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miércoles, 3 de diciembre de 2014

23 de Octubre

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Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista

Adrian. 23 de Octubre

Bajo la verja  que separa el escaparate de la pastelería de la calle y pongo el candado. Es viernes y me toca cerrar la tienda, como de costumbre.

Miro mi móvil. Son casi las diez y media, por lo que antes de ir hasta el árbol y desenroscas la bicicleta le escribo un whats app a Meri avisando que salgo ya hacia su casa. Antes de poder enviarlo el teléfono comienza a sonar, es Oscar.

-¿Qué pasa tio? Me pillas cerrando la tienda.

- Eres un prigao. ¿Te unirás hoy a la fiesta?

-Hoy no, ya había quedado en ir a casa de Meri. Que sus padres hoy no van a estar.

-Abandonas a tus amigos por tu novia. ¡Que feo me parece! Jajaja Bueno ¿Y mañana? Roberto y yo iremos de caza por la zona de las discotecas pijas del centro.

-Puf, la verdad es que no sé qué decirte.

-No me seas plasta, que sabes que te encanta.

-Jajajaja. Vaale, contad conmigo. Por la tarde te llamo para ver hora y tal.

-Ok y adew. ¡Disfruta del polvo!

Me medio río mientras cuelgo el móvil; mando el mensaje que había dejado a medias. Lo uso como linterna para abrir la cadena, malditas farolas rotas, finalmente me lo guardo en la mochila.

 Una vez sacada la bici, me pongo el chaleco reflectante y me dirijo a buena velocidad hacia el primer cruce que hace la calle a unos pocos metros frente a mí, no veo aparecer el coche… Lo último que siento es una sensación de volar.

Agente Ruiz. 23 de Octubre

-¿Qué dicen desde la central? Este tipo de noches son una auténtica mierda- Digo mientras me acerco a Teresa  que está hablando por la radio del coche.

-No dicen nada nuevo, que llevemos a la chica a comisaría para la declaración formal y que nos aseguremos de donde van a llevar los de la ambulancia el cuerpo del chico ¿La chica dice algo nuevo?


-Nada, la pobre está en shock. Esto la va a cambiar la vida, y tiene 20 años. Según parece el chaval salió de ninguna parte, fue imposible que le viera.- Digo mientras miro a la joven sentada en la ambulancia tapada con una manta y que ahora está hablando con el técnico de apoyo que vino con la ambulancia.

-Es que estas farolas han estado rotas desde principios de semana, se le va a caer el pelo al alcalde por no haberlas arreglado.

“Se excusarán en que el chaval no llevaba ni chaleco ni nada “Esto último sólo lo pienso, no quiero decirlo en alto porque es demasiado deprimente. Me cabrea que las negligencias terminen afectando hasta tal punto a la gente. Miro otra ve a la chica que ahora se ha vuelto a llorar, será una carga que nunca podrá quitarse de encima.


Lucía. 23 de Octubre

No puedo evitarlo y vuelo a ponerme a llorar. Estoy tan feliz y nerviosa a la vez… No me creía capaz de hacerlo… Todo ha salido según lo planeado.

Miro rápidamente al contenedor de basura donde he dejado el chaleco del hijo de puta, oculto bajo algunas bolsas de basura. Parece que de momento la policía no sospecha nada.

1 de 3, esta vez seré yo la que divierta cazando.

 Amaranth

martes, 2 de diciembre de 2014

Olor a lumbre y a manzana.

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Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista 


Querido diario,

Sigo extrañando mucho al pequeño Luis, a mi esposo y a mis compañeras de la parroquia. El olor de mi pequeño y el aterciopelado tacto de su cabello húmedo recién salido de la ducha. Ya ha pasado un mes, y aún convivo con ellas, lo único que me mantiene con fuerzas es la protección del Señor y el consuelo de las deliciosas tartaletas de manzana; calentitas, humeantes y recién hechas.

Aunque que sufro, todavía intentando comprender a mis compañeras de estancia, pues estoy convencida de que se trata de una prueba, una ardua y laboriosa tarea por la que he de sufrir y expiar mis pecados, los caminos del Señor son inescrutables. A veces las maldigo, por lascivas y porque me hacen la vida imposible cada minuto y cada hora, pero pese a todo, rezo por ellas  y por la salvación de sus almas. Hoy se han burlado de mí, me han insultado y han firmado los documentos del reparto de las asignaciones en mi nombre, quieren hacerme sentir loca.

Esta mañana, mientras contemplaba arder la lumbre la doctora Fresneda me ha citado en su consulta.

     — ¿Cómo se encuentra hoy Marisa?
   — Doctora, quiero volver ya a casa, ocuparme de mis labores y de mi marido. Noto      mucho mejor el corazón y hace ya varias semanas que no percibo taquicardias ni    arritmias.  ¿Cuándo me dará el alta? He rezado al rosario porque me diga que hoy salgo de aquí, la semana que viene será la procesión del Cristo redentor y he de acudir sin falta.




Querido diario,

Hoy he sido hospitalizada por fractura de clavícula. Mario me ha acercado en coche a urgencias, prometiendo volver pronto, pero aún no ha dado señales de vida. He tratado de buscar un reloj, pero no he encontrado ninguno y el personal sanitario es algo reacio a decirme la hora. El olor a madera quemada me produce dolor de cabeza, pero preparan una tarta de manzana decente, algo chamuscada por encima, pero aceptable después de todo. Tengo dos compañeras de habitación, una fanática religiosa y una excéntrica de aspecto raro que amenaza con realizarse algunos cortes si no la sacan pronto de allí. Extrañamente me parecen demasiado familiares.
Esta mañana me ha citado Lucía, la doctora.

— Señorita Fernández ¿cómo se encuentra esta mañana?
— Muy bien, muchas gracias doctora. ¿Le puedo consultar algo?  Me gustaría saber si puedo llamar a mi marido, iba a volver a por mí, pero temo que se haya perdido por el camino. Además, ¿cuándo me darán el alta?, imagino que tendré que guardar reposo pero debería avisar en el trabajo.
—No se preocupe. Por ahora lo primero es su salud, y aunque su clavícula esté bien, tenemos otros problemas más acuciantes. Sea paciente y disfrute de su estancia aquí. He oído que le gusta leer, disponemos de una fabulosa biblioteca mientras se recupera.




Querido diario,

Aún permanezco presa de la demencia y de la locura.  Los pensamientos acerca del suicidio aún rondan en mi cabeza. La situación se ha vuelto completamente insostenible. Odio la medicación, el olor a lumbre y las tartaletas de manzana que prepara la cuidadora. Alejarme de los ritmos frenéticos de la ciudad no ha hecho más que empeorar la situación. Si no salgo pronto de aquí me cortaré las venas.

Odio a esa furcia puritana y a esa resabida “de los libros”. Un día las mataré, si no lo hago conmigo antes. Dicen que estoy enferma mental, pero yo sé que no estoy loca, simplemente soy más perceptiva que los demás. Me engañan y me atiborran a pastillas para drogarme y volverme más dócil y majareta.

Hoy la estúpida de la doctora Lucía Fresneda me ha hecho acudir a su consulta.

— ¿Cómo se encuentra hoy?

— No pienso hablar más con usted. Sé que no soy normal, pero ustedes quieren convertirme en una yonki adicta a sus mierdas. No volveré a tomarme ninguna pastilla más, antes me corto las venas.

— Bueno, comprendo. Estás alterada. Reposa un rato y luego hablaremos con más calma Marisa.

Al salir de la habitación contemplé reflejado en el espejo el documento que sostenía la doctora, rezaba lo siguiente: “Paciente Marisa Fernández, trastorno múltiple de personalidad”.


Héctor Puente Bienvenido

Planeta desconocido

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Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista

La capitana Zarha’ila miró con desprecio a su subordinado. En la cubierta de mando tan sólo se escuchaban algunos pitidos de la maquinaria espacial y la tos nerviosa del segundo de abordo. ¿Cómo osaba hablarle así a una superior? Se acercó con sus ocho patas arácnidas al pequeño sargento rebelde, que la miraba con sus ojos vidriados y rojizos. De un golpe con sus patas delanteras le arrancó la cabeza y se la comió.

— ¡Que esto sirva de lección a quien quiera discutir mis métodos! ¡Volaremos ese planeta infecto por los aires y libraremos al universo de una raza tan débil como los humanos!

Avanzó hacia la cubierta chasqueando sus mandíbulas y miró por la enorme ventana frente a la consola de mandos. El planeta verde y azul que se extendía ante ella le producía arcadas. ¿Cómo podían existir seres tan débiles en su misma galaxia? No servían ni para criarlos y comerlos, ya que su carne estaba repleta de químicos y fármacos.

Un subordinado chasqueó la mandíbula, interpelándola:

— Mi capitana, la reclaman en máxima seguridad.

— Ah, ya… — dijo ella plácidamente— El “invitado”.

Junto a otros tres arácnidos entrenados para servir, recorrió los amplios pasillos de la nave espacial y llegó hasta el prisionero.

Allí estaba, con la ropa hecha jirones y la blanda carne atravesada de cicatrices recientes. Su piel de ébano contrastaba con el blanco de sus dientes, que a Zarha’ila le parecían increíblemente inútiles. Al verla entrar, seguramente al reconocer su elevado rango, intentó liberarse de las cadenas moviendo rítmicamente el cuerpo, pero no lo consiguió, y acabó jadeando con la cabeza mirando hacia el suelo, mientras la capitana se acercaba.

— Visto que no has querido responder a nuestras preguntas, hemos considerado destruir tu planeta. Sois una raza débil y pronto el universo recuperará vuestra pérdida. Con suerte del polvo que quede pueda surgir una raza de invertebrados que realmente pueda hacernos competencia.

El humano empezó a gritar, aullando como el sucio animal que era, sin que la capitana pudiera sacar algo en claro. Miró al tercero de abordo, que había estado con el prisionero todo el día y hacía las veces de traductor. Él negó con la cabeza.

— No dice nada coherente, mi capitana.

La capitana se acercó furiosa al humano, con sus mandíbulas muy cerca del cuello de éste. ¿Qué tipo de bestia podía construir una nave espacial sin comunicarse como las personas? Los vertebrados la ponían enferma, y más aún los primates.

— Pues verá arder su planeta.

Los chillidos del humano volvieron a inundar la sala, y la capitana hizo que el tercero de abordo lo callara, antes de irse con prisas de ahí.

Volvió a la sala de mandos y echó un vistazo a la tripulación, retándola a que volviera a juzgar sus métodos.

— ¿Alguien quiere volver a oponerse a esta decisión? – dijo con malicia mientras ponía una pata en el botón que activaba las armas a distancia.

Nadie se atrevió a hablar. Los soldados arácnidos que había allí temblaban, inmóviles entorno a la consola de mandos. La capitana, llena de orgullo y seguridad, retorció su pata y terminó de accionar el sistema de disparo.

— ¡Fuego! – miró a la técnica de disparos, que se encontraba inmóvil, mirándola.— ¡Fuego he dicho!

Y sin volver a decir nada, apartó a la técnica de un empujón y apretó el botón de disparo. Las cabezas de ojos vidriosos y rojos se volvieron hacia la ventana, donde pudieron ver cómo el planeta se hacía mil pedazos.

La capitana respiraba con dificultad de la emoción, acababa de terminar con la vida en un planeta, un planeta que ya no servía, que era escoria. De pronto, sintió algo a su espalda. La técnica le estaba mordiendo el cuello por detrás.

— ¿Qué? ¿Qué es esto? ¿Qué pasa aquí?

El resto de la tripulación se fue acercando, chasqueando violentamente las mandíbulas, rodeándola hasta que se lanzaron sobre ella. La capitana gritó agónicamente mientras su tripulación la despedazaba con furia.


El sargento Hux’biek se pasaba los días en máxima seguridad. A su capitana le encantaba llamarle “el tercero de abordo”, pero eso a él le daba arcadas. Estaba harto de sus métodos, y de su prepotencia. Que fuera capitana no significaba que tuviera que comportarse como una arácnida reina.

Toda la tripulación pensaba lo mismo, pero eran unos cobardes, incapaces de valerse por sí mismos. Por eso le gustaba estar en máxima seguridad, ahí él era el rey,  nada ni nadie tenía por qué decirle cómo hacer su trabajo.

La situación se había agravado cuando llegó la criatura humana. La habían raptado de una nave que se dirigía hacia ellos y llevaban una semana torturándole gratuitamente. ¿Por qué gratuitamente? Porque el humano no podía más que emitir gruñidos y aullidos incomprensibles, y las preguntas que le hacía Hux’biek no iban a llegar de ninguna forma a su corto entendimiento.

Le torturaban por orden de la capitana. Ella creía firmemente que se podían comunicar con él, y el sargento no opuso resistencia a esa teoría: hizo la dramatización de una traducción improvisada, diciéndole a la capitana lo que ella esperaba escuchar.

Hux’biek, sabiendo que todo lo que le decía a la capitana era falso y llevaría a un gran error, estaba contento. La capitana en su ceguera orgullosa, no había caído en la inconsistencia de las teorías que no hacía más que elucubrar sobre el origen del humano. Quien quiera que le llevara la contraria era devorado, así que la tripulación le había dado la razón… hasta ahora.

Cuando la capitana salió de máxima seguridad por última vez, Hux’biek miró al humano con algo parecido a la compasión. Compadecía a esa pobre criatura de haberse visto envuelta en un entramado que no tenía que ver con ella, sino con la dirección de una nave que estaba corrupta.

La criatura sabía la verdad, pero también la sabía Hux’biek, incluso el resto de la tripulación, pero nadie era capaz de decírselo a la capitana. El sargento, allá abajo, guardaba silencio sabiendo que pronto esa situación se volvería contra ella.




John Smith era el antiguo capitán del “Star Finder”  o SF como lo llamaban en la Tierra. Había estado meses en criogenización  dentro de esa nave espacial, esperando a su destino, y un impacto lo había hecho salir del coma inducido. Desafortunadamente el resto de su plantilla no lo había conseguido.

Consiguió la suficiente consciencia como para darse cuenta de que el impacto que había derribado su nave había sido un proyectil,  y que la SF estaba siendo jalada por una nave mucho mayor. Cuando esas enormes arañas de ojos color sangre y mandíbulas afiladas entraron en su nave destrozándolo todo, creyó estar soñando: una mala pesadilla. Pero tras una semana de tortura en la que había recibido más latigazos de los que su piel podía soportar, tenía claro que ese infierno era real.

Las arañas emitían sonidos guturales dirigiéndose a él mientras le torturaban, señalando con sus patas un pequeño planeta verde y azul que a John le recordaba a algo.

— ¡No sé qué queréis! ¡Llevo meses inconsciente, no sé qué podéis querer de mí! – gritaba incapaz de contener las lágrimas de frustración.

Con el paso de los días, el planeta que le enseñaban iba cobrando cada vez más sentido, y con horror descubrió lo que era. Gritó cada vez más fuerte, pero era inútil, las arañas parecían no entender sus gritos, y eso les volvía furiosas y agresivas, como podían corroborar las cicatrices de John.

El último día, en el que la araña más grande de todas apareció por la puerta, John gritó todo lo que pudo, con la esperanza de que entendieran su situación.

— ¡Tan sólo soy un explorador! ¡He venido en son de paz! ¡Desde la Tierra vimos ese planeta que me enseñáis continuamente y enviamos a un equipo a saludar a las formas de vida que pudiera haber!

La araña enorme se le acercó, y sus mandíbulas rozaron la piel del cuello de John, lo que lo hizo callarse. Cuando se alejó, volvió a gritar:

— ¡Sé que es uno de vuestros planetas! ¡Vimos muchos signos de vida invertebrada desde nuestros escáneres! ¿¡Qué más queréis de mí!? ¿¡Qué más queréis!?


Un golpe de Hux’biek lo dejó inconsciente mientras la capitana Zarha’ila subía a destruir, ciega de prepotencia, el planeta natal de una parte de la tripulación.

Montag

TTX

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Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista

Me puse el abrigo y comprobé que en los bolsillos estuviera todo lo básico para sobrevivir: chicles de menta, el móvil, las llaves de casa… Vale. Estaba todo.  Papá invitaba, así que no necesitaba traer dinero conmigo. Bajé corriendo las escaleras y los tres últimos escalones los salté para plantarme de golpe delante de la entrada del salón. Las puertas correderas estaban cerradas y a través de sus ventanas de vidrio opacado se filtraba la luz del fuego de la chimenea. La calma que inundaba el ambiente me quitó de sopetón las prisas que llevaba. Entreabrí con cuidado las puertas y asomé mi mirada por una pequeña rendija.   Solo veía la calva de mi padre a contraluz, sentado en el sofá, y los pies de mi madre asomados por el lado derecho. Parecía que susurraba algo a mi madre mientras contemplaba los troncos de la chimenea chisporrotear.

La verdad es que hacía tiempo que no pasábamos un domingo tan agradable. Pasear por el centro y comer en un restaurante japonés era un plan sencillo, pero placentero. Mi madre siempre había sido fan de probar platos exóticos y aunque mi padre siempre se resistiera a probar cosas nuevas, esta vez cedió.

 No es que quisiera interrumpir ese momento, pero ya llegábamos tarde al cine. Abrí algo más la puerta, haciendo ruido, y mi padre giró su cabeza hacia a mí.
Se llevó el dedo índice a los labios y me habló en un murmullo: ‘’Ya voy’’
Vi cómo se levantaba, como quitándose con cuidado el peso del cuerpo de mi madre de sus muslos. Pobrecita. Se había quedado dormida. Pareció que mi madre se quejara de que la moviera lanzando un saludo rápido hacia a mí con el dedo pulgar de su pie izquierdo.
Mi padre la arropó con una manta y desapareció por un momento al agacharse a decirle algo. Resurgió del telón que  parecía el sofá y se dirigió de puntillas hacia la puerta.

‘’Vámonos, ¿no?’’ le dije. Me guiñó un ojo, se puso el abrigo y me invitó a salir antes que él por la puerta.

***

Salimos con prisa del japonés, porque Carlos se había empeñado en llevar a Celia al cine. Una peli de acción, de las que yo no soporto. Pero la niña tenía exámenes, y  por tanto necesitaba llegar a casa pronto para aprovechar la tarde.
Ya en el coche, de vuelta, comencé a sentirme extraña, mareada, con náuseas. No vuelvo a comer sushi.

 Al llegar a casa me tiré en el sofá y empecé a sentirme pesada. Celia subió corriendo a encerrarse en su cuarto para estudiar y Carlos se sentó conmigo en el sofá. Hacía tiempo que no nos sentábamos solos. Lo único que me unía a él era nuestra hija. Yo ya había huido de ese matrimonio hacía años.

Por un momento pensé que estaba en un sueño. Carlos me miraba en silencio y yo ya no podía moverme. Comencé a angustiarme, no entendía nada. Él me rodeó con sus brazos y me tumbó a lo largo del sofá, apoyándome sobre sus muslos. ¿Se estaba dando cuenta de lo que me ocurría? ¿No podía ver que no estaba comportándome de manera normal? Los ojos se me congelaron en un punto fijo.  Y él se interpuso, para clavar su mirada en la mía. Perdí la noción del tiempo.

Ya debía saber que estaba sufriendo o que me ocurría algo.

¿¡Por qué no se asustaba ni se preocupaba!? ¡Espabila, joder!

 En mi interior comencé a revolverme, como si fuera un perro desesperado rascando una puerta. La angustia comenzó a invadirme el cuerpo y mi alma se retorcía como un paño de cocina sucio al ser escurrido. El miedo me desgarraba como un frío pinchazo agudo que nacía a la izquierda del pecho y moría en la garganta, quedándose atrapado entre todos los gritos mudos de desesperación que me rasgaban de dolor. Estaba implosionando, rompiéndome en mil pedazos y sin embargo, mi cuerpo inmóvil enjaulaba mi angustia como si fuera una caja negra, dura, fría e inmóvil.

Él me acariciaba el pelo mientras miraba a la chimenea.

Oí un ruido desde el recibidor, como un golpe contra el suelo.

En mi cabeza solo retumbaban las súplicas: ‘’Celia, por favor… por favor… por favor… Celia, por favor, sácame de aquí, por favor, Celia…’’

Carlos se me acercó al oído. ‘’¿Sientes el frío? ’’.

Sentí cómo la puerta se entreabrió ligeramente, pero el sofá solo le dejaría ver mis pies.

Volvió a abrir la puerta, haciendo más ruido, y Carlos la miró sonriente, diciendo que ya iba.

‘’Celia, por favor, no estoy dormida, ven, acércate, ¡ACÉRCATE!, ¡SE ME ESTÁN SECANDO LOS PUTOS OJOS DE NO PODER NI PESTAÑEAR, VEN! ¡ASÓMATE, DESPÍDETE DE MÍ, ESTE PSICÓPATA SABE LO QUE ME PASA!’’

Carlos se levantó y me tapó con una manta. Mi desesperación por vivir solo consiguió que lanzara una última despedida con un movimiento torpe y fugaz del dedo pulgar de mi pie.

  Se agachó y se acercó a mi cara. ‘’Ahora te toca a ti pasar por lo que he pasado yo’’.

Lo último que oí fue un portazo. Y yo me quedé sola, en la penumbra, esperando.

***

La cuestión era hacer un trabajo discreto y calculado.

Entre las cosas que Isabel quería hacer, estaba ir a un restaurante japonés.

Las llevaría a ese restaurante con no sé cuántas estrellas Michelín. Isabel siempre ha sido fan de probar platos exóticos, así que no dudaría en probar el pez globo. Algo estúpido, por su parte, pero la conozco bien. Un corte mal hecho y  mortífero veneno cala en la carne del animal. Todos saben a qué se enfrentan al comer esta bestia. ¿Quién sospecharía de mí, sino de un descuido fatal del chef?

Tetrodotoxina. Su horrible nombre hacía honra a sus efectos. Y el veneno había caído en mis manos gracias a un viejo conocido mío que se movía por debajo de la cuerda de lo legal.

Solo tendría que echar una pequeña cantidad en su salsa de soja. Y antes de que comenzaran los efectos tendríamos que salir de allí con prisa. Isabel odiaba las películas de acción y se negaría rotundamente a venir. Celia tenía exámenes la semana que viene pero no podría decir que no a acompañarme al cine. Ya tendríamos una motivación para llegar pronto a casa.

Y todo salió como estaba previsto.  Isabel se sentó en el sofá sin saber lo que le esperaba. Cuando vi cómo comenzaba a congelarse sentí una inmensa satisfacción. Ella no podía gesticular palabra pero podía oír su desesperación atrapada dentro de su ser golpeando las paredes de sus entrañas.

Dejé todo por ella. Y esa puta se fue a buscar calor en otras manos. Me engañó y  se fue con ese tal ‘’reunión’’, ‘’compras, ‘’viaje de trabajo’’… Se quedó conmigo pero habían pasado ya muchos años desde que se había ido y no tuvo el valor de decírmelo. Y yo solo aguanté  vivir esa mentira por Celia. 

Tantos años atrapado en ese bucle de engaños, egoísmo e hipocresía, sintiendo frío cada día, pareciendo que yo permanecía en estado de ignorancia, con un gesto inescrutable que ocultaba cómo me quebraba por dentro, como si el dolor fuera el revoloteo desesperado de mil pájaros negros encerrados en mi jaula torácica.

Ahora tú, ¡TÚ! Tú vas a pasar por eso. Tú vas a despedazarte, querer explotar y lanzar un grito de auxilio.  Pero no vas a poder.


Y se te va a parar el corazón, como hizo el mío. 

Lucía Llorente Zubiri

El bisturí

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Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista

Lo extraño es que sé cuánto tiempo queda. No puedo dejar de analizar aunque supongo que debería ser lo normal. Después de todas las operaciones que he llevado a cabo soy perfectamente consciente de cuán fino debe ser un corte, cuantos los grados de inclinación del bisturí y cuál es el tempo que exige cada tipo de tejido. Todas las personas somos diferentes y eso se plasma perfectamente cuando las operas. No todos los músculos se dejan cercenar igual y no todas las grasas, tendones, mucosas poseen en todas las personas la misma consistencia.

Mis músculos, por ejemplo, son bastante más débiles de lo que pensaba. A pesar de ir a correr todos los días, a pesar de tratar de mantenerme en forma y a pesar de cuidar mi dieta, cando ligeramente noto el bisturí sobre mi cuádriceps no tengo sensación de resistencia alguna. Que desilusión.

En la facultad de medicina siempre nos dijeron que era fundamental estar en forma para que el cuerpo respondiese a tus deseos. También nos explicaron cuantos mililitros de morfina debes darle a un hombre para que no sienta nada y, sinceramente, el hombre que a duras penas veo, con un bisturí en su mano y la cara protegida tal y como mandan los cánones, no me inspira mucha confianza.

Supongo que da un poco igual, en mis circunstancias casi lo mejor que puede pasar es que se le vaya la mano, seccione alguna vena o arteria y terminemos pronto. Imagino que debe estar muy nervioso y tratar de hacer un trabajo como el suyo es difícil.

En algunos momentos el dolor se intensifica, noto como ligeras descargas me recorren el cuerpo y siento el frio del instrumento dentro de los músculos. Creo que no ha puesto suficientes analgésicos... Se me va la cabeza por la caída de la tensión. ¡Maldita sea este tipo no tiene idea de lo que hace!

Es imposible que sobreviva, los músculos están ya agarrotados por el frio. Mi corazón se parará pronto y eso desencadenará en el fallo de todos los órganos. No hay nada que pueda hacer, dios...

Ahora me doy cuenta... A duras penas consigo abrir los ojos y mirarle directamente... Tiene las pupilas dilatadas y parece que suda... La luz es claramente insuficiente, no lo ha preparado todo bien.

No es tan profesional como yo pensaba. ¿Qué dirán de mí en la universidad? ¿En el hospital? ¿Mi mujer?... Quiero volver a ver a Clara... Justo cuando ya teníamos el piso apalabrado... Justo... Quiero volver a verla, quiero abrazarla y oler su pelo otra vez... Quiero abrazarla por las mañanas... No quiero morir... Ahora ya no tengo calcetines para la ocasión... Tendré que ponerme los zapatos viejos para la boda de Clara y mía... No quiero mas café por las mañanas que luego armario. Luz.



Desde el principio. Limpia el sitio, limpia tus herramientas. Asegúrate de que el entorno es seguro.

Evalúa las distracciones y descártalas. Observa que el paciente esté preparado. Ponte las protecciones. Toma el bisturí.

Si quieres hacer un buen trabajo, hay que hacerlo meticuloso. Sin prisa, tomándote tu tiempo y preparando bien las cosas. Con mimo.

Todas las veces previas las he preparado igual, al levantarse por la mañana un buen paseo, para que el cuerpo se active. Después una carrera por algún parque lejano, hay que darle tiempo a la cabeza para que viaje donde deba.

Después recabar información. Quién es, qué le pasa, Cuanto tiempo lleva así. Esas cosas hacen que te centres más cuando estás al trabajo. Así lo hacía en la facultad y, aunque hace muchos años de eso, aún conservo bien mi instinto de entonces.

Bien, desde el principio. Limpia el sitio, limpia tus herramientas. Asegúrate de que el entorno es seguro. Evalúa las distracciones y descártalas. Observa que el paciente esté preparado. Ponte las protecciones. Toma el bisturí.

El problema es que los hospitales de ahora no valoran las técnicas de antaño. Se deslizan entre las nuevas tecnologías y no valoran el saber acumulado por todos los cirujanos anteriores. Por eso yo intento seguirlo tal y como mi Maestro me lo enseño, con calma y repasando bien todos los puntos para que no se olvide nada. Es muy importante que no se olvide nada porque un pequeño error y adiós.

Hay veces, no muchas, pero algunas, en las que me enfado por la arrogancia de los directores de los hospitales. Pero después sé con certeza que ellos no son médicos. En la mayoría de los casos nunca han tenido que operar y... ¡¡¡El bisturí!!! Casi se me olvida ponerlo a desinfectar en la bandeja. No se pueden tener estos fallos. Desde el principio...

Limpia el sitio, limpia tus herramientas. Asegúrate de que el entorno es seguro. Evalúa las distracciones y descártalas. Observa que el paciente esté preparado. Ponte las protecciones. Toma el bisturí.

Es un mantra que tranquiliza incluso cuando ya estoy operando. Porque aunque sea un músculo de los cuádriceps o un ventrículo, la soltura debe ser la misma, no se puede dudar. Lasquita a lasquita, filón a filón. No quiero cortar en un sitio que no debo antes de tiempo. Cada cosa lleva su proceso, su timing, no se puede seccionar una vena si antes no has derivado una arteria, eso es así.

¿Me habré equivocado al ponerle la dosis? El paciente se mueve mucho y ofrece resistencia aunque no debería y parece que es consciente de la situación porque ha empezado a llorar... La morfina que le puse debería bastar para que estuviese dormido al menos unas horas más, pero ahora no puedo dejarlo así y comprobarlo. Mierda...

Desde el principio...



Sabía que en algún momento rentabilizaríamos la compra Golán. Sí sí, ya te doy la comida, espera un poco que quiero ver qué va a hacer ahora.

El barrio es de lo peor que hemos encontrado pero eso es una oportunidad ¿Verdad que si Golán? No importa que Carla se fuera con otro, nosotros hemos rehecho nuestra vida y no nos hace falta para nada. Además, después de lo de esta noche, me van a dar el puto Pulitzer ya lo verás Golán, ya lo verás.

Quizá si muevo el sillón podría verlo mejor. Las malditas ventanas no se abren porque la casa se cae a cachos pero no importa, quizá así sea mejor, hace mucho frio fuera y abrirlas quizá rompiese la escena.

Mira Golán, tenemos la vista perfecta, al ser unos ventanales tan grandes, podemos verlo todo perfectamente. El tipo se ha subido a la segunda planta del edificio y hemos tenido la suerte de que los plásticos que recubrían las vigas aún desnudas se han caído por el viento asique puedo hacer todas las fotos que necesitemos.

¿Cómo? No. No pasa nada, nosotros no podemos intervenir, solo somos espectadores Golán, si intervenimos no podríamos hacer fotos y no ganaríamos el Pulitzer.¿ Cómo se lo íbamos a resfregar si no a Carla?

¡Mira! ¡¡Se ha puesto nervioso por algo!! No encuentra algo... ¡ah no! Estaba buscando algo pero está lejos y no puede ir a por ello. ¿En qué estará pensado? ¿Crees que los monstruos como él piensan Golán?

¡¡Oh dios mío!! ¡¡¡Ya sé quién es el tipo ese!!! Es el nuevo cirujano jefe del Hospital Universitario.

Salió en las noticias como el más joven en alcanzar ese puesto. Al parecer tuvo que despedir a muchos cirujanos como medida prioritaria. No ha hecho muchos amigos no.

Me fascina la tranquilidad con la que un hombre le arrebata la vida a otro. Sus movimientos son delicados, como si supiera que tiene que hacer para alargar un segundo más su existencia. Fíjate en sus movimientos, ¿¿lo ves Golán? ¡¡¡¡ Deja la mesa Golán!!!! ¡Joder!

A ver... despacito, me asomo despacito otra vez... Sigue igual, sus movimientos son rítmicos, como los de un reloj... Parece musitar algo de vez en cuando. ¿Crees que es creyente Golán? Creo que no, no se puede matar a alguien con esa tranquilidad y ser un creyente.

Parece que ha terminado, se quita los guantes y la mascarilla. Al fin y al cabo parecía un cirujano de verdad, al menos en la praxis.

Bueno, tenemos unas 400 fotos, lo tenemos todo registrado. Llamemos a la policía y digamos que han asesinado a alguien.

¿Cómo que no puedo decir eso? ¿Qué quieres decir?

Ostia puta... Claro, la negación de auxilio... ¡¡¡No me jodas!!! Tengo el mejor reportaje gráfico de la historia y ¿¿¿¿no podemos publicarlo????

Vamos a comprarte comida Golán...

Bellaflor

lunes, 1 de diciembre de 2014

Odisea

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Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista

I)

Me despertaron los rayos de luz en la alcoba, arañando el lecho que llevaba más de quince años acunándome sola. Maldije a los dioses, como todos los días, cada mañana, al realizar mis plegarias. Hera, dios madre, te maldigo por no haber cuidado a mi marido; Apolo, protector de los aqueos, maldito seas por no haber protegido a mi amor también después de la guerra. Dios de dioses, intercede por él ante ese malvado Poseidón que a veces inunda Ítaca, que otras nos deja sin alimento largas temporadas y que no tiene suficiente con alejar a mi vida de esta isla, de mí, de su reino, de su hijo, cada vez mayor y más perdido.

            Algunas veces perdía toda esperanza. Otras el parecido entre Telémaco y su padre me hacía llorar de rabia, una rabia tan fuerte que después, a solas, transformaba en constancia y en paciencia. ¿Qué otra cosa podía haber hecho aparte de esperarlo? ¿Elegir un pretendiente y reinar acompañada? Si Odiseo no volvía, prefería seguir sola y honrar su recuerdo a entregarme a otra persona. No por él, no por nadie, sino por mí. Por mi vida, por un ideal. Dudé de que fuera a volver algún día, pero jamás de que yo quisiera verle volver. Por eso lo esperé, día tras día, noche tras noche. Lo albergaba en mi corazón, lo mantenía vivo en mis pensamientos y, de vez en cuando, lo alcanzaba en sueños. Hablaba con él, lo llamaba, le repetía lo que nos habíamos jurado la noche antes de partir a Troya. Sentía que podía oírme, que mi mensaje lo llevaba el viento. Afrodita, diosa del amor, protectora de los griegos, guía a mi vida hasta su vida. No le dejes perderse.

Aparté los hilos deshechos la noche anterior que se habían enredado en mis dedos al dormir. Con la misma pericia acaricié mi cabello, deshice los rizos, me sumí en el peplo que pesaba empapado por los años, y reuní la fuerza para enfrentar un día más la realidad. Telémaco estaría ya despierto.

— ¿Va a volver, madre?
—Está volviendo, Telémaco. Lo he soñado.


II)                                  

Aquella mañana me despertó una de mis recurrentes pesadillas. Podía sentir cómo mis hechizos se deshacían, cómo Odiseo comenzaba a zozobrar por las noches en sueños. Cómo hablaba de su Ítaca y hablaba con Penélope. Algo me decía que pronto me lo arrebatarían, que pronto Zeus volvería a cumplir mi castigo milenario: un héroe para enamorarme cada mil años, un héroe que después me debía ser arrebatado. Odiseo había sido distinto. Creí que estaría conmigo para siempre. Pero el destino empezaba a deshilar nuestros hilos, y sentía cómo nuestro lazo se volvía etéreo. Lo podía notar cada vez que miraba el mar. No siempre recuerda con palabras, a veces solo siente nostalgia, de la peor que se puede sentir, de la que no sabe de dónde procede, pero ahí está: clavándose en el acerico de su corazón, tejiendo telarañas en su mente, sumiéndole en la bruma del recuerdo latente. No podría soportar que se fuera de mi lado, y aun así intuyo su partida inminente. Lo sé por el aire, por el mar, por la brisa y el ruido de las gaviotas esta fresca mañana. Algo en Odiseo está despertando mientras él duerme a escasos centímetros de mí.

            Yo puedo darle todo: riquezas, juventud eterna, la inmortalidad. Cada vez que escudriño los rizos que se agolpaban en su frente resuena en mi cabeza la misma pregunta desde hace años. ¿Por qué no la olvida? ¿Por qué no quiere a nuestros hijos como a su primogénito? ¿Qué tiene esa isla que no tenga la mía? Ha sido capaz de olvidar a sus hombres, la guerra, el honor, los dioses… pero nunca podrá olvidar a aquella que teje y desteje. No importa que yo le haya ocultado su destino a Odiseo, no importa que yo no la mencione: late en sus ojos. Y pronto latirá más fuerte, hasta hacer brotar su recuerdo. Lo sé, son designios del Olimpo. Y debería resignarme.

III)

—He tenido un sueño, Calipso— fue lo primero que alcancé a decir al despertar. —Otra vez otra vida, otra vez otro hombre.— El rostro de mi esposa se ensombreció rápidamente. Sabía lo infeliz que le hacía que le hablase de mis pesadillas, de los recuerdos que se mezclaban con los de los últimos siete años con ella y me invadían el corazón y la mente. “Penélope”. A veces me invadía ese nombre, como un suspiro del viento, como un susurro entre amantes a media noche. Y una imagen difusa se le asociaba en mi mente. Alguna vez, para aclarar mis ideas, huía por la playa de Ogigia a estar solo, a descansar de la mirada inquisidora de Calipso y del grito de los críos. Me permitía el lujo de imaginar, por un momento, que los recuerdos que se agolpaban en mi mente eran reales. Que esa mujer realmente existía, era reina de un país del mismo mar que yo estaba pisando, y que me estaba esperando, con una paciencia infinita, un amor incansable, una esperanza impertérrita. Esas ilusiones me llenaban el alma de una dicha secreta, que no podía compartir con nadie: ni con mi esposa, ni con los amigos que había hecho en la isla después del naufragio, pues sabía que ella se acabaría enterando y no convenía sacar la furia celosa que albergaba.


     Como un coletazo sentí una certeza glacial. Mirando al mar, perdido entre las olas, lo supe. Fue un recuerdo concreto, distinto de todos los demás. Penélope tejía y destejía todas las noches la labor, en el patio de columnas con vistas a la bahía Dexia. Recuerdo ese patio, y el repiqueteo de las agujas. Penélope es real, y me está esperando.



Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista

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Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista

-      Alberto, ¿a cuento de que tiene tu madre que meterse con mi forma de decorar la casa? Desde que se ha jubilado tiene demasiado tiempo libre y no para de criticar todo lo que hago. Seguro que era la profe preferida del colegio. Tengo una suegra que es un tópico con patas.
Estoy harta de este tío. Al principio pensé que podría corregir esos pequeños defectos que me sacaban de quicio, pero cada vez me pone más furiosa. ¿Cuántas veces le he dicho lo de la tapa del wc? ¿O lo de tirar la basura? Yo creo que es tonto o se lo hace.
Y encima se va dando un portazo y dejándome con la palabra en la boca, pues se va      enterar.



-      Cariño, ¿hace falta que te pongas así por una tontería? Mi madre simplemente lo que quería decir es que la decoración del salón no es de su estilo. Venga relaja, que estás subiendo la voz y van a bajar los vecinos para saber qué pasa.
¿Qué mosca le habrá picado a ésta hoy? Está tan encendida que no me deja ni hablar. No sé qué le pasa a Lisa últimamente que parece que se enfada por todo. El otro día me la lió porque había dejado la tapa del wc levantada, según ella por enésima vez. ¡Pues bájala tú, que no cuesta tanto!
El caso es pelear. Se me está poniendo un dolor de cabeza increíble, creo que lo mejor será que salga a la calle a airearme. Así también le doy tiempo a Lisa para que se le pase la tontería.
-      Hala Lisa, voy a salir un rato a ver si me despejo, no me esperes despierta.



Ya están otra vez discutiendo Alberto y Lisa. Voy a tener que empezar a preocuparme, en los últimos meses pelean por cualquier cosa. ¿Que será una suegra? Lisa ha dicho esta palabra entre dientes, no debe ser nada bueno.
Espero que no se separen porque no sabría con quién quedarme. Lisa me compra unas delicias de pescado que me encantan, pero no me acaricia como lo hace Alberto. Me gusta tumbarme encima de él y que me haga cosquillas en la barriga.
Además esta casa me chifla, con un montón de alfombras mullidas por todos sitios para que me aíslen del frío. Eso por no hablar de mi cestita, tan acogedora al lado de la chimenea. Según me han contado mis colegas no es nada habitual tener chimenea viviendo en el centro de Madrid.

Noto que poco a poco están subiendo el tono. Creo que nunca había visto a Lisa con esa cara de enfado. Está muy colorada y no para de gesticular. No sabría decir quien está ganando la pelea. Me temo que los humanos no son como nosotros los gatos  que nos damos cuatro zarpazos y después tan amigos. Que Alberto se haya ido de la casa dando un portazo no es buena señal, ¿verdad?

Paz Salas

domingo, 30 de noviembre de 2014

Correos

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Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista

Sharona

Sharona miraba de reojo los bancos que había un poco detrás suya mientras se rascaba una pierna con la otra. Llevaba mas de tres cuartos de hora de pie y empezaba a estar cansada. Quizá toda la gente que había estado en la cola antes que ella se habían ido por la misma razón, pero desde luego ella no iba a ser la que dejase sitio a la siguiente.
Tal y como Sharona lo veía el que la mujer que estaba en el mostrador llevase todo el tiempo hablando y bloqueando a los demás el que pudiesen mandar sus cartas, o recibir un paquete como era su caso, no le importaba demasiado. Después de todo tres personas se habían marchado ya de la fila, por lo que iba a tardar exactamente lo mismo. Lo único que le molestaba era el tener que permanecer de pie detrás de la linea blanca, como si fuese una carrera de atletismo, miró de nuevo hacia atrás un segundo para mirar al adolescente que estaba sentado tranquilamente con los cascos conectados a su movil, que no había dejado de mirar. El muy vago llevaba sentado ahí tan tranquilo, sin ofrecer a que otro se siente, mantenía las piernas completamente abiertas ocupando al menos dos huecos en el banco. Si fuera Randy, su hijo, le habría dado ya una colleja de campeonato.
Suspiró otra vez, la mujer del mostrador parecía que aún tenía algunas cosas que hacer. Sharona no acababa de entender como era posible que se estuviese dando tantas vueltas y complicándolo todo tanto. Cuando iba a una tienda sabía siempre lo que quería, si tardaba mas de quince minutos en un mostrador era que algo estaba saliendo realmente mal, por ejemplo cuando la chica de la compañía telefónica no dejaba de enseñarle modelos alienígenas en lugar de sacar el que ella había visto en el catálogo. Y aún así estaba segura que no tardó tanto como la señora, claro que la vendedora de la tienda seguro que iba a comisión y no como el funcionario de correos al que todo le daba lo mismo. El iba a ganar lo mismo hiciese lo que hiciese. Era un trabajo sencillo, estar sentado y dar cosas. No como ella que se pasaba los días de hospital en hospital con el maletín, buscando en las consultas o esprando en las cafeterías. Debería haber estudiado unas oposiciones, con lo que tardaba en las consultas podría haber estudiado unas… lo bueno de las consultas es que tenían asientos… no como correos.


Natalie

-El asunto era sencillo, necesito recibir cinco paquetes uno de ellos está certificado, dos han sido por correo en avión y otro ha sido enviado por correo certificado y urgente y el último no tiene nada especial, pero cuando lo reciba lo tengo que reenviar. Por otro lado tengo que  enviar tres cartas y dos paquetes, sin contar el paquete que tendré que volver a enviar, por cierto uno de los paquetes que tengo que recibir no tengo el resguardo, pero si que he traído el DNI, que me lo piden de todas maneras y ya me ha pasado antes, aunque se tarda un poco mas. De los paquetes que tenía que recibir el primero era de su tía Jane, Jane vivía en Toledo (Ohio) y le había mandado un único paquete que eran en realidad dos, porque se trataba de una raqueta con un bote con las pelotas, las dos cosas estaban envueltas y unidas por cinta americana (que en Ohio se llamaba únicamente cinta), así que aunque en el resguardo indicaba que había un único paquete en realidad eran dos unidos por cinta. Si no aparecía el paquete con las pelotas de tenis se enfadaría y pondría una reclamación, que ya le habían perdido una vez un paquete hacía tres meses cuando su sobrina de Ohio le había enviado un robotito de juguete y no habían aparecido las pilas, en el embalaje del robot estaba muy claro “Pilas incluidas” y ese era un paquete que no había sido enviado por correo ordinario, sino que estaba certificado.-
Natalie tomó aire para continuar hablanddo con el antipático cartero.
-El correo certificado era la mejor manera de mandar un paquete, uno de los paquetes que había recibido contenía bombones y como el correo certificado era tan bueno ni siquiera se habrían derretido. Pero no me refiero a uno de los paquetes que he recibido, sino a un paquete que recibí hace tiempo, era de Anne que vivía en Toledo (España) antes de que estuviera prohibido mandar comida por correo. Lo que me recuerda que este otro paquete…- Dijo moviendo uno de los papeles que había dejado encima de la mesa y arrastrándolo de un lado de la pila “Papeles que he sacado al azar del bolso” al de “Resguardos” -… viene certíficado, así que espero que no tenga ni un solo arañazo, no se lo que puede ser porque mi amigo Jan le gusta enviar cosas curiosas y raras para darme sorpresas, es que estuvo un poco enamorado de mi hace muchos años y aún sigue siendo un poco zalamero, yo creo que aunque está en Zamora sigue estando un poco demasiado enamorado.- Natalie miró un segundo el recibo y lo volvió a mover con el dedo arrastrandolo por los diferentes grupitos de papeles que había ido formando en el mostrador. –Perdone, pero acabo de darme cuenta que ese recibo no era de Jan en Zamora, sino que es de cuando el vivía en la calle Zarazamora… mientras miró donde esta el resguardo de Jan ¿Puede enviar el paquete para Jane? Es este que tengo aquí, tenía unos sellos en casa que compré hace unos años, así que no se si es lo que costará, así que si me lo pesa puedo pagarle el resto de lo que falte en efectivo, siempre que no tenga mas sellos de los necesarios, porque entonces lo que podemos hacer es poner el mínimo de sellos en el paquete para Jane y pago esa parte en efectivo y los sellos que me sobren los ponemos en el paquete para Natalie, que es mi hija, a ella le tendré que mandar el paquete certificado, que es el paquete que tengo que recibir que era urgente y estaba certificado y luego yo lo reenviare sin lo de urgente, pero también lo tengo que certificar, porque una vez Anne le mandó a Natalie un paquete y como no estaba certificado al final se perdió y eso que fuimos antes de los siete días. Por eso he venido antes de los siete días para el paquete de Jane, ya le he dicho que tengo el DNI…-

Adrian

Si me levanto de la silla y le golpeo quizá se calle. Pero tengo que golpearla con algo que pese mucho para que muera de un único golpe y no me puedan acusar de ensañamiento. Podría usar uno de los bloques de metal que usamos de sujeta-papeles, pero no está lo suficientemente cerca para que lo pueda coger, saltar y golpearla, por lo que no podré decirle al juez que fue un impulso. Bueno, puedo fingir que necesito el bloque de metal para cualquier cosa y dejarlo a mano y dentro de diez minutos, si continúa hablando y hablando, le atizo con el pedazo de metal. Debería empezar a demostrar alguna clase de Tic, para que los testigos puedan decir que mis nervios estaban resintiéndose. No creo que ninguno de ellos me pueda recriminar realmente si la mato, quizá el chico de ahí lo está grabando con el móvil y algún psicologo puede testificar que mi rección fue la esperada. Si un psicólogo dice que es porque estaba mal quizá no vaya a la carcel, un manicómio no estaría tampoco nada mal y con buena conducta en nada vuelvo a casa en… ¿Cuánto? ¿dos años? Si es una jueza y uso mi sonrisa picarona y, teniendo en cuenta que es mi primer crimen puede que sea incluso menos.
 -Claro señora, espere un momento que busco un sujeta papeles para que no se le muevan los tickets que no sirven.-
 Otro cuarto de hora… otro y ya la golpeo si que si.


Jarl

Uranio-235

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Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista

Primera parte.

Como un heraldo de estaño, la campana de la puerta anunció el retorno del hijo prójimo en una época tan similar al fin de los tiempos como era la Segunda Guerra Mundial. Una lluvia intensa golpeaba el tejado de la casa de Neils Bohr en Copenhague aquella noche del año 1941. No había nadie en la calle en aquel momento, como tampoco la había habido en toda la tarde, ni a lo largo de muchas otras tardes durante aquel último año, y solo un hombre se había atrevido a cruzarla a esas horas, montado en un coche del ejército alemán.

Margrethe se apresuró a asomarse por una de las ventanas de la casa, recelosa de las visitas inesperadas a esas horas de la noche; cada mes que pasaba la tensión iba aumentando poco a poco en Dinamarca desde la capitulación del gobierno del país ante Hitler, y aunque las cosas no iban en principio tan mal como en otros países, sabía que algún día sería el ejército alemán el que llamase a su puerta. Cuando vio aquel coche parado frente a su casa, su corazón se detuvo durante un instante, dejándola completamente inmóvil. Neils, su marido esperaba en el salón, fingiendo cierta tranquilidad tras una hoja de periódico, como hacía todas las tardes.

-¿Quién es, Margrethe?-la preguntó, pero ella no respondió, y se dirigió a la puerta para abrir al recién llegado.

Era un hombre, solo un hombre, tapado por una gabardina y un sombrero completamente empapados, con las manos en los bolsillos, resoplando por el frío. Al principio no le reconoció, y su presencia la causó un profundo miedo. No vestía de militar, lo cual era extraño, viniendo en un coche del ejército, por lo que quizá fuese un agente del gobierno alemán, lo que sería casi peor que si fuese realmente del ejército. El hombre no la dijo nada mientras le miraba fijamente, y finalmente cayó en la cuenta de quién era.

Un rostro familiar, un fantasma del pasado que lejos de quedar atrás había traicionado su confianza y su recuerdo.

-¿Qué haces tú aquí?-preguntó Margrethe, fría como un témpano por fuera, pero ansiando que aquella indeseada visita se fuese de aquel lugar tan rápido como fuese posible.

-Vengo a ver a tu marido, Margrethe.-dijo él con igual frialdad, mirándola directamente a los ojos con determinación.-¿Puedo pasar?

<<No.>>

-Sí, pasa.-dijo ella abriéndole la puerta del todo.

Heisemberg entró, y fue directamente al salón guiado por Margrethe, que esperaba que su marido actuase con más calma que la que estaba demostrando ella, pero no fue así. Bohr se levantó sobresaltado ante aquella sorpresa tan desagradable.

-Tú no tienes que estar aquí.-dijo con enfado, dejando caer el periódico al suelo.

-Sabías que vendría.-respondió Heisenberg, mostrando también cierta tensión.

Magrethe se resignó, sabía que no podría hacer nada en aquel momento.

-¿Café?


Segunda parte.


Werner Heisenberg había pecado de osadía cuando aceptó trabajar como cerebro del ejército alemán en uno de los proyectos más importantes en el desarrollo de la técnica, y él lo sabía perfectamente. En un alarde de egolatría, había creído que podría construir él solo algo que ni siquiera todos los científicos que trabajaban en aquel momento para los americanos habían conseguido por el momento: la construcción de la bomba de fisión nuclear, el arma definitiva que señalaría quién ganaría la guerra y quién sería arrasado por completo. La decisión no había sido fácil, y sabía que si llegaba a conquistar su objetivo, el mundo no volvería a ser el mismo, y Hitler la utilizaría para arrasar y conquistar tanto como quisiera sin que nadie pudiese pararle, pero, ¿y si no lo conseguía? Si fallaba, y el ejército aliado entraba en Alemania, sería ésta la arrasada por completo, y si bien la primera opción le resultaba terrible, la segunda le parecía más terrible aún. En el último siglo, Alemania había perdido ya una terrible guerra, y cualquier muestra de orgullo había sido reprimida con dureza.

Se sentó, aún inquieto, en la butaca que su antiguo maestro le ofrecía, dejando a un lado el maletín que traía consigo.

-¿Qué te trae por aquí?-le preguntó un Neils Bohr que trataba de serenarse. Su rostro reflejaba una acumulada preocupación.

-¿No lo intuyes?

-No es una visita formal. Siquiera cuando supe que estabas en Copenhague supuse que vendrías a verme.

Heisenberg se movió en la butaca nervioso.

-Necesito tu ayuda, Neils.-confesó.

Bohr le miró fijamente sin decir nada durante un rato, cómo si tratase de estudiarle desde el sofá que tenía enfrente, con expresión severa.

-¿Ayuda?¿Para quién?¿Para ti o para Hitler?-preguntó al fin.

-Para Europa, para Alemania. Todo el mundo se ha vuelto en nuestra contra, otra vez.

-Alemania se ha convertido en un monstruo.-dijo Bohr alzando la voz.-Una abominación.

-Es el resto del mundo quién la hizo así. Durante diez años han estado reprimiendo cualquier tipo de iniciativa nacida en Alemania, y robándonos territorios que nos pertenecen por derecho.-respondió Heisenberg con el mismo nerviosismo que su maestro.-¿Soy culpable de querer que las cosas vuelvan a ser como siempre fueron?

-No soy alemán.

-Lo sé.

Un incómodo silencio se produjo en la habitación. Entre los dos reinaba un profundo respeto y una profunda admiración, pero en los últimos años el respeto y la admiración parecían ser cosas no demasiado valiosas. Magrethe entró con una bandeja con dos tazas, y les sirvió a cada uno una taza de café que dejó sobre la mesa que tenían en medio. Ninguno de los dos llegó a probar un sorbo en toda la noche. Nadie dijo nada tampoco en lo que la mujer estuvo allí, ni tampoco en un rato largo después.

-¿Para qué quieres mi ayuda?-preguntó finalmente Bohr tomando la iniciátiva. En ese momento, Heisenberg echó mano de su maletín, en el cual rebuscó entre un montón de folios hasta sacar un montón de bocetos que le pasó a Bohr. Éste los ojeó rápidamente.-¿Qué es esto?

-El nuevo arma de Alemania, una bomba basada en la energía liberada por la fisión del núcleo de átomos de uranio.-anunció Heisenberg, no sin cierto orgullo.

-¡La bomba atómica!-exclamó Bohr.- ¿Es eso?¿Cómo has podido aceptar trabajar en algo tan terrible?

-¡Por Alemania!

-¿Cuándo pensaste que iba a ayudarte en construir algo tan terrible para los nazis, Werner?¿Cuándo?

Heisenberg se puso en pie de golpe, recogiendo los bocetos que su maestro le pasaba con cierta ira.

-Sé que tienes contactos fuera, en Inglaterra y en América. Los necesito, Niels, no puedo construir la bomba yo solo.-exclamó, levantando más la voz que lo que recomendaría la prudencia en aquella situación.-No puedo.

-Nunca te ayudaré en un proyecto como ese, y me aterroriza que vayas a ser tú quién lo lleve a cabo. Fuiste una gran promesa, lo supe desde el día que te conocí. Creí que llevarías la física a lo más alto, no que la utilizarías para convertirte en un genocida.


 Tercera parte:

La preocupación había ido poco a poco haciendo estragos en Bohr desde que comenzó la guerra. Hacía menos de diez años, Copenhague se había convertido en el centro de la nueva ciencia, la física de los cuantos y de los átomos, y allí se habían reunido las mayores mentes para crear uno de los mayores logros del pensamiento, la Interpretación de Copenhague. Ahora era una ciudad sombría y aterrorizada de sufrir un destino como el que sufrieron Austria o Bélgica, y todas aquellas teorías habían sido tachadas de “judaizantes”. Había pensado en escapar, en abandonar aquel país en cuanto le fuese posible, y ya tenía trazado un plan para huir en el caso de que fuese necesario. Pero no quería dejarlo todo atrás, allí estaba todo lo que había construido, y no quería renunciar a ello si no era completamente necesario.

-Los nazis entraron en mi laboratorio.-dijo dejándose caer pesadamente sobre el sofá, recuperando la calma. Gritando solo empeoraría la situación.-No sé qué habrá sido de él, no he vuelto a ir desde entonces. Tuve que escondes la medalla del premio Nobel allí, junto a la de unos amigos, para que no la encontrasen. ¿Sabes qué tuve que hacer? Disolverlas completamente en ácido y dejarlas en botellas sin identificar; quizá algún día pueda recuperarlas, no lo sé, quizá se hayan perdido para siempre.

-Lo lamento profundamente.-dijo Heisenberg sentándose también.

-Eso es la nueva Alemania, Werner. Eso es lo que significa, destruir por destruir. Vete si quieres y destruye todo lo que quieras con tu bomba, pero nunca seré cómplice tuyo, ni de Hitler.

Heisenberg se levantó sin decir nada y guardo todas las hojas que había sacado de nuevo en el maletín, dispuesto a marcharse.

-¿Qué opción me quedaba, Neils?

-La dignidad, Werner, y el amor por nuestro trabajo y nuestra disciplina. Vete, no quiero saber más de ti nunca.

Ambos trataron de mantener las formas, aún conscientes de la severidad de las palabras que intercambiaban. En otro tiempo habían sido casi como un padre y un hijo. Con un gran esfuerzo por mantener la dignidad, Heisenberg habló una última vez.

-¿Qué debo hacer?-preguntó.

-Lo sabes bien.

Abandonó la casa y se montó en el coche que le esperaba a la salida para desaparecer de aquel lugar tan rápido como le fue posible. Las cartas entre el uno y el otro cesaron desde aquel momento, y no volvieron a recuperar el contacto en ningún momento.

La lluvia parecía no tener fin sobre el tejado de la casa de Neils Bohr en Copenhague.

Elllolol