharunay.

Justo en ese momento vio como Nyrox salía corriendo detrás de una esclava tharunay. La mujer llevaba algo en las manos. Algo que parecía brillar levemente. La baliza.


















Kalyan;

El narga guió al equipo de esclavos en dirección a una torre que se erguía en la parte trasera de la sala. El científico mantenía la mirada fija en su dispositivo electrónico, el cual no dejaba de emitir chirridos. Era exáctamente el mismo sonido que detectó el ejército, una señal de socorro. Por el final que había tenido la civilización, a Kalyan no le costó imaginarse que debían haber estado muy desesperados para hacer una llamada a ciegas sin saber si sería hostil o amistoso lo que fuese que acudiese en su ayuda. Aparentemente, nadie llegó a tiempo de salvarlos.

“Dejad aquí el equipo. Con cuidado, es material muy delicado.”

Kalyan bajó el enorme arcón que cargaba junto a otros tres tharunay y estiró los hombros a la vez que miraba a su alrededor. Era una torre estrecha, llena de dispositivos electrónicos, cables y otros artilugios que le parecieron muy antiguos, como una tecnología primitiva. Una escalera de piedra se perdía en las alturas, seguramente hacia una antena parabólica. No se permitió mucho tiempo para distraerse, sus ojos volaron discretamente hacia el aparato electrónico que el narga llevaba en las manos. La señal era más aguda cuando señalaba a un punto que había al otro lado de una puerta entreabierta, a través de la cual se apreciaba un leve resplandor azulado. Los cables que llevaban a la antena iban hacia allí. La fuente de la energía. La baliza.

En cuanto el narga dejó de prestar atención a su aparato y comenzó a estudiar el equipo para asegurarse de que se encontraba en buen estado, Kalyan aprovechó para escurrirse por detrás del resto de esclavos, demasiado cansados y anulados por meses de maltratos como para interesarse por nada. Tras la supuesta traición de los suyos, los nargas habían arremetido contra los tharunay y los que no habían muerto habían sido esclavizados. Ella no se lo creía. Pilotaba una de las naves, un acorazado clase Supernova, cuando la flota atacó y destruyó el portal. Por unos minutos había perido el control de su nave, la Gamma Ray, aunque consiguió recuperarla a fuerza de voluntad para, posteriormente, aterrizarla y salvar a su tripulación. Luego tuvieron que ocultarse. Algo había pasado aquel día y estaba dispuesta a averiguarlo.

Era su oportunidad, no tendría otra mejor. Silenciosamente, se escurrió en el interior de la sala. Nadie se dio cuenta, un esclavo era invisible. El resplandor azulado era más intenso allí y Kalyan tuvo que estrechar los ojos para protegerlos. Allí estaba, pulsando suavemente, la baliza que le permitiría regresar a casa y descubrir por qué algo había hackeado los controles de la flota tharunay para que pareciese como si se hubiesen vuelto contra ellos. No perdió el tiempo, no podía. De un rápido movimiento cogió la baliza, una especie de cápsula del tamaño de una cacerola, y corrió. Pesaba poco, menos de lo que esperaba, cosa que agradeció.

“¡MALDITA SEA!” escuchó un grito en notable acento tharunay. Nyrox, el ladrón.

Kalyan atravesó rápidamente el complejo y se escurrió a través de los túneles. A sus espaldas podía escuchar los pasos apresurados de Nyrox que iban detrás de ella, así que volcó una piedra suelta para ganar algo de tiempo. Debió funcionar, ya que oyó una maldición y una caída y el golpeteo de los pasos desapareció por un momento. Eso le dio el tiempo necesario para poder salir de la sinuosa caverna. Poco antes de salir al exterior se cubrió con la capucha para protegerse del gélido frío que dominaba aquel planeta, iluminado por una tenue y lejana enana blanca.

En cuanto se encaramó sobre una de las naves del equipo, una fragata de clase Cometa, cerró tras ella. No dejó que los furiosos gritos en la carrocería, ni los furiosos gritos, la intimidasen. Jadeando, fue hasta el soporte de posicionamiento GPS e hizo un apaño para poder conectar las dos tecnologías. Rezó a sus dioses por que aquello funcionase, era su única oportunidad. Si el ejército desplegaba una flota, la pequeña Cometa no podría hacer nada. La baliza comenzó a brillar con más fuerza.

Kalyan corrió a la cabina de pilotaje y se abalanzó sobre el asiento. Apenas hubo colocado sus manos sobre los controles, el interfaz arrastró su mente hacia ella de tal forma que dejó de sentir como tharunay y se fundió con el aparato. Percibía los golpes en su casco, la fuerza que se acumulaba en sus motores y el pálpito rítmico de la baliza. La nave despertó de golpe, un fuego azul emergió de sus reactores y, con una sacudida, se levantó y empezó a moverse. Al principio lentamente, demasiado lentamente, pero pronto empezó a ganar fuerza y altitud. Kalyan dirigió a la Cometa, de nombre Fénix, hacia el espacio exterior a una velocidad vertigionsa. La inclinación para salir de la atmórfera era la adecuada, aún así sintió como un breve tirón, como una leve resistencia, antes de romper definitivamente con ella para flotar a través del espacia ingrávido.

Justo en cuanto dejó atrás la influencia gravitatoria del planeta, Kalyan buscó un enlace cuántico para saltar. Estaba sola, pero la estación espacial no se encontraba lejos y el ejército no tardaría en recibir el aviso para movilizarse. Buscó, necesitaba uno que estuviese lo suficientemente cerca para lo que iba a  hacer. La radio de la cometa comenzó a percibir estática, le habían cortado las comunicaciones. Iban a por ella. De repente, a través de la nave fue capaz de ver como, desde la lejana estación espacial, salía al espacio una pequeña flota de fragatas, entre ellas una clase Quassar, la nave de guerra electrónica. Si la alcanzaba, podría impedir que activase la baliza.

“¡Vamos!” le urgió a la Cometa.

La Quassar estaba cada vez más cerca y un grupo de Cometas se aproximaba a toda velocidad. Vio cómo sus cañones se giraban rápidamente para apuntarla. Aún estaban fuera de alcance pero no por mucho.

“¡VAMOS!”

De repente, lo detectó, un enlace cuántico perfecto a no demasiados AUs. Kalyan activó el motor de salto. Las Cometas comenzaron a disparar y sintió un primer y un segundo impacto contra el escudo de la nave. Si seguían disparando con esa frecuencia la nave se desintegraría. De repente, todo se diluyó en un parpadeo y, cuando la realidad la golpeó de nuevo se encontró junto a un grandioso planeta gaseoso rojo. Estaba sola. Perfecto, pensó, y activó la baliza. Momentos después, una grandiosa flota apareció, una flota compuesta de naves oscuras que nadie sabía que existían. Eran un secreto del ejército tharunay, naves que no necesitaban portales para saltar grandes distancias.

“Bienvenida, piloto Lazair.” dijo el piloto de una de las naves, un crucero clase Fusión, al entrar en contacto con su sistema de comunicación.


“Comandante Yazria...” Kalyan suspiró aliviada. Lo había conseguido.

DNH

domingo, 16 de noviembre de 2014

Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.

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  Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.

“¿Quién es?” preguntó la voz electrónica del telefonillo.

“Telepizza.” respondió Jake con convicción.

“No, te has equivocado.” dijo la mujer al otro lado del aparato.

“Oh, vaya. Discúlpeme señora pero, ¿podría abrirme? Creo que a sus vecinos no les funciona el telefonillo.”

La mujer pareció titubear un instante. Jake mostró su cara más desconcertada, consciente de que le estaban observando a través de la cámara del telefonillo. Ya estaba preguntándose cual sería la siguiente casa donde intentaría llamar cuando escuchó el ronco sonido electrónico de la cerradura al abrirse. Esbozando su sonrisa más encantadora, se tocó la visera de la gorra roja que llevaba puesta y dio las gracias. En cuanto entró en el portal las sombras le engulleron. Buscó rápidamente hasta que encontró un corto pasillo que daba al cuarto de las basuras. Miró a ambos lados. Nadie. Agudizó el oído. Tampoco se oía nada especial. Empujó. Estaba abierta. La sala que había al otro lado olía fuertemente a basura, aunque hacía rato que la habían recogido, y en la oscuridad pudo ver el contorno de los cubos apoyados contra la pared.

Rápidamente, Jake se quitó la gorra y el abrigo y los escondió detrás de uno de los contenedores. Acto seguido abrió la bolsa térmica y buscó en su interior hasta que encontró lo que buscaba; un cinturón con una Glock, unos grilletes y varias fundas donde llevaba un pendrive, unas ganzúas y otros utensilios de trabajo. En cuanto se colocó el grueso cinturón, escondió la funda junto al resto de su disfraz y salió de vuelta al rellano. Seguía a oscuras y estaba silencioso, salvo por el sonido amortiguado que provenía de las puertas cerradas de las casas.

Procurando no hacer ningún ruido, voló escaleras arriba hasta que llegó al piso donde debía ir. Miró rápidamente a su alrededor. No había nadie pero no podía confiar en que no le pudiesen ver a través de las mirillas de las puertas. Confió en que sus ropajes oscuros le camuflasen en la penumbra. En cuanto llegó frente a la puerta del segundo A, se arrodilló y estudió rápidamente la cerradura. Poca cosa, no era una puerta blindada sino una de aquellas hojas de papel del Madrid de los cincuenta. No le costaría demasiado abrirla.

De una de las fundas sacó un set de ganzúas y rebuscó, poniendo todo el cuidado del mundo en que no tintineasen, hasta que encontró la que quería. Envolvió el resto de ellas con un pañuelo y comenzó a trabajar sobre la cerradura. Los segundos pasaban y el crujido leve del metal sobre los engranajes comenzaba a ponerlo nervioso. Era improbable que le oyesen pero no podía evitar sentir como si unos ojos estuviesen fijos en su nuca. O quizás algo peor.

“¡GOOOOL!”

El grito amortiguado por las paredes le sobresaltó y el llavero con ganzuas cayó de sus manos. Sólo el pañuelo evitó que montase un escándalo. Con el corazón latiendo a toda velocidad, Jake recogió rápidamente sus herramientas y siguió trabajando en la cerradura. Escuchó como los engranajes iban encajando de uno en uno, unos pequeños muelles que sujetaban unos bolardos diminutos. Finalmente, con un chasquido que resonó en el silencio como un disparo, la cerradura cedió y la puerta se abrió lentamente hacia el interior. Jake se escurrió rápidamente por ella y cerró tras de sí. Jadeando, se tomó unos segundos para apoyar su espalda contra la fría madera. Aún notaba como su corazón palpitaba contra su pecho, pero era consciente de que no podía demorarse mucho. Si le pillaban, habría problemas.

Sin perder un segundo, Jake dejó atrás la entrada de la vivienda y cruzó un largo pasillo flanqueado por puertas de madera. Echó un vistazo en cada una de las habitaciones hasta que encontró la que buscaba, un despacho donde había varias estanterías llenas de libros, un escritorio de maderas nobles, una cómoda silla negra y un ordenador. Avanzó hasta el aparato y lo encendió. Como era de esperar, el maldito cacharro era lento como él solo. Los segundos se convirtieron en minutos. Los minutos le parecieron horas y aquella sensación desagradable en su nuca no desapareció.

Finalmente, el sistema operativo, Windows, como no, terminó de cargar y Jake se puso manos a la obra. Lo primero que hizo fue introducir el pincho en una de las ranuras USB. Lo intentó una vez. No encajó. Lo intentó una segunda vez tras voltearlo. Siguió sin encajar. Empezó a maldecir en su mente y volvió a girarlo. Finalmente, encajó y el sistema operativo, con su parsimonia habitual, empezó a cargar los archivos de instalación del dispositivo USB. Jake no perdió el tiempo, necesitaba encontrar rápidamente alguna prueba lo suficientemente convicente que enseñar a sus superiores. Tenían que demostrar que aquel hombre era mucho más de lo que su acomodada vida de mileurista parecía indicar.

Lo primero que hizo fue meterse en internet y buscó en las páginas de correo electrónico más reconocidas. Hotmail. Gmail. Yahoo, entre otras. No le sorprendió darse cuenta de que las contraseñas estaban guardadas. La gente solía caer por despistes así de absurdos, se dijo con una sonrisa de satisfacción. Tras revisar rápidamente los correos encontró lo que buscaba. Un montón de pruebas que le vinculaban con altos cargos del gobierno imputados por corrupción. Hizo copias y los trasladó rápidamente a su dispositivo. En cuanto terminó, Jake apagó el aparato, sacó su pendrive de la ranura, y salió de la vivienda. Lo peor de todo era que, la sensación de que alguien le había estado observando, no cesó en ningún momento. Seguramente eran paranoias suyas. Siempre que salía de misión se ponía muy nervioso.

DNH

                  Palabras usadas: DISPARO, ENSEÑAR, ORDENADOR, CONVINCENTE.

domingo, 26 de octubre de 2014

Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.

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Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.

Decir que hacía calor era quedarse corto. El ambiente era sofocante, tórrido y seco y las lluvias no parecía que fuesen a llegar en ningún momento próximo. En la pista de tierra era aún peor que en pequeño aula. Al menos allí había aire acondicionado pero en el exterior, un polvo finísimo flotaba en el caldeado ambiente y se metía en su nariz y garganta. Ángel carraspeaba con cierta frecuencia, recibiendo reprobatorias miradas de su profesor, el señor Sierra, pero no podía evitarlo. Era como estar tragándose una lija.

Lejos de la civilización, el único sonido que podían escuchar era el del llanto icesante de los perros que estaban encerrados en las perreras, y el lejano ronroneo del motor de algún coche que circulaba por la carretera próxima al recinto. Salvo eso, y la voz potente y severa del profesor, nada más. Ni siquiera el susurro de las ramas de los eucaliptos, estáticas ante la evidente falta de viento.

“Recordad.” prosiguió el profesor Sierra. “Los perros no sienten. Los perros no piensan. Son máquinas biológicas que actúan únicamente impulsados por instintos y por condicionamiento. Ellos nos ven como competidores, intentarán imponerse, así que nuestro trabajo es dejarles claro que nosotros somos los que mandamos. ¿Cómo haremos eso?” miró a su perro, un viejo pastor alemán que estaba echado a sus pies, buscando la diminuta sombra de su amo. “No permitiéndoles que desobedezcan.”

Ángel se sacudió distraido una mosca que le estaba rondando alrededor de la cabeza y volvió a carraspear para aclararse un poco la garganta. Hacía demasiado calor y empezaba a notar cómo la concentración le fallaba. Aún así, se esforzó por mantenerse atento a la lección. En las últimas semanas habían visto tanta teoría que en algún momento sintió como si le fuese a explotar la cabeza. Estaba deseoso de ver puestas en prácticas todas aquellas técnicas de las que había hablado el profesor Sierra. Muchos de los conceptos parecían lógicos pero no podía evitar sentir cierta disconformidad con algunas de las cosas expuestas.

“Castigaremos las conductas inapropiadas. Castigaremos la desobediencia. Recordad, no podéis hacerles daño, son máquinas. No sienten.”

Hizo un gesto a uno de sus ayudantes con la cabeza, y este se apresuró a buscar un paquete de salchichas que dejó en el suelo, a varios metros del profesor. El perro, que hasta ese momento había estado medio adormecido, levantó las orejas y movió las aletas de la nariz. A un gesto de su dueño, el pastor alemán se levantó pesadamente y empezó a caminar a su lado, con la cabeza algo agachada y la cola casi rozando la arena del suelo. Ángel no apartó la mirada del cánido, al igual que sus compañeros. Todos parecían inmersos en un silencio expectante.

Lentamente, perro y amo se fueron acercando al paquete de salchichas. El perro olfateó nuevamente y su cola comenzó a alzarse. El profesor Sierra sujetó fuertemente la correa con la que llevaba amarrado al animal. Antes de que este hiciese un ademán de aproximarse al alimento, su dueño chasqueó la lengua.

“Thor. Fuss.” dijo con una voz dura.

El perro obedeció y mantuvo el paso con su dueño. Dieron una rápida vuelta alrededor de la pista y nuevamente se aproximaron al paquete, esta vez estrechando la distancia. De nuevo el profesor Sierra indicó a Thor que debía permanecer en junto y el perro, haciendo gala de una extraordinaria obediencia, mantuvo su posición. Sin embargo a Ángel no le pasó desapercibido que su actitud era distinta. Miró a su dueño, como cuestionando sus órdenes y nuevamente a las salchichas. Casi podría decir que estaba pensando cual era la decisión más acertada.

La tercera vez que pasaron junto al paquete de salchichas, esta vez a escasos tres metros, el perro desoyó la voz de su amo y rompió la formación. Inmediatamente, el profesor Sierra pegó un fuerte tirón de la correa y los pinchos del collar de activación se clavaron con fuerza en el cuello del can, arrancándole un gañido.

“Thor. ¡FUSS!” dijo con su voz más autoritaria.

El perro regresó a la formación pero su actitud era diferente. Estaba más cabizbajo aún, con la cola entre las patas y los hombros encogidos. No miraba a su amo si no que apartaba constantemente la cabeza y se relamía los labios con frecuencia. Aún así, Thor se acomodó nuevamente junto al hombre. A Ángel aquella no le parecía la actitud de un animal incapaz de sentir emociones. Estaba seguro de que lo que estaba viendo en ese momento era miedo.

“¿Habéis comprendido? El perro ahora sabe que no debe desobedecer, o se llevará un estímulo aversivo. ¿Cómo llamamos a esto según el condicionamiento operante?”

“Castigo positivo.” dijo otro alumno, uno de aquellos pelotas que se bebían las palabras del maestro como si de una biblia se tratasen.

“Muy bien, Jaime. Ahora, sacad a vuestros perros y empezad a practicar este ejercicio.”


Después de la dura clase, en la que Ángel se había alegrado de no haber traído a su perro, condujo de vuelta a casa. Al subir por las escaleras del edificio, el sonido de los gañidos de las mascotas de sus compañeros siguió resonando en su mente. Había sido su primera práctica real y ya se estaba planteando abandonar el curso. No lo haría, le había costado un dinero que tardó meses en ahorrar, pero lo que había visto ese día le había desanimado por completo. 

Al abrir la puerta de su casa, su perro, un dobermann payasete como todos los de su raza, le recibió moviendo el muñón que tenía por cola. Ángel se inclinó sobre el perro y empezó a jugar con él, dándole cuidadosos golpes mientras que este le mordisqueaba con sumo cuidado sus muñecas y sus manos. Era la felicidad personificada, la ilusión más inocente. En ese momento Ángel recordó las palabras del profesor Sierra y se preguntó si acaso no había otra forma de adiestrar.



“Tu perro piensa y te quiere.” se dijo con una sonrisa.


DNH