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martes, 14 de abril de 2015
Práctica 9; Microrrelato
Práctica 9; Microrrelato
Luces y acción.
Mi vida siempre fue humo y
cenizas. Teatro y engaño en un baile de impostores entre copas de champán
francés. Una madeja de mentiras, señuelos y medias verdades. Un tránsito
frenético entre la tinta del calamar y un borrón deshilachado de guion y
bambalinas. Pero a diferencia de la dramaturgia, las billeteras repletas o las
hordas de fanes, mi sensación de soledad no lleva máscara.
Mi cocaína.
El polvo blanco me alejó de todo.
Confiscó mi juventud, profesión y sustento. La primera vez fue en aquella
fiesta en la que modelos y caníbales de hocico albino la devoraban enardecidos.
Te engancha poco a poco. Te ofrecen y te rindes. El azúcar arruinó mi vida.
(Golpe de efecto).
Carla.
Carla corre ensangrentada. Ella y
su machete. Carla corre hacia ti.
Héctor Puente Bienvenido
martes, 27 de enero de 2015
La elegancia de batir un palo en la garganta
Práctica 6; Críticas sociales.
El primer recuerdo que guardo de Madrid es el olor
ahumado del denso tráfico navideño al transitar la Gran vía rumbo a Canillejas.
Tenía 14 años y a partir de aquel momento el chalé de ladrillo color tierra y tejado
de pizarra serrana se convertiría en el hogar y gesta de mis triunfos y
fracasos.
La tarde lluviosa nos recibió entre los estruendos
eléctricos que dotaban a la ayudante de entrenadora de un semblante serio mientras
aguardaba impaciente bajo el porche impermeable. Con un marcado acento que
revelaba su origen rumano nos hizo saber cuán afortunadas éramos, pues aquella
noche degustaríamos una cena por tratarse de la primera. Antes de saborear la
merluza hervida acompañada de acelgas sin aceite y tres diminutas zanahorias tuvimos
que enfrentarnos a la báscula, primero las residentes senior y posteriormente las
novatas. Para proceder al vespertino ritual me desnudé, acudí al baño y me tomaron
las medidas escribiendo y mapeando todos los recovecos de mi dúctil y espigado cuerpo.
Peso, altura, índice de masa corporal, estructura ósea y defectos o carencias
anatómicas. Aquellos documentos se convertirían en algo más que un simple
historial médico en el centro, pues sobre dichos papeles se grababa y
sancionaba a fuego la disciplina que cada día tatuaba mi dócil torso.
Poco a poco el chocolate, los batidos, la bollería,
los lácteos e incluso cualquier forma de postre fueron convirtiéndose en recuerdos
del pasado, y como si del síndrome de Estocolmo de tratara yo también comencé a
aborrecerlos. La diferencia entre una décima abajo y la gloria podía recaer en
un simple mendrugo de pan.
Meses más tarde intensificamos los entrenamientos,
habíamos obtenido la clasificación directa para Atlanta 96 y fuimos la
revelación en los mundiales húngaros batiendo a las rusas y búlgaras. Sin
embargo todo éxito requiere algún tipo de sacrificio, y aquello implicaba
perder al menos tres kilos adicionales para ejecutar más grácilmente los
ejercicios y aparatos. No me preocupaba en exceso, para entonces yo ya dominaba
la elegante técnica del batir armonioso del palo en la garganta. La danza caníbal
del agitar la campanilla con tus propias manos mientras el olor a ácido
gástrico inundaba el baño y nublaba mi frágil conciencia.
Sin demasiadas pretensiones llegó el día en que
debíamos brillar sobre el tapiz. Los nervios matutinos se entremezclaban con
las sesiones de maquillaje y peluquería en las que debíamos recuperar la
visible carencia de pelo. Llegó el momento de salir. Como si se tratase de una
droga, los dos minutos que duraba la exhibición final consistían en flotar en
el aire acompañando a los aros y pelotas, sincronizándote con ellos y aspirando
a ser más ligera y liviana que las cintas de colores que pululaban en todas
direcciones. La visión se nublaba ante el sobreesfuerzo físico continuado y la
falta de reservas energéticas. Pero debíamos seguir danzando, tocando el cielo
con nuestros delicados dedos y acariciando las mazas como si se trataran de
volátil seda. El ejercicio culminó exitosamente y aquel día me consagré como
una niña de oro, una campeona olímpica gorda de 43 kilos a la que sus padres
contemplaban con horror mientras una jauría enloquecida jaleaba y nos rodeada de
micrófonos.
domingo, 14 de diciembre de 2014
Prisión
Práctica 4: Describe un objeto cotidiano.
Plasmación.
Engranaje de danzas sonoras que encierran el
alma de la música bajo la cadencia de delicadas manchas de tinta.
Engañaría si dijera que se trata de un simple
papel. Allí residen los sueños y las frustraciones, intentos de cautiverio de
la estética y horas de inspiración tras una botella de alcohol barato. Su
lenguaje es mecánico y complejo, pero plástico y de pureza austera. Allí se
impronta el alma y los deseos, se erizan las venas y palpitan las vísceras, se
cincela lo abstracto y se ritualiza el milenario
cautiverio al sonido. Rememora las épocas, los desenfrenos, la locura y hasta
lo intangible. Allí se traza el tímpano de la historia y se cobija a los genios
que otrora fueron dementes o inadaptados. Cada pincelada encadena una armoniosa
sucesión de ritmos frenéticos donde se articula la ejecución sincrónica de los
intérpretes. Si la música es el motor de la vida, el pentagrama es la prisión
de su trascendente inmortalidad.
Héctor Puente Bienvenido
martes, 2 de diciembre de 2014
Olor a lumbre y a manzana.
Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista
Querido diario,
Sigo extrañando mucho al pequeño
Luis, a mi esposo y a mis compañeras de la parroquia. El olor de mi pequeño y
el aterciopelado tacto de su cabello húmedo recién salido de la ducha. Ya ha
pasado un mes, y aún convivo con ellas, lo único que me mantiene con fuerzas es
la protección del Señor y el consuelo de las deliciosas tartaletas de manzana;
calentitas, humeantes y recién hechas.
Aunque que sufro, todavía
intentando comprender a mis compañeras de estancia, pues estoy convencida de
que se trata de una prueba, una ardua y laboriosa tarea por la que he de sufrir
y expiar mis pecados, los caminos del Señor son inescrutables. A veces las
maldigo, por lascivas y porque me hacen la vida imposible cada minuto y cada
hora, pero pese a todo, rezo por ellas y
por la salvación de sus almas. Hoy se han burlado de mí, me han insultado y han
firmado los documentos del reparto de las asignaciones en mi nombre, quieren
hacerme sentir loca.
Esta mañana, mientras contemplaba
arder la lumbre la doctora Fresneda me ha citado en su consulta.
— ¿Cómo se encuentra hoy Marisa?
— Doctora, quiero volver ya a casa, ocuparme
de mis labores y de mi marido. Noto mucho
mejor el corazón y hace ya varias semanas que no percibo taquicardias ni arritmias.
¿Cuándo me dará el alta? He rezado al rosario porque me diga que hoy salgo
de aquí, la semana que viene será la procesión del Cristo redentor y he de
acudir sin falta.
Querido diario,
Hoy he sido hospitalizada por
fractura de clavícula. Mario me ha acercado en coche a urgencias, prometiendo
volver pronto, pero aún no ha dado señales de vida. He tratado de buscar un
reloj, pero no he encontrado ninguno y el personal sanitario es algo reacio a
decirme la hora. El olor a madera quemada me produce dolor de cabeza, pero
preparan una tarta de manzana decente, algo chamuscada por encima, pero
aceptable después de todo. Tengo dos compañeras de habitación, una fanática
religiosa y una excéntrica de aspecto raro que amenaza con realizarse algunos
cortes si no la sacan pronto de allí. Extrañamente me parecen demasiado
familiares.
Esta mañana me ha citado Lucía,
la doctora.
— Señorita
Fernández ¿cómo se encuentra esta mañana?
— Muy bien,
muchas gracias doctora. ¿Le puedo consultar algo? Me gustaría saber si puedo llamar a mi
marido, iba a volver a por mí, pero temo que se haya perdido por el camino.
Además, ¿cuándo me darán el alta?, imagino que tendré que guardar reposo pero
debería avisar en el trabajo.
—No se preocupe. Por ahora lo primero es su salud, y aunque
su clavícula esté bien, tenemos otros problemas más acuciantes. Sea paciente y
disfrute de su estancia aquí. He oído que le gusta leer, disponemos de una
fabulosa biblioteca mientras se recupera.
Querido diario,
Aún permanezco presa de la demencia
y de la locura. Los pensamientos acerca
del suicidio aún rondan en mi cabeza. La situación se ha vuelto completamente
insostenible. Odio la medicación, el olor a lumbre y las tartaletas de manzana
que prepara la cuidadora. Alejarme de los ritmos frenéticos de la ciudad no ha
hecho más que empeorar la situación. Si no salgo pronto de aquí me cortaré las
venas.
Odio a esa furcia puritana y a
esa resabida “de los libros”. Un día las mataré, si no lo hago conmigo antes.
Dicen que estoy enferma mental, pero yo sé que no estoy loca, simplemente soy
más perceptiva que los demás. Me engañan y me atiborran a pastillas para
drogarme y volverme más dócil y majareta.
Hoy la estúpida de la doctora
Lucía Fresneda me ha hecho acudir a su consulta.
— ¿Cómo se encuentra hoy?
— No pienso hablar más con usted. Sé que no soy normal, pero ustedes quieren convertirme en una yonki adicta a sus mierdas. No volveré a tomarme ninguna pastilla más, antes me corto las venas.
— Bueno, comprendo. Estás alterada. Reposa un rato y luego hablaremos con más calma Marisa.
— No pienso hablar más con usted. Sé que no soy normal, pero ustedes quieren convertirme en una yonki adicta a sus mierdas. No volveré a tomarme ninguna pastilla más, antes me corto las venas.
— Bueno, comprendo. Estás alterada. Reposa un rato y luego hablaremos con más calma Marisa.
Al salir de la habitación
contemplé reflejado en el espejo el documento que sostenía la doctora, rezaba
lo siguiente: “Paciente Marisa Fernández, trastorno múltiple de personalidad”.
Héctor Puente Bienvenido
lunes, 10 de noviembre de 2014
Amores Incomprendidos
Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.
El recuerdo de nuestra última vez inundó mis pensamientos
en la oficina. Apagué el ordenador y regresé a casa en mi viejo Cadillac Piraña.
Ansioso por disfrutar de sus labios reflejé convincente mi semblante en el
espejo retrovisor mientras aceleraba a fondo.
Al llegar a casa preparé algo de té helado con melocotón
y azúcar, su preferido, el ideal para superar las inclemencias de un verano
sureño. Seguí paso a paso la receta de la monja Bernardette y removí
enérgicamente la mezcla. Alcancé dos pajitas de la repisa y me dispuse a acudir
a su encuentro. Allí se encontraba ella, sonriente y ligera, fresca y espigada,
como un soplo invernal que tratara de deshacerse de las altas temperaturas
tejanas.
Le ofrecí algo de té y alcancé la mano de Marie Cherry.
—Estás
tan hermosa como siempre, pequeña.
Mi ardiente princesa glacial no dijo nada, tan sólo
mantuvo un gesto cómplice de imperecedero deseo y lujuria. Sus ojos grisáceos y
tez blanca me susurraban, como si trataran de retarme a enseñar mi cuerpo
desnudo y sudoroso.
Rocé su entrepierna con mi mano. No llevaba ninguna clase
de ropa interior. La hice mía entre poderosas embestidas y generosas cantidades
de lubricante. Terminé descargando dentro y la besé. La besé tan fuerte como
nunca sabiéndome amado y completamente satisfecho. Ella, hierática y húmeda parecía encontrarse
cansada.
—Pareces
exhausta Marie Cherry. ¿Te gustaría dormir una pequeña siesta?
Su gesto complaciente respondió afirmativamente a mi cálida
invitación. La cogí en volandas y la
llevé caballerosamente a sus aposentos. Antes de despedirnos besé vigorosamente
sus escarchados y jugosos labios. Allí la dejé un día más, en su tierna y
acogedora cámara frigorífica mientras me conmovía contemplando su singular
disparo en la cabeza. Pese a todo, seguía preciosa y helada.
Héctor Puente Bienvenido
Palabras usadas: PIRAÑA, MELOCOTÓN, DISPARO, MONJA, ENSEÑAR,
RECUERDO, ORDENADOR, CONVINCENTE.
domingo, 26 de octubre de 2014
Complementos Vitamínicos
Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.
- -Señor
Fernández. El examen ya ha concluido. Lo lamento.
Desperté empapado en sudor, me sequé la frente y
comprobé en el despertador que sólo había sido una horrible pesadilla.
Como cada mañana acudí directo a la ducha, pero
los nervios acumulados después de insufribles días de estrés y estudio me
incitaron a descargar tensiones auto-complaciéndome con la mano entre
secreciones y vapor de agua. Al terminar, me esperaba mi albornoz mostaza con una
amarga taza de café y un zumo de naranja levemente ácido.
-
Recuerda. Toma tres pastillas previamente al
estudio y 40 minutos antes de la prueba. No las mezcles con nada, únicamente
con agua. Resonó la voz de aquella joven que afirmaba ser estudiante de
farmacia.
Aquél sitio
olía a humedad y a basura. Absolutamente nauseabundo. Recorrimos las entrañas y
pasillos de la facultad de medicina hasta recabar en un retrete apestoso donde aquella
joven nos aguardaba.
- -Cari, serán 70 euros todas las gominolas. ¿Ves?
Te hago hasta descuento de amigo. Entonces giró la cabeza y dirigió la atención
hacia mi compañero Héctor, aquel que me aseguraba que la fuente de todos sus
éxitos académicos radicaban en aquellas monodosis de color azul eléctrico.
Y a tenor
de lo que se comentaba por la facultad todo aquello parecía jodidamente verdad.
Aquellas extraordinarias píldoras eran lo último entre los estudiantes. A 8
pavos la unidad, sí, pero te aseguraban recordar todo lo que habías estudiado y
clavar un examen. Se las conocía como el orgasmo de Einstein o las papá pitufo,
supongo que por aquello de la sabiduría y su significativo color.
Miré
el reloj, las 9:20 en punto. Justo 40 minutos antes de mi primer encuentro con
una matrícula de honor.
-No
pueden ser peor que una raya de coca, me repetí antes de tomármelas de nuevo.
Además, cosas peores ya habrían pasado por mi boca.
Y
allí me encontraba yo. Apoyando los codos sobre la madera corroída de aquel
vetusto pupitre. Esperando mi oportunidad de demostrar quién era el puto amo o
quién iba a restregar la nota a su padre en los morros. Unos minutos después la
profesora me hizo entrega del examen. Esa mala arpía que seguro que no había
follado en los últimos decenios. Hoy me la follaría yo a ella, metafóricamente
hablando, claro. Vestía una blusa de abuela a la moda, sí, pero de moda en la
guerra civil, y una falda de tubo que le hacía parecer una salchicha embutida.
¿En serio? ¿Esta tipa habría oído hablar del concepto o la noción estética?
Da
igual. Bajé la mirada hacia los papeles, y leí atentamente las cuestiones a
responder. Después de 40 minutos el sudor volvía a aparecer. Apenas había
rellenado un par de preguntas cuando todos mis conocimientos terminaban de
volatilizarse. El corazón empezó a latir violentamente mientras en una fuerte sacudida
el estómago me hizo arrojar todo el desayuno mediante una convulsa nausea. Me
toqué la nariz, sangraba.
-Señor
Fernández. Es la hora. El examen ha concluido.
Héctor Puente Bienvenido.
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