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lunes, 12 de enero de 2015
Dutch Angle
Práctica 5; Escribir para alguien concreto.
Tuve
mucho cuidado al d e r r a m a r el
aceite corporal sobre mis piernas para no manchar la colcha.
Mis
manos iban r e s b a l a n d o sobre
la piel que tú deberías navegarme y mi pena se anunciaba en primer plano: yo estaba desnuda sobre la cama
y tú te habías ido.
Las
comisuras de mis labios se vencían hacia
abajo como si la soledad
fuera tan densa como el plomo. Me había quedado muda y
con eso decía todo.
Eran
casi veinticuatro los
recuerdos que me invadían por segundo de aquel guión inconcluso. Las historias previsibles nunca
terminaron de ser buenas, aunque sí nos dejaran satisfechos.
Pero
Dios dijo ¡corten!
Y te
arrebató tu papel.
Y le
quitó el sentido al mío.
Vista
general de este desastre: Es
domingo por la tarde y mi alma como el cielo triste está en blanco y negro.
Club de cine.
Lucía Llorente Zubiri
Práctica 5; Escribir para alguien concreto
Práctica 5; Escribir para alguien concreto.
Tuve mucho cuidado al derramar el aceite. Las viejas lámparas
que había en la biblioteca estaban muy gastadas y a veces, se salía el aceite
por los engranajes. Cuando estaban todas encendidas, la biblioteca, antes una
antigua factoría de carbón, parecía respirar de nuevo fuego y su aspecto era
entre grandioso y terrible.
Repasé con cuidado los libros que quería mostrar a mis compañeros,
en uno de ellos estaban las fórmulas que necesitábamos para nuestros planes.
Dividí los libros que había sobre la mesa hasta que toqué sin querer la portada
de un pequeño libro. Estaba soportado en
cuero, muy suave y en su tapa se podía leer, El haz de luna. Como aún
tenía tiempo hasta que llegaran mis
compañeros, me senté a leer.
En todas las
historias hay un protagonista. Todas las historias tienen un inicio, un nudo y
un desenlace y todas las historias tienen un enemigo, un malo al que derrotar y
vivir felices. Si eso es lo que estás esperando ya puedes marcharte, esta
historia no es de esas. Esta es la historia de un Viernes, de no importa qué
mes.
En esta historia
ella es la protagonista.
¿Cómo describirla?
Es francamente difícil, digamos que si trato de reducir su imagen a algo que
siempre pueda recordar, diría que son sus ojos, su mirada. Pero no quiero
adelantar acontecimientos, vayamos por pasos.
Yo soy el aire que
sale de los alientos de los cuenta cuentos. Es probable que pensaras que las
historias se crean solas, pero no es así. Soy yo inspirando a los mejores cuenta cuentos. Soy el susurro que nombra las cosas,
soy el aliento después de que tu personaje favorito casi muera. Soy el te
quiero susurrado que inicia una historia. Soy el viajero errante. Y ella...
Ella era un rayo de
Luna. Cuando la conocí hablaba sin palabras, bailaba sobre las metáforas como
dos gotas de lluvia sobre los cristales. La vi de lejos, la vi moverse y
escuché encantado el tacto de un idioma que no conocía. Cuando terminó de
hablar delante del polvo que se reunía entorno a ella, me acerqué para preguntarle
por su extraño idioma y ella, mientras dejaba que la serena luz de sus
hermanas, otros rayos de luz de luna, la bañasen, giró su incorpórea presencia
hacia mí. Un estallido resonó en algún sitio y yo, asustado, continué hablando.
¿Qué iba hacer sino?
Forcé mi voluntad a
tomar una forma reconocible y desdibujé mis ropas como pude. ¿Puedes, por
favor, mostrarte tú también?
- No sé cómo se
hace, así que no puedo- Me dijo mientras ponía cara triste.
- Sólo tienes que
concentrarte y pensar qué imagen quieres proyectar- Le dije.
- Pero no sé qué
imagen quiero proyectar- Dijo ella.
- Piensa en una
imagen que te haga feliz- Dije con cuidado.
Giré sobre mí para
ver si alguien más nos escuchaba y al volver la vista hacia ella, la miré a los
ojos y mi mundo se acabó. Muchas historias se perdieron aquel día pues mi
mente, mi sino, mi esencia había cambiado y no tenia espacio para historias.
La miré a los ojos y
cambió lo que yo era. Tal era la fuerza de su mirada. Aunque supongo que
necesitaríais una descripción más precisa, me temo que mi lengua está muda y
pese a toda mí labia, no soy capaz de explicarlo. Verte reflejado en esos ojos,
hace que quieras ser mejor en todo, que creas que el universo es mejor sólo
porque ella está en él.
Nos pasamos la noche
corriendo sobre las flores y recriminando a los grillos porque eran,
indudablemente, pesados en su carcomida melodía. Fuimos a buscar unos gatos
callejeros que recitaban historias de aeropuertos y de humanos con los que
nunca habían estado. Fuimos a ver las estrellas por las calles, sin que nadie
nos viera, o quizá nos veían todos pero no importaba.
Caminamos sobre los
ruidos, sobre las sorpresas y la tristeza, caminamos sobre los deseos.
Caminamos sobre todo aquello que no fuera mirarnos a los ojos y vernos
reflejados.
Cuando las luces
despuntaban al alba, tomábamos el hielo que se lanzaban las miradas de otros.
La miré las manos y dije:
- Ven conmigo, vamos
a enseñarle al resto del mundo que ven detrás de las estrellas que encienden
tus ojos.
- No puedo irme con
cualquier persona con la que conecte. Ya veremos- Dijo ella con educada
indiferencia.
Dormimos en algún
sitio indeterminado. Desde que encontré sus ojos, mi memoria es muy selectiva y
olvida donde dormí, pero no olvida la mirada que me envió de soslayo cuando
pensaba que no la miraba. Así es esta historia.
Pasamos el día
viviendo momentos. Cada uno diferente al anterior y aunque los grillos seguían aburriéndonos
con su letanía, nosotros dibujábamos palabras en el viento y hablábamos de la
libertad.
Le conté historias
sobre ella, sobre los murmullos del viento entre su pelo y le dije muchas cosas
más que no se pueden decir en una historia. Ella reía mucho. Le dije que me
encantaba su risa.
- Mi madre, la luna,
me dice que sonrío mucho, que parezco boba- Me dijo agachando la cabeza.
Nunca seré capaz de
describiros la belleza que existía en ese momento. Perfección es lo más cercano
pero aún así no sería capaz de describirlo con exactitud.
- ¿Puedes hacerme un
favor? Trata de alumbrar al mundo cada día un poquito más con esa sonrisa que tienes.
– Ella se rió mucho y yo fui muy feliz.
Las noches pasaron y
nosotros jugamos a conocernos despacio pero profundo, hasta el tuétano. Echamos
carreras, nos peleamos y me ganó, no por la pelea en sí, sino porque la cercanía
de su esencia me mantuvo alegre por siempre.
Otra vez fuimos a
ver a los toros jugar. Todos se veían como los más importantes y traté de
explicarle cómo funcionaban y porqué se repetían las mismas cosas unos a otros
y quizá yo podría hacerlo diferente. Yo no dejo de ser un susurro de las
historias y algo se me habrá pegado de los más arrogantes, pero también de los más
buenos.
Ella se enfadó
mucho, mentiras y palabrejas vacías es lo que me entregas, yo quiero la
libertad del sol y de los campos abiertos. Su furia fue terrible como las
tormentas, pero la reconciliación mojó nuestras cabezas y nos encontró una vida
con significados conjuntos.
No os aburriré con
más detalles. Llegaron los días fríos, yo escuchaba más historias y ella se fue
a alumbrar con su luz la vida de otras personas con más necesidades que yo.
El tiempo pasa, el
frio se queda. Quizá otro día se dé cuenta de que le gustan mis historias y
vuelva a buscarme, pronuncie mi nombre y sea primavera otra vez. O quizá no.
Quizá otros aires le traigan felicidad y alimento para el sueño de sus ojos.
Entre estas palabras
se esconden secretos, algunos ocultos que preguntará algún día. Otros no tanto.
La sutileza siempre fue su fuerte, no el mío. Yo solo cuento cuentos,
historias.
Esta es la historia
de cómo un haz de luna, cambió mi vida.
Estupefacto ante tal hallazgo, sostuve con cuidado el
pequeño libro y lo guardé en mi zurrón. Para cuando llegaron mis compañeros,
fui incapaz de explicarles por qué estábamos aquí.
Biblioteca Pública
Bellaflor
domingo, 11 de enero de 2015
Práctica 5; Escribir para alguien concreto.
Práctica 5; Escribir para alguien concreto.
Con un gorgoteo, el líquido terminó de atravesar el embudo y lo retiré del bocal. Tras comprobar los niveles con la varilla, cerré el depósito enroscando el tapón con fuerza y me agaché para coger la bandeja que había utilizado para sacar el aceite sucio. Coloqué el embudo sobre una garrafa vacía que había reservado para disponer del aceite residual y vacié con mucho cuidado la bandeja. Aunque puse precaución de que el líquido corrosivo no me tocase la piel de las manos, esta se encontraba ennegrecida aunque posiblemente las manchas eran más por la carbonilla y la suciedad del motor que por el aceite mismo. Tampoco me preocupaba demasiado, mi extraordinarian capacidad de curación me ayudaba a sobrellevar heridas y quemaduras menores sin ningún problema.
Mientras me abrochaba los botones de la camisa, un pesado perrazo, pastor alemán con el lobuno cromatismo del pelaje sable, se abalanzó sobre mí y empezó a darme húmedos lametones en el rostro. Riendo, me abrazé a su peludo cuello y le froté los musculosos lomos con vigor.
El pastor alemán, con el automatismo de un soldado, cesó en sus carantoñas y corrió hacia su dueña para ponerse en una perfecta posición de junto. Sus ojillos marrones, cálidos, la miraron con adoración, sin perderla un segundo de vista. Aunque traté de reprimirlo, una sonrisa tiró de la comisura de mis labios al verla, orgullosa, guerrera, con sus ojos grises cargados de hastío y fumándose un cigarrillo.
Tuve mucho
cuidado al derramar el aceite en el depósito vacío del motor. Lo que menos me
apetecía era manchar toda la maquinaría del vehículo con el oscuro y viscoso
líquido, algo que me haría perder un valioso tiempo y ya había perdido bastante
aquella calurosa mañana de primavera. Poco a poco, dejé que el aceite cayese
dentro del embudo, controlando la cantidad exacta que debía entrar en el
depósito. Hacía bastante calor pero, pese a que llevaba toda la mañana
trabajando en poner a punto el coche patrulla, no estaba sudando como le pasaba
a mis compañeros humanos. No, pensé mientras observaba como el viscoso fluido
se deslizaba lentamente por el estrecho bocal del embudo, yo no era como ellos
aunque no lo supiesen. Era un protector ancestral.
Con un gorgoteo, el líquido terminó de atravesar el embudo y lo retiré del bocal. Tras comprobar los niveles con la varilla, cerré el depósito enroscando el tapón con fuerza y me agaché para coger la bandeja que había utilizado para sacar el aceite sucio. Coloqué el embudo sobre una garrafa vacía que había reservado para disponer del aceite residual y vacié con mucho cuidado la bandeja. Aunque puse precaución de que el líquido corrosivo no me tocase la piel de las manos, esta se encontraba ennegrecida aunque posiblemente las manchas eran más por la carbonilla y la suciedad del motor que por el aceite mismo. Tampoco me preocupaba demasiado, mi extraordinarian capacidad de curación me ayudaba a sobrellevar heridas y quemaduras menores sin ningún problema.
En cuanto
terminé, cerré la garrafa, limpié los pocos restos de aceite que habían goteado
sobre el motor con un trapo sucio y me enjuagué las manos usando una botella de
agua que había traído para ese fin. Satisfecho con mi trabajo, cerré el capó
del coche y procedí a cambiarme de ropa. El viejo chandal estaba bien para
estropearlo, pero necesitaba volver a ponerme mi elegante uniforme verde, con
sus blasones dorados que me señalaban como agente del cuerpo. En realidad, el
mantenimiento del motor de mi coche patrulla no era mi obligación, pero el
viejo Megane era casi como un compañero de trabajo y me gustaba mimarlo.
Mientras me abrochaba los botones de la camisa, un pesado perrazo, pastor alemán con el lobuno cromatismo del pelaje sable, se abalanzó sobre mí y empezó a darme húmedos lametones en el rostro. Riendo, me abrazé a su peludo cuello y le froté los musculosos lomos con vigor.
"¡Atlas!
¡FUSS!" escuché una autoritaria voz femenina.
El pastor alemán, con el automatismo de un soldado, cesó en sus carantoñas y corrió hacia su dueña para ponerse en una perfecta posición de junto. Sus ojillos marrones, cálidos, la miraron con adoración, sin perderla un segundo de vista. Aunque traté de reprimirlo, una sonrisa tiró de la comisura de mis labios al verla, orgullosa, guerrera, con sus ojos grises cargados de hastío y fumándose un cigarrillo.
"Sabes
que no me molesta." le dije.
"No
debe hacerlo. Sé que aún es muy cachorro, pese a su tamaño, pero tiene que
empezar a comportarse. Es un perro del cuerpo, no una mascota." me contestó.
"¿Has terminado ya con el cacharro?"
"Está
a punto. En cuanto repose un poco podemos salir." golpeé el capó del
vehículo. Sonó a hierro hueco.
"Más
vale que salgamos ya. El Sargento está de un humor de perros y como me quede
aquí diez minutos más con él, creo que lo mataré." tiró el cigarrillo al
suelo y lo aplastó con la bota.
"¿Otro
caso extraño?"
"Parece
un caso de violencia de género de libro. Creo que hay un muerto y algo que no
me ha quedado claro sobre un collar eléctrico."
Alcé las
cejas.
"La
chica llamó llorando y no se la entendía nada. Da gracias si tenemos bien la
dirección."
Abrió la
puerta trasera del coche y el pastor alemán se metió dentro. Mientras mi
compañera le colocaba el cinturón homologado, yo me monté en el asiento del conductor
y arranqué el motor para comprobar que todo funcionaba perfectamente. El sonido
parecía correcto y la vibración en la mano también. No me sorprendía, había
hecho eso muchas veces y nunca antes había tenido problemas.
En cuanto
mi compañera se sentó en el asiento del copiloto y se abrochó el cinturón, me
puse en marcha. Quizás íbamos a atender un caso de violencia de género de
libro, pero las cosas nunca eran tan sencillas para alguien como yo... como
nosotros, puesto que ella también era una guardiana. El Sargento no nos lo
habría asignado de no haber creído que era uno de esos casos especiales. En la
ciudad pasaban cosas extrañas, cosas que escapaban al entendimiento de los
humanos, cosas que habían quedado enterradas en leyendas y cuentos de miedo.
Sonrié. Resultaba irónico que nosotros, una de las criaturas más temidas por
nuestra dualidad bestial,fuésemos quienes protegíamos a los hombres. Les
habíamos acompañado desde casi su nacimiento, más de treintamil años juntos y
nunca habíamos dejado de protegerlos. Sencillamente, sin nosotros, los humanos
no habrían sobrevivido.
Policía Nacional
DNH
Fin de la partida
Taller de Escritura
14:23
Escribir para alguien concreto
,
Julia Concepción Gutiérrez
5 comentarios
:
Práctica 5; Escribir para alguien concreto
La figura femenina de Juan se materializó frente a mí.
– ¡Joder, tío, avanza de una puta vez!
No podía tomármelo en serio; no con esas enormes tetas que
había elegido para su avatar.
Decía que así le ayudaban más usuarios online. Pero yo creo
que en el fondo la apariencia le gustaba. Si no, los caracteres “macho-alfa23”
no flotarían en rojo sobre su larga melena rubia.
Asentí y me moví. Tenía que hacer de retaguardia para mis
compañeros, porque se me daba bien el tiro a larga distancia. Cuando fue
necesario, cambié de ametralladora y me cargué cuatro soldados rusos.
Comenzaron a sonar los tambores. Parpadeé, y mi personaje se
quedó paralizado. Odiaba esa banda sonora. Me crispaba los nervios, ¿a nadie
más le afectaba? Busqué el brazo de mi amigo Juan, a mi lado, en el sofá, y lo
apreté.
Se sobresaltó. En el juego, su figura tetuda agitó los
brazos.
– ¡Tío, te he dicho mil veces que odio eso!
– Perdona.
– ¡Nos van a masacrar, joder!
Era cierto. Mi personaje convulsionó al ritmo de las balas que
lo atravesaban. Asqueado, me quité el casco de simulación virtual y lo tiré al
sillón que había frente a mí.
Juan, que se lo estaba tomando más tranquilamente, lo dejó a
su lado y comenzó a retocarse el pelo con los dedos. Cuando me miró, empezó a
ponerse serio:
– ¿Estás bien?
– Sí
– Estás rojo.
Me miré la camiseta, que estaba empapada en sudor. Sonaba
estúpido, pero por alguna razón esperaba estar sangrando de verdad.
Dios, cómo odiaba los avances tecnológicos.
– No vamos a acabar la película nunca. - me recriminó Juan.
– Tampoco era para tanto.
– Yo quería saber qué pasaba con el cofre. ¡Joder tío, solo
era una hora de juego!
– Lo siento...
– Déjalo.
Estuve a punto de decirle que se mirara un documental de la
segunda guerra mundial. Al fin y al cabo no era tan difícil saber cómo iba a
acabar la puñetera película.
Pero en el fondo sabía que no nos entendíamos. Esperé pacientemente
a que se terminara el último trozo de pizza y se marchara. Esa amistad era pura
inercia. Prefería estar solo.
Siempre era así como acababan las cosas. Había comprado tres
películas distintas y otros tres cascos de simulación. Había sido un pastón.
Había jugado vía Internet. Durante horas. Y no había conseguido acabar ni una
sola.
Las misiones eran una tortura para mí. Cuando por fin llegaban
los cortos de animación, suspiraba y me recostaba contra el sofá. Era mi parte
favorita; el cine antiguo, el cine en el que no tenía que intervenir. Porque
era un cobarde. Eso es lo que habían dicho mis compañeros de instituto en su
día, que era un cagueta, un soso y un imbécil. Por eso ahora tenía tan pocos
amigos. Y Juan pronto dejaría de ser uno de ellos.
Cansado, me desvestí, me tomé una ducha rápida y me fui a la
cama. Mi refugio. Mi tranquilidad. Mi maravilloso cine. Mi película de sábanas
blancas.
En mis sueños, apareció una chica rubia. No una como el
avatar de Juan, desproporcionadamente desarrollada y vestida de cuero; sino una
de verdad. No pasaba nada. Hasta en mis sueños era un cobarde. Pero al menos
eran sueños agradables.
Al día siguiente, envié un mensaje a Juan. No quería volver
a estar solo. Quería tener, al menos un amigo.
Quedamos en Gran Vía para ir al Burguer. Lo agradecí, porque
no hubo cine ni películas de por medio, y porque pudimos dar un paseo realmente
agradable. La conversación de mi amigo no me entusiasmaba demasiado, pero era
mejor que no tener a nadie. Al final, de puro aburrimiento, dimos unas cuantas
vueltas y nos metimos al metro justo antes de que cerrara.
No había nadie en el andén a esas horas, y menos en pleno
invierno. Solo quedaba un tren más antes de que se acabara el horario. Dos
bancos más allá, había una chica enfundada en un grueso abrigo, apoyada contra
las baldosas blancas y verdes de la pared. No podía verle la cara, pero tenía
el pelo rubio, así que me sonreí y volví a mis dulces sueños, sin escuchar una
mierda de lo que Juan me estaba contando.
Los diez minutos pasaron muy rápido: solo me di cuenta de
que ya venía el tren cuando la chica se levantó y se acercó a las vías. Cuando
ya oíamos el traqueteo de las ruedas, y unas luces brillantes se entreveían en
las profundidades de los túneles, se tiró.
Juan ni siquiera pareció verlo, porque me estaba mirando a
mí, en dirección contraria.
– ¡Se ha tirado, la chica se ha tirado! - farfullé.
Mi amigo volvió rápidamente la cabeza y allí la vimos. Echa
un rebujo, expuesta sobre las vías metálicas como un trofeo a una bestia
sangrienta. La melena rubia extendida sobre el suelo gris como un rayo de Sol.
Juan miró las luces del tren, con la boca abierta. Parecía
una estatua. En ese momento lo comprendí: no era capaz de moverse. Asustado, le
apreté el brazo, como cuando estábamos jugando en el sofá. Y no hallé
respuesta. Íbamos a perder.
– ¡Joder, tío, muévete! - le grité.
Le empujé lejos de mí y eché a correr. Todavía podía darme tiempo.
Salté sobre las vías en mitad de la carrera y aterricé de una forma que creí
que se me iban a romper los huesos. La chica debía de haber perdido la conciencia,
porque no solo no se resistió, sino que no movió un solo músculo. Tenía los
ojos cerrados.
Las luces del tren iluminaron su cara e hicieron arder su
pelo rubio. Supe que se iba a interrumpir la película, pero por una vez estuve
contento, porque iba a conocer su final. No me daba miedo la muerte, la
prefería a las balas rusas.
A día de hoy sigo aquí. Atrapado con ella para siempre en mi
valiente cine de sábanas blancas.
Julia Concepción Gutiérrez.
Cocina y literatura
Práctica 5; Escribir para alguien concreto
Tuve
mucho cuidado al derramar el aceite, era el último
ingrediente a verter sobre el preparado para las magdalenas. Cuando hago esos
pequeños bollos pienso en Proust, y en su tiempo perdido. Llevo años maravillada
de cómo, a través de un sabor, de un bocado, era capaz de rememorar su niñez,
la casa de su tía y aquel postre de su infancia.
Siempre
que cocino intento poner el alma en los platos. Solo hay dos cosas que me
gusten tanto: la cocina y los libros. Los dos nos alimentan, unos nos llenan el
estómago y otros el corazón. Describir la comida es un arte, y solo la fantasía
y el punto de irrealidad que caracteriza la literatura consigue capturar la
esencia de una comida que nunca podremos degustar. Ambos entran por los ojos,
pero cuando vemos una fotografía de un pastel desconocemos su sabor, no puede
transmitirnos un olor, ni percibimos con claridad la textura. Sin embargo, es
imposible no imaginarse a la perfección cómo le sabían a Lázaro los pedazos de
pan que robaba a su amo para escapar del hambre. Cómo no creernos Alicia
devorando un diminuto pastelillo en el que con grosella estaba escrito
“cómeme”. Recuerdo a qué sabía el pavo de Cuento
de Navidad porque lo leí una vez. Cuando preparo garbanzos me acuerdo de
Benito el garbancero y mi profesor de literatura, y cada vez que corto una
cebolla voy a por mi hija pequeña y le leo la nana de Miguel Hernández. Doy
gracias a Dios porque ella nunca sabrá a qué sabe la leche de cebolla.
Jamás
me ha fallado el guiso de la Afrodita
de Isabel Allende con mi marido, el guiso de la reconciliación, lo llama, mano
de santo. Nunca sabré si es verdad, pero él ya lo asocia con mi forma de pedir
tregua. Cuando mi hijo me dice que está harto de lentejas lo reprendo: Don
Quijote las comía todos los viernes, aunque sé que tal vez no es el mejor
ejemplo. A mis alumnos de cocina siempre les digo que lo único que necesitan
para cocinar es la imaginación, y que nada la desarrolla tanto como un buen
libro. Suelo pasar por la biblioteca del barrio antes de ir a clase, y
escudriñan el nuevo libro cada jueves por la tarde, extrañados de que no sea
uno de recetas. <<Créanme>>, les digo, <<las mejores recetas
las saco de los libros. No están escritas, pero las puedo imaginar, y luego las
imito>>.
Biblioteca Pública
Black Maiden
Vecinos ilegales
Práctica 5; Escribir para alguien concreto.
Tuve mucho cuidado al derramar el
aceite, ya que mi pulso envejecido me había jugado malas pasadas hace unos
días. Esta vez, sin embargo, puse todo mi empeño en que el aceite acabara en su
depósito, antes de cerrar el capó de mi coche. El tiempo que invertí en este
nuevo reto me hizo percatar una sombra que de otra manera hubiera pasado
desapercibida a mis ojos desgastados.
Alcé la cabeza para sorprenderme
admirando unas bragas que colgaban del quinto piso de mi edificio, justo encima
de mi hogar. Hubiera sido algo normal si no fuera porque sabía de buena mano
que ese piso estaba deshabitado desde hacía una década. ¿De dónde había salido
ese trozo de tela de punto exquisito?
Quiero aclarar que yo siempre he
sido un hombre modelo: he seguido las leyes al pie de la letra y me sabía la
constitución de carrerilla. Siempre he tratado a las figuras de autoridad con
reverenciado respeto y me he metido en mis asuntos cuando otra gente se metía
en problemas. Y mis votos, ¡siempre al centro! Ya me dijo mi difunto padre que
los extremos nos llevan al salvajismo, así que me limito a llevar a cabo lo que
es de todos sabido: más vale bueno conocido que malo por conocer.
¿Y por qué estoy contando esto?
¡Ah, sí! ¡Las bragas! Al verlas empecé a preguntarme si habrían vuelto sus
antiguos dueños, una pareja algo mayor que mi mujer y yo. Una pareja admirable,
que en mis años de juventud llegué a envidiar: de familia de derechas de toda
la vida, con unos ideales fuertes y bien arraigados, y una educación que le
dejaba a uno la boca abierta. Me emocioné al recordar las charlas que habíamos
tenido, así que con el paso tembloroso que me empieza a caracterizar subí hasta
el ascensor, esperando verlos de nuevo.
Pero qué sorpresa la mía al
llamar a la puerta y no escuchar respuesta. Tan sólo un ruido sordo al final de
la casa y como un susurro de viento al otro lado de la puerta contestaron a mi
llamada. Volví a llamar, pero no obtuve mayor respuesta que la que me pudieron
dar los sonidos inexplicables que llegaban desde el otro lado de la puerta.
Volví a casa olvidándome de que
mi mujer me había encargado ir a comprar el pan, y le conté lo sucedido. Ella
también se puso nerviosa, pero como tampoco tragaba mucho a la pareja en
cuestión no le dio más importancia. Lo que pasa es que la familia de mi mujer
era roja, roja, pero roja, roja. Fíjate que a su padre lo mataron por
comunista, según me han contado. Menos mal que al final se dio cuenta de lo que
la convenía y se vino conmigo, dejando todas esas tonterías. Por eso yo siempre
he sospechado que no le caían muy bien los vecinos.
Cuando por fin volví de comprar
el pan y me apeé del coche, algo me sobresaltó. Ahora la ventana hacia la calle
estaba abierta y un viento fantasmagórico movía las cortinas emulando brazos,
como si me llamara a entrar. Me apoyé sobre el capó y entrecerré los ojos para
descubrir una sombra mirándome, que se deslizó rápidamente hacia la oscuridad
en cuanto pude verla.
No me sentó bien la comida que
preparó mi mujer, ya que estuve dándole vueltas una y otra vez al tema de los
vecinos de arriba. ¿Quién podría estar ahora ahí? ¿A qué venían esas sombras y
esas bragas colgadas? ¿Y los ruidos?
Fue pensar en los ruidos y
sobresaltarme en la mesa al escucharlos de nuevo. Ahí estaban, como cadenas
arrastrando algún fuerte pesar. Muebles que iban de un lado a otro y, ¿qué era
eso? ¡Cuchicheos! Susurros del otro lado que se reían de mi estupefacción. No
podía consentirlo, así que dejé el plato a medio acabar sobre la mesa y dejé
allí a mi mujer, para irme de nuevo al piso de arriba. Cuando salí del
ascensor, en alpargatas, vi que la puerta de la casa estaba entreabierta.
¿Habían entrado a robar? ¿O era una invitación para entrar?
Con todo el sigilo que me
permitió mi cadera crucé el umbral y llegué hasta el salón, para ver una casa
abandonada que ya no se asemejaba a mis plácidos recuerdos. Nadie podía estar
viviendo allí. Y los muebles, ¡qué estropeados estaban! Antes de que pudiera
darme cuenta, me encontré acariciando la vieja mesita del salón en la que
habíamos tomado pastas los cuatro en esos tiempos. Y de pronto, un fuerte ruido
me sobresaltó: la puerta se había cerrado de golpe, y empecé a escuchar
susurros de ultratumba que reverberaban gracias a la amplitud de la casa. Un
viento helado que venía de la habitación de matrimonio me erizó los blancos
pelos de la nuca, e hice caso omiso del temblor de mis piernas al ir a
investigar.
— ¿Hola? ¿Quién anda ahí? — logré espetar sin mucho éxito.
Los susurros gélidos me envolvían
y empecé a escuchar movimiento de muebles a mi alrededor. No podía imaginarme
qué era lo que estaba pasando ahí, hasta que llegué a la habitación de la que
provenía el frío. Me asomé a la puerta y vi aterrado como en las mantas de la
cama se formaba un bulto que al escucharme entrar se alzó hasta casi mi altura.
Con una exhalación me di la vuelta y salí corriendo de aquella trampa.
Al volver a casa hablé seriamente
con mi mujer, explicándole lo ocurrido. En esa casa abandonada pasaba algo
raro, y no eran los antiguos vecinos, eso estaba claro. Mi mujer me dijo algo
que me aterrorizó: nuestros vecinos habían muerto hacía años. Presa del pánico,
y sabiendo qué era lo que estaba pasando ahí, me abalancé sobre el teléfono y
marqué el único número de teléfono que podía ayudarnos en esa situación.
Dio un tono, dos, tres, hasta que
una voz joven y enérgica respondió
tranquilizándome:
— Aquí los Cazafantasmas, ¿en qué puedo ayudarle?
Policía Nacional
Montag
Práctica 5; Escribir para alguien concreto
Práctica 5; Escribir para alguien concreto
Tuve mucho cuidado al derramar el aceite por los pasillos,
calculando cuál sería la disposición óptima para que el fuego se extendiese
rápidamente y quedase todo el edificio bien chamuscadito, y con el edificio,
todos los que había en él. Los orcos, me refiero. Quizá debí haber usado
gasolina en vez de aceite, pero estaba demasiado cara para mí; por lo menos me
libré de ellos durante una temporada. Creo que todo esto se merece una
explicación detallada.
Todo el mundo sabe que nunca he tenido demasiados amigos, y
quizá fuese eso lo que me empujó a buscar compañía entre las agradecidas
páginas de los libros. Desde pequeño me he dedicado a soñar con personajes del
pasado, a vivir historias de otros y a condenar la realidad por ser tan
aburrida y poco gratificante. Recuerdo la primera vez que pisé la biblioteca,
hace más de setenta años, por aquel entonces yo era un chaval de lo más guapo
de la ciudad, pero quizá demasiado reservado. Al ver tantos libros me sentí
extasiado cual poeta místico, y me prometí a mí mismo leerlos todos. Uno detrás
de otro.
Con el paso del tiempo, uno a uno, fueron cayendo en mis
manos para ser devorados con un ansia espeluznante: empecé por los libros de
ciencias pensando en empezar por el principio, la creación, y luego los de filosofía,
guías de cocina, guías turísticas, cursos de idiomas y finalmente, narrativa,
toda una aventura que me ha costado años y años. Aprendí todo lo que el hombre
conocía, hablo cincuenta idiomas, puedo responder a todo lo que me pregunten y
estoy muy orgulloso de haberlo conseguido, a pesar de que ahora no soy más que
un anciano escuálido. Pero realmente, lo que más me sobrecogió por dentro fue
lo último que leí, lo que había dejado para el final cuando tenía que haber
sido realmente lo primero: la literatura fantástica.
¿Fantástica? Nada de eso, lo que pasa es que la gente no se
la toma en serio, creen que todo es mentira, que es ficción, igual que lo
pensaba yo cuando llegué a esa sección, con todos los clásicos griegos, grandes
literatos, pensadores y filósofos a mis espaldas. El primer libro lo abrí con
escepticismo, pero lo que descubrí fue fascinante. Esos mundos… no tardaron en
envolverme, en poseerme y en enseñarme cosas que seguro que la mayoría de
vosotros pasáis por alto. Mi obsesión por los libros se convirtió en
enfermedad, e incluso Rufina la bibliotecaria me dio las llaves para que me
pudiese quedar a leer por las noches. La pobre, qué disgusto se habrá llevado…
No tardé en descubrir que aquellos mundos que tacháis de
inventados son reales como lo somos nosotros, que no solo existimos los
hombres, sino también otras razas como los elfos o los enanos. Según leía, un
conocimiento ancestral caía desde las estrellas directamente hacia mí, y me
sentía poderoso. Pero hubo un contratiempo: los orcos de las montañas, cuya
existencia había pasado tanto tiempo por alto para mí, deseaban ese
conocimiento ancestral, y siendo como son, todos les conocemos, decidieron
invadir la biblioteca una noche que estaba yo solo.
Atranqué las puertas con una estantería, pero consiguieron
abrirlas, así que tuve que huir por la puerta de atrás para no ser capturado.
Consciente de que nadie salvo yo podría hacer nada por detenerles antes de que
invadiesen y arrasasen toda la ciudad, corrí a mi casa, donde cogí una garrafa
de aceite. Volví a la biblioteca, y fui por todos los pasillos sin ser visto,
regándolos con ese líquido para quemar vivos a los orcos antes de que saliesen
de allí; no quería ser un héroe, pero me tocaba serlo. Prendí el aceite y salí
corriendo tan rápido como me fue posible a mi edad. No vi salir ningún orco,
por lo que todos murieron, supongo. Por el momento la ciudad está a salvo, pero
no dudo que volverán.
De todas formas, pido perdón por haber quemado la
biblioteca, no me quedaba otra.
Biblioteca Pública
Elllolol
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