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miércoles, 3 de diciembre de 2014
23 de Octubre
Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista
Adrian. 23 de Octubre
Bajo la verja que separa el
escaparate de la pastelería de la calle y pongo el candado. Es viernes y me
toca cerrar la tienda, como de costumbre.
Miro mi móvil. Son casi las diez y media, por lo que antes de ir hasta el
árbol y desenroscas la bicicleta le escribo un whats app a Meri avisando que
salgo ya hacia su casa. Antes de poder enviarlo el teléfono comienza a sonar,
es Oscar.
-¿Qué pasa tio? Me pillas cerrando la tienda.
- Eres un prigao. ¿Te unirás hoy a la fiesta?
-Hoy no, ya había quedado en ir a casa de Meri. Que sus padres hoy no van a
estar.
-Abandonas a tus amigos por tu novia. ¡Que feo me parece! Jajaja Bueno ¿Y
mañana? Roberto y yo iremos de caza por la zona de las discotecas pijas del
centro.
-Puf, la verdad es que no sé qué decirte.
-No me seas plasta, que sabes que te encanta.
-Jajajaja. Vaale, contad conmigo. Por la tarde te llamo para ver hora y
tal.
-Ok y adew. ¡Disfruta del polvo!
Me medio río mientras cuelgo el móvil; mando el mensaje que había dejado a
medias. Lo uso como linterna para abrir la cadena, malditas farolas rotas,
finalmente me lo guardo en la mochila.
Una vez sacada la bici, me pongo el
chaleco reflectante y me dirijo a buena velocidad hacia el primer cruce que
hace la calle a unos pocos metros frente a mí, no veo aparecer el coche… Lo
último que siento es una sensación de volar.
Agente Ruiz. 23 de Octubre
-¿Qué dicen desde la central? Este tipo de noches son una auténtica mierda-
Digo mientras me acerco a Teresa que
está hablando por la radio del coche.
-No dicen nada nuevo, que llevemos a la chica a comisaría para la
declaración formal y que nos aseguremos de donde van a llevar los de la
ambulancia el cuerpo del chico ¿La chica dice algo nuevo?
-Nada, la pobre está en shock. Esto la va a cambiar la vida, y tiene 20
años. Según parece el chaval salió de ninguna parte, fue imposible que le
viera.- Digo mientras miro a la joven sentada en la ambulancia tapada con una
manta y que ahora está hablando con el técnico de apoyo que vino con la
ambulancia.
-Es que estas farolas han estado rotas desde principios de semana, se le va
a caer el pelo al alcalde por no haberlas arreglado.
“Se excusarán en que el chaval no llevaba ni chaleco ni nada “Esto último
sólo lo pienso, no quiero decirlo en alto porque es demasiado deprimente. Me
cabrea que las negligencias terminen afectando hasta tal punto a la gente. Miro
otra ve a la chica que ahora se ha vuelto a llorar, será una carga que nunca
podrá quitarse de encima.
Lucía. 23 de Octubre
No puedo evitarlo y vuelo a ponerme a llorar. Estoy tan feliz y nerviosa a
la vez… No me creía capaz de hacerlo… Todo ha salido según lo planeado.
Miro rápidamente al contenedor de basura donde he dejado el chaleco del
hijo de puta, oculto bajo algunas bolsas de basura. Parece que de momento la
policía no sospecha nada.
1 de 3, esta vez seré yo la que divierta cazando.
martes, 2 de diciembre de 2014
Olor a lumbre y a manzana.
Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista
Querido diario,
Sigo extrañando mucho al pequeño
Luis, a mi esposo y a mis compañeras de la parroquia. El olor de mi pequeño y
el aterciopelado tacto de su cabello húmedo recién salido de la ducha. Ya ha
pasado un mes, y aún convivo con ellas, lo único que me mantiene con fuerzas es
la protección del Señor y el consuelo de las deliciosas tartaletas de manzana;
calentitas, humeantes y recién hechas.
Aunque que sufro, todavía
intentando comprender a mis compañeras de estancia, pues estoy convencida de
que se trata de una prueba, una ardua y laboriosa tarea por la que he de sufrir
y expiar mis pecados, los caminos del Señor son inescrutables. A veces las
maldigo, por lascivas y porque me hacen la vida imposible cada minuto y cada
hora, pero pese a todo, rezo por ellas y
por la salvación de sus almas. Hoy se han burlado de mí, me han insultado y han
firmado los documentos del reparto de las asignaciones en mi nombre, quieren
hacerme sentir loca.
Esta mañana, mientras contemplaba
arder la lumbre la doctora Fresneda me ha citado en su consulta.
— ¿Cómo se encuentra hoy Marisa?
— Doctora, quiero volver ya a casa, ocuparme
de mis labores y de mi marido. Noto mucho
mejor el corazón y hace ya varias semanas que no percibo taquicardias ni arritmias.
¿Cuándo me dará el alta? He rezado al rosario porque me diga que hoy salgo
de aquí, la semana que viene será la procesión del Cristo redentor y he de
acudir sin falta.
Querido diario,
Hoy he sido hospitalizada por
fractura de clavícula. Mario me ha acercado en coche a urgencias, prometiendo
volver pronto, pero aún no ha dado señales de vida. He tratado de buscar un
reloj, pero no he encontrado ninguno y el personal sanitario es algo reacio a
decirme la hora. El olor a madera quemada me produce dolor de cabeza, pero
preparan una tarta de manzana decente, algo chamuscada por encima, pero
aceptable después de todo. Tengo dos compañeras de habitación, una fanática
religiosa y una excéntrica de aspecto raro que amenaza con realizarse algunos
cortes si no la sacan pronto de allí. Extrañamente me parecen demasiado
familiares.
Esta mañana me ha citado Lucía,
la doctora.
— Señorita
Fernández ¿cómo se encuentra esta mañana?
— Muy bien,
muchas gracias doctora. ¿Le puedo consultar algo? Me gustaría saber si puedo llamar a mi
marido, iba a volver a por mí, pero temo que se haya perdido por el camino.
Además, ¿cuándo me darán el alta?, imagino que tendré que guardar reposo pero
debería avisar en el trabajo.
—No se preocupe. Por ahora lo primero es su salud, y aunque
su clavícula esté bien, tenemos otros problemas más acuciantes. Sea paciente y
disfrute de su estancia aquí. He oído que le gusta leer, disponemos de una
fabulosa biblioteca mientras se recupera.
Querido diario,
Aún permanezco presa de la demencia
y de la locura. Los pensamientos acerca
del suicidio aún rondan en mi cabeza. La situación se ha vuelto completamente
insostenible. Odio la medicación, el olor a lumbre y las tartaletas de manzana
que prepara la cuidadora. Alejarme de los ritmos frenéticos de la ciudad no ha
hecho más que empeorar la situación. Si no salgo pronto de aquí me cortaré las
venas.
Odio a esa furcia puritana y a
esa resabida “de los libros”. Un día las mataré, si no lo hago conmigo antes.
Dicen que estoy enferma mental, pero yo sé que no estoy loca, simplemente soy
más perceptiva que los demás. Me engañan y me atiborran a pastillas para
drogarme y volverme más dócil y majareta.
Hoy la estúpida de la doctora
Lucía Fresneda me ha hecho acudir a su consulta.
— ¿Cómo se encuentra hoy?
— No pienso hablar más con usted. Sé que no soy normal, pero ustedes quieren convertirme en una yonki adicta a sus mierdas. No volveré a tomarme ninguna pastilla más, antes me corto las venas.
— Bueno, comprendo. Estás alterada. Reposa un rato y luego hablaremos con más calma Marisa.
— No pienso hablar más con usted. Sé que no soy normal, pero ustedes quieren convertirme en una yonki adicta a sus mierdas. No volveré a tomarme ninguna pastilla más, antes me corto las venas.
— Bueno, comprendo. Estás alterada. Reposa un rato y luego hablaremos con más calma Marisa.
Al salir de la habitación
contemplé reflejado en el espejo el documento que sostenía la doctora, rezaba
lo siguiente: “Paciente Marisa Fernández, trastorno múltiple de personalidad”.
Héctor Puente Bienvenido
Planeta desconocido
Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista
La capitana Zarha’ila miró con
desprecio a su subordinado. En la cubierta de mando tan sólo se escuchaban
algunos pitidos de la maquinaria espacial y la tos nerviosa del segundo de
abordo. ¿Cómo osaba hablarle así a una superior? Se acercó con sus ocho patas
arácnidas al pequeño sargento rebelde, que la miraba con sus ojos vidriados y
rojizos. De un golpe con sus patas delanteras le arrancó la cabeza y se la
comió.
— ¡Que esto sirva de lección a
quien quiera discutir mis métodos! ¡Volaremos ese planeta infecto por los aires
y libraremos al universo de una raza tan débil como los humanos!
Avanzó hacia la cubierta
chasqueando sus mandíbulas y miró por la enorme ventana frente a la consola de
mandos. El planeta verde y azul que se extendía ante ella le producía arcadas.
¿Cómo podían existir seres tan débiles en su misma galaxia? No servían ni para
criarlos y comerlos, ya que su carne estaba repleta de químicos y fármacos.
Un subordinado chasqueó la
mandíbula, interpelándola:
— Mi capitana, la reclaman en
máxima seguridad.
— Ah, ya… — dijo ella
plácidamente— El “invitado”.
Junto a otros tres arácnidos
entrenados para servir, recorrió los amplios pasillos de la nave espacial y
llegó hasta el prisionero.
Allí estaba, con la ropa hecha
jirones y la blanda carne atravesada de cicatrices recientes. Su piel de ébano
contrastaba con el blanco de sus dientes, que a Zarha’ila le parecían
increíblemente inútiles. Al verla entrar, seguramente al reconocer su elevado
rango, intentó liberarse de las cadenas moviendo rítmicamente el cuerpo, pero no
lo consiguió, y acabó jadeando con la cabeza mirando hacia el suelo, mientras
la capitana se acercaba.
— Visto que no has querido
responder a nuestras preguntas, hemos considerado destruir tu planeta. Sois una
raza débil y pronto el universo recuperará vuestra pérdida. Con suerte del
polvo que quede pueda surgir una raza de invertebrados que realmente pueda
hacernos competencia.
El humano empezó a gritar,
aullando como el sucio animal que era, sin que la capitana pudiera sacar algo
en claro. Miró al tercero de abordo, que había estado con el prisionero todo el
día y hacía las veces de traductor. Él negó con la cabeza.
— No dice nada coherente, mi
capitana.
La capitana se acercó furiosa al
humano, con sus mandíbulas muy cerca del cuello de éste. ¿Qué tipo de bestia
podía construir una nave espacial sin comunicarse como las personas? Los
vertebrados la ponían enferma, y más aún los primates.
— Pues verá arder su planeta.
Los chillidos del humano
volvieron a inundar la sala, y la capitana hizo que el tercero de abordo lo
callara, antes de irse con prisas de ahí.
Volvió a la sala de mandos y echó
un vistazo a la tripulación, retándola a que volviera a juzgar sus métodos.
— ¿Alguien quiere volver a
oponerse a esta decisión? – dijo con malicia mientras ponía una pata en el
botón que activaba las armas a distancia.
Nadie se atrevió a hablar. Los
soldados arácnidos que había allí temblaban, inmóviles entorno a la consola de
mandos. La capitana, llena de orgullo y seguridad, retorció su pata y terminó
de accionar el sistema de disparo.
— ¡Fuego! – miró a la técnica de
disparos, que se encontraba inmóvil, mirándola.— ¡Fuego he dicho!
Y sin volver a decir nada, apartó
a la técnica de un empujón y apretó el botón de disparo. Las cabezas de ojos
vidriosos y rojos se volvieron hacia la ventana, donde pudieron ver cómo el
planeta se hacía mil pedazos.
La capitana respiraba con
dificultad de la emoción, acababa de terminar con la vida en un planeta, un
planeta que ya no servía, que era escoria. De pronto, sintió algo a su espalda.
La técnica le estaba mordiendo el cuello por detrás.
— ¿Qué? ¿Qué es esto? ¿Qué pasa
aquí?
El resto de la tripulación se fue
acercando, chasqueando violentamente las mandíbulas, rodeándola hasta que se
lanzaron sobre ella. La capitana gritó agónicamente mientras su tripulación la
despedazaba con furia.
El sargento Hux’biek se pasaba
los días en máxima seguridad. A su capitana le encantaba llamarle “el tercero
de abordo”, pero eso a él le daba arcadas. Estaba harto de sus métodos, y de su
prepotencia. Que fuera capitana no significaba que tuviera que comportarse como
una arácnida reina.
Toda la tripulación pensaba lo
mismo, pero eran unos cobardes, incapaces de valerse por sí mismos. Por eso le
gustaba estar en máxima seguridad, ahí él era el rey, nada ni nadie tenía por qué decirle cómo
hacer su trabajo.
La situación se había agravado
cuando llegó la criatura humana. La habían raptado de una nave que se dirigía
hacia ellos y llevaban una semana torturándole gratuitamente. ¿Por qué
gratuitamente? Porque el humano no podía más que emitir gruñidos y aullidos incomprensibles,
y las preguntas que le hacía Hux’biek no iban a llegar de ninguna forma a su
corto entendimiento.
Le torturaban por orden de la
capitana. Ella creía firmemente que se podían comunicar con él, y el sargento
no opuso resistencia a esa teoría: hizo la dramatización de una traducción
improvisada, diciéndole a la capitana lo que ella esperaba escuchar.
Hux’biek, sabiendo que todo lo
que le decía a la capitana era falso y llevaría a un gran error, estaba
contento. La capitana en su ceguera orgullosa, no había caído en la
inconsistencia de las teorías que no hacía más que elucubrar sobre el origen
del humano. Quien quiera que le llevara la contraria era devorado, así que la
tripulación le había dado la razón… hasta ahora.
Cuando la capitana salió de
máxima seguridad por última vez, Hux’biek miró al humano con algo parecido a la
compasión. Compadecía a esa pobre criatura de haberse visto envuelta en un
entramado que no tenía que ver con ella, sino con la dirección de una nave que
estaba corrupta.
La criatura sabía la verdad, pero
también la sabía Hux’biek, incluso el resto de la tripulación, pero nadie era
capaz de decírselo a la capitana. El sargento, allá abajo, guardaba silencio
sabiendo que pronto esa situación se volvería contra ella.
John Smith era el antiguo capitán
del “Star Finder” o SF como lo llamaban
en la Tierra. Había estado meses en criogenización dentro de esa nave espacial, esperando a su
destino, y un impacto lo había hecho salir del coma inducido.
Desafortunadamente el resto de su plantilla no lo había conseguido.
Consiguió la suficiente
consciencia como para darse cuenta de que el impacto que había derribado su
nave había sido un proyectil, y que la
SF estaba siendo jalada por una nave mucho mayor. Cuando esas enormes arañas de
ojos color sangre y mandíbulas afiladas entraron en su nave destrozándolo todo,
creyó estar soñando: una mala pesadilla. Pero tras una semana de tortura en la
que había recibido más latigazos de los que su piel podía soportar, tenía claro
que ese infierno era real.
Las arañas emitían sonidos
guturales dirigiéndose a él mientras le torturaban, señalando con sus patas un
pequeño planeta verde y azul que a John le recordaba a algo.
— ¡No sé qué queréis! ¡Llevo
meses inconsciente, no sé qué podéis querer de mí! – gritaba incapaz de
contener las lágrimas de frustración.
Con el paso de los días, el
planeta que le enseñaban iba cobrando cada vez más sentido, y con horror
descubrió lo que era. Gritó cada vez más fuerte, pero era inútil, las arañas
parecían no entender sus gritos, y eso les volvía furiosas y agresivas, como
podían corroborar las cicatrices de John.
El último día, en el que la araña
más grande de todas apareció por la puerta, John gritó todo lo que pudo, con la
esperanza de que entendieran su situación.
— ¡Tan sólo soy un explorador!
¡He venido en son de paz! ¡Desde la Tierra vimos ese planeta que me enseñáis
continuamente y enviamos a un equipo a saludar a las formas de vida que pudiera
haber!
La araña enorme se le acercó, y
sus mandíbulas rozaron la piel del cuello de John, lo que lo hizo callarse.
Cuando se alejó, volvió a gritar:
— ¡Sé que es uno de vuestros
planetas! ¡Vimos muchos signos de vida invertebrada desde nuestros escáneres!
¿¡Qué más queréis de mí!? ¿¡Qué más queréis!?
Un golpe de Hux’biek lo dejó
inconsciente mientras la capitana Zarha’ila subía a destruir, ciega de
prepotencia, el planeta natal de una parte de la tripulación.
Montag
TTX
Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista
Me puse el abrigo y comprobé que en los bolsillos estuviera todo lo básico para sobrevivir: chicles de menta, el móvil, las llaves de casa… Vale. Estaba todo. Papá invitaba, así que no necesitaba traer dinero conmigo. Bajé corriendo las escaleras y los tres últimos escalones los salté para plantarme de golpe delante de la entrada del salón. Las puertas correderas estaban cerradas y a través de sus ventanas de vidrio opacado se filtraba la luz del fuego de la chimenea. La calma que inundaba el ambiente me quitó de sopetón las prisas que llevaba. Entreabrí con cuidado las puertas y asomé mi mirada por una pequeña rendija. Solo veía la calva de mi padre a contraluz, sentado en el sofá, y los pies de mi madre asomados por el lado derecho. Parecía que susurraba algo a mi madre mientras contemplaba los troncos de la chimenea chisporrotear.
Me puse el abrigo y comprobé que en los bolsillos estuviera todo lo básico para sobrevivir: chicles de menta, el móvil, las llaves de casa… Vale. Estaba todo. Papá invitaba, así que no necesitaba traer dinero conmigo. Bajé corriendo las escaleras y los tres últimos escalones los salté para plantarme de golpe delante de la entrada del salón. Las puertas correderas estaban cerradas y a través de sus ventanas de vidrio opacado se filtraba la luz del fuego de la chimenea. La calma que inundaba el ambiente me quitó de sopetón las prisas que llevaba. Entreabrí con cuidado las puertas y asomé mi mirada por una pequeña rendija. Solo veía la calva de mi padre a contraluz, sentado en el sofá, y los pies de mi madre asomados por el lado derecho. Parecía que susurraba algo a mi madre mientras contemplaba los troncos de la chimenea chisporrotear.
La verdad es que hacía tiempo que no pasábamos un domingo tan agradable. Pasear por el centro y comer en un restaurante japonés era un plan sencillo, pero placentero. Mi madre siempre había sido fan de probar platos exóticos y aunque mi padre siempre se resistiera a probar cosas nuevas, esta vez cedió.
No es que quisiera interrumpir ese momento, pero ya llegábamos tarde al cine. Abrí algo más la puerta, haciendo ruido, y mi padre giró su cabeza hacia a mí.
Se llevó el dedo índice a los labios y me habló en un
murmullo: ‘’Ya voy’’
Vi cómo se levantaba, como quitándose con cuidado el peso
del cuerpo de mi madre de sus muslos. Pobrecita. Se había quedado dormida. Pareció
que mi madre se quejara de que la moviera lanzando un saludo rápido hacia a mí
con el dedo pulgar de su pie izquierdo.
Mi padre la arropó con una manta y desapareció por un
momento al agacharse a decirle algo. Resurgió del telón que parecía el sofá y se dirigió de puntillas
hacia la puerta.
‘’Vámonos, ¿no?’’ le dije. Me guiñó un ojo, se puso el abrigo y me invitó a salir antes que él por la puerta.
***
Salimos con prisa del japonés, porque Carlos se había empeñado en llevar a Celia al cine. Una peli de acción, de las que yo no soporto. Pero la niña tenía exámenes, y por tanto necesitaba llegar a casa pronto para aprovechar la tarde.
Ya en el coche, de vuelta, comencé a sentirme extraña,
mareada, con náuseas. No vuelvo a comer sushi.
Al llegar a casa me tiré en el sofá y empecé a sentirme pesada. Celia subió corriendo a encerrarse en su cuarto para estudiar y Carlos se sentó conmigo en el sofá. Hacía tiempo que no nos sentábamos solos. Lo único que me unía a él era nuestra hija. Yo ya había huido de ese matrimonio hacía años.
Por un momento pensé que estaba en un sueño. Carlos me miraba en silencio y yo ya no podía moverme. Comencé a angustiarme, no entendía nada. Él me rodeó con sus brazos y me tumbó a lo largo del sofá, apoyándome sobre sus muslos. ¿Se estaba dando cuenta de lo que me ocurría? ¿No podía ver que no estaba comportándome de manera normal? Los ojos se me congelaron en un punto fijo. Y él se interpuso, para clavar su mirada en la mía. Perdí la noción del tiempo.
Ya debía saber que estaba sufriendo o que me ocurría algo.
¿¡Por qué no se asustaba ni se preocupaba!? ¡Espabila, joder!
En mi interior comencé a revolverme, como si fuera un perro desesperado rascando una puerta. La angustia comenzó a invadirme el cuerpo y mi alma se retorcía como un paño de cocina sucio al ser escurrido. El miedo me desgarraba como un frío pinchazo agudo que nacía a la izquierda del pecho y moría en la garganta, quedándose atrapado entre todos los gritos mudos de desesperación que me rasgaban de dolor. Estaba implosionando, rompiéndome en mil pedazos y sin embargo, mi cuerpo inmóvil enjaulaba mi angustia como si fuera una caja negra, dura, fría e inmóvil.
Él me acariciaba el pelo mientras miraba a la chimenea.
Oí un ruido desde el recibidor, como un golpe contra el suelo.
En mi cabeza solo retumbaban las súplicas: ‘’Celia, por favor… por favor… por favor… Celia, por favor, sácame de aquí, por favor, Celia…’’
Carlos se me acercó al oído. ‘’¿Sientes el frío? ’’.
Sentí cómo la puerta se entreabrió ligeramente, pero el sofá solo le dejaría ver mis pies.
Volvió a abrir la puerta, haciendo más ruido, y Carlos la miró sonriente, diciendo que ya iba.
‘’Celia, por favor, no estoy dormida, ven, acércate, ¡ACÉRCATE!, ¡SE ME ESTÁN SECANDO LOS PUTOS OJOS DE NO PODER NI PESTAÑEAR, VEN! ¡ASÓMATE, DESPÍDETE DE MÍ, ESTE PSICÓPATA SABE LO QUE ME PASA!’’
Carlos se levantó y me tapó con una manta. Mi desesperación por vivir solo consiguió que lanzara una última despedida con un movimiento torpe y fugaz del dedo pulgar de mi pie.
Se agachó y se acercó a mi cara. ‘’Ahora te toca a ti pasar por lo que he pasado yo’’.
Lo último que oí fue un portazo. Y yo me quedé sola, en la penumbra, esperando.
***
La cuestión era hacer un trabajo discreto y calculado.
Entre las cosas que Isabel quería hacer, estaba ir a un restaurante japonés.
Las llevaría a ese restaurante con no sé cuántas estrellas Michelín. Isabel siempre ha sido fan de probar platos exóticos, así que no dudaría en probar el pez globo. Algo estúpido, por su parte, pero la conozco bien. Un corte mal hecho y mortífero veneno cala en la carne del animal. Todos saben a qué se enfrentan al comer esta bestia. ¿Quién sospecharía de mí, sino de un descuido fatal del chef?
Tetrodotoxina. Su horrible nombre hacía honra a sus efectos. Y el veneno había caído en mis manos gracias a un viejo conocido mío que se movía por debajo de la cuerda de lo legal.
Solo tendría que echar una pequeña cantidad en su salsa de soja. Y antes de que comenzaran los efectos tendríamos que salir de allí con prisa. Isabel odiaba las películas de acción y se negaría rotundamente a venir. Celia tenía exámenes la semana que viene pero no podría decir que no a acompañarme al cine. Ya tendríamos una motivación para llegar pronto a casa.
Y todo salió como estaba previsto. Isabel se sentó en el sofá sin saber lo que
le esperaba. Cuando vi cómo comenzaba a congelarse sentí una inmensa
satisfacción. Ella no podía gesticular palabra pero podía oír su desesperación
atrapada dentro de su ser golpeando las paredes de sus entrañas.
Dejé todo por ella. Y esa puta se fue a buscar calor en
otras manos. Me engañó y se fue con ese
tal ‘’reunión’’, ‘’compras, ‘’viaje de trabajo’’… Se quedó conmigo pero habían
pasado ya muchos años desde que se había ido y no tuvo el valor de decírmelo. Y
yo solo aguanté vivir esa mentira por
Celia.
Tantos años atrapado en ese bucle de engaños, egoísmo e
hipocresía, sintiendo frío cada día, pareciendo que yo permanecía en estado de
ignorancia, con un gesto inescrutable que ocultaba cómo me quebraba por dentro,
como si el dolor fuera el revoloteo desesperado de mil pájaros negros
encerrados en mi jaula torácica.
Ahora tú, ¡TÚ! Tú vas a pasar por eso. Tú vas a despedazarte,
querer explotar y lanzar un grito de auxilio.
Pero no vas a poder.
Y se te va a parar el corazón, como hizo el mío.
Lucía Llorente Zubiri
El bisturí
Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista
Lo extraño es que sé cuánto tiempo queda. No puedo dejar de
analizar aunque supongo que debería ser lo normal. Después de todas las
operaciones que he llevado a cabo soy perfectamente consciente de cuán fino
debe ser un corte, cuantos los grados de inclinación del bisturí y cuál es el
tempo que exige cada tipo de tejido. Todas las personas somos diferentes y eso
se plasma perfectamente cuando las operas. No todos los músculos se dejan
cercenar igual y no todas las grasas, tendones, mucosas poseen en todas las
personas la misma consistencia.
Mis músculos, por ejemplo, son bastante más débiles de lo
que pensaba. A pesar de ir a correr todos los días, a pesar de tratar de
mantenerme en forma y a pesar de cuidar mi dieta, cando ligeramente noto el
bisturí sobre mi cuádriceps no tengo sensación de resistencia alguna. Que
desilusión.
En la facultad de medicina siempre nos dijeron que era
fundamental estar en forma para que el cuerpo respondiese a tus deseos. También
nos explicaron cuantos mililitros de morfina debes darle a un hombre para que
no sienta nada y, sinceramente, el hombre que a duras penas veo, con un bisturí
en su mano y la cara protegida tal y como mandan los cánones, no me inspira mucha
confianza.
Supongo que da un poco igual, en mis circunstancias casi lo
mejor que puede pasar es que se le vaya la mano, seccione alguna vena o arteria
y terminemos pronto. Imagino que debe estar muy nervioso y tratar de hacer un
trabajo como el suyo es difícil.
En algunos momentos el dolor se intensifica, noto como
ligeras descargas me recorren el cuerpo y siento el frio del instrumento dentro
de los músculos. Creo que no ha puesto suficientes analgésicos... Se me va la
cabeza por la caída de la tensión. ¡Maldita sea este tipo no tiene idea de lo que
hace!
Es imposible que sobreviva, los músculos están ya
agarrotados por el frio. Mi corazón se parará pronto y eso desencadenará en el
fallo de todos los órganos. No hay nada que pueda hacer, dios...
Ahora me doy cuenta... A duras penas consigo abrir los ojos
y mirarle directamente... Tiene las pupilas dilatadas y parece que suda... La
luz es claramente insuficiente, no lo ha preparado todo bien.
No es tan profesional como yo pensaba. ¿Qué dirán de mí en
la universidad? ¿En el hospital? ¿Mi mujer?... Quiero volver a ver a Clara...
Justo cuando ya teníamos el piso apalabrado... Justo... Quiero volver a verla,
quiero abrazarla y oler su pelo otra vez... Quiero abrazarla por las mañanas...
No quiero morir... Ahora ya no tengo calcetines para la ocasión... Tendré que
ponerme los zapatos viejos para la boda de Clara y mía... No quiero mas café
por las mañanas que luego armario. Luz.
Desde el principio. Limpia el sitio, limpia tus
herramientas. Asegúrate de que el entorno es seguro.
Evalúa las distracciones y descártalas. Observa que el paciente
esté preparado. Ponte las protecciones. Toma el bisturí.
Si quieres hacer un buen trabajo, hay que hacerlo
meticuloso. Sin prisa, tomándote tu tiempo y preparando bien las cosas. Con
mimo.
Todas las veces previas las he preparado igual, al
levantarse por la mañana un buen paseo, para que el cuerpo se active. Después
una carrera por algún parque lejano, hay que darle tiempo a la cabeza para que
viaje donde deba.
Después recabar información. Quién es, qué le pasa, Cuanto
tiempo lleva así. Esas cosas hacen que te centres más cuando estás al trabajo.
Así lo hacía en la facultad y, aunque hace muchos años de eso, aún conservo
bien mi instinto de entonces.
Bien, desde el principio. Limpia el sitio, limpia tus
herramientas. Asegúrate de que el entorno es seguro. Evalúa las distracciones y
descártalas. Observa que el paciente esté preparado. Ponte las protecciones.
Toma el bisturí.
El problema es que los hospitales de ahora no valoran las
técnicas de antaño. Se deslizan entre las nuevas tecnologías y no valoran el
saber acumulado por todos los cirujanos anteriores. Por eso yo intento seguirlo
tal y como mi Maestro me lo enseño, con calma y repasando bien todos los puntos
para que no se olvide nada. Es muy importante que no se olvide nada porque un
pequeño error y adiós.
Hay veces, no muchas, pero algunas, en las que me enfado por
la arrogancia de los directores de los hospitales. Pero después sé con certeza
que ellos no son médicos. En la mayoría de los casos nunca han tenido que
operar y... ¡¡¡El bisturí!!! Casi se me olvida ponerlo a desinfectar en la
bandeja. No se pueden tener estos fallos. Desde el principio...
Limpia el sitio, limpia tus herramientas. Asegúrate de que
el entorno es seguro. Evalúa las distracciones y descártalas. Observa que el
paciente esté preparado. Ponte las protecciones. Toma el bisturí.
Es un mantra que tranquiliza incluso cuando ya estoy
operando. Porque aunque sea un músculo de los cuádriceps o un ventrículo, la
soltura debe ser la misma, no se puede dudar. Lasquita a lasquita, filón a
filón. No quiero cortar en un sitio que no debo antes de tiempo. Cada cosa
lleva su proceso, su timing, no se puede seccionar una vena si antes no has
derivado una arteria, eso es así.
¿Me habré equivocado al ponerle la dosis? El paciente se
mueve mucho y ofrece resistencia aunque no debería y parece que es consciente
de la situación porque ha empezado a llorar... La morfina que le puse debería
bastar para que estuviese dormido al menos unas horas más, pero ahora no puedo dejarlo
así y comprobarlo. Mierda...
Desde el principio...
Sabía que en algún momento rentabilizaríamos la compra
Golán. Sí sí, ya te doy la comida, espera un poco que quiero ver qué va a hacer
ahora.
El barrio es de lo peor que hemos encontrado pero eso es una
oportunidad ¿Verdad que si Golán? No importa que Carla se fuera con otro,
nosotros hemos rehecho nuestra vida y no nos hace falta para nada. Además,
después de lo de esta noche, me van a dar el puto Pulitzer ya lo verás Golán,
ya lo verás.
Quizá si muevo el sillón podría verlo mejor. Las malditas
ventanas no se abren porque la casa se cae a cachos pero no importa, quizá así
sea mejor, hace mucho frio fuera y abrirlas quizá rompiese la escena.
Mira Golán, tenemos la vista perfecta, al ser unos
ventanales tan grandes, podemos verlo todo perfectamente. El tipo se ha subido
a la segunda planta del edificio y hemos tenido la suerte de que los plásticos
que recubrían las vigas aún desnudas se han caído por el viento asique puedo
hacer todas las fotos que necesitemos.
¿Cómo? No. No pasa nada, nosotros no podemos intervenir, solo
somos espectadores Golán, si intervenimos no podríamos hacer fotos y no
ganaríamos el Pulitzer.¿ Cómo se lo íbamos a resfregar si no a Carla?
¡Mira! ¡¡Se ha puesto nervioso por algo!! No encuentra
algo... ¡ah no! Estaba buscando algo pero está lejos y no puede ir a por ello.
¿En qué estará pensado? ¿Crees que los monstruos como él piensan Golán?
¡¡Oh dios mío!! ¡¡¡Ya sé quién es el tipo ese!!! Es el nuevo
cirujano jefe del Hospital Universitario.
Salió en las noticias como el más joven en alcanzar ese
puesto. Al parecer tuvo que despedir a muchos cirujanos como medida
prioritaria. No ha hecho muchos amigos no.
Me fascina la tranquilidad con la que un hombre le arrebata
la vida a otro. Sus movimientos son delicados, como si supiera que tiene que
hacer para alargar un segundo más su existencia. Fíjate en sus movimientos,
¿¿lo ves Golán? ¡¡¡¡ Deja la mesa Golán!!!! ¡Joder!
A ver... despacito, me asomo despacito otra vez... Sigue
igual, sus movimientos son rítmicos, como los de un reloj... Parece musitar
algo de vez en cuando. ¿Crees que es creyente Golán? Creo que no, no se puede
matar a alguien con esa tranquilidad y ser un creyente.
Parece que ha terminado, se quita los guantes y la
mascarilla. Al fin y al cabo parecía un cirujano de verdad, al menos en la
praxis.
Bueno, tenemos unas 400 fotos, lo tenemos todo registrado.
Llamemos a la policía y digamos que han asesinado a alguien.
¿Cómo que no puedo decir eso? ¿Qué quieres decir?
Ostia puta... Claro, la negación de auxilio... ¡¡¡No me
jodas!!! Tengo el mejor reportaje gráfico de la historia y ¿¿¿¿no podemos
publicarlo????
Vamos a comprarte comida Golán...
Bellaflor
lunes, 1 de diciembre de 2014
Odisea
Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista
I)
Me despertaron los
rayos de luz en la alcoba, arañando el lecho que llevaba más de quince años
acunándome sola. Maldije a los dioses, como todos los días, cada mañana, al
realizar mis plegarias. Hera, dios madre, te maldigo por no haber cuidado a mi
marido; Apolo, protector de los aqueos, maldito seas por no haber protegido a
mi amor también después de la guerra. Dios de dioses, intercede por él ante ese
malvado Poseidón que a veces inunda Ítaca, que otras nos deja sin alimento largas
temporadas y que no tiene suficiente con alejar a mi vida de esta isla, de mí,
de su reino, de su hijo, cada vez mayor y más perdido.
Algunas veces perdía toda esperanza. Otras el parecido
entre Telémaco y su padre me hacía llorar de rabia, una rabia tan fuerte que
después, a solas, transformaba en constancia y en paciencia. ¿Qué otra cosa
podía haber hecho aparte de esperarlo? ¿Elegir un pretendiente y reinar
acompañada? Si Odiseo no volvía, prefería seguir sola y honrar su recuerdo a
entregarme a otra persona. No por él, no por nadie, sino por mí. Por mi vida,
por un ideal. Dudé de que fuera a volver algún día, pero jamás de que yo
quisiera verle volver. Por eso lo esperé, día tras día, noche tras noche. Lo
albergaba en mi corazón, lo mantenía vivo en mis pensamientos y, de vez en
cuando, lo alcanzaba en sueños. Hablaba con él, lo llamaba, le repetía lo que
nos habíamos jurado la noche antes de partir a Troya. Sentía que podía oírme,
que mi mensaje lo llevaba el viento. Afrodita, diosa del amor, protectora de
los griegos, guía a mi vida hasta su vida. No le dejes perderse.
Aparté
los hilos deshechos la noche anterior que se habían enredado en mis dedos al
dormir. Con la misma pericia acaricié mi cabello, deshice los rizos, me sumí en
el peplo que pesaba empapado por los años, y reuní la fuerza para enfrentar un
día más la realidad. Telémaco estaría ya despierto.
— ¿Va a volver, madre?
—Está volviendo,
Telémaco. Lo he soñado.
II)
Aquella mañana me
despertó una de mis recurrentes pesadillas. Podía sentir cómo mis hechizos se
deshacían, cómo Odiseo comenzaba a zozobrar por las noches en sueños. Cómo
hablaba de su Ítaca y hablaba con Penélope. Algo me decía que pronto me lo
arrebatarían, que pronto Zeus volvería a cumplir mi castigo milenario: un héroe
para enamorarme cada mil años, un héroe que después me debía ser arrebatado.
Odiseo había sido distinto. Creí que estaría conmigo para siempre. Pero el
destino empezaba a deshilar nuestros hilos, y sentía cómo nuestro lazo se
volvía etéreo. Lo podía notar cada vez que miraba el mar. No siempre recuerda con
palabras, a veces solo siente nostalgia, de la peor que se puede sentir, de la
que no sabe de dónde procede, pero ahí está: clavándose en el acerico de su
corazón, tejiendo telarañas en su mente, sumiéndole en la bruma del recuerdo
latente. No podría soportar que se fuera de mi lado, y aun así intuyo su
partida inminente. Lo sé por el aire, por el mar, por la brisa y el ruido de
las gaviotas esta fresca mañana. Algo en Odiseo está despertando mientras él
duerme a escasos centímetros de mí.
Yo puedo darle todo: riquezas, juventud eterna, la
inmortalidad. Cada vez que escudriño los rizos que se agolpaban en su frente
resuena en mi cabeza la misma pregunta desde hace años. ¿Por qué no la olvida?
¿Por qué no quiere a nuestros hijos como a su primogénito? ¿Qué tiene esa isla
que no tenga la mía? Ha sido capaz de olvidar a sus hombres, la guerra, el
honor, los dioses… pero nunca podrá olvidar a aquella que teje y desteje. No
importa que yo le haya ocultado su destino a Odiseo, no importa que yo no la
mencione: late en sus ojos. Y pronto latirá más fuerte, hasta hacer brotar su
recuerdo. Lo sé, son designios del Olimpo. Y debería resignarme.
III)
—He tenido un sueño, Calipso— fue lo
primero que alcancé a decir al despertar. —Otra vez otra vida, otra vez otro
hombre.— El rostro de mi esposa se ensombreció rápidamente. Sabía lo infeliz
que le hacía que le hablase de mis pesadillas, de los recuerdos que se
mezclaban con los de los últimos siete años con ella y me invadían el corazón y
la mente. “Penélope”. A veces me invadía ese nombre, como un suspiro del
viento, como un susurro entre amantes a media noche. Y una imagen difusa se le
asociaba en mi mente. Alguna vez, para aclarar mis ideas, huía por la playa de
Ogigia a estar solo, a descansar de la mirada inquisidora de Calipso y del
grito de los críos. Me permitía el lujo de imaginar, por un momento, que los
recuerdos que se agolpaban en mi mente eran reales. Que esa mujer realmente
existía, era reina de un país del mismo mar que yo estaba pisando, y que me
estaba esperando, con una paciencia infinita, un amor incansable, una esperanza
impertérrita. Esas ilusiones me llenaban el alma de una dicha secreta, que no
podía compartir con nadie: ni con mi esposa, ni con los amigos que había hecho en
la isla después del naufragio, pues sabía que ella se acabaría enterando y no
convenía sacar la furia celosa que albergaba.
Como
un coletazo sentí una certeza glacial. Mirando al mar, perdido entre las olas,
lo supe. Fue un recuerdo concreto, distinto de todos los demás. Penélope tejía
y destejía todas las noches la labor, en el patio de columnas con vistas a la
bahía Dexia. Recuerdo ese patio, y el repiqueteo de las agujas. Penélope es
real, y me está esperando.
Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista
Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista
- Alberto, ¿a
cuento de que tiene tu madre que meterse con mi forma de decorar la casa? Desde
que se ha jubilado tiene demasiado tiempo libre y no para de criticar todo lo
que hago. Seguro que era la profe preferida del colegio. Tengo una suegra que
es un tópico con patas.
Estoy harta de este tío. Al principio pensé que podría
corregir esos pequeños defectos que me sacaban de quicio, pero cada vez me pone
más furiosa. ¿Cuántas veces le he dicho lo de la tapa del wc? ¿O lo de tirar la
basura? Yo creo que es tonto o se lo hace.
Y encima se va dando un portazo y dejándome con la
palabra en la boca, pues se va enterar.
- Cariño, ¿hace
falta que te pongas así por una tontería? Mi madre simplemente lo que quería
decir es que la decoración del salón no es de su estilo. Venga relaja, que
estás subiendo la voz y van a bajar los vecinos para saber qué pasa.
¿Qué mosca le habrá picado a ésta hoy? Está tan
encendida que no me deja ni hablar. No sé qué le pasa a Lisa últimamente que
parece que se enfada por todo. El otro día me la lió porque había dejado la
tapa del wc levantada, según ella por enésima vez. ¡Pues bájala tú, que no
cuesta tanto!
El caso es pelear. Se me está poniendo un dolor de cabeza increíble, creo
que lo mejor será que salga a la calle a airearme. Así también le doy tiempo a
Lisa para que se le pase la tontería.
- Hala Lisa,
voy a salir un rato a ver si me despejo, no me esperes despierta.
Ya están otra vez discutiendo Alberto y Lisa. Voy a
tener que empezar a preocuparme, en los últimos meses pelean por cualquier
cosa. ¿Que será una suegra? Lisa ha dicho esta palabra entre dientes, no debe
ser nada bueno.
Espero que no se separen porque no sabría con quién
quedarme. Lisa me compra unas delicias de pescado que me encantan, pero no me
acaricia como lo hace Alberto. Me gusta tumbarme encima de él y que me haga
cosquillas en la barriga.
Además esta casa me chifla, con un montón de alfombras
mullidas por todos sitios para que me aíslen del frío. Eso por no hablar de mi
cestita, tan acogedora al lado de la chimenea. Según me han contado mis colegas
no es nada habitual tener chimenea viviendo en el centro de Madrid.
Noto que poco a poco están subiendo el tono. Creo que
nunca había visto a Lisa con esa cara de enfado. Está muy colorada y no para de
gesticular. No sabría decir quien está ganando la pelea. Me temo que los
humanos no son como nosotros los gatos que nos damos cuatro zarpazos y
después tan amigos. Que Alberto se haya ido de la casa dando un portazo no es
buena señal, ¿verdad?
Paz Salas
domingo, 30 de noviembre de 2014
Correos
Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista
Sharona
Sharona miraba de reojo los bancos que había un poco detrás
suya mientras se rascaba una pierna con la otra. Llevaba mas de tres cuartos de
hora de pie y empezaba a estar cansada. Quizá toda la gente que había estado en
la cola antes que ella se habían ido por la misma razón, pero desde luego ella
no iba a ser la que dejase sitio a la siguiente.
Tal y como Sharona lo veía el que la mujer que estaba en el
mostrador llevase todo el tiempo hablando y bloqueando a los demás el que
pudiesen mandar sus cartas, o recibir un paquete como era su caso, no le
importaba demasiado. Después de todo tres personas se habían marchado ya de la
fila, por lo que iba a tardar exactamente lo mismo. Lo único que le molestaba
era el tener que permanecer de pie detrás de la linea blanca, como si fuese una
carrera de atletismo, miró de nuevo hacia atrás un segundo para mirar al
adolescente que estaba sentado tranquilamente con los cascos conectados a su
movil, que no había dejado de mirar. El muy vago llevaba sentado ahí tan
tranquilo, sin ofrecer a que otro se siente, mantenía las piernas completamente
abiertas ocupando al menos dos huecos en el banco. Si fuera Randy, su hijo, le
habría dado ya una colleja de campeonato.
Suspiró otra vez, la mujer del mostrador parecía que aún
tenía algunas cosas que hacer. Sharona no acababa de entender como era posible
que se estuviese dando tantas vueltas y complicándolo todo tanto. Cuando iba a
una tienda sabía siempre lo que quería, si tardaba mas de quince minutos en un
mostrador era que algo estaba saliendo realmente mal, por ejemplo cuando la
chica de la compañía telefónica no dejaba de enseñarle modelos alienígenas en
lugar de sacar el que ella había visto en el catálogo. Y aún así estaba segura
que no tardó tanto como la señora, claro que la vendedora de la tienda seguro
que iba a comisión y no como el funcionario de correos al que todo le daba lo
mismo. El iba a ganar lo mismo hiciese lo que hiciese. Era un trabajo sencillo,
estar sentado y dar cosas. No como ella que se pasaba los días de hospital en
hospital con el maletín, buscando en las consultas o esprando en las
cafeterías. Debería haber estudiado unas oposiciones, con lo que tardaba en las
consultas podría haber estudiado unas… lo bueno de las consultas es que tenían
asientos… no como correos.
Natalie
-El asunto era sencillo, necesito recibir cinco paquetes
uno de ellos está certificado, dos han sido por correo en avión y otro ha sido
enviado por correo certificado y urgente y el último no tiene nada especial,
pero cuando lo reciba lo tengo que reenviar. Por otro lado tengo que enviar tres cartas y dos paquetes, sin contar
el paquete que tendré que volver a enviar, por cierto uno de los paquetes que
tengo que recibir no tengo el resguardo, pero si que he traído el DNI, que me
lo piden de todas maneras y ya me ha pasado antes, aunque se tarda un poco mas.
De los paquetes que tenía que recibir el primero era de su tía Jane, Jane
vivía en Toledo (Ohio) y le había mandado un único paquete que eran en
realidad dos, porque se trataba de una raqueta con un bote con las pelotas, las
dos cosas estaban envueltas y unidas por cinta americana (que en Ohio se
llamaba únicamente cinta), así que aunque en el resguardo indicaba que había un
único paquete en realidad eran dos unidos por cinta. Si no aparecía el paquete
con las pelotas de tenis se enfadaría y pondría una reclamación, que ya le
habían perdido una vez un paquete hacía tres meses cuando su sobrina de Ohio le
había enviado un robotito de juguete y no habían aparecido las pilas, en el
embalaje del robot estaba muy claro “Pilas incluidas” y ese era un paquete que
no había sido enviado por correo ordinario, sino que estaba certificado.-
Natalie tomó aire para continuar hablanddo con el
antipático cartero.
-El correo certificado era la mejor manera de mandar un
paquete, uno de los paquetes que había recibido contenía bombones y como el
correo certificado era tan bueno ni siquiera se habrían derretido. Pero no me
refiero a uno de los paquetes que he recibido, sino a un paquete que recibí
hace tiempo, era de Anne que vivía en Toledo (España) antes de que estuviera
prohibido mandar comida por correo. Lo que me recuerda que este otro paquete…-
Dijo moviendo uno de los papeles que había dejado encima de la mesa y
arrastrándolo de un lado de la pila “Papeles que he sacado al azar del bolso”
al de “Resguardos” -… viene certíficado, así que espero que no tenga ni un solo
arañazo, no se lo que puede ser porque mi amigo Jan le gusta enviar cosas
curiosas y raras para darme sorpresas, es que estuvo un poco enamorado de mi
hace muchos años y aún sigue siendo un poco zalamero, yo creo que aunque está
en Zamora sigue estando un poco demasiado enamorado.- Natalie miró un segundo
el recibo y lo volvió a mover con el dedo arrastrandolo por los diferentes
grupitos de papeles que había ido formando en el mostrador. –Perdone, pero
acabo de darme cuenta que ese recibo no era de Jan en Zamora, sino que es de
cuando el vivía en la calle Zarazamora… mientras miró donde esta el resguardo
de Jan ¿Puede enviar el paquete para Jane? Es este que tengo aquí, tenía unos
sellos en casa que compré hace unos años, así que no se si es lo que costará,
así que si me lo pesa puedo pagarle el resto de lo que falte en efectivo,
siempre que no tenga mas sellos de los necesarios, porque entonces lo que
podemos hacer es poner el mínimo de sellos en el paquete para Jane y pago esa
parte en efectivo y los sellos que me sobren los ponemos en el paquete para
Natalie, que es mi hija, a ella le tendré que mandar el paquete certificado,
que es el paquete que tengo que recibir que era urgente y estaba certificado y
luego yo lo reenviare sin lo de urgente, pero también lo tengo que certificar,
porque una vez Anne le mandó a Natalie un paquete y como no estaba certificado al
final se perdió y eso que fuimos antes de los siete días. Por eso he venido
antes de los siete días para el paquete de Jane, ya le he dicho que tengo el
DNI…-
Adrian
Si me levanto de la silla y le golpeo quizá se calle. Pero
tengo que golpearla con algo que pese mucho para que muera de un único golpe y
no me puedan acusar de ensañamiento. Podría usar uno de los bloques de metal
que usamos de sujeta-papeles, pero no está lo suficientemente cerca para que lo
pueda coger, saltar y golpearla, por lo que no podré decirle al juez que fue un
impulso. Bueno, puedo fingir que necesito el bloque de metal para cualquier
cosa y dejarlo a mano y dentro de diez minutos, si continúa hablando y
hablando, le atizo con el pedazo de metal. Debería empezar a demostrar alguna
clase de Tic, para que los testigos puedan decir que mis nervios estaban
resintiéndose. No creo que ninguno de ellos me pueda recriminar realmente si la
mato, quizá el chico de ahí lo está grabando con el móvil y algún psicologo
puede testificar que mi rección fue la esperada. Si un psicólogo dice que es
porque estaba mal quizá no vaya a la carcel, un manicómio no estaría tampoco
nada mal y con buena conducta en nada vuelvo a casa en… ¿Cuánto? ¿dos años? Si
es una jueza y uso mi sonrisa picarona y, teniendo en cuenta que es mi primer
crimen puede que sea incluso menos.
Jarl
Uranio-235
Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista
Primera parte.
Como un heraldo de estaño, la
campana de la puerta anunció el retorno del hijo prójimo en una época tan
similar al fin de los tiempos como era la Segunda Guerra Mundial. Una lluvia
intensa golpeaba el tejado de la casa de Neils Bohr en Copenhague aquella noche
del año 1941. No había nadie en la calle en aquel momento, como tampoco la
había habido en toda la tarde, ni a lo largo de muchas otras tardes durante
aquel último año, y solo un hombre se había atrevido a cruzarla a esas horas,
montado en un coche del ejército alemán.
Margrethe se apresuró a asomarse
por una de las ventanas de la casa, recelosa de las visitas inesperadas a esas
horas de la noche; cada mes que pasaba la tensión iba aumentando poco a poco en
Dinamarca desde la capitulación del gobierno del país ante Hitler, y aunque las
cosas no iban en principio tan mal como en otros países, sabía que algún día
sería el ejército alemán el que llamase a su puerta. Cuando vio aquel coche
parado frente a su casa, su corazón se detuvo durante un instante, dejándola
completamente inmóvil. Neils, su marido esperaba en el salón, fingiendo cierta
tranquilidad tras una hoja de periódico, como hacía todas las tardes.
-¿Quién es, Margrethe?-la
preguntó, pero ella no respondió, y se dirigió a la puerta para abrir al recién
llegado.
Era un hombre, solo un hombre,
tapado por una gabardina y un sombrero completamente empapados, con las manos
en los bolsillos, resoplando por el frío. Al principio no le reconoció, y su
presencia la causó un profundo miedo. No vestía de militar, lo cual era
extraño, viniendo en un coche del ejército, por lo que quizá fuese un agente
del gobierno alemán, lo que sería casi peor que si fuese realmente del
ejército. El hombre no la dijo nada mientras le miraba fijamente, y finalmente
cayó en la cuenta de quién era.
Un rostro familiar, un fantasma
del pasado que lejos de quedar atrás había traicionado su confianza y su
recuerdo.
-¿Qué haces tú aquí?-preguntó
Margrethe, fría como un témpano por fuera, pero ansiando que aquella indeseada
visita se fuese de aquel lugar tan rápido como fuese posible.
-Vengo a ver a tu marido, Margrethe.-dijo
él con igual frialdad, mirándola directamente a los ojos con
determinación.-¿Puedo pasar?
<<No.>>
-Sí, pasa.-dijo ella abriéndole
la puerta del todo.
Heisemberg entró, y fue
directamente al salón guiado por Margrethe, que esperaba que su marido actuase
con más calma que la que estaba demostrando ella, pero no fue así. Bohr se
levantó sobresaltado ante aquella sorpresa tan desagradable.
-Tú no tienes que estar
aquí.-dijo con enfado, dejando caer el periódico al suelo.
-Sabías que vendría.-respondió
Heisenberg, mostrando también cierta tensión.
Magrethe se resignó, sabía que no
podría hacer nada en aquel momento.
-¿Café?
Segunda parte.
Werner Heisenberg había pecado de
osadía cuando aceptó trabajar como cerebro del ejército alemán en uno de los
proyectos más importantes en el desarrollo de la técnica, y él lo sabía
perfectamente. En un alarde de egolatría, había creído que podría construir él
solo algo que ni siquiera todos los científicos que trabajaban en aquel momento
para los americanos habían conseguido por el momento: la construcción de la
bomba de fisión nuclear, el arma definitiva que señalaría quién ganaría la
guerra y quién sería arrasado por completo. La decisión no había sido fácil, y
sabía que si llegaba a conquistar su objetivo, el mundo no volvería a ser el
mismo, y Hitler la utilizaría para arrasar y conquistar tanto como quisiera sin
que nadie pudiese pararle, pero, ¿y si no lo conseguía? Si fallaba, y el
ejército aliado entraba en Alemania, sería ésta la arrasada por completo, y si
bien la primera opción le resultaba terrible, la segunda le parecía más
terrible aún. En el último siglo, Alemania había perdido ya una terrible
guerra, y cualquier muestra de orgullo había sido reprimida con dureza.
Se sentó, aún inquieto, en la
butaca que su antiguo maestro le ofrecía, dejando a un lado el maletín que
traía consigo.
-¿Qué te trae por aquí?-le
preguntó un Neils Bohr que trataba de serenarse. Su rostro reflejaba una
acumulada preocupación.
-¿No lo intuyes?
-No es una visita formal.
Siquiera cuando supe que estabas en Copenhague supuse que vendrías a verme.
Heisenberg se movió en la butaca
nervioso.
-Necesito tu ayuda, Neils.-confesó.
Bohr le miró fijamente sin decir
nada durante un rato, cómo si tratase de estudiarle desde el sofá que tenía
enfrente, con expresión severa.
-¿Ayuda?¿Para quién?¿Para ti o
para Hitler?-preguntó al fin.
-Para Europa, para Alemania. Todo
el mundo se ha vuelto en nuestra contra, otra vez.
-Alemania se ha convertido en un
monstruo.-dijo Bohr alzando la voz.-Una abominación.
-Es el resto del mundo quién la
hizo así. Durante diez años han estado reprimiendo cualquier tipo de iniciativa
nacida en Alemania, y robándonos territorios que nos pertenecen por
derecho.-respondió Heisenberg con el mismo nerviosismo que su maestro.-¿Soy
culpable de querer que las cosas vuelvan a ser como siempre fueron?
-No soy alemán.
-Lo sé.
Un incómodo silencio se produjo
en la habitación. Entre los dos reinaba un profundo respeto y una profunda
admiración, pero en los últimos años el respeto y la admiración parecían ser
cosas no demasiado valiosas. Magrethe entró con una bandeja con dos tazas, y
les sirvió a cada uno una taza de café que dejó sobre la mesa que tenían en
medio. Ninguno de los dos llegó a probar un sorbo en toda la noche. Nadie dijo
nada tampoco en lo que la mujer estuvo allí, ni tampoco en un rato largo
después.
-¿Para qué quieres mi
ayuda?-preguntó finalmente Bohr tomando la iniciátiva. En ese momento,
Heisenberg echó mano de su maletín, en el cual rebuscó entre un montón de
folios hasta sacar un montón de bocetos que le pasó a Bohr. Éste los ojeó
rápidamente.-¿Qué es esto?
-El nuevo arma de Alemania, una
bomba basada en la energía liberada por la fisión del núcleo de átomos de
uranio.-anunció Heisenberg, no sin cierto orgullo.
-¡La bomba atómica!-exclamó
Bohr.- ¿Es eso?¿Cómo has podido aceptar trabajar en algo tan terrible?
-¡Por Alemania!
-¿Cuándo pensaste que iba a ayudarte
en construir algo tan terrible para los nazis, Werner?¿Cuándo?
Heisenberg se puso en pie de
golpe, recogiendo los bocetos que su maestro le pasaba con cierta ira.
-Sé que tienes contactos fuera,
en Inglaterra y en América. Los necesito, Niels, no puedo construir la bomba yo
solo.-exclamó, levantando más la voz que lo que recomendaría la prudencia en
aquella situación.-No puedo.
-Nunca te ayudaré en un proyecto
como ese, y me aterroriza que vayas a ser tú quién lo lleve a cabo. Fuiste una
gran promesa, lo supe desde el día que te conocí. Creí que llevarías la física
a lo más alto, no que la utilizarías para convertirte en un genocida.
Tercera parte:
La preocupación había ido poco a
poco haciendo estragos en Bohr desde que comenzó la guerra. Hacía menos de diez
años, Copenhague se había convertido en el centro de la nueva ciencia, la
física de los cuantos y de los átomos, y allí se habían reunido las mayores
mentes para crear uno de los mayores logros del pensamiento, la Interpretación
de Copenhague. Ahora era una ciudad sombría y aterrorizada de sufrir un destino
como el que sufrieron Austria o Bélgica, y todas aquellas teorías habían sido
tachadas de “judaizantes”. Había pensado en escapar, en abandonar aquel país en
cuanto le fuese posible, y ya tenía trazado un plan para huir en el caso de que
fuese necesario. Pero no quería dejarlo todo atrás, allí estaba todo lo que
había construido, y no quería renunciar a ello si no era completamente
necesario.
-Los nazis entraron en mi
laboratorio.-dijo dejándose caer pesadamente sobre el sofá, recuperando la
calma. Gritando solo empeoraría la situación.-No sé qué habrá sido de él, no he
vuelto a ir desde entonces. Tuve que escondes la medalla del premio Nobel allí,
junto a la de unos amigos, para que no la encontrasen. ¿Sabes qué tuve que
hacer? Disolverlas completamente en ácido y dejarlas en botellas sin
identificar; quizá algún día pueda recuperarlas, no lo sé, quizá se hayan
perdido para siempre.
-Lo lamento profundamente.-dijo
Heisenberg sentándose también.
-Eso es la nueva Alemania,
Werner. Eso es lo que significa, destruir por destruir. Vete si quieres y
destruye todo lo que quieras con tu bomba, pero nunca seré cómplice tuyo, ni de
Hitler.
Heisenberg se levantó sin decir
nada y guardo todas las hojas que había sacado de nuevo en el maletín,
dispuesto a marcharse.
-¿Qué opción me quedaba, Neils?
-La dignidad, Werner, y el amor
por nuestro trabajo y nuestra disciplina. Vete, no quiero saber más de ti
nunca.
Ambos trataron de mantener las
formas, aún conscientes de la severidad de las palabras que intercambiaban. En
otro tiempo habían sido casi como un padre y un hijo. Con un gran esfuerzo por
mantener la dignidad, Heisenberg habló una última vez.
-¿Qué debo hacer?-preguntó.
-Lo sabes bien.
Abandonó la casa y se montó en el
coche que le esperaba a la salida para desaparecer de aquel lugar tan rápido
como le fue posible. Las cartas entre el uno y el otro cesaron desde aquel
momento, y no volvieron a recuperar el contacto en ningún momento.
La lluvia parecía no tener fin
sobre el tejado de la casa de Neils Bohr en Copenhague.
Elllolol
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