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miércoles, 15 de abril de 2015
Práctica 9; Microrrelato
Práctica 9; Microrrelato
Primero.
Leí las preguntas del examen, me giré hacia mis compañeros y mirándoles a los ojos grité “Por Gondor”.
Segundo.
Cogiendo de nuevo la cámara de fotos salté todo lo que pude para alejarme del tumulto. Puse uno de los modos automáticos al azar con la esperanza de no perder aquella foto; levanté la cámara y enfoqué lo más rápido que pude, pero no tuve tiempo: la mano del policía me agarró del cuello con tanta fuerza que un latigazo me recorrió todo el cuerpo y me hizo caer al suelo. Casi perdí el sentido cuando alguien cayó encima de mí. Sentí gente corriendo a mí alrededor, me pisaron la espinilla y por poco también la cabeza. Y luego todo pasó, deprisa, como había comenzado. No sé cuánto tiempo había pasado desde entonces hasta que me incorporé, solo sentía el dolor de los cristales del objetivo destrozado clavándose en mis manos ensangrentadas.
Tercero.
Quería escribir un microrrelato de entre cero y cincuenta palabras con golpe de efecto al final hasta que me di cuenta de que las ardillas no sabemos escribir.
Elllolol
domingo, 15 de febrero de 2015
Cuervos
Práctica 7; Acción.
Cuando escuché el cuerno en la lejanía supe que algo malo estaba pasando en las colinas, así que no tardé en correr hasta las almenas para ver qué era exactamente lo que ocurría. Era una noche sin luna, así que no vi nada fuera de las murallas del castillo, ni siquiera la habitual silueta de las montañas del este donde acaba el reino. Lo primero que hice fue buscar a Haldr por todo el castillo, pero no tardé en recordar que había salido la mañana anterior para explorar lo contornos, y que aún no había vuelto. El cuerno volvió a llamar de forma desesperada; pensé que quizá fuese el propio Haldr quién llamaba.
Cuando bajé a la armería no había nadie allí, así que me apresuré a coger mi martillo y mi yelmo emplumado, y me dirigí hacia las puertas lo más rápido que pude. Salí corriendo, dejando atrás la fortaleza por el puente levadizo, yo solo, para internarme en el peligroso bosque nocturno. No veía nada de nada, y apenas distinguía los troncos de los árboles bajo la tenue luz de las estrellas, pero de todas formas recé con todas mis fuerzas a los dioses para que me permitiesen llegar a tiempo a la batalla, y todos sabéis que los dioses nunca le dicen que no a eso: corrí impulsado por la furia del Dios Tuerto más rápido que si hubiese montado un caballo, que seguramente hubiese acabado tropezando. El cuerno en la lejanía seguía llamando, pidiendo una ayuda que no llegaba. Cuando ya me encontraba a escasos metros del lugar de donde procedía el sonido, dejó de sonar.
Por fin vi unas luces, unas antorchas en medio de la espesura, y unas voces que gritaban. Salté de entre la maleza, solo para ver como Haldr caía al suelo abatido justo delante de mí por la espada de uno de esos desdichados hombres de las ciudades del oeste, con su cuerno en la mano. No sé si él llegó a verme antes de ser abatido, pero espero que así sea, y que al menos me recuerde en los palacios negros de Halarheim, donde a juzgar por la cantidad de hombres muertos que había a sus pies, seguro que habrá llegado sin dificultad. Había otros de los nuestros en el suelo, dos o tres, lo cual me enfureció de una forma que no pude controlar, mientras que solo habían quedado en pie cinco de aquellos hombres del oeste. Viendo que estaba solo, uno de ellos hizo un comentario en su lengua que no pude entender, pero lo hizo con una expresión que comprendí al instante, como si creyese que sería fácil hacerse conmigo.
Ese desdichado avanzó hacia mí con prepotencia, burlándose en su estúpido idioma y apuntándome con su espada como un imbécil. Fue incapaz de reaccionar cuando me lancé sobre él: le destrocé la mano de la espada con el martillo, y acto seguido, esparcí lo poco que había dentro de su cabeza por el bosque de otro golpe. Sus compañeros retrocedieron espantados.
“Un bosque profanado con sangre solo se limpia con sangre”.-les grité antes de lanzarme a por ellos. Uno trató de lanzarme una antorcha que llevaba antes de esconderse detrás de sus compañeros, pero la esquivé sin ningún problema. El más valiente quiso enfrentarse a mí, lo cual le honra, pero no le sirvió de nada, le tiré al suelo de un manotazo y salté sobre él para lanzarme contra el resto. A uno le maté con un golpe de mi martillo directamente sobre las costillas mientras que a otro también le empujé contra el suelo para destrozar el bonito yelmo que llevaba a base de patearle contra una roca. En medio de aquel furor asesino que me recorría casi había olvidado al cobarde que me había tirado la antorcha, y que en aquel momento me miraba con pavor, completamente paralizado.
Quiso correr cuando me acerqué a él, pero con un golpe de martillo dejé uno de sus tobillos completamente destrozado. Supongo que le oiríais chillar de dolor.
“Grita, perra.” le dije mientras pensaba en cómo acabar con un cobarde como él. “Los otros eran unos asesinos malnacidos que tuvieron la mala suerte de venir a mis tierras, pero tú solo eres una perra cobarde. Grita más, con suerte atraerás más perras como tú, y así podremos acabar con toda la jauría de una sentada.” Recuerdo pisarle el tobillo destrozado mientras se lo decía para que gritase más. Cada alarido limpiaba más el bosque de su inmundicia y tranquilizaba a los espíritus inquietos de los ancestros que viven allí. Me rogó que le matase, así que le recordé que era una perra cobarde.
Dejé de aplastar lo que quedaba se su tobillo, pero solo para volver a dirigirme a los dioses; con sus gritos no me hubiesen escuchado bien. Les pregunté de qué forma querían que se lo enviara, cómo querían aquella ofrenda. En cuanto vi la antorcha que me había tirado en el suelo, entendí el mensaje del Dios Manco. La recogí y volví junto a la perra agonizante. Le agarré de la cara y le obligué a abrir la boca. “Cuidado, está caliente.” le advertí antes de apagar la antorcha con su esófago. Conseguí que dejase de gritar.
Cuando llegasteis, en el bosque solo quedaba silencio y oscuridad, que es lo único que debe haber en el bosque.
Elllolol
martes, 27 de enero de 2015
Gente inadvertida.
Práctica 6; Críticas sociales.
Caminar por la calle se había
vuelto una experiencia desagradable para mí, fuera de mi casa, de mi cuarto,
todos mis miedos parecían salir a la luz. Sé que Madrid es una ciudad demasiado
grande como para cruzarme con gente a la que preferiría no ver por pura
casualidad, pero hay demasiada gente a la que prefiero no ver. Demasiada. A
cada paso que daba, notaba como la gente me miraba, me juzgaba y se reían de mí
al pasar de largo, y a pesar de eso, yo trataba de mantenerme firme, fingiendo
seguridad en mí misma, fingiendo estar orgullosa de algo que he empezado a
detestar.
Cualquier tipo de relación con
otras personas que no fuesen de mi familia más cercana me parecía cada vez más…
no inútil, pero sí desagradable. Todos me juzgaban, y si no lo hacían, no me
hacían sentir bien, hasta que perdí cualquier interés más allá de la
conversación que me daba mi perro. Mis amigos se empezaron a preocupar por mí y
por mi estado de ánimo, siempre oscuro, recelando de cualquier estupidez, hasta
que se cansaron. Y se fueron. Mi familia también se preocupaba bastante,
queriendo saber qué me pasaba. Me preguntaban continuamente, pero a mí cada
pregunta me enfadaba cada vez más; ellos no sabían nada, y aun así no eran
capaces de dejar de molestarme. Solo quería estar sola.
Al principio lo achacaba a una
fase, al estrés o alguna tontería pasajera que no se me tardaría en pasar, pero
no pasaba. El mundo me parecía cada vez más siniestramente lúgubre y falto de
sentido, cada mañana me levantaba con menos ganas de hacerlo para pasar un día
tras otro viviendo por inercia. No sé hasta qué punto tenía sentido lo que
hacía. Iba a la universidad por la mañana, lo cual parecía ser lo último que me
alegraba en el mundo, y al volver a mi casa, me tumbaba en la cama durante el
resto de la tarde. Aquello era lo peor, mi pensamiento volaba por los
recuerdos, volviendo insignificantes los recuerdos buenos y dándole a los malos
más valor que el que les había dado nunca. Acabé con miedo a tumbarme en la
cama para no ser devorada por todos esos fantasmas, día sí día también.
Antes siempre me identificaba por
ser una gran soñadora, me encantaba volar por otros mundos imaginarios y hacer
castillos en el aire, pero incluso aquello desapareció. Cada sueño dejó de
significar una nueva ilusión y un motor para vivir para transformarse en un
fracaso. Dejé de perseguir aquellos mundos. Dejé de perseguirlo todo. De hecho,
incluso dejé de tratar de estar bien, incluso me había dejado de importar a mí
misma. Recordaba las palabras que uno de mis últimos amigos, “No puedes esperar
que la gente confíe en ti si no lo haces tú mismo.” En algún momento, aquello
había sido una motivación para mí, pero ya no. No me sentía con fuerzas para
nada.
No estaba sola realmente, como me
había estado repitiendo desde el principio. Había alguien dentro de mí, como
dos personas enfrentadas: una era la que me destrozaba a cada segundo, atacando
con miedo cada uno de mis intentos de volver a ser feliz, mientras que la otra,
de la cual no quedaba más que un fino hilo de voz era una extraña versión de mí
que gritaba desde dentro que todo era una gran mentira, y que aún había algo de
valor en mí. Pero aquella persona agonizaba, y lo peor es que era yo quién la
estaba matando.
Pedir ayuda puede parecer un acto
de cobardía, pero requirió todo mi valor, todo mi arrojo y la última esperanza
que me quedaba.
La primera vez que entré en la
sala de espera de la clínica de psicología me sentí aliviada por primera vez.
Allí había gente como yo, cabizbaja, mirando con recelo a quienes estaban a su
alrededor, había hombres trajeados, ancianos, e incluso otra chica de mi edad.
Y me sentí enormemente avergonzada también; avergonzada de pensar que solo yo
tengo derecho a pasarlo mal.
Elllolol
domingo, 11 de enero de 2015
Práctica 5; Escribir para alguien concreto
Práctica 5; Escribir para alguien concreto
Tuve mucho cuidado al derramar el aceite por los pasillos,
calculando cuál sería la disposición óptima para que el fuego se extendiese
rápidamente y quedase todo el edificio bien chamuscadito, y con el edificio,
todos los que había en él. Los orcos, me refiero. Quizá debí haber usado
gasolina en vez de aceite, pero estaba demasiado cara para mí; por lo menos me
libré de ellos durante una temporada. Creo que todo esto se merece una
explicación detallada.
Todo el mundo sabe que nunca he tenido demasiados amigos, y
quizá fuese eso lo que me empujó a buscar compañía entre las agradecidas
páginas de los libros. Desde pequeño me he dedicado a soñar con personajes del
pasado, a vivir historias de otros y a condenar la realidad por ser tan
aburrida y poco gratificante. Recuerdo la primera vez que pisé la biblioteca,
hace más de setenta años, por aquel entonces yo era un chaval de lo más guapo
de la ciudad, pero quizá demasiado reservado. Al ver tantos libros me sentí
extasiado cual poeta místico, y me prometí a mí mismo leerlos todos. Uno detrás
de otro.
Con el paso del tiempo, uno a uno, fueron cayendo en mis
manos para ser devorados con un ansia espeluznante: empecé por los libros de
ciencias pensando en empezar por el principio, la creación, y luego los de filosofía,
guías de cocina, guías turísticas, cursos de idiomas y finalmente, narrativa,
toda una aventura que me ha costado años y años. Aprendí todo lo que el hombre
conocía, hablo cincuenta idiomas, puedo responder a todo lo que me pregunten y
estoy muy orgulloso de haberlo conseguido, a pesar de que ahora no soy más que
un anciano escuálido. Pero realmente, lo que más me sobrecogió por dentro fue
lo último que leí, lo que había dejado para el final cuando tenía que haber
sido realmente lo primero: la literatura fantástica.
¿Fantástica? Nada de eso, lo que pasa es que la gente no se
la toma en serio, creen que todo es mentira, que es ficción, igual que lo
pensaba yo cuando llegué a esa sección, con todos los clásicos griegos, grandes
literatos, pensadores y filósofos a mis espaldas. El primer libro lo abrí con
escepticismo, pero lo que descubrí fue fascinante. Esos mundos… no tardaron en
envolverme, en poseerme y en enseñarme cosas que seguro que la mayoría de
vosotros pasáis por alto. Mi obsesión por los libros se convirtió en
enfermedad, e incluso Rufina la bibliotecaria me dio las llaves para que me
pudiese quedar a leer por las noches. La pobre, qué disgusto se habrá llevado…
No tardé en descubrir que aquellos mundos que tacháis de
inventados son reales como lo somos nosotros, que no solo existimos los
hombres, sino también otras razas como los elfos o los enanos. Según leía, un
conocimiento ancestral caía desde las estrellas directamente hacia mí, y me
sentía poderoso. Pero hubo un contratiempo: los orcos de las montañas, cuya
existencia había pasado tanto tiempo por alto para mí, deseaban ese
conocimiento ancestral, y siendo como son, todos les conocemos, decidieron
invadir la biblioteca una noche que estaba yo solo.
Atranqué las puertas con una estantería, pero consiguieron
abrirlas, así que tuve que huir por la puerta de atrás para no ser capturado.
Consciente de que nadie salvo yo podría hacer nada por detenerles antes de que
invadiesen y arrasasen toda la ciudad, corrí a mi casa, donde cogí una garrafa
de aceite. Volví a la biblioteca, y fui por todos los pasillos sin ser visto,
regándolos con ese líquido para quemar vivos a los orcos antes de que saliesen
de allí; no quería ser un héroe, pero me tocaba serlo. Prendí el aceite y salí
corriendo tan rápido como me fue posible a mi edad. No vi salir ningún orco,
por lo que todos murieron, supongo. Por el momento la ciudad está a salvo, pero
no dudo que volverán.
De todas formas, pido perdón por haber quemado la
biblioteca, no me quedaba otra.
Biblioteca Pública
Elllolol
martes, 16 de diciembre de 2014
Monstruo.
Práctica 4: Describe un objeto cotidiano
Monstruo.
Sumidero de ilusiones,
desilusiones, recuerdos y facturas.
Un metro y medio de metal pintado
de amarillo, anclado al suelo de la calle muestra pintadas en azul una corneta,
y una corona real. Le podemos encontrar normalmente por los sitios que la gente
más frecuenta, a la vista de todos y al resguardo de su discreción. Parecido,
realmente, a una seta nacida de los adoquines al servicio de todos, dotada con
una gran boca rectangular por la que introducir sueños y misivas; funciona como
una catapulta de mensajes buenos y malos hacia otras tierras lejanas.
Un hombre, complemento
circunstancial de aquel día, cruza por delante, le da de comer y continúa su
travesía sin percatarse en él, gentil funcionario.
Los días de lluvia, nieve o
heladas no se mueve de su guardia, sino que permanece firme, con la boca
abierta como siempre, pues nunca sabe cuándo van a necesitar de sus servicios
los ciudadanos, o cuándo alguno de sus amos, de los de gorra y saco, va a
decidir acudir a él y descubrir todo lo que guarda. No es una vida fácil, pero
le conforta pensar en toda la gente a la que está haciendo feliz cada día, en
toda la gente a la que une su labor, en todos los amores que hace posible y en
todo lo bueno que transmite la poca gente que sigue acordándose de él.
Ese buzón de la esquina.
Elllolol
domingo, 30 de noviembre de 2014
Uranio-235
Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista
Primera parte.
Como un heraldo de estaño, la
campana de la puerta anunció el retorno del hijo prójimo en una época tan
similar al fin de los tiempos como era la Segunda Guerra Mundial. Una lluvia
intensa golpeaba el tejado de la casa de Neils Bohr en Copenhague aquella noche
del año 1941. No había nadie en la calle en aquel momento, como tampoco la
había habido en toda la tarde, ni a lo largo de muchas otras tardes durante
aquel último año, y solo un hombre se había atrevido a cruzarla a esas horas,
montado en un coche del ejército alemán.
Margrethe se apresuró a asomarse
por una de las ventanas de la casa, recelosa de las visitas inesperadas a esas
horas de la noche; cada mes que pasaba la tensión iba aumentando poco a poco en
Dinamarca desde la capitulación del gobierno del país ante Hitler, y aunque las
cosas no iban en principio tan mal como en otros países, sabía que algún día
sería el ejército alemán el que llamase a su puerta. Cuando vio aquel coche
parado frente a su casa, su corazón se detuvo durante un instante, dejándola
completamente inmóvil. Neils, su marido esperaba en el salón, fingiendo cierta
tranquilidad tras una hoja de periódico, como hacía todas las tardes.
-¿Quién es, Margrethe?-la
preguntó, pero ella no respondió, y se dirigió a la puerta para abrir al recién
llegado.
Era un hombre, solo un hombre,
tapado por una gabardina y un sombrero completamente empapados, con las manos
en los bolsillos, resoplando por el frío. Al principio no le reconoció, y su
presencia la causó un profundo miedo. No vestía de militar, lo cual era
extraño, viniendo en un coche del ejército, por lo que quizá fuese un agente
del gobierno alemán, lo que sería casi peor que si fuese realmente del
ejército. El hombre no la dijo nada mientras le miraba fijamente, y finalmente
cayó en la cuenta de quién era.
Un rostro familiar, un fantasma
del pasado que lejos de quedar atrás había traicionado su confianza y su
recuerdo.
-¿Qué haces tú aquí?-preguntó
Margrethe, fría como un témpano por fuera, pero ansiando que aquella indeseada
visita se fuese de aquel lugar tan rápido como fuese posible.
-Vengo a ver a tu marido, Margrethe.-dijo
él con igual frialdad, mirándola directamente a los ojos con
determinación.-¿Puedo pasar?
<<No.>>
-Sí, pasa.-dijo ella abriéndole
la puerta del todo.
Heisemberg entró, y fue
directamente al salón guiado por Margrethe, que esperaba que su marido actuase
con más calma que la que estaba demostrando ella, pero no fue así. Bohr se
levantó sobresaltado ante aquella sorpresa tan desagradable.
-Tú no tienes que estar
aquí.-dijo con enfado, dejando caer el periódico al suelo.
-Sabías que vendría.-respondió
Heisenberg, mostrando también cierta tensión.
Magrethe se resignó, sabía que no
podría hacer nada en aquel momento.
-¿Café?
Segunda parte.
Werner Heisenberg había pecado de
osadía cuando aceptó trabajar como cerebro del ejército alemán en uno de los
proyectos más importantes en el desarrollo de la técnica, y él lo sabía
perfectamente. En un alarde de egolatría, había creído que podría construir él
solo algo que ni siquiera todos los científicos que trabajaban en aquel momento
para los americanos habían conseguido por el momento: la construcción de la
bomba de fisión nuclear, el arma definitiva que señalaría quién ganaría la
guerra y quién sería arrasado por completo. La decisión no había sido fácil, y
sabía que si llegaba a conquistar su objetivo, el mundo no volvería a ser el
mismo, y Hitler la utilizaría para arrasar y conquistar tanto como quisiera sin
que nadie pudiese pararle, pero, ¿y si no lo conseguía? Si fallaba, y el
ejército aliado entraba en Alemania, sería ésta la arrasada por completo, y si
bien la primera opción le resultaba terrible, la segunda le parecía más
terrible aún. En el último siglo, Alemania había perdido ya una terrible
guerra, y cualquier muestra de orgullo había sido reprimida con dureza.
Se sentó, aún inquieto, en la
butaca que su antiguo maestro le ofrecía, dejando a un lado el maletín que
traía consigo.
-¿Qué te trae por aquí?-le
preguntó un Neils Bohr que trataba de serenarse. Su rostro reflejaba una
acumulada preocupación.
-¿No lo intuyes?
-No es una visita formal.
Siquiera cuando supe que estabas en Copenhague supuse que vendrías a verme.
Heisenberg se movió en la butaca
nervioso.
-Necesito tu ayuda, Neils.-confesó.
Bohr le miró fijamente sin decir
nada durante un rato, cómo si tratase de estudiarle desde el sofá que tenía
enfrente, con expresión severa.
-¿Ayuda?¿Para quién?¿Para ti o
para Hitler?-preguntó al fin.
-Para Europa, para Alemania. Todo
el mundo se ha vuelto en nuestra contra, otra vez.
-Alemania se ha convertido en un
monstruo.-dijo Bohr alzando la voz.-Una abominación.
-Es el resto del mundo quién la
hizo así. Durante diez años han estado reprimiendo cualquier tipo de iniciativa
nacida en Alemania, y robándonos territorios que nos pertenecen por
derecho.-respondió Heisenberg con el mismo nerviosismo que su maestro.-¿Soy
culpable de querer que las cosas vuelvan a ser como siempre fueron?
-No soy alemán.
-Lo sé.
Un incómodo silencio se produjo
en la habitación. Entre los dos reinaba un profundo respeto y una profunda
admiración, pero en los últimos años el respeto y la admiración parecían ser
cosas no demasiado valiosas. Magrethe entró con una bandeja con dos tazas, y
les sirvió a cada uno una taza de café que dejó sobre la mesa que tenían en
medio. Ninguno de los dos llegó a probar un sorbo en toda la noche. Nadie dijo
nada tampoco en lo que la mujer estuvo allí, ni tampoco en un rato largo
después.
-¿Para qué quieres mi
ayuda?-preguntó finalmente Bohr tomando la iniciátiva. En ese momento,
Heisenberg echó mano de su maletín, en el cual rebuscó entre un montón de
folios hasta sacar un montón de bocetos que le pasó a Bohr. Éste los ojeó
rápidamente.-¿Qué es esto?
-El nuevo arma de Alemania, una
bomba basada en la energía liberada por la fisión del núcleo de átomos de
uranio.-anunció Heisenberg, no sin cierto orgullo.
-¡La bomba atómica!-exclamó
Bohr.- ¿Es eso?¿Cómo has podido aceptar trabajar en algo tan terrible?
-¡Por Alemania!
-¿Cuándo pensaste que iba a ayudarte
en construir algo tan terrible para los nazis, Werner?¿Cuándo?
Heisenberg se puso en pie de
golpe, recogiendo los bocetos que su maestro le pasaba con cierta ira.
-Sé que tienes contactos fuera,
en Inglaterra y en América. Los necesito, Niels, no puedo construir la bomba yo
solo.-exclamó, levantando más la voz que lo que recomendaría la prudencia en
aquella situación.-No puedo.
-Nunca te ayudaré en un proyecto
como ese, y me aterroriza que vayas a ser tú quién lo lleve a cabo. Fuiste una
gran promesa, lo supe desde el día que te conocí. Creí que llevarías la física
a lo más alto, no que la utilizarías para convertirte en un genocida.
Tercera parte:
La preocupación había ido poco a
poco haciendo estragos en Bohr desde que comenzó la guerra. Hacía menos de diez
años, Copenhague se había convertido en el centro de la nueva ciencia, la
física de los cuantos y de los átomos, y allí se habían reunido las mayores
mentes para crear uno de los mayores logros del pensamiento, la Interpretación
de Copenhague. Ahora era una ciudad sombría y aterrorizada de sufrir un destino
como el que sufrieron Austria o Bélgica, y todas aquellas teorías habían sido
tachadas de “judaizantes”. Había pensado en escapar, en abandonar aquel país en
cuanto le fuese posible, y ya tenía trazado un plan para huir en el caso de que
fuese necesario. Pero no quería dejarlo todo atrás, allí estaba todo lo que
había construido, y no quería renunciar a ello si no era completamente
necesario.
-Los nazis entraron en mi
laboratorio.-dijo dejándose caer pesadamente sobre el sofá, recuperando la
calma. Gritando solo empeoraría la situación.-No sé qué habrá sido de él, no he
vuelto a ir desde entonces. Tuve que escondes la medalla del premio Nobel allí,
junto a la de unos amigos, para que no la encontrasen. ¿Sabes qué tuve que
hacer? Disolverlas completamente en ácido y dejarlas en botellas sin
identificar; quizá algún día pueda recuperarlas, no lo sé, quizá se hayan
perdido para siempre.
-Lo lamento profundamente.-dijo
Heisenberg sentándose también.
-Eso es la nueva Alemania,
Werner. Eso es lo que significa, destruir por destruir. Vete si quieres y
destruye todo lo que quieras con tu bomba, pero nunca seré cómplice tuyo, ni de
Hitler.
Heisenberg se levantó sin decir
nada y guardo todas las hojas que había sacado de nuevo en el maletín,
dispuesto a marcharse.
-¿Qué opción me quedaba, Neils?
-La dignidad, Werner, y el amor
por nuestro trabajo y nuestra disciplina. Vete, no quiero saber más de ti
nunca.
Ambos trataron de mantener las
formas, aún conscientes de la severidad de las palabras que intercambiaban. En
otro tiempo habían sido casi como un padre y un hijo. Con un gran esfuerzo por
mantener la dignidad, Heisenberg habló una última vez.
-¿Qué debo hacer?-preguntó.
-Lo sabes bien.
Abandonó la casa y se montó en el
coche que le esperaba a la salida para desaparecer de aquel lugar tan rápido
como le fue posible. Las cartas entre el uno y el otro cesaron desde aquel
momento, y no volvieron a recuperar el contacto en ningún momento.
La lluvia parecía no tener fin
sobre el tejado de la casa de Neils Bohr en Copenhague.
Elllolol
lunes, 17 de noviembre de 2014
Una de animales
Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.
Era un hombre, grande, todo de
negro y bípedo en una gran y bulliciosa ciudad asfaltada, hasta que se puso la
careta. Una careta barata de las que se sujetan con una goma que no tarda en
romperse, de las que no van más allá de un trozo de plástico pintado con dos
agujeros para los ojos. Se la puso, y ya no era un hombre, sino un zorro; un precioso
zorro color melocotón, con un pelaje suave y una larga cola rematada en una
punta blanca. La ciudad ya no era una ciudad, sino un prado infinito lleno de
otros animales y su mujer, ya no era su mujer, sino una zorra, que había
renunciado a su humanidad por una careta semejante.
En
aquel cuento en el cual el asfalto de la calzada era hierba y los coches
caballos, nuestra pareja de zorros se apresuró a entrar en el gran e ilustre
gallinero que tenían delante. Un gallinero de suelos marmóreos y solemnidad
decimonónica, donde cerca de treinta gallinas gestionaban entre formularios y
comisiones sus huevos sin percatarse de la presencia de los zorros, que no
tuvieron más que enseñar sus colmillos para que todas comenzasen a correr
despavoridas en todas direcciones, cacareando como locas.
Hubo
un gallo valiente, de color azul oscuro, con placa y garras, que nada más
verles aparecer se puso en medio mostrando sus filos y erizando la cresta
amenazante, pero no pudo hacer nada cuando la zorra se le echó encima y le
destrozó con sus colmillos. Con un argumento tan convincente como aquel, las
gallinas no se atrevieron a llevarle la contraria a los zorros en todo lo que
duró el proceso, y, obedientes como ovejas, se dividieron en dos grupos.
A
la derecha, pegadas a la pared, se alinearon las gallinas más normales o
circunstanciales, mientras que la izquierda, se pusieron las gallinas administrativas,
las que guardaban los preciados huevos entre los nidos. Allí permanecieron
vigiladas atentamente por la zorra, mientras que el zorro comprobaba que no
apareciesen otros gallos entre las esquinas del granero. Cuando todo estuvo
controlado, llegó el momento de amontonar todos los huevos de la jornada
juntos, para moverlos más fácilmente.
Los
zorros cogieron tantos huevos como pudieron y salieron corriendo de aquel gallinero
tan deprisa como les fue posible para tratar de huir hacia un bosque cercano
donde perderse con el botín, pero se encontraron con un contratiempo: unos
cazadores habían escuchado el revuelo que había habido en el gallinero y habían
acudido para apresarles. No pudieron hacer nada cuando se cruzaron con ellos
salvo correr todo lo deprisa que les fue posible. Entre el caos de gallinas
corriendo de un lado a otro, huevos cayendo y cazadores tratando de cazarles,
nadie fue capaz de comprender exactamente quién era quién, y solo fui capaz de
ver como la zorra era abatida por el disparo de uno de los cazadores. Tras
aquello, noté como alguien se estrellaba contra mí (que me encontraba entre un
montón de gallinas que habían estado contemplando la escena desde fuera, y que
habían empezado a correr desordenadamente en cuanto los zorros salieron del gallinero)
y me derribaba antes de pasar de largo.
Me
levanté enseguida tras la embestida, y descubrí que a mis pies había caído una
máscara con forma de cara de zorro. Me la puse y me giré hacia mi padre, que
tiraba de mí.
-Mira, papá.-le dije.- Soy un
zorro.
Elllolol
Palabras usadas: MELOCOTÓN, DISPARO, CONVINCENTE,
ENSEÑAR
sábado, 1 de noviembre de 2014
Un catedrático
Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.
Un catedrático, todo un señor catedrático, de los que tienen cuarenta años de trabajo a sus espaldas; de porte regio y voz sonora, siempre correcto en el trato con su propia mayoría, frío para unos y para otros, pero nunca excesivamente. Tan riguroso en el vestir como en el calcular. En definitiva, soberbio.
Exactamente a las ocho y media cada mañana, aparece en su coche impoluto que no duda en aparcar en la plaza que tiene reservada junto a la puerta de su facultad desde que fuese decano años atrás. Sale, sube a su despacho y mira su agenda para no olvidar nada de lo que le depara ese día. Baja a la cafetería exactamente a las nueve menos veinte para reunirse con sus colegas de profesión en la primera tertulia de la mañana; el camarero, al verles aparecer deja de lado cualquier tarea con la que estuviese entretenido y les sirve a cada uno lo que han pedido cada mañana desde hace treinta años sin que ninguno tenga que molestarse en recordárselo. Diez minutos exactos de plática dan para muchos temas, todos concernientes a la facultad, por supuesto: los horarios de las clases, la calidad de las nuevas pizarras, las excentricidades de los alumnos o el aspecto impropio de algún que otro vicedecano.
Si es que ese día tiene programada alguna clase, camina hasta el aula al paso exacto para llegar a ella cuando son las nueve en punto. Traza sus enseñanzas en la pizarra con perfecta caligrafía y como un mesías enuncia sus parábolas y sus hipérbolas, atiende las preguntas que le formulen y a las diez y media ya está cerrando la puerta al marcharse.
El resto del tiempo lo pasa en su despacho, poniendo en orden sus papeles para llevarlo todo al día, escribe sus pertinaces correos electrónicos y prosigue con los trabajos e indagaciones en su campo. Aquel día, como excepción, quien llama a su puerta no es otro colega, sino una alumna tímida e insegura que solo acude a reclamar una nota, como hacen muchos de sus semejantes las últimas semanas de desesperación. Nuestro catedrático busca su examen entre su archivo ordenado por nombres y cursos.
Un cuatro no es un aprobado se mire como se mire, y no hay más remedio, él lo sabe y ella también. Y sería completamente injusto cambiar eso, hacer una excepción estaría no solo en contra de las normas de la burocracia, sino también de su dignidad y deber como miembro del cuerpo docente.
Media hora más tarde, aquella alumna sale corriendo de su despacho llorando y más avergonzada que nunca, queriendo de alguna forma dejar de existir, pero aprobada, al fin y al cabo. Nuestro catedrático también sale, bastante más tranquilo, rojo y sudoroso, aún jadeante, fingiendo normalidad. Esconde su sonrisa burlona en una mueca de seriedad y rectitud, y se recoloca la corbata.
Al fin y al cabo es un catedrático, todo un catedrático.
Elllolol
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