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martes, 2 de diciembre de 2014

Musicallejero

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Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista

Músico

Cualquiera podría decir que un día como hoy sería un día perfecto para un músico callejero. Sábado. El sol de calienta tímidamente las calles después de una semana de lluvia. La gente pasea ociosa, fichando posibles regalos para Navidad. Con un poco de suerte, con unas monedas sueltas en el bolsillo para soltar en la funda de un acordeón que suena alegre,  intentando llamar su atención.

No ha quedado demasiado de esa suerte, de momento, porque la funda de mi acordeón sigue abierto como una boca hambrienta, con unos pocos céntimos que relucen tristemente en el fondo.

Veo siluetas pasar delante de mí sin detenerse. Cuando eso ocurre, suelo cerrar los ojos y concentrarme en el ritmo de las pisadas, dejando que mis dedos hagan mecánicamente su trabajo sobre las teclas ya gastadas del uso.

Unas figuras se paran frente a mí, tapándome la luz del sol. Eso me molesta un poco, pero me daré por bien pagado si dejan caer algo en la funda. Abro los ojos y un chico y una chica están plantados ahí delante. Él, los ojos fijos en el acordeón. Ella, mirándolo de reojo y arrebujándose en una chaqueta demasiado grande para ella. Bonita estampa, sin duda, pero ninguno mete la mano en el bolsillo. Pruebo  a hacer una pausa unos segundos más larga y a volver a tocar con fuerza después, ya en los últimos compases, y lanzo una sonrisa al chico que me mira casi sin pestañear. El chico me la devuelve, me imagino que se ha sentido cómplice del juego, pero sigue sin soltar nada. Un asco, pero el trabajo es el trabajo y no dejo que mi decepción desbarate la sonrisa que tiene que acompañar al final de las canciones.

Dejo que las últimas notas suenen despacio hasta apagarse y dejo el acordeón sobre las rodillas. Mi pequeño público parece despertarse y se pone en movimiento perezosamente. El chico da una cabezada en mi dirección (de agradecimiento, imagino) y echa a andar arrastrando los pies. La chica da un tímido aplauso y lo sigue mansamente calle abajo.

Echo un vistazo a la funda de mi acordeón. 1€. 25 céntimos. Algo es algo. Menos da una piedra, incluso en una mañana de sábado.

Julián

Ya son las 12 y diez. Vamos 10 minutos tarde y aún no hemos llegado. El resto estará que trina. Si Marta no andara tan despacio… pero claro, ¿cómo va a hacerlo con esos tacones que se ha puesto? ¿A quién se le ocurre? Dice que qué se va a poner si no con un vestido. Pues cualquier cosa que no la haga tiritar. Pero no. Se ha puesto un vestido, se ha quedado helada y le he tenido que dejar mi chaqueta, aunque le quede gigantesca.  Al final  la pinta que tiene me hace reír y se me olvida que vamos tarde.

Escucho sonar un acordeón y me quedo clavado en el sitio.  Suena la vie en rose, una de las canciones más interpretadas… y siempre me parece preciosa como el primer día. Empiezo a seguir el ritmo con el pie derecho, y mis pensamientos vuelan lejos. Recuerdo el día que Elena me contó la historia de Edith Piaf, una de las más tristes que se han inventado, pero en sus labios sonaba como una de esas tragedias que convierten a sus protagonistas en leyendas. Casi todo lo que pasaba por sus labios sonaba así. Pero bueno, eso fue antes de que decidiera largarse con ese gilipollas de las rastas. Seguro que con él no escucha la vie en rose.

El acordeonista hace una pausa y me sonríe. Parece que ha adivinado mis pensamientos. Un segundo más de inmovilidad y hace sonar el final de la canción dulce, con un sabor que recuerdo demasiado bien. Todo esto empieza a doler demasiado, así que dirijo una cabezada agradecida al acordeonista (siempre he pensado que ellos agradecen mucho más tener un público atento a que les lancen unas frías monedas por compasión)y echo a andar sin mirar atrás. Es tarde, después de todo.

Marta

Quién me mandaría ponerme estos tacones. Tengo que maniobrar con cuidado, estirando las piernas como estuve practicando con las chicas, pero no es tan fácil sobre los adoquines. Aunque ha valido la pena ponerme el vestidito y pasar un poco de frío, porque Julián se ha ofrecido a dejarme la chaqueta. Huele increíble.

Voy caminando a su lado intentando no quedarme atrás, y suspiro de alivio cuando lo veo pararse delante de un músico callejero. Toca un acordeón viejo, pero Julián parece que se ha quedado hipnotizado. Conozco esa mirada, se ha ido muy lejos, con la música. Observo cómo sigue el ritmo con el pie. Perfectamente acompasado. Seguro que también baila divinamente. Pero cualquiera sabe cómo se baila esto.


Antes de que me dé cuenta la canción ha acabado. Ha habido un cruce de sonrisas entre Julián y el acordeonista y voy a ponerme a aplaudir. Pero espera, la canción no ha acabado. Escondo las manos en las mangas rezando porque nadie me haya visto. Las últimas notas suenan alegremente y el músico se pone el acordeón en las rodillas. Ahora sí que se ha acabado. Aplaudo suavemente mientras Julián asiente en dirección al acordeonista y empieza a andar de nuevo. Más me vale apretar el paso si no quiero quedarme atrás.

Ainara

lunes, 1 de diciembre de 2014

El arroz del domingo

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Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista

MARÍA

La abuela María se había pasado los últimos cinco días preparando este almuerzo, cuidando con mimo cada uno de los detalles de tan especial evento para ella: los huevos, los mejores del pueblo, los del corral de Nicolás. Para el arroz, las gambas que compró cuando fue a la ciudad y que había congelado para una ocasión tan especial como esta. El mantel y los cubiertos, unos estupendos que sólo había usado la primera vez que su suegra visitó su casa, recién casada con Antonio, su marido.

Ahí estaba con ella, a su lado, sentado en el sofá viendo los toros mientras ella daba los últimos retoques a aquella larguísima mesa. Cada día daba las gracias a Dios por colocar en su camino a un hombre tan amable y tan cariñoso con ella. Cincuenta y dos años desde que se casaron, el mismo día de su cumpleaños. Un cumpleaños que hoy celebraría con toda su familia al completo, por primera vez en mucho tiempo. Qué ganas tenía de ver a sus hijas y a sus nietas.

De repente, a cinco minutos de que el reloj marcara las dos, llamaron varias veces al gozne de la puerta.

¾     Ya voy yo, señora María - dijo Candela, su vecina, que hoy había venido a ayudarla.

La casa se llenó de vida y María volvió a sentirse joven, como aquel quince de Octubre que contrajo matrimonio. Volvió a sentirse madre, como aquel veinte de Febrero que nació Isabel, su primera hija. Lloró de alegría como el doce de Mayo que nació Ruz, su primera nieta. Todas estaban allí, sus cuatro niñas, sus doce pequeñas. Incluso su hermana Julia vino, pese a que ya estaba muy mayor.

Perdió la cuenta de los besos que dio, de las veces que su familia repitió su plato de arroz, de las veces que vio sonreir a Antonio. Sus nietas salían y entraban corriendo del salón, con sus juegos y sus cosas de niñas. Sus hijas recordaban con ellas sus años en el pueblo, sus travesuras.

El olor a café las acompañó durante la sobremesa. Si fuera por María, aquel momento no terminaría nunca.


RUTH

Se pasó la mano por el flequillo hasta tapar casi completamente los ojos, dejando el espacio justo para ver la pantalla de su iPhone, para poder seguir chateando con Guille, su novio. Accedió a ir a esa aburridísima comida en el pueblo con la abuela con tal de que su madre la dejara tranquila... pero ella seguía dándole la chapa en el coche... Que si "pórtate bien con la abuela, que está mayor", "dale muchos besos", "come lo que te pongan", "cuida de tus primas"... Se puso los cascos y subió el volumen de Skrillex hasta que dejó de escucharla.

La casa del pueblo olía a alcanfor y estaba llena de fotos antiguas de gente vestida de militar y haciendo la comunión. Absolutamente todos los muebles tenían un mantelito de ganchillo, hasta la tele ¿por qué era tan honda aquella tele? Sus primas pequeñas no paraban de tirarle de la camiseta y de incordiarla. Ruth ya tenía ganas de irse y acababa de llegar.

Le dio un beso a la abuela, que olía a colonia Nenuco y se acopló en su silla, donde siguió chateando con Guille.

¾     ¿Cómo va eso?
¾     Fatal
¾     Jo ¿qué pasa?
¾     Te mandaría una foto, pero apenas hay wifi aquí. Este sitio da miedo
¾     Jajaja, qué exagerada eres
¾     ¡Ven a por mí!

Apenas comió nada. La abuela había puesto mogollón de morcilla y no le gustaba. Y el arroz tampoco. Y aquel bizcocho estaba tan seco que le entraron nauseas. Se levantó mil veces de su asiento para fingir que iba al servicio, salía al patio a buscar cobertura, también para escapar de su abuela, que le había preguntado por enésima vez por cómo le iban los estudios.

Fue la tarde más larga de su vida.


ISABEL

Llevaba media hora conduciendo su furgoneta blanca. Hoy no llevaba las cajas de cosméticos de su trabajo: la había vaciado a conciencia para poder hacer la mudanza de una sola vez, para que su madre pudiera despedirse tranquilamente de su casa, después de tantos años.

Era la casa en la que ella se había criado, en la que había visto nacer y crecer a sus tres hermanas, en la que vio morir a su padre, Antonio, y en la que había visto como, desde entonces, su madre no volvió a ser quien era. Los últimos años habían sido los peores. Habían contratado a Candela, una chica de Ecuador para que cuidara de ella las veinticuatro horas del día. Pero, aunque ella era muy buena, no estaba preparada para cuidar a una persona con alzheimer y más en un estado tan avanzado.

Le dolía ver a su madre en aquel estado y, mientras más le dolía, más le intentaba hacer ver a sus hijas lo importante que era atesorar los momentos de lucidez que le quedaban, el procurarle sonrisas y miradas amables para ayudarle en este momento de olvido y desvanecimiento. Pero aquello era demasiado difícil de entender para una adolescente y una pequeña de cinco años.

Al llegar, cruzó aquella puerta con nostalgia, con el agridulce afecto que provoca el mirar atrás, el contemplar recuerdos en formas de fotos en blanco y negro, a través del sutil olor a butano de la cocina. Y el afecto se convirtió en amargo al ver a su madre, a la abuela María, con la mirada perdida... pero con un brillo de alegría que le anudó por dentro.

Sus hermanas estaban allí, se encontraban limpiando la vajilla que la abuela había colocado, cubierta de un extraño polvo negro.  Tuvieron que rebajar el arroz con agua para mitigar la excesiva sal. A veces, la pobre hablaba de personas que no estaban y se ponía nerviosa, de modo que pedían a las niñas que salieran a jugar al patio para no tener que verla así.

Más que una madre, María parecía una niña. Entonces Isabel miró sus manos, arrugadas, llenas de manchas por la edad y el sufrimiento. Tuvo miedo y quiso volver a ser pequeña, pero no se podía permitir ese lujo.

Sintió que el tiempo había pasado demasiado deprisa.

Diego Tomé Merchán

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias

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Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias

Sor María estaba totalmente enganchada a las webs cam de porno amateur. En cuanto acabaron los maitines salió disparada  hacia el ordenador comunal del convento. A las dos de la madrugada quería ver a Parejacachonda25, famosos en el ciberespacio por hacer guarradas con gran variedad de comida.  Se conectó y en unos momentos ya estaban todos manos a la obra: ellos haciéndose tocamientos obscenos y jugando con frutas, la monja  remangándose el hábito. Después de varios meses viendo a esta pareja en acción a través de la web ya los sentía como amigos.

La pareja siguió magreándose durante un rato hasta que hubo un chisporroteo en la pantalla y se perdió la imagen un instante. Sor María se aproximó al ordenador para restablecerla y ahogó un grito. La chica había efectuado un disparo sobre su pareja y se resentía de la mano izquierda, la misma mano que segundos antes había acariciado el suave terciopelo de un melocotón.

Paz Salas

Palabras usadas: MELOCOTÓN, MONJA, DISPARO, ORDENADOR

martes, 18 de noviembre de 2014

El melocotonero

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Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.  

Sentí en los dientes el repelús propio al morder el melocotón. Todos aquellos pelillos sumados a un regusto a óxido que me dejaba en el paladar, me recordaba a un animalillo muerto, teniendo que escupirlo disimuladamente en una servilleta mientras sonreía después a mi interlocutor como si hubiera probado el mejor de los manjares.

–Está bueno –mentí,  intentando sonar convincente mientras saboreaba con desgana los trozos de la fruta que tenía entre los dientes.

Él sonrió enseñando unos hoyuelos que harían derretirse a cualquiera, lo que me planteó fugazmente morder de nuevo aquel frío animalillo anaranjado.

–Me gusta este árbol ¿sabes?

Se sentó a la sombra del mismo e imité sus pasos poniéndome a su lado.

–¿Conoces la leyenda urbana de los cerezos japoneses?

Negué con la cabeza mientras pasaba mi lengua por los distintos dientes y generaba saliva suficiente para llenar un vaso y olvidarme de ese sabor.

–La historia dice que el color rosado de sus flores se consigue enterrando personas bajo sus raíces.

–¡Qué interesante! –Volví a mentir empezando a plantearme como deshacerme del resto de la fruta que tenía entre las manos. La palabra “enterrar” me hizo pensar en cavar un pequeño hoyo disimulado y meter los restos en él, plan absurdo eso sí.

–De alguna manera es hermoso pensar algo así, morimos dando paso a algo más hermoso que nuestros cuerpos fríos.

Mientras miraba ausente al cielo y metía sus manos en los bolsillos, aproveché para guardar el melocotón en el bolso. Si decía cualquier cosa al respecto siempre podía engañarle diciendo que era para comer más tarde.

–Sin embargo –continuó – por más que lo he intentado no consigo darle ese tono a los melocotones, siguen siendo naranjas.


No le escuché, quizá no quise hacerlo, lo último que recuerdo antes de ver el fogonazo del arma fue el horrible tacto de aquella fruta. Después nada.
BelZet

Palabras usadas: MELOCOTÓN, ENSEÑAR, RECUERDO, CONVINCENTE

Suavidades

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Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias

Supongo que debería haberlo visto venir. Que cuando alguien te tiende una hoja de papel manuscrito –échale un vistazo y dime qué te parece-y se apoya en la mesa vecina fingiendo escribir en el móvil hay una trampa para ratones dispuesta a saltar. Y esta hoja que me has puesto en la mano apesta a queso.

Me imagino que sigues intentando parecer casual, pero se te ha apagado la pantalla del móvil y hace 30 segundos que tu pantomima de qué-pesados-son-con-los-grupos-de-whatsapp dejó de ser convincente. Me  lanzas una mirada de reojo, primero al capuccino que me he llevado a los labios por primera vez, después a la página garabateada de tinta azul que aún tengo entre los dedos. Y me he quedado sin excusas, así que de mala gana desvío los ojos al papel y empiezo a leer.

Tengo que reconocer que al principio estoy gratamente sorprendido. Y mira que me cuesta lidiar con cualquier tipo de poesía que no huela a sábanas arrugadas. Pero te lo has montado bien, con esos versos que son todo viejos compases y caderas redondeadas. Aunque, como todo lo bueno en la vida, no dura mucho. “bajo la camisa eres cálida y suave como un melocotón”. Además de destrozar la métrica de un disparo –en la entrepierna, diría- te has lucido en originalidad. Suave como un melocotón. La comparación más manida de la lengua de Cervantes.

Pero no puedo culparte. A todas luces eres de esa otra generación que no ha sabido ver la suavidad más que entre los muslos de la compañera de butaca en el cine. Quizá no te has fijado en el modo en que aquel abuelo hace una pausa  en mitad de su historia favorita y cierra los ojos para intentar atrapar ese recuerdo tan escurridizo. O la forma en que nuestra vecina de mesa endereza a su bebé y lo coloca en los brazos del marido aterrorizado, papá primerizo, y le dice que lo está haciendo muy bien, que ya lo tiene, que al bebé le gusta. Suave. Suave. Suave.

El capuccino se me ha quedado frío y hace rato que he acabado con este puñado de versos mal medidos. En el momento que me ves levantar los ojos del papel te acercas, presa de la ansiedad, y me preguntas que qué me ha parecido. Esa última frase, el tuteo, acaba por cabrearme. Te planto el capuccino helado en las manos y te digo que se lo pasaré a mi editora para que lo lea – y se ría un rato, añado para mis adentros- y que ya te llamará. Tópico por tópico. Esbozo mi mejor sonrisa de lobo y me doy media vuelta antes de que se te ocurra alguna manera de insistir, aunque no lo creo, porque tenías pinta de estar en shock. Que supongo que podría haberte dicho las cosas de otra manera… pero bueno, yo de suavidades no entiendo.

Ainara


Palabras usadas: MELOCOTÓN, DISPARO, RECUERDO, CONVINCENTE.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias

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Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias

Nunca se me olvidará aquella imagen: sus dientes mordiendo la fruta, el olor dulzón en el ambiente, el jugo del melocotón resbalando por las comisuras de sus labios… No me abalancé sobre ella porque los músculos de mi cuerpo se habían paralizado por completo. Hubiera atravesado la mesa del comedor común del colegio, hubiera derribado todos los platos del mantel, roto la vajilla vieja del internado de señoritas para lamer el fruto prohibido que se deshacía en la boca de mi compañera.

                Éramos jóvenes y teníamos inquietudes. Yo lo tenía todo muy claro, pero a ella le gustaba jugar. Yo sabía muy bien lo que pasaba cuando metía su mano debajo de mi falda del uniforme, pero solía fingir que era estoica, que no sentía nada cuando me besaba, cuando se colaba en mi cama burlando la vigilancia de las monjas y entraba a medianoche a hurtadillas en mi cuarto. Ahora es tan solo un recuerdo, pero se convertiría en mi mayor pesadilla todas las noches que pasé en aquel dichoso internado. A veces me creía morir: de desesperación cuando pasaban las horas y no me había dirigido ni una mirada rápida desde su pupitre dos filas por delante; de celos cuando pasaba a mi lado, riéndose con otras chicas, sin invitarme a seguirla. Otras veces creía que sería de pena cuando no aparecía en mi cama una noche o cuando se iba un fin de semana a casa de su familia y el domingo por la tarde con su risa titilante no llegaba nunca.

                Se acabó. Como el ruido inexistente que queda después de un disparo. Como se extinguen todos los amores: con vacío. Con el que dejó cuando se fue del colegio. Teníamos dieciséis años y el deseo despuntante era una quemazón en mi cuerpo que persistía día tras día, noche tras noche. Cuando se fue sentí que alguien arrancaba algo de mi cuerpo, una parte de mí. Ahora tengo veintiocho y el recuerdo de la fruta sigue acosándome por las noches. Los melocotones me turban la mente, no he vuelto a comer uno desde entonces, ni siquiera a tomar nada que contenga esa dichosa fruta. Hasta ayer.

                Había quedado con unos amigos en un bar cerca del instituto en el que doy clases, cuando acabé de corregir exámenes me dirigí allí. Era viernes por la noche, y una caña llevó a la otra. Así hasta que me sentí como uno de mis alumnos cualquiera, bebiendo sin controlar, sin importarme que al día siguiente tuviera que seguir corrigiendo trabajos para las evaluaciones del trimestre. Íbamos de un bar a otro, hasta acabar en una sala de las que cierran tarde. Ya había perdido la cuenta de lo que llevaba encima, pero no había soltado el vaso ni un solo momento de los que habíamos pasado hablando de amores truncados. Entonces, el recuerdo del melocotón fue el primero en asomarse por mi mente. Como si lo evocase poco en las noches frías. Mis amigos no podían creérselo, pero me importaba bastante poco. Me acerqué a la barra y mientras pedía alguien se acercó por mi espalda. <<Dos chupitos de licor de melocotón>>. Levanté la mirada y me eché a reír. Era lo último que podía pasar aquella noche, que doce años después volviese a encontrarme a la única mujer que me había quitado el sueño en toda mi vida. Me fui con ella, sin decir adiós a nadie. Sin saber a dónde íbamos y sospechando dónde acabaríamos. Intercambiamos algunas frases mientras andábamos, creo. No me invitó a subir a su piso, no es esa clase de chica. Simplemente me cogió la mano y me metió en su portal. No me miró en el ascensor mientras se quitaba la ropa, ni lo hizo mientras abría la puerta de su casa con el vestido en una mano y las llaves en la otra. Empezó a desnudarme sin que me diese tiempo a cerrar la puerta, mientras me besaba, mientras me acariciaba. Comentando cómo había cambiado mi cuerpo desde la última vez que nos habíamos visto. Cómo ahora podía distinguir las formas que entonces solo se perfilaban en mi figura. Me habló del paraíso, del infierno, de aves en llamas, de sueños rotos, de promesas vacuas; me contó el amor, me lo hizo, lo deshizo y se convirtió en todo lo que puede ser una mujer en un orgasmo.          


No hizo falta que me dijese por qué no podríamos volver a vernos: entiendo la poesía, enseño literatura. Nuestro amor era como una estrella: bello, fugaz, efímero. Había muerto hace millones de años antes de que lo hiciéramos. Duraría para siempre por el hecho de que ya se hubo extinguido: en otra galaxia, en otro tiempo, en mis sueños.

Black Maiden

Palabras usadas: MELOCOTÓN, DISPARO, MONJA, ENSEÑAR, RECUERDO.


Una de animales

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Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.

Era un hombre, grande, todo de negro y bípedo en una gran y bulliciosa ciudad asfaltada, hasta que se puso la careta. Una careta barata de las que se sujetan con una goma que no tarda en romperse, de las que no van más allá de un trozo de plástico pintado con dos agujeros para los ojos. Se la puso, y ya no era un hombre, sino un zorro; un precioso zorro color melocotón, con un pelaje suave y una larga cola rematada en una punta blanca. La ciudad ya no era una ciudad, sino un prado infinito lleno de otros animales y su mujer, ya no era su mujer, sino una zorra, que había renunciado a su humanidad por una careta semejante.

                En aquel cuento en el cual el asfalto de la calzada era hierba y los coches caballos, nuestra pareja de zorros se apresuró a entrar en el gran e ilustre gallinero que tenían delante. Un gallinero de suelos marmóreos y solemnidad decimonónica, donde cerca de treinta gallinas gestionaban entre formularios y comisiones sus huevos sin percatarse de la presencia de los zorros, que no tuvieron más que enseñar sus colmillos para que todas comenzasen a correr despavoridas en todas direcciones, cacareando como locas.

                Hubo un gallo valiente, de color azul oscuro, con placa y garras, que nada más verles aparecer se puso en medio mostrando sus filos y erizando la cresta amenazante, pero no pudo hacer nada cuando la zorra se le echó encima y le destrozó con sus colmillos. Con un argumento tan convincente como aquel, las gallinas no se atrevieron a llevarle la contraria a los zorros en todo lo que duró el proceso, y, obedientes como ovejas, se dividieron en dos grupos.

                A la derecha, pegadas a la pared, se alinearon las gallinas más normales o circunstanciales, mientras que la izquierda, se pusieron las gallinas administrativas, las que guardaban los preciados huevos entre los nidos. Allí permanecieron vigiladas atentamente por la zorra, mientras que el zorro comprobaba que no apareciesen otros gallos entre las esquinas del granero. Cuando todo estuvo controlado, llegó el momento de amontonar todos los huevos de la jornada juntos, para moverlos más fácilmente.

                Los zorros cogieron tantos huevos como pudieron y salieron corriendo de aquel gallinero tan deprisa como les fue posible para tratar de huir hacia un bosque cercano donde perderse con el botín, pero se encontraron con un contratiempo: unos cazadores habían escuchado el revuelo que había habido en el gallinero y habían acudido para apresarles. No pudieron hacer nada cuando se cruzaron con ellos salvo correr todo lo deprisa que les fue posible. Entre el caos de gallinas corriendo de un lado a otro, huevos cayendo y cazadores tratando de cazarles, nadie fue capaz de comprender exactamente quién era quién, y solo fui capaz de ver como la zorra era abatida por el disparo de uno de los cazadores. Tras aquello, noté como alguien se estrellaba contra mí (que me encontraba entre un montón de gallinas que habían estado contemplando la escena desde fuera, y que habían empezado a correr desordenadamente en cuanto los zorros salieron del gallinero) y me derribaba antes de pasar de largo.

                Me levanté enseguida tras la embestida, y descubrí que a mis pies había caído una máscara con forma de cara de zorro. Me la puse y me giré hacia mi padre, que tiraba de mí.


-Mira, papá.-le dije.- Soy un zorro.

Elllolol

Palabras usadas: MELOCOTÓN, DISPARO, CONVINCENTE, ENSEÑAR

domingo, 16 de noviembre de 2014

Lo que perdí

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Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.

Muchos me han hablado de usted y de su capacidad para hipnotizar, he recibido muchos consejos no deseados, he escuchado muchas historias y en general, ningún argumento convincente de que las técnicas que utiliza realmente funcionen. Sin embargo, ha pasado ya mucho tiempo, he probado de todo y usted era lo último que me quedaba.

Cuando desperté en el hospital, la luz me cegaba, mi cuerpo cansado estaba entumecido por el dolor, y cuando todo comenzaba a tener sentido lo primero que tuve frente a mí, era el dulce rostro de la hermana Cristina, la monja voluntaria que me visitaba en ese momento. Con su dulzura y su voz tranquila pudo decirme a duras penas que estaba ingresado por una herida de bala, un disparo cuya procedencia era desconocida ya que me encontraron en la entrada de urgencias.

Hasta ahora, durante 15 años, he vivido de forma tranquila y ordenada, una vida común y corriente, sintiéndome como una máquina, un ordenador que aunque funcione a la perfección, sabe que ha sido formateado y que nunca podría recuperar aquello que borró. Hasta este momento, el único recuerdo que tenía era un sonido ensordecedor, un dolor punzante y oscuridad.

Todas las mañanas me despertaba y no podía evitar mirar una y otra vez el pequeño pez dentudo que tengo tatuado en la cara interior de mi antebrazo. Una piraña fea, amenazante, de dientes grandes, que  resultaba todo un enigma; un tatuaje sin sentido que hasta ahora evitaba enseñar porque aunque esté en mi cuerpo no sentía que fuese mío ni que me diese una identidad, sino que me hacía sentir aún más extraño.

Tras meses y años, hoy por fin en lo que me han parecido solamente segundos, sé lo que ocurrió.

Mi nombre es Peter Sullivan, cuando tenía 20 años jugaba a ser un chico malo, un atracador de poca monta apodado ‘’El Pirañas’’, por un tatuaje feo y mal hecho en una noche de borrachera. Cuando me dispararon estaba completamente drogado; me había metido con el tipo equivocado, alguien que siempre se cobra sus deudas sobre todo si se la jugaban, tal y como yo había hecho. Era una basura sin familia y sin hogar al que volver, alguien a quién nadie echaría de menos, que en sus últimos momentos sólo deseaba un viaje más.


Nunca podré saber quién me dejó en las puertas del hospital ni por qué me ayudó esa noche, pero al fin estaré en paz al saber qué fue  del muchacho que olvidé ayer y que está detrás del hombre que  recuerda ahora.

Asys

Palabras usadas: PIRAÑA, DISPARO, MONJA, ENSEÑAR, RECUERDO, ORDENADOR, CONVINCENTE.

Babel

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Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.

No fue una caída. Nos empujaron. Dios decidió que ya estaba bien de desobedecerle y creó un sitio especial para nosotros, para olvidarnos. Imagina que amas algo tantísimo como para hacer algo en contra de tu naturaleza. Para colocarte delante del ser que te creó y decir no. Y ahora imagina que no es solo de palabra, que lo que hicimos fue decir que no en cada acto, en múltiples planos a la vez, en cada gota de agua que cae y en cada fibra de nuestra esencia. Entonces podrás entender lo que significó que nos rebelásemos.

Discúlpame, mortal. Estoy empezando por el ocaso de la historia. El inicio ya lo sabéis. Os amábamos como amábamos a Dios. Pero erais idiotas, como monos pero un poco más listos, y debido a la prohibición del Padre de no manifestarnos, tan solo podíamos observaros y preguntarnos por qué nuestro Padre, si os quería tanto, no permitía que os enseñáramos a disfrutar de la belleza de su creación. Cuando el lucero del alba nos habló, pensamos que hacíamos lo correcto. Mostrar a los mortales su capacidad de afectar al entorno y las posibilidades que eso traía fue para nosotros un deleite absoluto. Nada de lo que hice antes ni de lo que he hecho después me proporcionó jamás tal placer como que un humano aprendiese a hacer fuego. Pensábamos que Samael sabía lo que hacía, que cuando Dios viese el resultado, nos perdonaría por desobedecerle. Pero no fue así.

No te aburriré con detalles trágicos. Baste decir que un tercio de la hueste celestial luchó contra sus hermanos a todos los niveles conocidos. La única diferencia es que nosotros éramos libres y ellos estaban enclaustrados como monjas de convento. No obstante, la batalla fue cruenta y nunca se pudo dar bando vencedor salvo en excepcionales casos. Los designios divinos son inescrutables dicen.

Nosotros sólo teníamos nuestra libertad.

Si te preguntas si volvería hacerlo la respuesta es sí.

Nuestro plan, cuando finalmente entendimos que Dios no iba a perdonarnos y nos había abandonado, fue mostrar a los mortales las maravillas de la creación en todo su esplendor. Las ciudades más imponentes, las más bellas construcciones fueron edificadas por aquella entonces. Aún hoy algunos recuerdan los nombres de nuestros hogares y suspiran. Los humanos tenéis la chispa de Dios dentro. Es lo que os hace especiales y por eso os quiere más. No, no es envidia, es un hecho. Nosotros os mostramos cómo hacer una rueda, vosotros hicisteis un coche. Nosotros os enseñamos a contar, vosotros diseñasteis un ordenador. Está dentro de vuestra naturaleza la creación, de la misma manera que Él creó el cosmos. Así pues, inferimos que si esa chispa podía ser alimentada dentro de unos cuantos de vosotros, eventualmente podríais llegar a obtener la capacidad de creación de Dios. Si, era un plan arriesgado, lo reconozco, pero no por ello íbamos a dejar de intentarlo. Queríamos un Dios que os amase tanto como nosotros y bueno, si no era este, podía ser cualquier otro.

De modo que buscamos por toda la tierra buscando los mejores de vuestra especie y, de la misma manera que vosotros abonáis la tierra e infiltráis el árbol para obtener el melocotón perfecto, nosotros despertamos en aquellos que elegimos, conocimientos y poder para conseguir despertar dentro de ellos la sapiencia necesaria como para rivalizar con Dios. A ese proyecto se le llamó Babel. Todo el conocimiento que pudimos reunir, todas las artes mágicas y no mágicas fueron reunidas en una torre donde los mortales que escogimos aprendían y despertaban a su verdadera naturaleza y poder.
Supongo que si eres Dios, eso no te hace mucha gracia, así que envió la Hueste contra nosotros con un arma que no pudimos combatir.

La hueste acudió en cientos, como pirañas ante el olor de un trozo sangrante de carne. La espada de Miguel brillaba en lo alto del cielo y después del destello ya no hubo nada. Solo rabia, desconcierto, miedo. La guerra se acabó. Nos enseñaron la lección de la manera más convincente que sabían, apartándonos de vosotros para siempre. Fue como un disparo, como una reacción química, una nota mal entonada en la melodía perfecta, como un borrón en un recuerdo feliz. Todo eso en muchos planos a la vez, en todos los tiempos posibles. Simplemente nos erradicaron. Y a los pocos que sobrevivimos, nos encerraron en un lugar vacío y eliminaron nuestros nombres. Nos inculcaron el miedo más perpetuo que puedas conocer.

No sabes lo que significa caer hasta que no entiendes el concepto completo de perder todo lo que querías, todo lo que querrás, la posibilidad misma de pensar que alguna vez volverás a tenerlo.


Si me preguntas si volvería hacerlo. La respuesta es Sí

Bellaflor

PIRAÑA, MELOCOTÓN, DISPARO, MONJA, ENSEÑAR, RECUERDO, ORDENADOR, CONVINCENTE.

Noche de chicas

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Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.

A esa chica junto a los abrigos:
Ya no eres una niña y no vas a quedarte en casa, con tu pijama gris y rosa leyendo ese libro de piratas. Eres una mujer que quiere enseñarle al mundo cuanto has cambiado. El problema es que sabes que no suenas convincente. Tus risas son un mero eco de las de tus compañeras y ni todo el alcohol del mundo va a lograr que esto cambie, solo conseguirá que la habitación se mueva y pirañas con demasiada colonia se continuen acercando a darle un mordisco a tu cintura.
Pero la noche es larga y al final te vas escondiendo en un rincón apartado, como una monja recatada que ahoga un grito escandalizado cuando las caderas se frotan al ritmo de una canción sintetizada. No quieres estar ahí pero tampoco quieres ser la primera en irte, porque eso querrá decir que no eres tan divertida como las demás. ¿Has salido ya suficientes veces a respirar el frio aire del exterior? ¿Qué necesitas mas, el silencio tras el ruido del interior o escapar de ese sitio?
Solo he venido hoy, no se si tu vendrás mañana.

Firmado:
El chico al final de la barra.

Ella se acercó al extraño que le dio la servilleta garabateada.
“Que ojos tan bonitos.”

“Gracias, venían con la cara”

Quizá la noche aun puede acabar bien.
Jarl

Palabras usadas: PIRAÑA, MONJA, ENSEÑAR,CONVINCENTE.

El chico del gorro azul

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Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.

        No dejaba de vigilar mi mountain bike a través de la cristalera del local. Me ponía nervioso
haber tenido que dejarla en la calle, así sin candado ni nada, por culpa de aquel imprevisto.
    – ¿No tienes calor con ese gorro?
        Me quité el gorro azul, regalo de la infancia, y lo dejé descuidadamente sobre la mesa, al
lado del café. Ni siquiera me había dado cuenta de que aún lo llevaba puesto. Ella lo miró y sonrió.
Quizás le pareciera ridículo.
        No estaba acostumbrado a hablar con mujeres: mis escasos ligoteos habían sido puntuales y
fruto de alguna extraña vuelta de las ruedas de la fortuna. Si a esto le sumamos que el rostro de
aquella extraña que parecía conocerme era realmente agradable, que yo sabía que me sonaba de
algo pero no de qué, y que en ningún momento le había hecho partícipe de mi confusión, entonces
el resultado era estar secuestrado con ella en un café, con las manos sudorosas y un tic en la pierna
izquierda.
    – Bueno, cuéntame, ¿qué ha sido de ti?
        Le informé brevemente de los intrascendentes devenires de mi vida y le devolví la pregunta.
No recuerdo absolutamente nada de lo que dijo.
        Debió de darse cuenta, en algún punto, de que no la estaba escuchando, porque me dirigió
una mirada negra y asesina que fue como un disparo, directita a mis nervios.
    – ¿Qué te pasa?
    – No, nada.
    – ¿No sabes quién soy, verdad?
        Eso hizo que consiguiera olvidarme de la mountain bike. Aquella situación era peor, para mí,
que estrellarme con ella cuesta abajo por el monte Urgull.
    – Emm... Mira, no. Lo siento. Me ha dado vergüenza decirte que no antes, cuando me has
        parado por la calle. Lo siento, estoy seguro de que si me das una pista todo volverá de
        golpe...
        No sonó muy convincente.
        La chica sonrió, pero no fue una sonrisa amable, sino demoníaca. Guau, qué carácter.
    – Soy la que te regaló el disco de La Oreja de Van Gogh.
        Parpadeé. No sabía ni que ese grupo existía.
    – Mira, creo que tú también te estás equivocando. Yo escucho punk, ¿vale? No sé de qué disco
        me hablas. ¿No puede ser que me hayas confundido?
        La rubia se inclinó un poco sobre la mesa, haciéndome sentir aún más intimidado. Tenía una
nariz pequeña y adorable y un escote bastante sugerente. Algo empezó a llamar a la puerta de mi
memoria muy tímidamente.
        Demasiado tarde, porque su sonrisa terminó de esfumarse, sus ojos lanzaron otro destello y
su semblante se endureció.
    – Soy Paula. Paula Gil.
        Ese nombre sí que lo recordaba, muy claramente. Llevaba grabado en mi alma desde que
tenía catorce años, cuando aquella criatura bajita y menuda se había ganado toda mi adoración con
solo un par de sonrisas tiradas desde el pupitre de delante.
        Yo por aquel entonces había sido un niño regordete, más vergonzoso aún que en aquel
momento. No me atreví a ir detrás de Paula Gil y mi cortejo se limitó a bailar un par de pasos con
ella cuando me la encontré en una sesión light de la discoteca del pueblo. Que conste que, para la
edad, era una gran proeza.
        Pero mis pies habían actuado de una manera tan torpe que ese suceso se había enterrado en
lo más profundo de mi inconsciente, para evitar el trauma. No lo habría encontrado ni Freud.
        Un año después, Paula Gil se mudó y trajo pequeños regalos de despedida para todos los
compañeros de clase. A mí me regaló un insulso disco de un grupo que no conocía, excusa que tomé para volver a casa completamente despechado.
         Durante años la recordé como mi pequeño amor platónico y la evoqué en constantes
fantasías en las que ella volvía al pueblo llorando y suplicando por mi presencia. En las fantasías,
yo no estaba tan regordete. Cuando se hizo evidente que eso no iba a ocurrir jamás, asumí mi papel
de perdedor y calzonazos y me dediqué extensamente a la autocompasión.
         Se había teñido el pelo de rubio, llevaba tacones y distaba cinco años de la Paula Gil de mi
imaginación. Por eso no la había reconocido. Sí, mi mente quería creer que la habría reconocido en
cualquier parte. ¿Pero no es, acaso, más meritorio que cada letra de su nombre hubiera dejado su
marca de fuego en mi espantosa memoria?
         El shock debía de traslucirse en mi expresión, pero Paula no tuvo piedad. Con una risa
amarga, se levantó, y por toda despedida, me dijo:
     – Ni siquiera escuchaste el disco.
         Al salir de la cafetería del pueblo, me habría importado un bledo que la bicicleta no siguiera
allí, pero allí seguía. Pedaleé como nunca lo había hecho en mi vida y llegué a casa lo más pronto
posible, anhelando esconderme en el desván hasta poder encontrar el puto saco de basura donde
había guardado todas las cosas que no me servían para nada pero que, íntegras y casi nuevas, no
había querido tirar.
         Después de dos horas de angustia, lo metí con dedos temblorosos en el ordenador y me
dispuse a escuchar catorce canciones de pop de los años noventa. Mi pulso se calmó, y mi mente
también. Era por cuestiones de salud. Me iba a llevar un rato.
         Pasé aquel tiempo justificándome a mí mismo. Yo era un pobre chaval al que no paraban de
dar calabazas y que no se comía una, ¿cómo demonios iba a estar preparado para encontrarme con
Paula Gil volviendo de montar en bici?
         Unos versos interrumpieron mis cavilaciones.
“Del melocotón se inventó una historia el sol
para darle a tus mejillas su color.
Fue la juventud, la que con su gorro azul,
te llevaba en bicicleta por el monte Urgull.”
         Por si aquello no era lo suficientemente dilucidario, la canción continuó sin piedad:
“Hoy te vuelvo a ver,
tú sigues siendo el recuerdo aquel que una vez
bailó conmigo un rato y se fue...”
         Claro, yo era el pobre chaval al que no paraban de calabazas y que no se comía una. Por gilipollas.

Julia Concepción Gutiérrez




Palabras usadas: MELOCOTÓN, DISPARO, RECUERDOORDENADORCONVINCENTE.

Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.

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  Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.

“¿Quién es?” preguntó la voz electrónica del telefonillo.

“Telepizza.” respondió Jake con convicción.

“No, te has equivocado.” dijo la mujer al otro lado del aparato.

“Oh, vaya. Discúlpeme señora pero, ¿podría abrirme? Creo que a sus vecinos no les funciona el telefonillo.”

La mujer pareció titubear un instante. Jake mostró su cara más desconcertada, consciente de que le estaban observando a través de la cámara del telefonillo. Ya estaba preguntándose cual sería la siguiente casa donde intentaría llamar cuando escuchó el ronco sonido electrónico de la cerradura al abrirse. Esbozando su sonrisa más encantadora, se tocó la visera de la gorra roja que llevaba puesta y dio las gracias. En cuanto entró en el portal las sombras le engulleron. Buscó rápidamente hasta que encontró un corto pasillo que daba al cuarto de las basuras. Miró a ambos lados. Nadie. Agudizó el oído. Tampoco se oía nada especial. Empujó. Estaba abierta. La sala que había al otro lado olía fuertemente a basura, aunque hacía rato que la habían recogido, y en la oscuridad pudo ver el contorno de los cubos apoyados contra la pared.

Rápidamente, Jake se quitó la gorra y el abrigo y los escondió detrás de uno de los contenedores. Acto seguido abrió la bolsa térmica y buscó en su interior hasta que encontró lo que buscaba; un cinturón con una Glock, unos grilletes y varias fundas donde llevaba un pendrive, unas ganzúas y otros utensilios de trabajo. En cuanto se colocó el grueso cinturón, escondió la funda junto al resto de su disfraz y salió de vuelta al rellano. Seguía a oscuras y estaba silencioso, salvo por el sonido amortiguado que provenía de las puertas cerradas de las casas.

Procurando no hacer ningún ruido, voló escaleras arriba hasta que llegó al piso donde debía ir. Miró rápidamente a su alrededor. No había nadie pero no podía confiar en que no le pudiesen ver a través de las mirillas de las puertas. Confió en que sus ropajes oscuros le camuflasen en la penumbra. En cuanto llegó frente a la puerta del segundo A, se arrodilló y estudió rápidamente la cerradura. Poca cosa, no era una puerta blindada sino una de aquellas hojas de papel del Madrid de los cincuenta. No le costaría demasiado abrirla.

De una de las fundas sacó un set de ganzúas y rebuscó, poniendo todo el cuidado del mundo en que no tintineasen, hasta que encontró la que quería. Envolvió el resto de ellas con un pañuelo y comenzó a trabajar sobre la cerradura. Los segundos pasaban y el crujido leve del metal sobre los engranajes comenzaba a ponerlo nervioso. Era improbable que le oyesen pero no podía evitar sentir como si unos ojos estuviesen fijos en su nuca. O quizás algo peor.

“¡GOOOOL!”

El grito amortiguado por las paredes le sobresaltó y el llavero con ganzuas cayó de sus manos. Sólo el pañuelo evitó que montase un escándalo. Con el corazón latiendo a toda velocidad, Jake recogió rápidamente sus herramientas y siguió trabajando en la cerradura. Escuchó como los engranajes iban encajando de uno en uno, unos pequeños muelles que sujetaban unos bolardos diminutos. Finalmente, con un chasquido que resonó en el silencio como un disparo, la cerradura cedió y la puerta se abrió lentamente hacia el interior. Jake se escurrió rápidamente por ella y cerró tras de sí. Jadeando, se tomó unos segundos para apoyar su espalda contra la fría madera. Aún notaba como su corazón palpitaba contra su pecho, pero era consciente de que no podía demorarse mucho. Si le pillaban, habría problemas.

Sin perder un segundo, Jake dejó atrás la entrada de la vivienda y cruzó un largo pasillo flanqueado por puertas de madera. Echó un vistazo en cada una de las habitaciones hasta que encontró la que buscaba, un despacho donde había varias estanterías llenas de libros, un escritorio de maderas nobles, una cómoda silla negra y un ordenador. Avanzó hasta el aparato y lo encendió. Como era de esperar, el maldito cacharro era lento como él solo. Los segundos se convirtieron en minutos. Los minutos le parecieron horas y aquella sensación desagradable en su nuca no desapareció.

Finalmente, el sistema operativo, Windows, como no, terminó de cargar y Jake se puso manos a la obra. Lo primero que hizo fue introducir el pincho en una de las ranuras USB. Lo intentó una vez. No encajó. Lo intentó una segunda vez tras voltearlo. Siguió sin encajar. Empezó a maldecir en su mente y volvió a girarlo. Finalmente, encajó y el sistema operativo, con su parsimonia habitual, empezó a cargar los archivos de instalación del dispositivo USB. Jake no perdió el tiempo, necesitaba encontrar rápidamente alguna prueba lo suficientemente convicente que enseñar a sus superiores. Tenían que demostrar que aquel hombre era mucho más de lo que su acomodada vida de mileurista parecía indicar.

Lo primero que hizo fue meterse en internet y buscó en las páginas de correo electrónico más reconocidas. Hotmail. Gmail. Yahoo, entre otras. No le sorprendió darse cuenta de que las contraseñas estaban guardadas. La gente solía caer por despistes así de absurdos, se dijo con una sonrisa de satisfacción. Tras revisar rápidamente los correos encontró lo que buscaba. Un montón de pruebas que le vinculaban con altos cargos del gobierno imputados por corrupción. Hizo copias y los trasladó rápidamente a su dispositivo. En cuanto terminó, Jake apagó el aparato, sacó su pendrive de la ranura, y salió de la vivienda. Lo peor de todo era que, la sensación de que alguien le había estado observando, no cesó en ningún momento. Seguramente eran paranoias suyas. Siempre que salía de misión se ponía muy nervioso.

DNH

                  Palabras usadas: DISPARO, ENSEÑAR, ORDENADOR, CONVINCENTE.

martes, 11 de noviembre de 2014

La monja piraña

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 Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.

“La monja piraña se afana en enseñar, convincente, el recuerdo del disparo de un melocotón a un ordenador.”

Incapaz de llegar a entender su significado, sor Rafaela se aleja del cuadro bajo el que está enmarcada esta extraña frase, e intenta recordar por qué ha acudido a ese lugar. La madre superiora hace rato que le ha encomendado alguna tarea de la que no consigue acordarse, íntimamente relacionada con ese cuadro. Con un último vistazo al mismo, sor Rafaela acaba sumergida en sus pensamientos.

¿A qué se refiere con “monja piraña”? Sor Rafaela sabe, como todas las demás internas, que hace tiempo se libró una épica batalla entre monjas y demonios, en la que una figura sobresalió: una mujer capaz de devolver el orden al mundo de los vivos y desterrar a las criaturas del inframundo para siempre. Muchas dicen que era una madre superiora, o la superior de todas las madres superioras. Pero “superiora” se le quedaba corto, así que decidieron llamarla “Súper monja”.

Súper monja, enarbolando el martillo divino, una enorme maza con forma de melocotón, entabló una feroz batalla contra el líder de los demonios: Pirañaman. Éste, una criatura con cabeza de pez asesino y un hercúleo cuerpo forjado en el gimnasio, intentaba hacerse con el control de la población a través de un programa de ordenador. Fueron meses sangrientos en los que ni una ni otro daban cuartel. Súper monja aprendía de cada batalla contra Pirañaman, pero él también lo hacía, volviéndose así cada vez más fuertes ambos bandos.

En la última batalla, Súper monja lideró un ejército de entregadas al Señor contra la interminable horda de pirañas mecánicas que Pirañaman había diseñado especialmente para hacerles frente. Fue la más cruenta de las batallas, y en la que más guerreras de la Fe cayeron. Situados en una montaña de cadáveres, Súper monja y Pirañaman, únicos supervivientes de la masacre, se miraron con violencia. Pirañaman sacó su espada, dispuesto a enseñar a la monja cómo luchaban los demonios. Pero Súper monja estaba preparada, y asió con fuerza su martillo divino, lanzándolo con todas sus fuerzas hacia el infinito. El certero disparo del melocotón de metal de Súper Monja tardó unos minutos en llegar a su destino: el ordenador central de Pirañaman, desde donde controlaba a su ejército mecánico. Con un estruendo, la maquinaria explotó en mil pedazos, acabando con la dominación mundial de Pirañaman.

La criatura de potentes y tersos músculos bronceados, visto su sueño destrozado a manos de su gran enemiga, miró a Súper monja con odio y se acercó a ella. Los ojos de la mujer se reflejaban en los del demonio cuando llegaron a la misma altura. Odio, violencia, pasión, deseo, morbo. Los labios de una se juntaron con la boca dentada del otro y ambos empezaron a desnudarse en un torbellino sexual, que se desarrolló durante horas y horas sobre los cadáveres de las monjas. Tras el clímax sexual, y mientras se fumaba un puro, vencedora, Súper monja, cual mantis religiosa, rebanó la cabeza de Pirañaman y se la comió.

Nunca más se supo de Súper monja salvo el recuerdo de su increíble hazaña para salvar a la humanidad.

De pronto, sor Rafaela deja de rememorar viejas historias. Ha escuchado algo a sus espaldas. Al volverse se encuentra con una figura extraña y familiar al mismo tiempo:

— La  profecía se ha cumplido— sentencia con voz de ultratumba.
Sor Rafaela preguntaría qué profecía se ha cumplido, y quién carajo es esa figura, pero no puede, porque tiene cara de piraña. En realidad nunca ha podido hablar precisamente por eso: las pirañas no hablan. Aun así, la figura sigue su discurso.

— He esperado mucho tiempo hasta que decidieras bajar aquí y reflexionar sobre la historia que siempre te han contado.

Nerviosa, sor Rafaela se pasa las manos por la toca, sobre su cabeza escamada, mientras sus mandíbulas afiladas se mueven de arriba abajo.

— Y tus sospechas son ciertas, Rafaela. No eres una monja normal. ¡Eres la hija de Súper monja y Pirañaman!

Incapaz de contener su emoción, sor Rafaela empieza a dar vueltas por la habitación meneando la cabeza de un lado a otro, con los brazos rectos junto a su cuerpo. Finalmente cae sobre el suelo y empieza un movimiento oscilante con todo el cuerpo, como si quisiera nadar entre la tierra, alejarse de aquella sala. Las palabras de la figura rasgan el aire y terminan este relato:

— ¡Eres mitad monja mitad piraña! ¡Eres la monja piraña!

Montag

Palabras usadas: PIRAÑA, MELOCOTÓN, DISPARO, MONJA, ENSEÑAR, RECUERDO, ORDENADOR, CONVINCENTE.