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martes, 14 de abril de 2015
Práctica 9; Microrrelato
Práctica 9; Microrrelato
La cajita de música
La cajita de música
Al despertar escuché su voz, y pensé.
Mi vida es como una cajita de música que se pone a sonar cuando le hacen algo
de caso. Conforme se alejaba de nuevo, la musiquita acabó por apagarse.
Máximo de 50
El espejo
Cada vez que miro al espejo veo a ese
monstruo horrible y deforme en el que me he convertido. Intento apartar la
mirada pero la culpa no me deja. Desde el otro lado ese ser malévolo me
devuelve una sonrisa que intenta salirse con la suya: recordarme un pasado del
que nunca podré huir. Las cicatrices que dividen mi cara salen de la piel y se
esparcen por el resto de la habitación, parcelando mis facciones como si de un
engendro me tratase. El ojo izquierdo de mi reflejo mira a mi derecho, mientras
el derecho se va al horizonte. Me muevo un poco y mi imagen se desenfoca,
volviéndose un maremoto turbio de distintas facciones separadas danzando por el
espejo. Esas cicatrices me pesan como una condena, esas cicatrices negras que
llegan hasta el marco del espejo… ¡Espera un momento! El espejo está
roto…
Máximo de 160 con golpe de efecto
Extra:
Por más que lo intentó, no consiguió
que ese gato callejero abandonara su corazón.
Máximo de 50 palabras
Extra
2: homenaje a “El dinosaurio”
Cuando despertó, el gato seguía en su
regazo.
Montag
lunes, 16 de marzo de 2015
Ese Noruego que No era Noruego sino que era Finlandés
Práctica 8; Humor.
— Anda, ¡hola! ¿Eres nuevo?
Encantado, me llamo Jeff.
—…
— ¿Cómo te llamas?
— Daniel.
Ya podría estrecharme la mano, que llevo ya un rato con la mía
levantada. Nada, nada, ante todo no debes olvidar tus modales Jeff, enséñale la
casa y así seguro que pierde el miedo.
— Bueno… Pues bienvenido a tu
nueva casa. Mira, te enseñaré dónde está todo.
—…
Eres súper hablador, ¿eh?
— Aquí tenemos la cocina, como ya
te imaginarás. Tienes estos cajones para guardar lo que quieras, y la nevera
está dividida por baldas, para que dejemos en cada una lo que es de cada uno.
Ya me entiendes, juntos pero no revueltos, ¿eh? Jajajajaja
— …
Finísimo sentido del humor, por lo que veo.
— Bien entonces, luego está el
salón. No es nada del otro mundo, pero tenemos tele de alta definición.
Cortesía del casero, fíjate tú jajajaja…
— …
— Como siempre, los cajones a tu
entera disposición, para guardar lo que veas. Lo de la ropa en el tendedor es
sencillo: si ves que la ropa te da para ello, usa sólo la mitad, así podremos
hacer la colada los otros dos. ¡Ah, se me olvidaba! Vive también un chico
chileno, bueno, ahora estará en su habitación supongo. A todo esto, ¿de dónde eres tú?
— Finlandia.
— Vaya, debe hacer un frío que
pela ahí arriba, ¿eh? Jajajajaja
— ...
O puede que no, nunca lo sabremos. Por lo menos podría alegrar esa
cara, está empezando a darme miedo.
— Aquí tienes el baño, sólo hay
uno, y somos tres, así que tendremos que respetar los horarios no sea que por
no poder ducharse llegue tarde a clase. Tú estudias, ¿verdad?
— Informática
Y algo me dice que te sabes relacionar mejor con los ordenadores que
con las personas, ¿verdad colega del norte?
— ¡Eso está genial! El otro
chaval, el chileno, también estudia algo de eso, informática, o programación o
algo así. Cuando salga ya te dirá él.
Nunca va a salir de su cuarto, estoy solo frente al peligro, me lo
huelo.
— Yo estudio filosofía.
— …
Oh, muchas gracias por interesarte en mi vida, pues me va genial, estoy
en 4º curso, haciendo muchos amigos porque les pregunto qué tal les van las cosas
que hacen.
— Bien, y ahí está tu cuarto. Sí,
ese, al final del pasillo.
— …
De nada hombre, si enseñarte la casa no me cuesta nada. Tú sigue
adelante con tus maletas como si yo no existiera, no me ofende ni nada.
— Vaaale, pues me voy a hacerme
un bocadillo a la cocina, si necesitas algo ya sab…
— Ven, ven aquí, mira esto.
Qué buenos modales, me encanta este chico, es todo dulzura.
— ¿Qué ocurre?
— La pared de mi cuarto está
deshecha. Está todo con humedad, es inaceptable. Y hay sábanas debajo de la
cama, sábanas sucias. Me parece una vergüenza cómo está esto.
Vaya, nos salió sibarita el niño.
— No te preocupes hombre, seguro
que el casero lo arreglará, tú tan sólo llámale y le comentas lo que ocurre y
te dirá algo.
— Yo estoy pagando un precio por
un mínimo de calidad. Esto me parece una broma. La pared está que da asco,
parece que se vaya a caer. Para esto me voy a cualquier otro lado y no pago
tantísimo como estoy pagando aquí.
— Bueno, tienes que reconocer que
la casa está bien situada, ¿has visto que se ve toda Casa de Campo?
¿Por qué estoy haciendo de abogado del diablo? Ni que me importara lo
más mínimo que se fuese ahora mismo a su tierra…
— Llamaré ahora mismo, vamos, me
parece un timo.
— Oye, ¿hace cuánto llegaste de
Noruega?
— …
— …
— Finlandia
Este me mata. Me mata y me entierra muy profundo. Menuda mirada asesina
que me está echando. Mejor me disculpo antes de que saque un hacha de la
maleta… ¿A quién estoy metiendo en mi casa?
— Perdón
— Bueno, llamaré luego. Pero esto
es vergonzoso. Mi padre es español y dice que el precio que cobran aquí es muy
alto. Y si estoy pagando tanto es por una calidad que no veo aquí.
— Venga, que no es para tanto.
Ven, ven al salón. No te preocupes por el cuarto, eso entre hoy y mañana ya
está arreglado, ya lo verás.
— …
—…
—…
— Geniaaaaaal, entonces dime.
¿Qué te trae a Madrid?
— Vengo a estudiar, como tú.
Es un genio de la obviedad, me encanta.
— Me refería a por qué Madrid y
no cualquier otro lado.
Por mí podría haberse ido a Japón, que para lo que habla…
— Por mi padre.
—…
—…
No me des tantos detalles, por favor, me abrumas.
— ¿Te mandó tu padre aquí?
— No, él vive aquí, en España, ya
te lo he dicho.
Mentira, le he dado para arriba a la rueda del ratón y has dicho que
era español, no que viviera aquí. Podrías ahorrarte esa mueca que haces con la
boca, como si llevaras un anzuelo clavado desde Noruega.
— Ah, que era español, es verdad.
¿Y qué? ¿Te gusta Madrid?
— Acabo de llegar.
Correcto, ya lo veo, era por sacar conversación, pero este ritmo me
supera. ¿Por qué no vas a visitar la ciudad y dejas de hacerme sentir incómodo?
— ¿Hay fruterías cerca?
— ¡Claro! Tienes la del Día ahí
abajo, y luego más allá tienes el Mercadona, pero…
— Ni hablar, esas no me sirven,
necesito fruterías de verdad.
Creo que mis mandarinas son bastante reales, pero puedo darte con ellas
en la cara si quieres comprobarlo.
— Pues ahí me has pillado jajaja…
No tengo ni idea.
— Ya veo.
¿Eres siempre así? Tanta amabilidad me agobia. Me has quitado el
hambre, no te digo más.
— Bueno, me voy a mi cuarto, si
tienes cualquier duda tan sólo coméntamela, ¿vale?
— Bien.
Correcto. Esto. De. Hablar. Con. Monosílabos. Es. El. Futuro. Se.
Comenta.
— Pues ale, espero que pases unas
buenas semanas…
— Seis meses.
Dios mío, ¿qué te he hecho?
— Unos buenos seis meses en
Madrid, y que no eches mucho de menos Noruega.
—…
—…
— ¡¡¡Finlandia!!!
Esta vez ha sido a posta.
Montag
domingo, 15 de febrero de 2015
Ultraviolencia maña
Práctica 7; Acción.
Esa calle zaragozana, en la que tan sólo el cierzo rompía el silencio con ráfagas ululantes, empezó a vibrar. Los pasos de unas veinte personas surgieron de una esquina, y se detuvieron al final de la calle, mirando hacia el corredor que les esperaba frente a ellos. Eran todos hombres, con el pelo rapado al cero y afeitado, dejando sus cabezas relucientes bajo el amarillento haz de las farolas noctámbulas. Sus chaquetas, unas de cuero negro y otras rojizas y abombadas contrastaban con los pantalones militares y las botas marrones y negras que habían atronado hasta hacía un instante la calle. En las manos relucían puños americanos, bates y alguna que otra tubería.
Esa calle zaragozana, en la que tan sólo el cierzo rompía el silencio con ráfagas ululantes, empezó a vibrar. Los pasos de unas veinte personas surgieron de una esquina, y se detuvieron al final de la calle, mirando hacia el corredor que les esperaba frente a ellos. Eran todos hombres, con el pelo rapado al cero y afeitado, dejando sus cabezas relucientes bajo el amarillento haz de las farolas noctámbulas. Sus chaquetas, unas de cuero negro y otras rojizas y abombadas contrastaban con los pantalones militares y las botas marrones y negras que habían atronado hasta hacía un instante la calle. En las manos relucían puños americanos, bates y alguna que otra tubería.
Otro rugido
retumbó en el extremo más alejado de los skins, dando paso a un grupo de otra veintena
de personas, que también acabaron paradas, mirando hacia los primeros. Éstos
últimos llevaban el pelo largo y lacio, algunos recogidos en coletas, y otros
en trenzas. Llevaban chaquetas de cuero adornadas con pinchos y alguna cadena,
que también colgaba de los bolsillos de sus pantalones pitillos ajustados.
Otros llevaban, como los skins, pantalones militares anchos, compartiendo
uniforme con quienes el destino ya había enfrentado. Los heavys blandían
cadenas de hierro, bates y varas de madera, que agarraban con fuerza
protegidos, los más afortunados, por unos guantes negros de motorista, de estos
que dejan congelarse los dedos en el invierno que ahora ya quedaba muy atrás.
No hizo falta
hablar, ya estaba decidido lo que iba a pasar esa noche. Tras una eterna mirada
silenciosa que pareció un segundo, el primer heavy, Arturo, alzando la cadena
sobre su cabeza, inició la marcha.
— ¡Putos
nazis!— se oyó gritar a sus espaldas mientras ese pequeño ejército improvisado
emprendía una carrera violenta ocupando la calle.
— ¡Guarros de
mierda!— les respondió una voz en el otro grupo, que también había empezado a
correr sujetando con fuerza las armas teñidas de odio que habían llevado a ese
lugar sagrado. Un lugar sagrado, bendecido en el silencio de Zaragoza, que no
tardaría en ser profanado por un reguero de sangre.
El primer
golpe se lo llevó un nazi en la mandíbula. La cadena del heavy que había
iniciado el ataque le acertó en la cara, tumbándolo y haciendo que soltara el
bate con clavos que sujetaba con ambas manos. Con un “hijo de puta” Aron volvió
a levantarse, buscando a tientas el bate por el suelo. Mientras tanto, Arturo
utilizó la inercia de la cadena para recogerla justo antes de esquivar un
puñetazo metálico que buscaba su
estómago. A su alrededor empezaba el baile mortal en el que cabezas
rapadas golpeaban frentes cubiertas por melenas, y los bates rompían los
primeros huesos.
Con un brusco
movimiento, un heavy enorme, cuyo flequillo ocultaba su rostro, alzó en el aire
a un nazi cogiéndolo del cuello y lo sacudió antes de lanzarlo contra un coche.
Esto no tardó en llamar la atención de Aron y los suyos, que utilizaron las
barras metálicas para romperle una rodilla a ese gigante. Cuando el heavy se
inclinó, un nazi de ojos amarillos y nariz afilada le soltó una patada en la
boca que hizo volar algunos dientes contra el asfalto.
— ¡Hijos de
puta!— espetó Arturo al ver la paliza que le empezaban a meter seis brazos y
piernas al gigante. Se zafó del golpe de una tubería oxidada que iba hacia su
cabeza, y al esquivarla, enredó la cadena en la pierna del nazi y lo tumbó
contra el suelo, haciendo que se golpeara la cabeza. Una fuerte patada en los
riñones con sus botas de refuerzo metálico inmovilizaron completamente al nazi
derribado, y Arturo se apresuró a alcanzar a Aron y los otros dos nazis que
tenían agarrado al heavy mientras la destrozaban el vientre a puñetazos.
La calle
estaba cubriéndose de golpes y alaridos, que hicieron asomarse a algunos
vecinos, cuyo terror se había aliado con la curiosidad al mantenerlos
paralizados, contemplando el grotesco teatro como habían hecho sus antepasados
romanos en los espectáculos de gladiadores. Esas personas sin rostro ni coraje
eran meros espectadores de una función protagonizada por otro tipo de gladiadores,
esclavos de su propia ideología y su carácter violento.
Un golpe de un
bate que rompía un hombro. Una cadena que destrozaba una rodilla. Una vara
metálica que hacía crujir las costillas de un guerrero caído en el suelo. En
torno a Arturo se sucedían los golpes, mientras éste se abría paso hacia Aron,
esquivando como podía puñetazos y patadas y balanceando su cadena para dar
latigazos en la espalda a los nazis a su lado. Tras romper el tobillo de un
nazi con una patada y dejarlo agonizante en el suelo, la fuerza de su cadena
cayó sobre la cara enrojecida del skin y la convirtió en una masa sangrienta.
Aron se dio
cuenta de la presencia de Arturo justo para esquivar la patada que en de otra
forma le habría roto las costillas. Sus compañeros no tuvieron tanta suerte, y
la cadena les golpeó en la cabeza, dejando inconsciente a uno. El heavy
gigante, incapaz de tenerse en pie, se derrumbó hacia atrás y quedó apoyado en
el coche, mientras Aron lanzaba el primer golpe de su bate claveteado. Arturo a
duras penas esquivó el ataque que le provocó una herida en el brazo. Los
clavos, ahora teñidos de sangre, que adornaba el bate de Aron trazaron otro
círculo cuando el nazi volvió a atacar al heavy.
— ¡Guarro hijo
de puta!— gritó la boca ensangrentada de Aron al saltar sobre Arturo con ambas
manos sujetando el bate. El heavy se cubrió como pudo para aguantar el golpe,
pero una sombra apareció llevándose a Aron consigo. Un heavy delgado de pelo
recogido en una coleta, había robado dos puños americanos de las manos de unos
nazis ya inconscientes y estaba arrodillado sobre Aron, destrozándole la cara
con ellos. Un golpe certero del nazi de ojos amarillos hizo que este heavy
delgado acabara inconsciente en el suelo. Aron maldijo con la nariz rota y un
ojo reventado. Se había mordido la lengua y no paraba de salirle sangre de la
boca, pero aun así recogió su bate con clavos del suelo y se lo clavó al heavy
en las costillas antes de patearle con fuerza la cara.
Este
ensañamiento impidió que Aron viera la cadena que se dirigía hacia su espalda y
que lo volvió a enviar al suelo. Con toda la furia que le permitían las fuerzas
que le quedaban, Arturo envió un puñetazo a la cara del nazi de ojos amarillos
y se inclinó sobre Aron, estrangulándole con la cadena. Su ira enloquecida no
le dejó ver cómo los pocos heavys que quedaban en pie huían, soltando las
armas, y los nazis que todavía podían andar seguían el mismo camino. Arturo
siguió estrangulando a Aron, inmerso en el odio ilógico que le tenía. Sus
golpes esa noche habían reflejado todo el desprecio que tenía hacia Aron y su
gente, que Arturo era incapaz de expresar con palabras. Sus puños, sus patadas
y su cadena eran la forma que tenía de decir al mundo que su estilo de vida era
superior al de los nazis que plagaban la ciudad, inundándola de pestilencia
intransigente que ni él mismo sabía definir.
Un golpe distinto hizo que Arturo
relajara los brazos. Una porra de policía apareció por su lado y lo envió al
suelo, antes de que unos brazos uniformados lo cogieran de las axilas y lo
arrastraran hacia el furgón que le estaba esperando.
En su seminconsciencia,
provocada en parte por el golpe y en parte por la ira, vio agacharse a uno de
los policías sobre Aron. Le tomó el pulso y dijo lo que el odio de Arturo
quería oír, un odio que ahora resultaba incoherente, patético e inmaduro. Un
odio que le había llevado a golpear a alguien sin razón alguna salvo la
autocomplacencia en sus putrefactos ideales. Su odio estaba esperando oírlo,
pero era algo que su conciencia no estaba preparada para escuchar:
— Está muerto.
Montag
lunes, 19 de enero de 2015
Joven panda sabio
Práctica 6; Críticas sociales.
Hoy Mamá me llevó al Zoo. Llevaba
dos días diciéndome que teníamos que ir allí, y se empeñó en acercarnos el
domingo, decía que me iba a gustar mucho.
¡Cuántos colores! ¡Qué personas
más sonrientes le hablaban a Mamá mientras pagaba la entrada y qué bien me lo
pasaba tan sólo de ver a los loros posados sobre el hombro de aquellos
expertos! Era divertidísimo ver a los distintos animales: los delfines dando
graciosas vueltas en su piscina, y allá abajo el tigre tumbado al sol. Unos
elefantes movían la trompa acompasadamente mientras pasábamos frente a ellos,
¡eran enormes! Cuando llegamos a la jaula de los chimpancés rompí en
carcajadas: ¡qué graciosos estaban ahí sentados, mirando al infinito como si no
tuvieran nada mejor que hacer!
Pero lo mejor llegó después de
comer. Mamá me cogió de la mano y me condujo entre la multitud hasta una jaula
decorada con miles de detalles, y tras la que había dos bultos negros y
blancos. Al acércame se me cortó la respiración: ¡era una mamá panda y su
hijito! En un enorme cartel anunciaban: “Conozca a Xing Bao la cría de oso
panda de tan sólo 6 meses”, aunque casi no se podía leer por la cantidad de
gente que se arremolinaba en torno a él. Reían, charlaban y señalaban a los
ositos, aguantándose las ganas de hacerse una foto.
Al llegar hasta el cristal, posé
las manos sobre él y miré fijamente a Xing Bao, ¡qué bonito era! De pronto noté
cómo él también me miraba a mí, y se acercaba tímidamente hacia el borde de su
jaula. Ahora que veía sus ojos de cerca, parecían cansados, o tristes, como si
les faltara luz.
— Hola— dije.
El osito miró a su mamá y se
volvió hacia mí, torciendo la cabeza.
— Hola.
Miré a Mamá, pero ella no había
hablado. El resto de personas estaba demasiado ocupado charlando sobre la mamá
panda y su hijito.
— Hola— repitió el osito panda.
— ¿Sabes hablar?— pregunté,
sorprendida. Miré a Mamá y le dije— Mamá, Mamá, ¡el osito sabe hablar!
— No hija— dijo con su dulce
sonrisa— Eso tan sólo es gruñir.
Me volví hacia el osito y le
pregunté:
— ¿Cómo es que mi Mamá no te entiende?
— Los adultos humanos sólo
entienden lo que creen que pueden entender, al menos eso dice mi mamá— dijo el
osito mirando hacia Mamá y luego hacia el resto de adultos sonrientes que le
prestaban atención, riéndose a carcajadas— Pero tú me entiendes, ¿verdad?—
Asentí— Eso quiere decir que también sabes hablar.
¡Qué osito más listo! De pronto
recordé el cartel y me invadieron las preguntas.
— ¿Es cierto que vienes de China
y que te llamas Xing Bao?
— No vengo de China— dijo negando
con la cabeza, en tono triste— Nací aquí, y mi mamá dice que viviré aquí toda
mi vida, porque no se puede salir. Y tampoco me llamo Xing Bao, mi mamá no me
puso nombre porque dice que no le necesito, que yo soy yo, y nadie me tiene que
llamar de una manera. Pero los humanos se empeñan en que me llame Xing Bao, y
me he acostumbrado a mirarles cuando dicen eso.
— ¿Y cómo tengo que llamarte
entonces?
— Puedes llamarme o no llamarme,
me da igual. Mi mamá siempre dice que lo importante no es cómo te llamen, sino
para qué te llamen.
Me empezó a dar mucha pena que el
osito no fuera ir nunca a China, ni que no hubiera conocido ese lugar.
— ¿Te gustaría ir a China?
— ¡Claro!— respondió emocionado—
Mi mamá siempre me habla de los inmensos bosques de bambú en los que vivía
antes de que la capturaran y la trajeran aquí. Dice que echa mucho de menos
poder andar por donde quiera, elegir su comida y el lugar donde dormir. Echa de
menos caminar sin rumbo y descubrir nuevos lugares, relacionarse con otros
animales y ver los días pasar a su manera. Dice que todos los animales aquí
sienten lo mismo.
— ¿Todos?— no me lo podía creer—
¿Incluso los delfines juguetones, el tigre, los elefantes y los chimpancés?
Al recordar a estos últimos me
entró la risa, ¡qué graciosos eran! Pero los ojos tristes del osito seguían
ahí.
— Todos y cada uno. Mi mamá sabe
que los delfines añoran la libertad del mar, jugar con las corrientes marinas y
decidir su rumbo. El tigre se siente solo sin presas a las que cazar ni sitios
a donde ir. Los elefantes mueven la trompa así para olvidar que no pueden andar
todos los kilómetros que necesitan sus piernas, ya que están encerrados.
— ¿Y los chimpancés? ¡Esos se lo
deben pasar en grande!— pregunté desesperada. Ese osito parecía tener razón, y
eso no me gustaba.
— Los pobres chimpancés, según
dice mi mamá, se pasan el día sentados, sin comprender por qué unos animales
que se parecen tanto a ellos los encierran y se ríen de ellos, cuando tan sólo
añoran pasear de árbol en árbol sin nadie que los mire. Por eso tienen esa
mirada perdida, triste.
De pronto Mamá me cogió de la
mano y me llevó lejos de ahí, había empezado a llorar en silencio. Sin saber
qué otra cosa decir, grité:
— ¿Podré hablar otra vez contigo?
— Depende de cómo me llames
cuando te hagas mayor— me respondió antes de perderse entre las piernas de la
gente.
Cuando Mamá me secó las lágrimas
fuimos hacia la salida del Zoo: los delfines ya no jugaban en círculos, sino
que se paseaban tristes. El tigre bostezaba deprimido mirando los pájaros, y
los elefantes se cogían la trompa los unos a los otros mientras la balanceaban.
Cuando pasamos por la jaula de
los chimpancés vi en todas sus miradas la incomprensión de la que había hablado
el osito, y ya no me parecieron nada graciosos. Me avergoncé de haberme reído
de ellos como si fueran payasos.
— Mamá— dije al salir de ahí—
Creo que no me gusta ir al Zoo.
Montag
domingo, 11 de enero de 2015
Vecinos ilegales
Práctica 5; Escribir para alguien concreto.
Tuve mucho cuidado al derramar el
aceite, ya que mi pulso envejecido me había jugado malas pasadas hace unos
días. Esta vez, sin embargo, puse todo mi empeño en que el aceite acabara en su
depósito, antes de cerrar el capó de mi coche. El tiempo que invertí en este
nuevo reto me hizo percatar una sombra que de otra manera hubiera pasado
desapercibida a mis ojos desgastados.
Alcé la cabeza para sorprenderme
admirando unas bragas que colgaban del quinto piso de mi edificio, justo encima
de mi hogar. Hubiera sido algo normal si no fuera porque sabía de buena mano
que ese piso estaba deshabitado desde hacía una década. ¿De dónde había salido
ese trozo de tela de punto exquisito?
Quiero aclarar que yo siempre he
sido un hombre modelo: he seguido las leyes al pie de la letra y me sabía la
constitución de carrerilla. Siempre he tratado a las figuras de autoridad con
reverenciado respeto y me he metido en mis asuntos cuando otra gente se metía
en problemas. Y mis votos, ¡siempre al centro! Ya me dijo mi difunto padre que
los extremos nos llevan al salvajismo, así que me limito a llevar a cabo lo que
es de todos sabido: más vale bueno conocido que malo por conocer.
¿Y por qué estoy contando esto?
¡Ah, sí! ¡Las bragas! Al verlas empecé a preguntarme si habrían vuelto sus
antiguos dueños, una pareja algo mayor que mi mujer y yo. Una pareja admirable,
que en mis años de juventud llegué a envidiar: de familia de derechas de toda
la vida, con unos ideales fuertes y bien arraigados, y una educación que le
dejaba a uno la boca abierta. Me emocioné al recordar las charlas que habíamos
tenido, así que con el paso tembloroso que me empieza a caracterizar subí hasta
el ascensor, esperando verlos de nuevo.
Pero qué sorpresa la mía al
llamar a la puerta y no escuchar respuesta. Tan sólo un ruido sordo al final de
la casa y como un susurro de viento al otro lado de la puerta contestaron a mi
llamada. Volví a llamar, pero no obtuve mayor respuesta que la que me pudieron
dar los sonidos inexplicables que llegaban desde el otro lado de la puerta.
Volví a casa olvidándome de que
mi mujer me había encargado ir a comprar el pan, y le conté lo sucedido. Ella
también se puso nerviosa, pero como tampoco tragaba mucho a la pareja en
cuestión no le dio más importancia. Lo que pasa es que la familia de mi mujer
era roja, roja, pero roja, roja. Fíjate que a su padre lo mataron por
comunista, según me han contado. Menos mal que al final se dio cuenta de lo que
la convenía y se vino conmigo, dejando todas esas tonterías. Por eso yo siempre
he sospechado que no le caían muy bien los vecinos.
Cuando por fin volví de comprar
el pan y me apeé del coche, algo me sobresaltó. Ahora la ventana hacia la calle
estaba abierta y un viento fantasmagórico movía las cortinas emulando brazos,
como si me llamara a entrar. Me apoyé sobre el capó y entrecerré los ojos para
descubrir una sombra mirándome, que se deslizó rápidamente hacia la oscuridad
en cuanto pude verla.
No me sentó bien la comida que
preparó mi mujer, ya que estuve dándole vueltas una y otra vez al tema de los
vecinos de arriba. ¿Quién podría estar ahora ahí? ¿A qué venían esas sombras y
esas bragas colgadas? ¿Y los ruidos?
Fue pensar en los ruidos y
sobresaltarme en la mesa al escucharlos de nuevo. Ahí estaban, como cadenas
arrastrando algún fuerte pesar. Muebles que iban de un lado a otro y, ¿qué era
eso? ¡Cuchicheos! Susurros del otro lado que se reían de mi estupefacción. No
podía consentirlo, así que dejé el plato a medio acabar sobre la mesa y dejé
allí a mi mujer, para irme de nuevo al piso de arriba. Cuando salí del
ascensor, en alpargatas, vi que la puerta de la casa estaba entreabierta.
¿Habían entrado a robar? ¿O era una invitación para entrar?
Con todo el sigilo que me
permitió mi cadera crucé el umbral y llegué hasta el salón, para ver una casa
abandonada que ya no se asemejaba a mis plácidos recuerdos. Nadie podía estar
viviendo allí. Y los muebles, ¡qué estropeados estaban! Antes de que pudiera
darme cuenta, me encontré acariciando la vieja mesita del salón en la que
habíamos tomado pastas los cuatro en esos tiempos. Y de pronto, un fuerte ruido
me sobresaltó: la puerta se había cerrado de golpe, y empecé a escuchar
susurros de ultratumba que reverberaban gracias a la amplitud de la casa. Un
viento helado que venía de la habitación de matrimonio me erizó los blancos
pelos de la nuca, e hice caso omiso del temblor de mis piernas al ir a
investigar.
— ¿Hola? ¿Quién anda ahí? — logré espetar sin mucho éxito.
Los susurros gélidos me envolvían
y empecé a escuchar movimiento de muebles a mi alrededor. No podía imaginarme
qué era lo que estaba pasando ahí, hasta que llegué a la habitación de la que
provenía el frío. Me asomé a la puerta y vi aterrado como en las mantas de la
cama se formaba un bulto que al escucharme entrar se alzó hasta casi mi altura.
Con una exhalación me di la vuelta y salí corriendo de aquella trampa.
Al volver a casa hablé seriamente
con mi mujer, explicándole lo ocurrido. En esa casa abandonada pasaba algo
raro, y no eran los antiguos vecinos, eso estaba claro. Mi mujer me dijo algo
que me aterrorizó: nuestros vecinos habían muerto hacía años. Presa del pánico,
y sabiendo qué era lo que estaba pasando ahí, me abalancé sobre el teléfono y
marqué el único número de teléfono que podía ayudarnos en esa situación.
Dio un tono, dos, tres, hasta que
una voz joven y enérgica respondió
tranquilizándome:
— Aquí los Cazafantasmas, ¿en qué puedo ayudarle?
Policía Nacional
Montag
lunes, 15 de diciembre de 2014
Vergüenza
Práctica 4: Describe un objeto cotidiano.
Vergüenza
La máscara con la que prostituyo
mis ideales
El azul turquesa de su superficie
planchada rasga mi corazón cada vez que la toco. La miro y siento repugnancia
de mí mismo al recordar que me disfraza cada fin de semana con su color y
transforma mi pensamiento y mi dedicación en basura. Es el eje del
alienamiento, que hace postrarse hasta al más brabucón, por una mísera
recompensa.
Cada día que pasa aborrezco más
los paseos bajo ella y las palabras insulsas que surgen de mis labios sin que
yo quiera darme cuenta. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Me pregunto, para
luego responderme: ¿Qué otra cosa puedo hacer? Y sigo caminando, paseándome
alegremente por las mesas ocultando mi frustración, olvidándola.
Me fundo con la gente, sus
sonrisas complacientes y su falsa amabilidad. Participo en ese circo en el que
cada personaje tiene un guion que no debe saltarse ya que acechando, en las
sombras, hay un poderoso látigo que resuena tan sólo para nuestros oídos. Las
sonrisas postizas no entienden ese sonido, no lo reconocen ni quieren hacerlo:
tan sólo somos autómatas que servimos bajo el mismo color turquesa.
En el pecho, un logo colorido,
una efigie capitalista a la que rezar por el pan que me ofrece al final del
mes. Símbolo de la diferencia que hay entre ellos y nosotros. El servido y el
siervo. El cliente y el esclavo. Un abismo separa nuestras miradas cuando, con
disimulada repugnancia, atiendo a sus absurdas demandas. Esta imagen en mi
pecho me convierte en parte del mobiliario, en un autómata que, a ojos de esas
personas que exigen elitismos, carece de subjetividad y vida más allá de esa
ropa.
Al abrocharme sus botones me
sumerjo en el drama camuflado de comedia en el que me obligo a representar un
dócil trabajador que se desvive por complacer al cliente. Pero, vaya por Dios,
actúo mal. Se dan cuenta de mi desprecio hacia su forma de vida, de mi
frustración al ver que viene más gente a consumir porquería que a manifestarse
por sus derechos, reconocen en mis ojos la furia que provoca su pasividad y su
contribución amodorrada a un sistema que ahoga a las trabajadoras y
trabajadores, esclavos de sus deseos. Y claro, sus cejas se fruncen y sus
labios se aprietan, sus narices parecen captar un olor que no toleran: el olor
de una realidad desigual e injusta, que hace ver que de su mano, señalando
platos en la carta, pende una fuerte cadena hasta mi cuello.
Las ideas de sindicalismo y
acción colectiva entre las que me muevo en clase, se difuminan cuando camino con
esa camisa. Toda la fe en el cambio de la sociedad, todas las ganas de luchar
por lo que creo, dejan de revolotear y caen a mis pies, agonizantes por lo
absurdo de mi situación. Ya no soy un revolucionario, ni pretendo serlo. Ya no
soy siquiera un estudiante. Tan sólo soy un payaso más con una camisa blanca y
azul.
Camisa de trabajo.
Montag
martes, 2 de diciembre de 2014
Planeta desconocido
Práctica 3; La importancia de los personajes y sus puntos de vista
La capitana Zarha’ila miró con
desprecio a su subordinado. En la cubierta de mando tan sólo se escuchaban
algunos pitidos de la maquinaria espacial y la tos nerviosa del segundo de
abordo. ¿Cómo osaba hablarle así a una superior? Se acercó con sus ocho patas
arácnidas al pequeño sargento rebelde, que la miraba con sus ojos vidriados y
rojizos. De un golpe con sus patas delanteras le arrancó la cabeza y se la
comió.
— ¡Que esto sirva de lección a
quien quiera discutir mis métodos! ¡Volaremos ese planeta infecto por los aires
y libraremos al universo de una raza tan débil como los humanos!
Avanzó hacia la cubierta
chasqueando sus mandíbulas y miró por la enorme ventana frente a la consola de
mandos. El planeta verde y azul que se extendía ante ella le producía arcadas.
¿Cómo podían existir seres tan débiles en su misma galaxia? No servían ni para
criarlos y comerlos, ya que su carne estaba repleta de químicos y fármacos.
Un subordinado chasqueó la
mandíbula, interpelándola:
— Mi capitana, la reclaman en
máxima seguridad.
— Ah, ya… — dijo ella
plácidamente— El “invitado”.
Junto a otros tres arácnidos
entrenados para servir, recorrió los amplios pasillos de la nave espacial y
llegó hasta el prisionero.
Allí estaba, con la ropa hecha
jirones y la blanda carne atravesada de cicatrices recientes. Su piel de ébano
contrastaba con el blanco de sus dientes, que a Zarha’ila le parecían
increíblemente inútiles. Al verla entrar, seguramente al reconocer su elevado
rango, intentó liberarse de las cadenas moviendo rítmicamente el cuerpo, pero no
lo consiguió, y acabó jadeando con la cabeza mirando hacia el suelo, mientras
la capitana se acercaba.
— Visto que no has querido
responder a nuestras preguntas, hemos considerado destruir tu planeta. Sois una
raza débil y pronto el universo recuperará vuestra pérdida. Con suerte del
polvo que quede pueda surgir una raza de invertebrados que realmente pueda
hacernos competencia.
El humano empezó a gritar,
aullando como el sucio animal que era, sin que la capitana pudiera sacar algo
en claro. Miró al tercero de abordo, que había estado con el prisionero todo el
día y hacía las veces de traductor. Él negó con la cabeza.
— No dice nada coherente, mi
capitana.
La capitana se acercó furiosa al
humano, con sus mandíbulas muy cerca del cuello de éste. ¿Qué tipo de bestia
podía construir una nave espacial sin comunicarse como las personas? Los
vertebrados la ponían enferma, y más aún los primates.
— Pues verá arder su planeta.
Los chillidos del humano
volvieron a inundar la sala, y la capitana hizo que el tercero de abordo lo
callara, antes de irse con prisas de ahí.
Volvió a la sala de mandos y echó
un vistazo a la tripulación, retándola a que volviera a juzgar sus métodos.
— ¿Alguien quiere volver a
oponerse a esta decisión? – dijo con malicia mientras ponía una pata en el
botón que activaba las armas a distancia.
Nadie se atrevió a hablar. Los
soldados arácnidos que había allí temblaban, inmóviles entorno a la consola de
mandos. La capitana, llena de orgullo y seguridad, retorció su pata y terminó
de accionar el sistema de disparo.
— ¡Fuego! – miró a la técnica de
disparos, que se encontraba inmóvil, mirándola.— ¡Fuego he dicho!
Y sin volver a decir nada, apartó
a la técnica de un empujón y apretó el botón de disparo. Las cabezas de ojos
vidriosos y rojos se volvieron hacia la ventana, donde pudieron ver cómo el
planeta se hacía mil pedazos.
La capitana respiraba con
dificultad de la emoción, acababa de terminar con la vida en un planeta, un
planeta que ya no servía, que era escoria. De pronto, sintió algo a su espalda.
La técnica le estaba mordiendo el cuello por detrás.
— ¿Qué? ¿Qué es esto? ¿Qué pasa
aquí?
El resto de la tripulación se fue
acercando, chasqueando violentamente las mandíbulas, rodeándola hasta que se
lanzaron sobre ella. La capitana gritó agónicamente mientras su tripulación la
despedazaba con furia.
El sargento Hux’biek se pasaba
los días en máxima seguridad. A su capitana le encantaba llamarle “el tercero
de abordo”, pero eso a él le daba arcadas. Estaba harto de sus métodos, y de su
prepotencia. Que fuera capitana no significaba que tuviera que comportarse como
una arácnida reina.
Toda la tripulación pensaba lo
mismo, pero eran unos cobardes, incapaces de valerse por sí mismos. Por eso le
gustaba estar en máxima seguridad, ahí él era el rey, nada ni nadie tenía por qué decirle cómo
hacer su trabajo.
La situación se había agravado
cuando llegó la criatura humana. La habían raptado de una nave que se dirigía
hacia ellos y llevaban una semana torturándole gratuitamente. ¿Por qué
gratuitamente? Porque el humano no podía más que emitir gruñidos y aullidos incomprensibles,
y las preguntas que le hacía Hux’biek no iban a llegar de ninguna forma a su
corto entendimiento.
Le torturaban por orden de la
capitana. Ella creía firmemente que se podían comunicar con él, y el sargento
no opuso resistencia a esa teoría: hizo la dramatización de una traducción
improvisada, diciéndole a la capitana lo que ella esperaba escuchar.
Hux’biek, sabiendo que todo lo
que le decía a la capitana era falso y llevaría a un gran error, estaba
contento. La capitana en su ceguera orgullosa, no había caído en la
inconsistencia de las teorías que no hacía más que elucubrar sobre el origen
del humano. Quien quiera que le llevara la contraria era devorado, así que la
tripulación le había dado la razón… hasta ahora.
Cuando la capitana salió de
máxima seguridad por última vez, Hux’biek miró al humano con algo parecido a la
compasión. Compadecía a esa pobre criatura de haberse visto envuelta en un
entramado que no tenía que ver con ella, sino con la dirección de una nave que
estaba corrupta.
La criatura sabía la verdad, pero
también la sabía Hux’biek, incluso el resto de la tripulación, pero nadie era
capaz de decírselo a la capitana. El sargento, allá abajo, guardaba silencio
sabiendo que pronto esa situación se volvería contra ella.
John Smith era el antiguo capitán
del “Star Finder” o SF como lo llamaban
en la Tierra. Había estado meses en criogenización dentro de esa nave espacial, esperando a su
destino, y un impacto lo había hecho salir del coma inducido.
Desafortunadamente el resto de su plantilla no lo había conseguido.
Consiguió la suficiente
consciencia como para darse cuenta de que el impacto que había derribado su
nave había sido un proyectil, y que la
SF estaba siendo jalada por una nave mucho mayor. Cuando esas enormes arañas de
ojos color sangre y mandíbulas afiladas entraron en su nave destrozándolo todo,
creyó estar soñando: una mala pesadilla. Pero tras una semana de tortura en la
que había recibido más latigazos de los que su piel podía soportar, tenía claro
que ese infierno era real.
Las arañas emitían sonidos
guturales dirigiéndose a él mientras le torturaban, señalando con sus patas un
pequeño planeta verde y azul que a John le recordaba a algo.
— ¡No sé qué queréis! ¡Llevo
meses inconsciente, no sé qué podéis querer de mí! – gritaba incapaz de
contener las lágrimas de frustración.
Con el paso de los días, el
planeta que le enseñaban iba cobrando cada vez más sentido, y con horror
descubrió lo que era. Gritó cada vez más fuerte, pero era inútil, las arañas
parecían no entender sus gritos, y eso les volvía furiosas y agresivas, como
podían corroborar las cicatrices de John.
El último día, en el que la araña
más grande de todas apareció por la puerta, John gritó todo lo que pudo, con la
esperanza de que entendieran su situación.
— ¡Tan sólo soy un explorador!
¡He venido en son de paz! ¡Desde la Tierra vimos ese planeta que me enseñáis
continuamente y enviamos a un equipo a saludar a las formas de vida que pudiera
haber!
La araña enorme se le acercó, y
sus mandíbulas rozaron la piel del cuello de John, lo que lo hizo callarse.
Cuando se alejó, volvió a gritar:
— ¡Sé que es uno de vuestros
planetas! ¡Vimos muchos signos de vida invertebrada desde nuestros escáneres!
¿¡Qué más queréis de mí!? ¿¡Qué más queréis!?
Un golpe de Hux’biek lo dejó
inconsciente mientras la capitana Zarha’ila subía a destruir, ciega de
prepotencia, el planeta natal de una parte de la tripulación.
Montag
martes, 11 de noviembre de 2014
La monja piraña
Práctica 2; Mal de la hoja en blanco. Palabras aleatorias.
“La monja piraña se afana en
enseñar, convincente, el recuerdo del disparo de un melocotón a un ordenador.”
Incapaz de llegar a entender su
significado, sor Rafaela se aleja del cuadro bajo el que está enmarcada esta
extraña frase, e intenta recordar por qué ha acudido a ese lugar. La madre
superiora hace rato que le ha encomendado alguna tarea de la que no consigue
acordarse, íntimamente relacionada con ese cuadro. Con un último vistazo al
mismo, sor Rafaela acaba sumergida en sus pensamientos.
¿A qué se refiere con “monja
piraña”? Sor Rafaela sabe, como todas las demás internas, que hace tiempo se
libró una épica batalla entre monjas y demonios, en la que una figura
sobresalió: una mujer capaz de devolver el orden al mundo de los vivos y
desterrar a las criaturas del inframundo para siempre. Muchas dicen que era una
madre superiora, o la superior de todas las madres superioras. Pero “superiora”
se le quedaba corto, así que decidieron llamarla “Súper monja”.
Súper monja, enarbolando el martillo
divino, una enorme maza con forma de melocotón, entabló una feroz batalla
contra el líder de los demonios: Pirañaman. Éste, una criatura con cabeza de
pez asesino y un hercúleo cuerpo forjado en el gimnasio, intentaba hacerse con
el control de la población a través de un programa de ordenador. Fueron meses
sangrientos en los que ni una ni otro daban cuartel. Súper monja aprendía de
cada batalla contra Pirañaman, pero él también lo hacía, volviéndose así cada
vez más fuertes ambos bandos.
En la última batalla, Súper monja
lideró un ejército de entregadas al Señor contra la interminable horda de
pirañas mecánicas que Pirañaman había diseñado especialmente para hacerles
frente. Fue la más cruenta de las batallas, y en la que más guerreras de la Fe
cayeron. Situados en una montaña de cadáveres, Súper monja y Pirañaman, únicos
supervivientes de la masacre, se miraron con violencia. Pirañaman sacó su
espada, dispuesto a enseñar a la monja cómo luchaban los demonios. Pero Súper
monja estaba preparada, y asió con fuerza su martillo divino, lanzándolo con
todas sus fuerzas hacia el infinito. El certero disparo del melocotón de metal
de Súper Monja tardó unos minutos en llegar a su destino: el ordenador central
de Pirañaman, desde donde controlaba a su ejército mecánico. Con un estruendo,
la maquinaria explotó en mil pedazos, acabando con la dominación mundial de
Pirañaman.
La criatura de potentes y tersos
músculos bronceados, visto su sueño destrozado a manos de su gran enemiga, miró
a Súper monja con odio y se acercó a ella. Los ojos de la mujer se reflejaban
en los del demonio cuando llegaron a la misma altura. Odio, violencia, pasión,
deseo, morbo. Los labios de una se juntaron con la boca dentada del otro y
ambos empezaron a desnudarse en un torbellino sexual, que se desarrolló durante
horas y horas sobre los cadáveres de las monjas. Tras el clímax sexual, y
mientras se fumaba un puro, vencedora, Súper monja, cual mantis religiosa,
rebanó la cabeza de Pirañaman y se la comió.
Nunca más se supo de Súper monja
salvo el recuerdo de su increíble hazaña para salvar a la humanidad.
De pronto, sor Rafaela deja de
rememorar viejas historias. Ha escuchado algo a sus espaldas. Al volverse se
encuentra con una figura extraña y familiar al mismo tiempo:
— La profecía se ha cumplido— sentencia con voz de
ultratumba.
Sor Rafaela preguntaría qué
profecía se ha cumplido, y quién carajo es esa figura, pero no puede, porque
tiene cara de piraña. En realidad nunca ha podido hablar precisamente por eso:
las pirañas no hablan. Aun así, la figura sigue su discurso.
— He esperado
mucho tiempo hasta que decidieras bajar aquí y reflexionar sobre la historia
que siempre te han contado.
Nerviosa, sor Rafaela se pasa las
manos por la toca, sobre su cabeza escamada, mientras sus mandíbulas afiladas
se mueven de arriba abajo.
— Y tus
sospechas son ciertas, Rafaela. No eres una monja normal. ¡Eres la hija de
Súper monja y Pirañaman!
Incapaz de contener su emoción,
sor Rafaela empieza a dar vueltas por la habitación meneando la cabeza de un
lado a otro, con los brazos rectos junto a su cuerpo. Finalmente cae sobre el
suelo y empieza un movimiento oscilante con todo el cuerpo, como si quisiera
nadar entre la tierra, alejarse de aquella sala. Las palabras de la figura
rasgan el aire y terminan este relato:
— ¡Eres mitad
monja mitad piraña! ¡Eres la monja piraña!
Montag
Palabras usadas: PIRAÑA, MELOCOTÓN, DISPARO, MONJA, ENSEÑAR, RECUERDO, ORDENADOR, CONVINCENTE.
lunes, 3 de noviembre de 2014
Toc, toc, toc
Práctica 1; Escribe sobre lo que conoces. Ámbito académico.
Toc, toc, toc, toc. Sonido hueco
a través de una habitación aparentemente vacía.
- ¿Sigue sin estar en el
despacho?- me pregunté en voz alta. Con
la certeza de que no conseguiría escuchar nada, acerqué la oreja a la
superficie. Nada. Era ya la tercera vez que iba a intentar hablar con ella ese
día, y empezaba a ponerme de los nervios.
Mientras volvía a la cafetería un
cúmulo de ideas abordó mis pensamientos y me mantuvo ajena a las caras borrosas
y anónimas que se cruzaban en mi camino. ¿Qué más podía hacer? Lo sabían, iban
a por ella, y yo era la única que podía advertirle. ¿Y si ya lo habían hecho?
¿Y si le habían cogido? Un escalofrío me recorrió la espalda al pensar lo que
podrían estar haciéndole. Noté un empujón, y la despreocupada disculpa que le siguió
me devolvió a los pasillos de la facultad.
Era mediodía, lo que significaba
que la mayor parte de la actividad del edificio se concentraba en EL pasillo.
Por un momento pensé en contárselo a alguien, confesar lo que había hecho y
pedir ayuda para enmendar mi error, pero antes de acercarme a cualquier grupo
me arrepentí. No tenía valor siquiera para explicarlo. De pronto noté una mano
en la espalda.
- ¡Qué pasa Carol!- era un
graciosete de clase, Iván se llamaba, que no hacía más que bromear con todo el
mundo. Tenía la extraña sensación de que se creía admirado por todos. Vaya
perdedor.- No has ido a la última clase, ¿estás bien?
- ¿Pasaba lista?- pregunté
mecánicamente. No tenía intención ninguna de hablar con ese tipejo, y menos en
una situación como en la que me encontraba. Asintió con la cabeza.- Mierda,
bueno… ya recuperaré de alguna forma.
El bufón de Iván se echó a reír,
poniéndose dos dedos sobre los labios.
- ¿Te pasarás por su despacho a
hacerle un trabajito?
- Que te jodan.- y me di la
vuelta, centrándome de nuevo en mi Problema. ¿A quién se lo podía contar? A
individuos como aquél ya veía que no. Crucé el pasillo rodeada de humos y
voces, y saludé rápidamente a algunas chicas que conocía, sin detenerme en mi
nervioso paseo.
Y finalmente llegué hasta su
local. Las luces estaban apagadas y la puerta, cubierta de carteles negros y
rojos, bien cerrada. Tras mirar en todas direcciones, acabé respirando con algo
más de tranquilidad: no había nadie en casa. Alcé la vista para encontrarme con
la enorme pancarta que anunciaba su nombre: UPSE, Unión por la Privacidad
Sexual del Estudiante. Vaya nombre para menuda asociación, y maldita la hora en
la que decidí acercarme para hablar con ellos.
Me acerqué, con todas mis
esperanzas puestas en que no me sorprendieran por detrás, y ahuequé la mano al
cristal para intentar descubrir algo que me diera pistas sobre cómo actuar.
Estaba perdida, completamente desorientada en una situación que no podía
controlar. El miedo empezó a subir por mi cuerpo: ¿y si no estaban porque
habían ido a por ella?
El cristal, inundado por la
oscuridad del interior, me devolvió la imagen de una figura a mi espalda que me
hizo dar un brinco y volverme con brusquedad.
- ¿Qué buscas?- dijo el
desconocido. Lo había visto en reuniones de la asociación. Era uno de ellos.- Creo que el resto de UPSE no está.
- Vaya…- disimulé, aterrorizada
por la presencia de aquél chaval, de mirada inquisitiva.- ¿Y sabes dónde podría
encontrarlos?
El chico se rascó la cabeza,
antes de encogerse de hombros.
- Solemos estar de cinco a siete,
aunque ya sabes que tienes el correo para contar cualquier cosa…- hizo algunos
aspavientos nerviosos con las manos.-… ya sabes.
Lo miré intentando disimular mi
repugnancia. Lo que ayer me había parecido una salida a mi culpabilidad ahora
me resultaba asqueroso: un grupo de personas aprovechándose de la privacidad de
otras para imponer su moral sexual. Se aprovechaban de la culpa que ellos
mismos generaban para seguir estigmatizando la libertad de determinadas
personas.
. ¿Y ahora sabes dónde están?- conseguí decir al fin.
- No estoy muy seguro, dijo. Creo
que un grupito ha ido a impartir justicia… ya sab…
No me quedé a escucharle. Tan
rápido como pude recorrí el pasillo atravesando los grupos de gente ruidosa y
humeante, y me dirigí al hall para subir las escaleras de dos en dos. No podía
estar pasando.
No así. A mitad del ascenso escuché un estruendo seguido de un
grito. ¡Era ella! Aceleré el paso, sintiendo el corazón presionar mi pecho y
conseguí llegar hasta el pasillo de su despacho, para encontrarme lo que había
temido durante todo el día.
La puerta del despacho estaba
abierta, y fuera había un chico corpulento con un pasamontañas. Me escabullí de
él y logré entrar. Allí estaban, los miembros de UPSE encima de ella, pintándole
la cara mientras la mantenían atada de pies y manos. Pintaban “PUTA”,
“VIOLADORA” sobre su cara, mientras destrozaban su chaqueta con las manos.
- ¡No!- grité. Ella me miró, con
los ojos cubiertos de lágrimas y la boca amordazada. Uno de los encapuchados se
levantó y me señaló con el dedo.
- Esto es lo que pasa cuando te
vas de la lengua. Lo que se hace en el despacho se queda en el despacho.
Volví a mirar sus ojos llorosos y
una sensación me paralizó. Una sensación de terror, vergüenza y traición.
Desperté sobresaltada para darme
cuenta de que sólo había sido una pesadilla. Miré a mi lado, para ver su cuerpo
desnudo semi-escondido entre las sábanas. Sin plantearme siquiera desayunar, me
vestí y me dirigí hacia la puerta.
Abrí justo antes de escuchar su
voz a mis espaldas.
- ¿Ya te vas?- dijo ella.
- Sí, hoy tengo muchas cosas que
hacer.
- Está bien.- concedió.-
Acuérdate de leer el texto que os mandé ayer para la semana que viene.
Con una sonrisa cerré la puerta y
volví a mi casa. Me temblaban las piernas de terror, vergüenza y traición.
Montag
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