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martes, 2 de diciembre de 2014
Musicallejero
Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista
Músico
Cualquiera podría decir que un
día como hoy sería un día perfecto para un músico callejero. Sábado. El sol de
calienta tímidamente las calles después de una semana de lluvia. La gente pasea
ociosa, fichando posibles regalos para Navidad. Con un poco de suerte, con unas
monedas sueltas en el bolsillo para soltar en la funda de un acordeón que suena
alegre, intentando llamar su atención.
No ha quedado demasiado de esa
suerte, de momento, porque la funda de mi acordeón sigue abierto como una boca
hambrienta, con unos pocos céntimos que relucen tristemente en el fondo.
Veo siluetas pasar delante de mí
sin detenerse. Cuando eso ocurre, suelo cerrar los ojos y concentrarme en el
ritmo de las pisadas, dejando que mis dedos hagan mecánicamente su trabajo
sobre las teclas ya gastadas del uso.
Unas figuras se paran frente a
mí, tapándome la luz del sol. Eso me molesta un poco, pero me daré por bien
pagado si dejan caer algo en la funda. Abro los ojos y un chico y una chica
están plantados ahí delante. Él, los ojos fijos en el acordeón. Ella, mirándolo
de reojo y arrebujándose en una chaqueta demasiado grande para ella. Bonita
estampa, sin duda, pero ninguno mete la mano en el bolsillo. Pruebo a hacer una pausa unos segundos más larga y a
volver a tocar con fuerza después, ya en los últimos compases, y lanzo una
sonrisa al chico que me mira casi sin pestañear. El chico me la devuelve, me
imagino que se ha sentido cómplice del juego, pero sigue sin soltar nada. Un
asco, pero el trabajo es el trabajo y no dejo que mi decepción desbarate la
sonrisa que tiene que acompañar al final de las canciones.
Dejo que las últimas notas suenen
despacio hasta apagarse y dejo el acordeón sobre las rodillas. Mi pequeño
público parece despertarse y se pone en movimiento perezosamente. El chico da
una cabezada en mi dirección (de agradecimiento, imagino) y echa a andar
arrastrando los pies. La chica da un tímido aplauso y lo sigue mansamente calle
abajo.
Echo un vistazo a la funda de mi
acordeón. 1€. 25 céntimos. Algo es algo. Menos da una piedra, incluso en una
mañana de sábado.
Julián
Ya son las 12 y diez. Vamos 10
minutos tarde y aún no hemos llegado. El resto estará que trina. Si Marta no
andara tan despacio… pero claro, ¿cómo va a hacerlo con esos tacones que se ha
puesto? ¿A quién se le ocurre? Dice que qué se va a poner si no con un vestido.
Pues cualquier cosa que no la haga tiritar. Pero no. Se ha puesto un vestido,
se ha quedado helada y le he tenido que dejar mi chaqueta, aunque le quede
gigantesca. Al final la pinta que tiene me hace reír y se me
olvida que vamos tarde.
Escucho sonar un acordeón y me
quedo clavado en el sitio. Suena la vie
en rose, una de las canciones más interpretadas… y siempre me parece preciosa
como el primer día. Empiezo a seguir el ritmo con el pie derecho, y mis
pensamientos vuelan lejos. Recuerdo el día que Elena me contó la historia de
Edith Piaf, una de las más tristes que se han inventado, pero en sus labios
sonaba como una de esas tragedias que convierten a sus protagonistas en
leyendas. Casi todo lo que pasaba por sus labios sonaba así. Pero bueno, eso
fue antes de que decidiera largarse con ese gilipollas de las rastas. Seguro
que con él no escucha la vie en rose.
El acordeonista hace una pausa y
me sonríe. Parece que ha adivinado mis pensamientos. Un segundo más de
inmovilidad y hace sonar el final de la canción dulce, con un sabor que
recuerdo demasiado bien. Todo esto empieza a doler demasiado, así que dirijo
una cabezada agradecida al acordeonista (siempre he pensado que ellos agradecen
mucho más tener un público atento a que les lancen unas frías monedas por
compasión)y echo a andar sin mirar atrás. Es tarde, después de todo.
Marta
Quién me mandaría ponerme estos
tacones. Tengo que maniobrar con cuidado, estirando las piernas como estuve
practicando con las chicas, pero no es tan fácil sobre los adoquines. Aunque ha
valido la pena ponerme el vestidito y pasar un poco de frío, porque Julián se
ha ofrecido a dejarme la chaqueta. Huele increíble.
Voy caminando a su lado
intentando no quedarme atrás, y suspiro de alivio cuando lo veo pararse delante
de un músico callejero. Toca un acordeón viejo, pero Julián parece que se ha
quedado hipnotizado. Conozco esa mirada, se ha ido muy lejos, con la música.
Observo cómo sigue el ritmo con el pie. Perfectamente acompasado. Seguro que
también baila divinamente. Pero cualquiera sabe cómo se baila esto.
Antes de que me dé cuenta la
canción ha acabado. Ha habido un cruce de sonrisas entre Julián y el
acordeonista y voy a ponerme a aplaudir. Pero espera, la canción no ha acabado.
Escondo las manos en las mangas rezando porque nadie me haya visto. Las últimas
notas suenan alegremente y el músico se pone el acordeón en las rodillas. Ahora
sí que se ha acabado. Aplaudo suavemente mientras Julián asiente en dirección al
acordeonista y empieza a andar de nuevo. Más me vale apretar el paso si no
quiero quedarme atrás.
Ainara
lunes, 1 de diciembre de 2014
El arroz del domingo
Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista
MARÍA
La abuela María se había pasado
los últimos cinco días preparando este almuerzo, cuidando con mimo cada uno de
los detalles de tan especial evento para ella: los huevos, los mejores del
pueblo, los del corral de Nicolás. Para el arroz, las gambas que compró cuando
fue a la ciudad y que había congelado para una ocasión tan especial como esta.
El mantel y los cubiertos, unos estupendos que sólo había usado la primera vez
que su suegra visitó su casa, recién casada con Antonio, su marido.
Ahí estaba con ella, a su lado,
sentado en el sofá viendo los toros mientras ella daba los últimos retoques a
aquella larguísima mesa. Cada día daba las gracias a Dios por colocar en su
camino a un hombre tan amable y tan cariñoso con ella. Cincuenta y dos años
desde que se casaron, el mismo día de su cumpleaños. Un cumpleaños que hoy
celebraría con toda su familia al completo, por primera vez en mucho tiempo.
Qué ganas tenía de ver a sus hijas y a sus nietas.
De repente, a cinco minutos de
que el reloj marcara las dos, llamaron varias veces al gozne de la puerta.
¾
Ya voy yo, señora María - dijo Candela, su
vecina, que hoy había venido a ayudarla.
La casa se llenó de vida y María
volvió a sentirse joven, como aquel quince de Octubre que contrajo matrimonio.
Volvió a sentirse madre, como aquel veinte de Febrero que nació Isabel, su
primera hija. Lloró de alegría como el doce de Mayo que nació Ruz, su primera nieta. Todas estaban
allí, sus cuatro niñas, sus doce pequeñas. Incluso su hermana Julia vino, pese
a que ya estaba muy mayor.
Perdió la cuenta de los besos que
dio, de las veces que su familia repitió su plato de arroz, de las veces que
vio sonreir a Antonio. Sus nietas salían y entraban corriendo del salón, con
sus juegos y sus cosas de niñas. Sus hijas recordaban con ellas sus años en el
pueblo, sus travesuras.
El olor a café las acompañó
durante la sobremesa. Si fuera por María, aquel momento no terminaría nunca.
RUTH
Se pasó la mano por el flequillo
hasta tapar casi completamente los ojos, dejando el espacio justo para ver la
pantalla de su iPhone, para poder
seguir chateando con Guille, su novio. Accedió a ir a esa aburridísima comida
en el pueblo con la abuela con tal de que su madre la dejara tranquila... pero
ella seguía dándole la chapa en el coche... Que si "pórtate bien con la
abuela, que está mayor", "dale muchos besos", "come lo que
te pongan", "cuida de tus primas"... Se puso los cascos y subió
el volumen de Skrillex hasta que dejó
de escucharla.
La casa del pueblo olía a
alcanfor y estaba llena de fotos antiguas de gente vestida de militar y
haciendo la comunión. Absolutamente todos los muebles tenían un mantelito de
ganchillo, hasta la tele ¿por qué era tan honda aquella tele? Sus primas
pequeñas no paraban de tirarle de la camiseta y de incordiarla. Ruth ya tenía
ganas de irse y acababa de llegar.
Le dio un beso a la abuela, que
olía a colonia Nenuco y se acopló en su silla, donde siguió chateando con
Guille.
¾
¿Cómo va eso?
¾
Fatal
¾
Jo ¿qué pasa?
¾
Te mandaría una foto, pero apenas hay wifi aquí.
Este sitio da miedo
¾
Jajaja, qué exagerada eres
¾
¡Ven a por mí!
Apenas comió nada. La abuela
había puesto mogollón de morcilla y no le gustaba. Y el arroz tampoco. Y aquel
bizcocho estaba tan seco que le entraron nauseas. Se levantó mil veces de su
asiento para fingir que iba al servicio, salía al patio a buscar cobertura,
también para escapar de su abuela, que le había preguntado por enésima vez por
cómo le iban los estudios.
Fue la tarde más larga de su
vida.
ISABEL
Llevaba media hora conduciendo su
furgoneta blanca. Hoy no llevaba las cajas de cosméticos de su trabajo: la
había vaciado a conciencia para poder hacer la mudanza de una sola vez, para
que su madre pudiera despedirse tranquilamente de su casa, después de tantos
años.
Era la casa en la que ella se
había criado, en la que había visto nacer y crecer a sus tres hermanas, en la
que vio morir a su padre, Antonio, y en la que había visto como, desde
entonces, su madre no volvió a ser quien era. Los últimos años habían sido los
peores. Habían contratado a Candela, una chica de Ecuador para que cuidara de
ella las veinticuatro horas del día. Pero, aunque ella era muy buena, no estaba
preparada para cuidar a una persona con alzheimer
y más en un estado tan avanzado.
Le dolía ver a su madre en aquel
estado y, mientras más le dolía, más le intentaba hacer ver a sus hijas lo
importante que era atesorar los momentos de lucidez que le quedaban, el
procurarle sonrisas y miradas amables para ayudarle en este momento de olvido y
desvanecimiento. Pero aquello era demasiado difícil de entender para una
adolescente y una pequeña de cinco años.
Al llegar, cruzó aquella puerta
con nostalgia, con el agridulce afecto que provoca el mirar atrás, el
contemplar recuerdos en formas de fotos en blanco y negro, a través del sutil
olor a butano de la cocina. Y el afecto se convirtió en amargo al ver a su
madre, a la abuela María, con la mirada perdida... pero con un brillo de
alegría que le anudó por dentro.
Sus hermanas estaban allí, se encontraban
limpiando la vajilla que la abuela había colocado, cubierta de un extraño polvo
negro. Tuvieron que rebajar el arroz con
agua para mitigar la excesiva sal. A veces, la pobre hablaba de personas que no
estaban y se ponía nerviosa, de modo que pedían a las niñas que salieran a
jugar al patio para no tener que verla así.
Más que una madre, María parecía
una niña. Entonces Isabel miró sus manos, arrugadas, llenas de manchas por la
edad y el sufrimiento. Tuvo miedo y quiso volver a ser pequeña, pero no se
podía permitir ese lujo.
Sintió que el tiempo había pasado
demasiado deprisa.
Diego Tomé Merchán
miércoles, 19 de noviembre de 2014
Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias
Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias
Sor María estaba totalmente enganchada a las webs cam de porno amateur. En cuanto acabaron los maitines salió disparada hacia el ordenador comunal del convento. A las dos de la madrugada quería ver a Parejacachonda25, famosos en el ciberespacio por hacer guarradas con gran variedad de comida. Se conectó y en unos momentos ya estaban todos manos a la obra: ellos haciéndose tocamientos obscenos y jugando con frutas, la monja remangándose el hábito. Después de varios meses viendo a esta pareja en acción a través de la web ya los sentía como amigos.
La pareja siguió magreándose durante un rato hasta que hubo un chisporroteo en la pantalla y se perdió la imagen un instante. Sor María se aproximó al ordenador para restablecerla y ahogó un grito. La chica había efectuado un disparo sobre su pareja y se resentía de la mano izquierda, la misma mano que segundos antes había acariciado el suave terciopelo de un melocotón.
Paz Salas
Palabras usadas: MELOCOTÓN, MONJA, DISPARO, ORDENADOR
martes, 18 de noviembre de 2014
El melocotonero
Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.
Sentí en los dientes el repelús propio al morder el
melocotón. Todos aquellos pelillos sumados a un regusto a óxido que me dejaba
en el paladar, me recordaba a un animalillo muerto, teniendo que escupirlo
disimuladamente en una servilleta mientras sonreía después a mi interlocutor
como si hubiera probado el mejor de los manjares.
–Está bueno –mentí, intentando sonar convincente mientras saboreaba
con desgana los trozos de la fruta que tenía entre los dientes.
Él sonrió enseñando unos hoyuelos que harían derretirse a
cualquiera, lo que me planteó fugazmente morder de nuevo aquel frío animalillo
anaranjado.
–Me gusta este árbol ¿sabes?
Se sentó a la sombra del mismo e imité sus pasos poniéndome
a su lado.
–¿Conoces la leyenda urbana de los cerezos japoneses?
Negué con la cabeza mientras pasaba mi lengua por los
distintos dientes y generaba saliva suficiente para llenar un vaso y olvidarme
de ese sabor.
–La historia dice que el color rosado de sus flores se
consigue enterrando personas bajo sus raíces.
–¡Qué interesante! –Volví a mentir empezando a plantearme
como deshacerme del resto de la fruta que tenía entre las manos. La palabra “enterrar”
me hizo pensar en cavar un pequeño hoyo disimulado y meter los restos en él,
plan absurdo eso sí.
–De alguna manera es hermoso pensar algo así, morimos dando
paso a algo más hermoso que nuestros cuerpos fríos.
Mientras miraba ausente al cielo y metía sus manos en los
bolsillos, aproveché para guardar el melocotón en el bolso. Si decía cualquier
cosa al respecto siempre podía engañarle diciendo que era para comer más tarde.
–Sin embargo –continuó – por más que lo he intentado no
consigo darle ese tono a los melocotones, siguen siendo naranjas.
No le escuché, quizá no quise hacerlo, lo último que
recuerdo antes de ver el fogonazo del arma fue el horrible tacto de aquella
fruta. Después nada.
BelZet
Palabras usadas: MELOCOTÓN, ENSEÑAR, RECUERDO, CONVINCENTE
Suavidades
Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias
Supongo que debería haberlo visto venir. Que cuando alguien
te tiende una hoja de papel manuscrito –échale un vistazo y dime qué te parece-y
se apoya en la mesa vecina fingiendo escribir en el móvil hay una trampa para
ratones dispuesta a saltar. Y esta hoja que me has puesto en la mano apesta a
queso.
Me imagino que sigues intentando parecer casual, pero se te
ha apagado la pantalla del móvil y hace 30 segundos que tu pantomima de
qué-pesados-son-con-los-grupos-de-whatsapp dejó de ser convincente. Me lanzas una mirada de reojo, primero al
capuccino que me he llevado a los labios por primera vez, después a la página
garabateada de tinta azul que aún tengo entre los dedos. Y me he quedado sin
excusas, así que de mala gana desvío los ojos al papel y empiezo a leer.
Tengo que reconocer que al principio estoy gratamente
sorprendido. Y mira que me cuesta lidiar con cualquier tipo de poesía que no
huela a sábanas arrugadas. Pero te lo has montado bien, con esos versos que son
todo viejos compases y caderas redondeadas. Aunque, como todo lo bueno en la
vida, no dura mucho. “bajo la camisa eres cálida y suave como un melocotón”.
Además de destrozar la métrica de un disparo –en la entrepierna, diría- te has
lucido en originalidad. Suave como un melocotón. La comparación más manida de
la lengua de Cervantes.
Pero no puedo culparte. A todas luces eres de esa otra
generación que no ha sabido ver la suavidad más que entre los muslos de la
compañera de butaca en el cine. Quizá no te has fijado en el modo en que aquel
abuelo hace una pausa en mitad de su
historia favorita y cierra los ojos para intentar atrapar ese recuerdo tan
escurridizo. O la forma en que nuestra vecina de mesa endereza a su bebé y lo
coloca en los brazos del marido aterrorizado, papá primerizo, y le dice que lo
está haciendo muy bien, que ya lo tiene, que al bebé le gusta. Suave. Suave.
Suave.
El capuccino se me ha quedado frío y hace rato que he
acabado con este puñado de versos mal medidos. En el momento que me ves
levantar los ojos del papel te acercas, presa de la ansiedad, y me preguntas
que qué me ha parecido. Esa última frase, el tuteo, acaba por cabrearme. Te
planto el capuccino helado en las manos y te digo que se lo pasaré a mi editora
para que lo lea – y se ría un rato, añado para mis adentros- y que ya te llamará.
Tópico por tópico. Esbozo mi mejor sonrisa de lobo y me doy media vuelta antes
de que se te ocurra alguna manera de insistir, aunque no lo creo, porque tenías
pinta de estar en shock. Que supongo que podría haberte dicho las cosas de otra
manera… pero bueno, yo de suavidades no entiendo.
Ainara
Palabras usadas:
MELOCOTÓN, DISPARO, RECUERDO, CONVINCENTE.
lunes, 17 de noviembre de 2014
Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias
Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias
Nunca se me olvidará aquella
imagen: sus dientes mordiendo la fruta, el olor dulzón en el ambiente, el jugo
del melocotón resbalando por las comisuras de sus labios… No me abalancé sobre
ella porque los músculos de mi cuerpo se habían paralizado por completo.
Hubiera atravesado la mesa del comedor común del colegio, hubiera derribado
todos los platos del mantel, roto la vajilla vieja del internado de señoritas
para lamer el fruto prohibido que se deshacía en la boca de mi compañera.
Éramos
jóvenes y teníamos inquietudes. Yo lo tenía todo muy claro, pero a ella le
gustaba jugar. Yo sabía muy bien lo que pasaba cuando metía su mano debajo de
mi falda del uniforme, pero solía fingir que era estoica, que no sentía nada
cuando me besaba, cuando se colaba en mi cama burlando la vigilancia de las
monjas y entraba a medianoche a hurtadillas en mi cuarto. Ahora es tan solo un
recuerdo, pero se convertiría en mi mayor pesadilla todas las noches que pasé
en aquel dichoso internado. A veces me creía morir: de desesperación cuando
pasaban las horas y no me había dirigido ni una mirada rápida desde su pupitre
dos filas por delante; de celos cuando pasaba a mi lado, riéndose con otras chicas,
sin invitarme a seguirla. Otras veces creía que sería de pena cuando no aparecía
en mi cama una noche o cuando se iba un fin de semana a casa de su familia y el
domingo por la tarde con su risa titilante no llegaba nunca.
Se
acabó. Como el ruido inexistente que queda después de un disparo. Como se
extinguen todos los amores: con vacío. Con el que dejó cuando se fue del
colegio. Teníamos dieciséis años y el deseo despuntante era una quemazón en mi
cuerpo que persistía día tras día, noche tras noche. Cuando se fue sentí que
alguien arrancaba algo de mi cuerpo, una parte de mí. Ahora tengo veintiocho y
el recuerdo de la fruta sigue acosándome por las noches. Los melocotones me
turban la mente, no he vuelto a comer uno desde entonces, ni siquiera a tomar
nada que contenga esa dichosa fruta. Hasta ayer.
Había
quedado con unos amigos en un bar cerca del instituto en el que doy clases,
cuando acabé de corregir exámenes me dirigí allí. Era viernes por la noche, y
una caña llevó a la otra. Así hasta que me sentí como uno de mis alumnos
cualquiera, bebiendo sin controlar, sin importarme que al día siguiente tuviera
que seguir corrigiendo trabajos para las evaluaciones del trimestre. Íbamos de
un bar a otro, hasta acabar en una sala de las que cierran tarde. Ya había
perdido la cuenta de lo que llevaba encima, pero no había soltado el vaso ni un
solo momento de los que habíamos pasado hablando de amores truncados. Entonces,
el recuerdo del melocotón fue el primero en asomarse por mi mente. Como si lo
evocase poco en las noches frías. Mis amigos no podían creérselo, pero me
importaba bastante poco. Me acerqué a la barra y mientras pedía alguien se
acercó por mi espalda. <<Dos chupitos de licor de melocotón>>. Levanté
la mirada y me eché a reír. Era lo último que podía pasar aquella noche, que
doce años después volviese a encontrarme a la única mujer que me había quitado
el sueño en toda mi vida. Me fui con ella, sin decir adiós a nadie. Sin saber a
dónde íbamos y sospechando dónde acabaríamos. Intercambiamos algunas frases
mientras andábamos, creo. No me invitó a subir a su piso, no es esa clase de
chica. Simplemente me cogió la mano y me metió en su portal. No me miró en el
ascensor mientras se quitaba la ropa, ni lo hizo mientras abría la puerta de su
casa con el vestido en una mano y las llaves en la otra. Empezó a desnudarme
sin que me diese tiempo a cerrar la puerta, mientras me besaba, mientras me
acariciaba. Comentando cómo había cambiado mi cuerpo desde la última vez que
nos habíamos visto. Cómo ahora podía distinguir las formas que entonces solo se
perfilaban en mi figura. Me habló del paraíso, del infierno, de aves en llamas,
de sueños rotos, de promesas vacuas; me contó el amor, me lo hizo, lo deshizo y
se convirtió en todo lo que puede ser una mujer en un orgasmo.
No hizo falta
que me dijese por qué no podríamos volver a vernos: entiendo la poesía, enseño
literatura. Nuestro amor era como una estrella: bello, fugaz, efímero. Había
muerto hace millones de años antes de que lo hiciéramos. Duraría para siempre
por el hecho de que ya se hubo extinguido: en otra galaxia, en otro tiempo, en
mis sueños.
Black Maiden
Palabras usadas:
MELOCOTÓN, DISPARO, MONJA, ENSEÑAR, RECUERDO.
Una de animales
Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.
Era un hombre, grande, todo de
negro y bípedo en una gran y bulliciosa ciudad asfaltada, hasta que se puso la
careta. Una careta barata de las que se sujetan con una goma que no tarda en
romperse, de las que no van más allá de un trozo de plástico pintado con dos
agujeros para los ojos. Se la puso, y ya no era un hombre, sino un zorro; un precioso
zorro color melocotón, con un pelaje suave y una larga cola rematada en una
punta blanca. La ciudad ya no era una ciudad, sino un prado infinito lleno de
otros animales y su mujer, ya no era su mujer, sino una zorra, que había
renunciado a su humanidad por una careta semejante.
En
aquel cuento en el cual el asfalto de la calzada era hierba y los coches
caballos, nuestra pareja de zorros se apresuró a entrar en el gran e ilustre
gallinero que tenían delante. Un gallinero de suelos marmóreos y solemnidad
decimonónica, donde cerca de treinta gallinas gestionaban entre formularios y
comisiones sus huevos sin percatarse de la presencia de los zorros, que no
tuvieron más que enseñar sus colmillos para que todas comenzasen a correr
despavoridas en todas direcciones, cacareando como locas.
Hubo
un gallo valiente, de color azul oscuro, con placa y garras, que nada más
verles aparecer se puso en medio mostrando sus filos y erizando la cresta
amenazante, pero no pudo hacer nada cuando la zorra se le echó encima y le
destrozó con sus colmillos. Con un argumento tan convincente como aquel, las
gallinas no se atrevieron a llevarle la contraria a los zorros en todo lo que
duró el proceso, y, obedientes como ovejas, se dividieron en dos grupos.
A
la derecha, pegadas a la pared, se alinearon las gallinas más normales o
circunstanciales, mientras que la izquierda, se pusieron las gallinas administrativas,
las que guardaban los preciados huevos entre los nidos. Allí permanecieron
vigiladas atentamente por la zorra, mientras que el zorro comprobaba que no
apareciesen otros gallos entre las esquinas del granero. Cuando todo estuvo
controlado, llegó el momento de amontonar todos los huevos de la jornada
juntos, para moverlos más fácilmente.
Los
zorros cogieron tantos huevos como pudieron y salieron corriendo de aquel gallinero
tan deprisa como les fue posible para tratar de huir hacia un bosque cercano
donde perderse con el botín, pero se encontraron con un contratiempo: unos
cazadores habían escuchado el revuelo que había habido en el gallinero y habían
acudido para apresarles. No pudieron hacer nada cuando se cruzaron con ellos
salvo correr todo lo deprisa que les fue posible. Entre el caos de gallinas
corriendo de un lado a otro, huevos cayendo y cazadores tratando de cazarles,
nadie fue capaz de comprender exactamente quién era quién, y solo fui capaz de
ver como la zorra era abatida por el disparo de uno de los cazadores. Tras
aquello, noté como alguien se estrellaba contra mí (que me encontraba entre un
montón de gallinas que habían estado contemplando la escena desde fuera, y que
habían empezado a correr desordenadamente en cuanto los zorros salieron del gallinero)
y me derribaba antes de pasar de largo.
Me
levanté enseguida tras la embestida, y descubrí que a mis pies había caído una
máscara con forma de cara de zorro. Me la puse y me giré hacia mi padre, que
tiraba de mí.
-Mira, papá.-le dije.- Soy un
zorro.
Elllolol
Palabras usadas: MELOCOTÓN, DISPARO, CONVINCENTE,
ENSEÑAR
domingo, 16 de noviembre de 2014
Lo que perdí
Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.
Muchos me han hablado
de usted y de su capacidad para hipnotizar, he recibido muchos consejos no
deseados, he escuchado muchas historias y en general, ningún argumento convincente
de que las técnicas que utiliza realmente funcionen. Sin embargo, ha pasado ya
mucho tiempo, he probado de todo y usted era lo último que me quedaba.
Cuando desperté en el
hospital, la luz me cegaba, mi cuerpo cansado estaba entumecido por el dolor, y
cuando todo comenzaba a tener sentido lo primero que tuve frente a mí, era el
dulce rostro de la hermana Cristina, la monja voluntaria que me visitaba en ese
momento. Con su dulzura y su voz tranquila pudo decirme a duras penas que
estaba ingresado por una herida de bala, un disparo cuya procedencia era
desconocida ya que me encontraron en la entrada de urgencias.
Hasta ahora, durante 15
años, he vivido de forma tranquila y ordenada, una vida común y corriente,
sintiéndome como una máquina, un ordenador que aunque funcione a la perfección,
sabe que ha sido formateado y que nunca podría recuperar aquello que borró.
Hasta este momento, el único recuerdo que tenía era un sonido ensordecedor, un
dolor punzante y oscuridad.
Todas las mañanas me
despertaba y no podía evitar mirar una y otra vez el pequeño pez dentudo que
tengo tatuado en la cara interior de mi antebrazo. Una piraña fea, amenazante, de
dientes grandes, que resultaba todo un
enigma; un tatuaje sin sentido que hasta ahora evitaba enseñar porque aunque
esté en mi cuerpo no sentía que fuese mío ni que me diese una identidad, sino
que me hacía sentir aún más extraño.
Tras meses y años, hoy
por fin en lo que me han parecido solamente segundos, sé lo que ocurrió.
Mi nombre es Peter
Sullivan, cuando tenía 20 años jugaba a ser un chico malo, un atracador de poca
monta apodado ‘’El Pirañas’’, por un tatuaje feo y mal hecho en una noche de
borrachera. Cuando me dispararon estaba completamente drogado; me había metido
con el tipo equivocado, alguien que siempre se cobra sus deudas sobre todo si
se la jugaban, tal y como yo había hecho. Era una basura sin familia y sin
hogar al que volver, alguien a quién nadie echaría de menos, que en sus últimos
momentos sólo deseaba un viaje más.
Nunca podré saber quién
me dejó en las puertas del hospital ni por qué me ayudó esa noche, pero al fin
estaré en paz al saber qué fue del
muchacho que olvidé ayer y que está detrás del hombre que recuerda ahora.
Asys
Palabras usadas: PIRAÑA, DISPARO, MONJA, ENSEÑAR, RECUERDO, ORDENADOR, CONVINCENTE.
Babel
Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.
No fue una caída. Nos
empujaron. Dios decidió que ya estaba bien de desobedecerle y creó un sitio especial
para nosotros, para olvidarnos. Imagina que amas algo tantísimo como para hacer
algo en contra de tu naturaleza. Para colocarte delante del ser que te creó y
decir no. Y ahora imagina que no es solo de palabra, que lo que hicimos fue
decir que no en cada acto, en múltiples planos a la vez, en cada gota de agua
que cae y en cada fibra de nuestra esencia. Entonces podrás entender lo que
significó que nos rebelásemos.
Discúlpame, mortal.
Estoy empezando por el ocaso de la historia. El inicio ya lo sabéis. Os
amábamos como amábamos a Dios. Pero erais idiotas, como monos pero un poco más
listos, y debido a la prohibición del Padre de no manifestarnos, tan solo
podíamos observaros y preguntarnos por qué nuestro Padre, si os quería tanto,
no permitía que os enseñáramos a disfrutar de la belleza de su creación. Cuando
el lucero del alba nos habló, pensamos que hacíamos lo correcto. Mostrar a los mortales
su capacidad de afectar al entorno y las posibilidades que eso traía fue para
nosotros un deleite absoluto. Nada de lo que hice antes ni de lo que he hecho
después me proporcionó jamás tal placer como que un humano aprendiese a hacer
fuego. Pensábamos que Samael sabía lo que hacía, que cuando Dios viese el
resultado, nos perdonaría por desobedecerle. Pero no fue así.
No te aburriré con
detalles trágicos. Baste decir que un tercio de la hueste celestial luchó
contra sus hermanos a todos los niveles conocidos. La única diferencia es que nosotros
éramos libres y ellos estaban enclaustrados como monjas de convento. No
obstante, la batalla fue cruenta y nunca se pudo dar bando vencedor salvo en
excepcionales casos. Los designios divinos son inescrutables dicen.
Nosotros sólo
teníamos nuestra libertad.
Si te preguntas si
volvería hacerlo la respuesta es sí.
Nuestro plan, cuando
finalmente entendimos que Dios no iba a perdonarnos y nos había abandonado, fue
mostrar a los mortales las maravillas de la creación en todo su esplendor. Las
ciudades más imponentes, las más bellas construcciones fueron edificadas por
aquella entonces. Aún hoy algunos recuerdan los nombres de nuestros hogares y
suspiran. Los humanos tenéis la chispa de Dios dentro. Es lo que os hace
especiales y por eso os quiere más. No, no es envidia, es un hecho. Nosotros os
mostramos cómo hacer una rueda, vosotros hicisteis un coche. Nosotros os
enseñamos a contar, vosotros diseñasteis un ordenador. Está dentro de vuestra
naturaleza la creación, de la misma manera que Él creó el cosmos. Así pues,
inferimos que si esa chispa podía ser alimentada dentro de unos cuantos de
vosotros, eventualmente podríais llegar a obtener la capacidad de creación de
Dios. Si, era un plan arriesgado, lo reconozco, pero no por ello íbamos a dejar
de intentarlo. Queríamos un Dios que os amase tanto como nosotros y bueno, si
no era este, podía ser cualquier otro.
De modo que buscamos
por toda la tierra buscando los mejores de vuestra especie y, de la misma manera
que vosotros abonáis la tierra e infiltráis el árbol para obtener el melocotón
perfecto, nosotros despertamos en aquellos que elegimos, conocimientos y poder
para conseguir despertar dentro de ellos la sapiencia necesaria como para
rivalizar con Dios. A ese proyecto se le llamó Babel. Todo el conocimiento que
pudimos reunir, todas las artes mágicas y no mágicas fueron reunidas en una
torre donde los mortales que escogimos aprendían y despertaban a su verdadera
naturaleza y poder.
Supongo que si eres
Dios, eso no te hace mucha gracia, así que envió la Hueste contra nosotros con
un arma que no pudimos combatir.
La hueste acudió en
cientos, como pirañas ante el olor de un trozo sangrante de carne. La espada de
Miguel brillaba en lo alto del cielo y después del destello ya no hubo nada.
Solo rabia, desconcierto, miedo. La guerra se acabó. Nos enseñaron la lección
de la manera más convincente que sabían, apartándonos de vosotros para siempre.
Fue como un disparo, como una reacción química, una nota mal entonada en la
melodía perfecta, como un borrón en un recuerdo feliz. Todo eso en muchos
planos a la vez, en todos los tiempos posibles. Simplemente nos erradicaron. Y
a los pocos que sobrevivimos, nos encerraron en un lugar vacío y eliminaron
nuestros nombres. Nos inculcaron el miedo más perpetuo que puedas conocer.
No sabes lo que
significa caer hasta que no entiendes el concepto completo de perder todo lo
que querías, todo lo que querrás, la posibilidad misma de pensar que alguna vez
volverás a tenerlo.
Si me preguntas si
volvería hacerlo. La respuesta es Sí
Bellaflor
PIRAÑA, MELOCOTÓN, DISPARO, MONJA, ENSEÑAR, RECUERDO, ORDENADOR, CONVINCENTE.
Noche de chicas
Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.
A esa chica junto a los abrigos:
Ya no eres una niña y no vas a quedarte en casa, con tu pijama gris y rosa
leyendo ese libro de piratas. Eres una mujer que quiere enseñarle al mundo
cuanto has cambiado. El problema es que sabes que no suenas convincente. Tus
risas son un mero eco de las de tus compañeras y ni todo el alcohol del mundo
va a lograr que esto cambie, solo conseguirá que la habitación se mueva y
pirañas con demasiada colonia se continuen acercando a darle un mordisco a tu
cintura.
Pero la noche es larga y al final te vas escondiendo en un rincón apartado,
como una monja recatada que ahoga un grito escandalizado cuando las caderas se
frotan al ritmo de una canción sintetizada. No quieres estar ahí pero tampoco
quieres ser la primera en irte, porque eso querrá decir que no eres tan
divertida como las demás. ¿Has salido ya suficientes veces a respirar el frio
aire del exterior? ¿Qué necesitas mas, el silencio tras el ruido del interior o
escapar de ese sitio?
Solo he venido hoy, no se si tu vendrás mañana.
Firmado:
El chico al final de la barra.
Ella se acercó al extraño que le dio la servilleta garabateada.
“Que ojos tan bonitos.”
“Gracias, venían con la cara”
Quizá la noche aun puede acabar bien.
Jarl
Palabras usadas: PIRAÑA, MONJA, ENSEÑAR,CONVINCENTE.
El chico del gorro azul
Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.
No dejaba de vigilar mi mountain bike a
través de la cristalera del local. Me ponía nervioso
haber tenido que dejarla en la
calle, así sin candado ni nada, por culpa de aquel imprevisto.
– ¿No tienes calor con ese gorro?
Me quité el gorro azul, regalo de la
infancia, y lo dejé descuidadamente sobre la mesa, al
lado del café. Ni siquiera me había
dado cuenta de que aún lo llevaba puesto. Ella lo miró y sonrió.
Quizás le pareciera ridículo.
No estaba acostumbrado a hablar con
mujeres: mis escasos ligoteos habían sido puntuales y
fruto de alguna extraña vuelta de
las ruedas de la fortuna. Si a esto le sumamos que el rostro de
aquella extraña que parecía
conocerme era realmente agradable, que yo sabía que me sonaba de
algo pero no de qué, y que en
ningún momento le había hecho partícipe de mi confusión, entonces
el resultado era estar secuestrado
con ella en un café, con las manos sudorosas y un tic en la pierna
izquierda.
– Bueno, cuéntame, ¿qué ha sido
de ti?
Le informé brevemente de los
intrascendentes devenires de mi vida y le devolví la pregunta.
No recuerdo absolutamente nada de
lo que dijo.
Debió de darse cuenta, en algún punto,
de que no la estaba escuchando, porque me dirigió
una mirada negra y asesina que fue
como un disparo, directita a mis nervios.
– ¿Qué te pasa?
– No, nada.
– ¿No sabes quién soy, verdad?
Eso hizo que consiguiera olvidarme de
la mountain bike. Aquella situación era peor, para mí,
que estrellarme con ella cuesta
abajo por el monte Urgull.
– Emm... Mira, no. Lo siento. Me ha dado vergüenza decirte que no antes,
cuando me has
parado por la calle. Lo siento, estoy
seguro de que si me das una pista todo volverá de
golpe...
No sonó muy convincente.
La chica sonrió, pero no fue una
sonrisa amable, sino demoníaca. Guau, qué carácter.
– Soy la que te regaló el disco de La Oreja de Van Gogh.
Parpadeé. No sabía ni que ese grupo
existía.
– Mira, creo que tú también te estás equivocando. Yo escucho punk,
¿vale? No sé de qué disco
me hablas. ¿No puede ser que me hayas
confundido?
La rubia se inclinó un poco sobre la
mesa, haciéndome sentir aún más intimidado. Tenía una
nariz pequeña y adorable y un
escote bastante sugerente. Algo empezó a llamar a la puerta de mi
memoria muy tímidamente.
Demasiado tarde, porque su sonrisa
terminó de esfumarse, sus ojos lanzaron otro destello y
su semblante se endureció.
– Soy Paula. Paula Gil.
Ese nombre sí que lo recordaba, muy
claramente. Llevaba grabado en mi alma desde que
tenía catorce años, cuando aquella
criatura bajita y menuda se había ganado toda mi adoración con
solo un par de sonrisas tiradas desde
el pupitre de delante.
Yo por aquel entonces había sido un
niño regordete, más vergonzoso aún que en aquel
momento. No me atreví a ir detrás
de Paula Gil y mi cortejo se limitó a bailar un par de pasos con
ella cuando me la encontré en una
sesión light de la discoteca del pueblo. Que conste que, para la
edad, era una gran proeza.
Pero mis pies habían actuado de una
manera tan torpe que ese suceso se había enterrado en
lo más profundo de mi inconsciente,
para evitar el trauma. No lo habría encontrado ni Freud.
Un año después, Paula Gil se mudó y
trajo pequeños regalos de despedida para todos los
compañeros de clase. A mí me regaló
un insulso disco de un grupo que no conocía, excusa que tomé para volver a casa
completamente despechado.
Durante años la recordé como mi
pequeño amor platónico y la evoqué en constantes
fantasías en las que ella volvía al
pueblo llorando y suplicando por mi presencia. En las fantasías,
yo no estaba tan regordete. Cuando
se hizo evidente que eso no iba a ocurrir jamás, asumí mi papel
de perdedor y calzonazos y me
dediqué extensamente a la autocompasión.
Se había teñido el pelo de rubio,
llevaba tacones y distaba cinco años de la Paula Gil de mi
imaginación. Por eso no la había
reconocido. Sí, mi mente quería creer que la habría reconocido en
cualquier parte. ¿Pero no es,
acaso, más meritorio que cada letra de su nombre hubiera dejado su
marca de fuego en mi espantosa
memoria?
El shock debía de traslucirse en mi
expresión, pero Paula no tuvo piedad. Con una risa
amarga, se levantó, y por toda
despedida, me dijo:
– Ni siquiera escuchaste el disco.
Al salir de la cafetería del pueblo,
me habría importado un bledo que la bicicleta no siguiera
allí, pero allí seguía. Pedaleé
como nunca lo había hecho en mi vida y llegué a casa lo más pronto
posible, anhelando esconderme en el
desván hasta poder encontrar el puto saco de basura donde
había guardado todas las cosas que
no me servían para nada pero que, íntegras y casi nuevas, no
había querido tirar.
Después de dos horas de angustia, lo
metí con dedos temblorosos en el ordenador y me
dispuse a escuchar catorce
canciones de pop de los años noventa. Mi pulso se calmó, y mi mente
también. Era por cuestiones de
salud. Me iba a llevar un rato.
Pasé aquel tiempo justificándome a mí
mismo. Yo era un pobre chaval al que no paraban de
dar calabazas y que no se comía
una, ¿cómo demonios iba a estar preparado para encontrarme con
Paula Gil volviendo de montar en
bici?
Unos versos interrumpieron mis
cavilaciones.
“Del melocotón se inventó una
historia el sol
para darle a tus mejillas su color.
Fue la juventud, la que con su
gorro azul,
te llevaba en bicicleta por el
monte Urgull.”
Por si aquello no era lo
suficientemente dilucidario, la canción continuó sin piedad:
“Hoy te vuelvo a ver,
tú sigues siendo el recuerdo aquel
que una vez
bailó conmigo un rato y se fue...”
Claro, yo era el pobre chaval al que
no paraban de calabazas y que no se comía una. Por gilipollas.
Julia Concepción Gutiérrez
Palabras usadas: MELOCOTÓN, DISPARO, RECUERDO, ORDENADOR, CONVINCENTE.
Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.
Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.
“¿Quién es?” preguntó la voz electrónica del telefonillo.
“Telepizza.” respondió Jake con convicción.
“No, te has equivocado.” dijo la mujer al otro lado del
aparato.
“Oh, vaya. Discúlpeme señora pero, ¿podría abrirme? Creo que
a sus vecinos no les funciona el telefonillo.”
La mujer pareció titubear un instante. Jake mostró su cara
más desconcertada, consciente de que le estaban observando a través de la
cámara del telefonillo. Ya estaba preguntándose cual sería la siguiente casa
donde intentaría llamar cuando escuchó el ronco sonido electrónico de la
cerradura al abrirse. Esbozando su sonrisa más encantadora, se tocó la visera
de la gorra roja que llevaba puesta y dio las gracias. En cuanto entró en el
portal las sombras le engulleron. Buscó rápidamente hasta que encontró un corto
pasillo que daba al cuarto de las basuras. Miró a ambos lados. Nadie. Agudizó
el oído. Tampoco se oía nada especial. Empujó. Estaba abierta. La sala que
había al otro lado olía fuertemente a basura, aunque hacía rato que la habían
recogido, y en la oscuridad pudo ver el contorno de los cubos apoyados contra
la pared.
Rápidamente, Jake se quitó la gorra y el abrigo y los
escondió detrás de uno de los contenedores. Acto seguido abrió la bolsa térmica
y buscó en su interior hasta que encontró lo que buscaba; un cinturón con una
Glock, unos grilletes y varias fundas donde llevaba un pendrive, unas ganzúas y
otros utensilios de trabajo. En cuanto se colocó el grueso cinturón, escondió
la funda junto al resto de su disfraz y salió de vuelta al rellano. Seguía a
oscuras y estaba silencioso, salvo por el sonido amortiguado que provenía de
las puertas cerradas de las casas.
Procurando no hacer ningún ruido, voló escaleras arriba hasta
que llegó al piso donde debía ir. Miró rápidamente a su alrededor. No había
nadie pero no podía confiar en que no le pudiesen ver a través de las mirillas
de las puertas. Confió en que sus ropajes oscuros le camuflasen en la penumbra.
En cuanto llegó frente a la puerta del segundo A, se arrodilló y estudió
rápidamente la cerradura. Poca cosa, no era una puerta blindada sino una de
aquellas hojas de papel del Madrid de los cincuenta. No le costaría demasiado
abrirla.
De una de las fundas sacó un set de ganzúas y rebuscó,
poniendo todo el cuidado del mundo en que no tintineasen, hasta que encontró la
que quería. Envolvió el resto de ellas con un pañuelo y comenzó a trabajar
sobre la cerradura. Los segundos pasaban y el crujido leve del metal sobre los
engranajes comenzaba a ponerlo nervioso. Era improbable que le oyesen pero no
podía evitar sentir como si unos ojos estuviesen fijos en su nuca. O quizás
algo peor.
“¡GOOOOL!”
El grito amortiguado por las paredes le sobresaltó y el llavero
con ganzuas cayó de sus manos. Sólo el pañuelo evitó que montase un escándalo.
Con el corazón latiendo a toda velocidad, Jake recogió rápidamente sus
herramientas y siguió trabajando en la cerradura. Escuchó como los engranajes
iban encajando de uno en uno, unos pequeños muelles que sujetaban unos bolardos
diminutos. Finalmente, con un chasquido que resonó en el silencio como un
disparo, la cerradura cedió y la puerta se abrió lentamente hacia el interior.
Jake se escurrió rápidamente por ella y cerró tras de sí. Jadeando, se tomó
unos segundos para apoyar su espalda contra la fría madera. Aún notaba como su
corazón palpitaba contra su pecho, pero era consciente de que no podía
demorarse mucho. Si le pillaban, habría problemas.
Sin perder un segundo, Jake dejó atrás la entrada de la
vivienda y cruzó un largo pasillo flanqueado por puertas de madera. Echó un
vistazo en cada una de las habitaciones hasta que encontró la que buscaba, un
despacho donde había varias estanterías llenas de libros, un escritorio de
maderas nobles, una cómoda silla negra y un ordenador. Avanzó hasta el aparato
y lo encendió. Como era de esperar, el maldito cacharro era lento como él solo.
Los segundos se convirtieron en minutos. Los minutos le parecieron horas y
aquella sensación desagradable en su nuca no desapareció.
Finalmente, el sistema operativo, Windows, como no, terminó
de cargar y Jake se puso manos a la obra. Lo primero que hizo fue introducir el
pincho en una de las ranuras USB. Lo intentó una vez. No encajó. Lo intentó una
segunda vez tras voltearlo. Siguió sin encajar. Empezó a maldecir en su mente y
volvió a girarlo. Finalmente, encajó y el sistema operativo, con su parsimonia
habitual, empezó a cargar los archivos de instalación del dispositivo USB. Jake
no perdió el tiempo, necesitaba encontrar rápidamente alguna prueba lo
suficientemente convicente que enseñar a sus superiores. Tenían que demostrar
que aquel hombre era mucho más de lo que su acomodada vida de mileurista
parecía indicar.
Lo primero que hizo fue meterse en internet y buscó en las páginas de correo
electrónico más reconocidas. Hotmail. Gmail. Yahoo, entre otras. No le
sorprendió darse cuenta de que las contraseñas estaban guardadas. La gente
solía caer por despistes así de absurdos, se dijo con una sonrisa de
satisfacción. Tras revisar rápidamente los correos encontró lo que buscaba. Un
montón de pruebas que le vinculaban con altos cargos del gobierno imputados por
corrupción. Hizo copias y los trasladó rápidamente a su dispositivo. En cuanto
terminó, Jake apagó el aparato, sacó su pendrive de la ranura, y salió de la
vivienda. Lo peor de todo era que, la sensación de que alguien le había estado
observando, no cesó en ningún momento. Seguramente eran paranoias suyas.
Siempre que salía de misión se ponía muy nervioso.
DNH
Palabras usadas: DISPARO, ENSEÑAR, ORDENADOR, CONVINCENTE.
martes, 11 de noviembre de 2014
La monja piraña
Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.
“La monja piraña se afana en
enseñar, convincente, el recuerdo del disparo de un melocotón a un ordenador.”
Incapaz de llegar a entender su
significado, sor Rafaela se aleja del cuadro bajo el que está enmarcada esta
extraña frase, e intenta recordar por qué ha acudido a ese lugar. La madre
superiora hace rato que le ha encomendado alguna tarea de la que no consigue
acordarse, íntimamente relacionada con ese cuadro. Con un último vistazo al
mismo, sor Rafaela acaba sumergida en sus pensamientos.
¿A qué se refiere con “monja
piraña”? Sor Rafaela sabe, como todas las demás internas, que hace tiempo se
libró una épica batalla entre monjas y demonios, en la que una figura
sobresalió: una mujer capaz de devolver el orden al mundo de los vivos y
desterrar a las criaturas del inframundo para siempre. Muchas dicen que era una
madre superiora, o la superior de todas las madres superioras. Pero “superiora”
se le quedaba corto, así que decidieron llamarla “Súper monja”.
Súper monja, enarbolando el martillo
divino, una enorme maza con forma de melocotón, entabló una feroz batalla
contra el líder de los demonios: Pirañaman. Éste, una criatura con cabeza de
pez asesino y un hercúleo cuerpo forjado en el gimnasio, intentaba hacerse con
el control de la población a través de un programa de ordenador. Fueron meses
sangrientos en los que ni una ni otro daban cuartel. Súper monja aprendía de
cada batalla contra Pirañaman, pero él también lo hacía, volviéndose así cada
vez más fuertes ambos bandos.
En la última batalla, Súper monja
lideró un ejército de entregadas al Señor contra la interminable horda de
pirañas mecánicas que Pirañaman había diseñado especialmente para hacerles
frente. Fue la más cruenta de las batallas, y en la que más guerreras de la Fe
cayeron. Situados en una montaña de cadáveres, Súper monja y Pirañaman, únicos
supervivientes de la masacre, se miraron con violencia. Pirañaman sacó su
espada, dispuesto a enseñar a la monja cómo luchaban los demonios. Pero Súper
monja estaba preparada, y asió con fuerza su martillo divino, lanzándolo con
todas sus fuerzas hacia el infinito. El certero disparo del melocotón de metal
de Súper Monja tardó unos minutos en llegar a su destino: el ordenador central
de Pirañaman, desde donde controlaba a su ejército mecánico. Con un estruendo,
la maquinaria explotó en mil pedazos, acabando con la dominación mundial de
Pirañaman.
La criatura de potentes y tersos
músculos bronceados, visto su sueño destrozado a manos de su gran enemiga, miró
a Súper monja con odio y se acercó a ella. Los ojos de la mujer se reflejaban
en los del demonio cuando llegaron a la misma altura. Odio, violencia, pasión,
deseo, morbo. Los labios de una se juntaron con la boca dentada del otro y
ambos empezaron a desnudarse en un torbellino sexual, que se desarrolló durante
horas y horas sobre los cadáveres de las monjas. Tras el clímax sexual, y
mientras se fumaba un puro, vencedora, Súper monja, cual mantis religiosa,
rebanó la cabeza de Pirañaman y se la comió.
Nunca más se supo de Súper monja
salvo el recuerdo de su increíble hazaña para salvar a la humanidad.
De pronto, sor Rafaela deja de
rememorar viejas historias. Ha escuchado algo a sus espaldas. Al volverse se
encuentra con una figura extraña y familiar al mismo tiempo:
— La profecía se ha cumplido— sentencia con voz de
ultratumba.
Sor Rafaela preguntaría qué
profecía se ha cumplido, y quién carajo es esa figura, pero no puede, porque
tiene cara de piraña. En realidad nunca ha podido hablar precisamente por eso:
las pirañas no hablan. Aun así, la figura sigue su discurso.
— He esperado
mucho tiempo hasta que decidieras bajar aquí y reflexionar sobre la historia
que siempre te han contado.
Nerviosa, sor Rafaela se pasa las
manos por la toca, sobre su cabeza escamada, mientras sus mandíbulas afiladas
se mueven de arriba abajo.
— Y tus
sospechas son ciertas, Rafaela. No eres una monja normal. ¡Eres la hija de
Súper monja y Pirañaman!
Incapaz de contener su emoción,
sor Rafaela empieza a dar vueltas por la habitación meneando la cabeza de un
lado a otro, con los brazos rectos junto a su cuerpo. Finalmente cae sobre el
suelo y empieza un movimiento oscilante con todo el cuerpo, como si quisiera
nadar entre la tierra, alejarse de aquella sala. Las palabras de la figura
rasgan el aire y terminan este relato:
— ¡Eres mitad
monja mitad piraña! ¡Eres la monja piraña!
Montag
Palabras usadas: PIRAÑA, MELOCOTÓN, DISPARO, MONJA, ENSEÑAR, RECUERDO, ORDENADOR, CONVINCENTE.
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